• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 9

 

Día de compras

 

Brad

 

Las calles de la ciudad estaban atestadas de gente ultimando las compras navideñas, por eso llevábamos más de una hora de trayecto en el coche para llegar a nuestro destino. Además, el tráfico de Nueva York era tremendo a esa hora, pero como Kate había insistido en que fuéramos a ese lugar en concreto, no tuve más remedio que aguantarme y soportar las largas colas de vehículos.

Resoplé por cuarta vez y vi cómo Kate me observaba de reojo desde el asiento de copiloto.

—No desesperes, ya casi estamos —me aseguró con una nota de humor en su voz.

—Sigo sin entender por qué nos hemos desplazado hasta aquí, al otro extremo de la ciudad, cuando tenemos un supermercado a cinco minutos de nuestra casa.

Kate chasqueó la lengua.

—Ya te lo he explicado, porque en esta tienda venden productos ecológicos de una calidad excelente —soltó, altiva.

—¿Y qué más da? Las manzanas saben igual, se compren dónde se compren.

Kate se giró a medias para mirarme.

—No da lo mismo, y lo sabes —insistió.

Gruñí una protesta por lo bajo y ella sonrió. Para colmo, parecía divertirse a costa de mi malhumor. A veces resultaba insufrible, aunque debía reconocer que cualquier enfado se me pasaba en cuanto me dedicaba una de sus bellas sonrisas.

Tal y como Kate había asegurado, llegamos al aparcamiento unos minutos más tarde, y nos dispusimos a entrar por fin en el supermercado.

—¿Has tenido problemas para salir hoy antes de la oficina? —me preguntó.

—No. —Preferí no darle más explicaciones.

En realidad, desde que habíamos comenzado a vivir juntos, era raro el día que no salía antes de la oficina, pues mi único pensamiento era regresar a casa para poder disfrutar de su compañía durante las escasas horas que faltaban hasta que nos íbamos a dormir. Pero jamás admitiría ante ella que mi irresponsable actitud era motivo de burla entre mis compañeros, sobre todo de aquellos que estaban al tanto de mi situación.

—Voy a echar un ojo a la fruta y la verdura —me comunicó—. ¿Por qué no vas escogiendo las cosas que sueles consumir?

—De acuerdo —le dije, mientras empujaba el carrito hasta la sección de bebidas.

Cerveza. Eso no podía faltar. Y refrescos. Patatas fritas, salchichas…

Cuando Kate se reunió conmigo llevaba en sus brazos un cargamento de frutas y verduras de diferentes tipos.

—¿Qué es todo esto? —Se espantó al ver los alimentos que había introducido en el carro—. ¿Estás loco? ¿Quieres que te dé un infarto antes de llegar a los treinta?

Levanté una ceja al contemplar estupefacto cómo depositaba todas esas cosas de color verde y sacaba de la cesta cada una de las exquisiteces que yo había elegido.

—¿No pretenderás que subsista a base de fruta y verdura, no? —le reproché.

Comenzaba a enfadarme de veras.

—Sí —afirmó con decisión—. Eso es precisamente lo que vas a hacer.

Me remangué y comencé a echar de nuevo todo en el carro.

—Ni de broma —rebatí—. No soy un caballo, Kate. Necesito proteínas.

Kate me sujetó las muñecas con fuerza para que no continuara metiendo más alimentos en la cesta.

—Y grasas saturadas, por lo que veo —me echó en cara.

Esa preciosa pelirroja me sacaba de quicio, y eso provocaba que tuviese aún más ganas de besarla allí mismo, en mitad del supermercado abarrotado de gente. Estaba preciosa con su jersey verde, su mini falda negra, que realzaba sus largas piernas y unas botas altas del mismo color que su falda.

Enlacé mis manos con las suyas y tiré de ella hasta que nuestros rostros casi se rozaron.

—Deja de intentar controlar todo lo que hago —le advertí.

—Yo no…

—¡Hola, Brad!

Una sensual voz, que provenía de nuestras espaldas, nos sobresaltó y nos obligó a darnos la vuelta.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré frente a la despampanante Helen, la jefa de personal de Mr Funballs, con quien había tenido una aventura hacía tan solo unos meses.

—Vaya, Helen, ¡qué sorpresa!

—Sí que lo es —afirmó.

Miré de reojo a Kate y la pillé dándole un repaso a Helen de arriba abajo, con el ceño fruncido.

—Te presento a Kate, mi… compañera de piso.

—Encantada —comentó la explosiva rubia, acercándose a Kate para darle dos besos.

Kate sonrió de manera forzada y se sujetó al carro con tanta fuerza que la piel de sus nudillos se tornó de un tono más claro.

—¿Cómo tú por esta parte de la ciudad? —dije para tratar de relajar la tensión que se había creado en el ambiente.

—Siempre compro aquí, es la mejor tienda de productos ecológicos de Nueva York.

—¿Lo ves? —siseó Kate entre dientes, sin dejar de forzar su sonrisa.

Solté una risa tonta, provocada por la actitud de Kate, que me pareció de lo más curiosa.

—¿Sabes? Este encuentro ha resultado una casualidad o quizás es el destino —comentó Helen—. Justo ayer me pasé por tu apartamento, pero me marché porque no debías estar, ya que no me abriste la puerta.

La falsa sonrisa de Kate se borró de un plumazo. Y la mía se ensanchó. Me encantó ver su reacción. ¿Estaba celosa?

—Bueno, como te he mencionado antes, estoy viviendo con Kate durante el mes de diciembre, por temas de una herencia en común —le expliqué—, pero pronto regresaré a mi apartamento.

—¿Ah, sí? —se interesó Helen.

—Sí —corroboré—. En enero todo volverá a la normalidad.

Aunque lo que yo prefería era algo bastante diferente, porque no quería ni imaginar cuando tuviera que retomar mi insípida vida y despedirme de Kate. No, no podía pensar en eso aún.

—Bien. —Helen estiró el brazo y acarició mi barbilla con suavidad—. Pues en enero me pasaré a verte alguna noche… para ponernos al día.

—Bueno, ya hablaremos.

El gesto de Kate era cada vez más hosco, dirigiendo una mirada asesina a Helen, a la vez que tamborileaba el asa del carro con sus dedos.

La despampanante chica me dio dos besos para despedirse, pero evitó acercarse a Kate.

—Nos vemos en enero, cariño. —Y se marchó, lanzando un beso al aire.

No quise levantar la vista para mirar a Kate, así que me limité a terminar la compra lo más rápido posible para marcharnos pronto de allí y evitar cruzarnos de nuevo con Helen.

Kate no volvió a pronunciar palabra, incluso me dejó comprar algunas de las cosas que anteriormente había sacado de la cesta.

Durante el trayecto de regreso se mostró pensativa, con la mirada clavada en el cristal lateral del coche y sin hablar. Así que puse un CD en el reproductor para que las canciones de The Ronettes, uno de los grupos favoritos de Peter, nos hicieran compañía. La melodía de Be my baby comenzó a sonar.

Era inútil negar que la reacción de Kate me había complacido, pero me moría por confesarle que Helen no significaba nada para mí, que mi corazón tan solo latía acelerado cuando ella se encontraba cerca, que desde hacía semanas solo fantaseaba con la idea de meterla en mi cama y descubrir a qué sabía su preciosa, perfecta y blanca piel.

Pero me contuve. No quería asustarla con la intensa emoción que empezaba a crecer en mi interior.

Cuando estacioné el coche en el garaje de la casa de Peter Dawson, Kate hizo amago de salir, pero se quedó quieta sujetando el manillar y me miró.

—Así que te gustan rubias —soltó en voz baja—. Entonces, ¿ese es el tipo de mujer con el que prefieres pasar un buen rato, sin compromiso?

Le sostuve la mirada, haciendo un enorme esfuerzo por no inclinarme y besarla hasta robarle el aliento.

—¿Estás celosa, señorita Parker? —No pude evitar susurrar, pero me arrepentí de inmediato.

—Estúpido ególatra.

Acto seguido, se bajó del coche y cerró de un portazo. Pero ya no pude más y preferí aclararle las cosas.

—Kate, espera —la llamé y la encerré entre mis brazos, acorralándola contra la puerta del vehículo—. Escúchame con atención —le pedí, con su respiración rozando mi cara—. La única mujer que me interesa es la que veo cada día al regresar a casa, a quien devoraría sin contemplaciones durante horas, días y semanas, sin descanso; porque con solo «un buen rato» no tendría ni para empezar.

Y sin esperar a que reaccionase, agarré las bolsas de la compra del maletero y me dirigí hacia nuestro hogar.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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