• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 8

 

El árbol de Navidad

 

Kate

 

Abrí la puerta para dejar entrar a Brad con el gran árbol de Navidad que le regalaron en su empresa el día anterior. Lo cierto es que era enorme, pero quedaría perfecto en el salón, justo frente a la ventana.

La residencia era muy amplia, así que no había problemas de sitio, sobre todo en la planta inferior donde el comedor, la cocina y el salón compartían el mismo espacio, sin separaciones ni puertas.

—¿Qué te parece? —preguntó Brad con orgullo.

Di un par de vueltas alrededor del árbol y asentí mostrando mi conformidad.

—No está nada mal —admití—. Peter le habría dado el visto bueno, sin duda.

Los dos contemplamos el árbol durante algunos minutos. El recuerdo del señor Dawson siempre nos ponía melancólicos y todavía nos costaba hablar sobre él con normalidad.

—Me hubiera gustado verlo con su esposa mientras lo decoraban, cuando aún vivían ambos —comentó Brad con voz apenada.

—A mí también. —Le sonreí con franqueza.

Desde la «noche de chicas» se había establecido una extraña tregua entre nosotros, que nos permitía tratarnos con una agradable cordialidad y nos hacía parecer unos bien avenidos compañeros de piso.

No debía negar que todo era gracias al carácter afable de Brad, pues con su zalamería había conseguido ablandar un poco mi reticencia, aunque todavía me costaba soportar sus chanzas y su tendencia a mofarse de mi aspecto.

—Bien, basta de recuerdos tristes. —Brad alzó la caja donde Peter guardaba los adornos para el árbol y la trasladó hasta depositarla junto a mis pies—. Pongámonos manos a la obra.

—¿Qué tal un poco de música? —le sugerí.

Brad colocó su teléfono sobre la mesa y unos segundos más tarde comenzó a sonar All I Want For Christmas Is You de Mariah Carey.

Enlacé mi mano con la suya, quien la aceptó con sorpresa, y miré al cielo.

—Aquí comienza nuestro humilde homenaje para ti, Peter Dawson.

Los cuatro perros observaban con atención cada uno de nuestros movimientos, sobre todo cuando se dieron cuenta de lo que contenía la caja.

Sin más dilación, saqué varios adornos y los fui colocando sobre el árbol, mientras Brad hacía lo mismo en la parte superior, donde yo no alcanzaba.

—¿Me creerías si te digo que es la primera vez que hago esto? —comentó Brad, con la ilusión pintada en su cara.

—¿A qué te refieres?

—A decorar un árbol navideño —comentó al descuido.

Paré en seco para observarlo.

—¿Ni siquiera cuando eras un niño? —apunté.

Negó con la cabeza.

—Mis padres nunca celebraban la Navidad en mi casa —empezó a relatar—. Viajaban continuamente y durante la Navidad se dedicaban a asistir a compromisos profesionales en lujosas fiestas.

—¿Y tú les acompañabas? —le interrogué, intrigada.

—No. —Vi que dudaba si seguir con su revelación, pero finalmente lo hizo—. Me quedaba en casa, con la asistenta. Pero no me importaba porque no me gustaba la Navidad —declaró—. La cocinera me solía preparar galletas y una cena especial, aunque un par de veces me llevó con ella y su familia. Fueron las únicas ocasiones en las que viví la Navidad en su esplendor.

Mi corazón se encogió tras su confesión. No concebía el hecho de dejar solo a un niño en fiestas tan señaladas. ¿Qué clase de padres tenía Brad? Debían de carecer por completo de sentimientos para actuar de esa forma.

Aun así, intenté restarle importancia al asunto.

—No te perdiste nada del otro mundo. —Le sonreí con timidez—. Cuando yo era niña nos reuníamos toda la familia en el rancho de mi madre, en Arizona. Recuerdo que me escondía y trataba de pasar desapercibida para evitar los sonoros besos de todos aquellos molestos familiares. Lo peor era el momento de la cena. —Puse los ojos en blanco—. Mis tres hermanos terminaban siempre peleándose a puñetazo limpio, mientras la comida se enfriaba en la mesa porque el resto se enzarzaba en absurdas discusiones.

Brad soltó una carcajada.

—La verdad es que no te envidio —manifestó, mientras colocaba una de las bolas en una rama.

—Ni yo lo echo de menos —le aseguré—. Por eso hace varios años que no viajo a Arizona para celebrar la Navidad.

Brad se paró de repente.

—¿Has estado sola durante los últimos años?

Suspiré mientras apartaba el hocico de Athos del interior de la caja de adornos.

—La pasada Navidad, no —le dije, sin dar más detalles.

Nuestros ojos se encontraron y vi la dulzura que desprendía su expresión. Resultaba curioso que se sintiera compungido por saber que había estado sola en alguna ocasión, cuando en realidad el que apenas había disfrutado de la Navidad era él.

—¿Entonces?

—El año pasado estuve justo aquí. —Señalé el interior de la vivienda—. Con Peter Dawson. —Sonreí al recordarlo—. Preparamos una suculenta cena con pavo incluído, bailamos viejas canciones, cantamos, y me contó un sinfín de historias de su juventud.

—Tuvo que ser hermoso —expresó, pensativo.

—Lo fue. —Y de pronto recordé algo—. ¿Por qué no viniste? Sé que Peter te invitó. Insistió mucho porque quería que nos conociésemos.

Brad apartó la mirada y continuó colocando adornos en el árbol.

—Cierto —corroboró—. Me planteé asistir, pero finalmente decidí quedarme en la oficina. Estuve diseñando un nuevo juego de mesa hasta altas horas de la noche.

Iba a proseguir la charla cuando todo se tornó caótico. Athos, embelesado con los adornos del árbol, tiró de una de las bolas y salió como un rayo con ella en su gran boca.

—¡Athos, no! —exclamó Brad.

D'Artagnan aprovechó la confusión para introducirse dentro de la caja y se dispuso a mordisquear todo cuanto pillaba entre sus dientes.

Y Brad y yo echamos a correr detrás de Athos para intentar recuperar el adorno. Porthos y Aramis nos siguieron a la carrera, ladrando e interpretando la escena como un divertido juego. Fue Brad quien alcanzó al perro, pero no conseguí frenar a tiempo y terminé cayendo estrepitosamente sobre el pecho de Brad, que no logró esquivarme y estampó su trasero contra el suelo.

Ambos prorrumpimos en carcajadas al darnos cuenta de la jocosa estampa que representábamos allí tumbados con los cuatro perros ladrando y saltando a nuestro alrededor. Pero una larga dureza en la parte delantera del pantalón de Brad, me obligó a ser consciente de que la cercanía de nuestros cuerpos había despertado a cierta parte de su anatomía.

Me levanté como un resorte y noté cómo el rubor ascendía por mis mejillas.

—Lo siento —me excusé, a la vez que sacudía mi ropa.

No quise mirarlo a los ojos, aunque Brad me incitó a hacerlo cuando inclinó mi barbilla hacia arriba con su mano derecha.

—No te avergüences de lo que provocas en mí, dulce Kate —me pidió con voz ronca.

—No sé de qué me hablas. —Me hice la inocente.

—Pues es una lástima —se lamentó, y rápidamente cambió de tema—. Vamos, terminemos de decorar el árbol.

Tiró de mi mano y no la soltó hasta llegar al salón.

—Falta la estrella en lo alto —apunté, con las mejillas aún coloreadas por el rubor.

Brad me miró con una expresión extraña, una mezcla de deseo y contención.

—Si me lo permites, puedo alzarte en mis brazos y así tú la colocas arriba. ¿Quieres? —preguntó inseguro.

Asentí con la cabeza y lo rodeé por los hombros cuando sentí que me levantaba del suelo. El calor de sus manos traspasó mi ropa de inmediato y me colmó de una increíble sensación que se instaló en cada célula de mi cuerpo.

Tuve que hacer un esfuerzo para concentrarme en mi tarea y depositar la estrella sin que me temblasen las manos, pero al final lo conseguí sin mayor problema.

—¡Hecho!

Brad aflojó su abrazo y me deslicé por su torso hasta alcanzar el suelo. Una fricción que me dejó anhelante, con la respiración acelerada.

Era hora de reconocer para mí misma que las emociones que Brad me provocaba eran más intensas de lo que pretendía admitir. Si no andaba con cuidado, pronto me encontraría presa de unos sentimientos que cada vez eran más evidentes.

Sus ojos se clavaron en lo más profundo de mis pupilas, hipnotizándome con su bello color gris.

No quería separarme de sus brazos, me apetecía refugiarme en ellos para continuar disfrutando de esa maravillosa sensación que inundaba cada poro de mi piel.

—¿Te he dicho ya que me vuelve loco tu dulce aroma? —me susurró, acercando su rostro al mío.

Cuando su nariz tomó contacto con la piel de mi cuello, mi respiración se paró y los latidos de mi corazón se aceleraron de forma alarmante.

—No —logré pronunciar a duras penas.

Brad abrió la boca para hablar, pero justo en ese instante los perros comenzaron a ladrar y el hechizo se rompió. Aramis había encontrado un nuevo entretenimiento, uno de los calcetines que debíamos colgar en la chimenea.

Aproveché esa distracción para separarme de Brad y tomar aire.

—Creo que va a ser complicado que los adornos aguanten en el árbol hasta Navidad —comenté.

Brad apartó la vista y se pasó una mano por el pelo.

—Eso parece. —Hizo una pausa y miró hacia atrás—. Si no te importa, voy arriba para darme una ducha. —Se dio la vuelta para dirigirse a la planta superior, pero de pronto frenó en seco y habló—: Kate, ¿te apetece que mañana hagamos la compra juntos?

Las comisuras de mis labios se inclinaron hacia arriba casi sin darme cuenta.

—Claro que sí. —Asentí—. Me encantará ir contigo.

Y con el triunfo pintado en su cara, se marchó por las escaleras.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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