• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 7

 

 

Noche de chicas

 

Brad

 

Al introducir la llave en la cerradura, escuché las risas femeninas que provenían del interior. Mierda. Había olvidado por completo que era la noche en la que Kate pensaba invitar a sus amigas a dormir. No me apetecía en absoluto tener que lidiar con aquella estampa, por eso intenté pasar desapercibido y entré sin hacer ruido; pero resultó en vano.

—¿Brad? —La voz de Kate me reclamó nada más poner un pie en la casa—. Acércate, las chicas quieren conocerte.

—Empezamos bien —murmuré solo para mí.

No me quedó más remedio que acceder y reunirme con ellas, notando cómo cinco pares de ojos me observaban con detenimiento. Una situación de lo más incómoda, sin duda.

—Estas son Brenda, Phoebe, Susan y Lisa, a la que ya conoces —me presentó Kate.

—Un placer —les dije forzando una sonrisa, y allané el camino para huir—. Me encantaría quedarme más tiempo, pero acabo de llegar y necesito ponerme cómodo y descansar.

Varios sonidos de decepción salieron de los labios de las cuatro mujeres.

—¿Por qué no te unes a nosotras cuando te cambies y descanses un poco? —osó preguntar Lisa.

Mierda.

Contemplé con curiosidad la mirada de reproche que le dirigió Kate a su amiga, y eso me divirtió.

—Dejemos a Brad tranquilo y sigamos con nuestras cosas, ¿de acuerdo, chicas? —sugirió Kate.

Pero saber que le fastidiaba la idea de unirme a ellas, me animó a aceptar.

—¿Por qué no? En realidad no estoy tan cansado —dije, y Kate abrió mucho los ojos—. No es mala idea. Voy a darme una ducha y enseguida estoy con vosotras.

Todas jalearon y aplaudieron la decisión, menos Kate, quien me dirigió una mirada asesina que me hizo sonreír ampliamente, mientras me encogía de hombros.

—¿Seguro que no prefieres descansar en tu habitación? —me dijo Kate, levantando las cejas significativamente.

—Eres un ángel por preocuparte tanto por mí —solté con toda la intención de molestarla—. Pero me apetece conocer mejor a tus adorables amigas.

Un coro de voces, encantadas por el halago, se mostraron satisfechas; algo que enfadó más todavía a Kate. Sus ojos desprendían chispas, y me provocaron unas ganas tremendas de besarla allí mismo.

—Como prefieras —espetó de malas formas.

Sostuve su desafiante mirada durante unos segundos, hasta que se me escapó una carcajada y decidí marcharme para no ser víctima de un asesinato.

—Vuelvo enseguida —me excusé, y me dirigí hacia la planta superior escuchando los cuchicheos a mis espaldas.

—Es más guapo de lo que decías, Lisa —siseaba una de las amigas de Kate.

Complacido por el giro de la situación, llegué a mi habitación y me eché boca arriba sobre la cama para descansar unos segundos.

Nunca me había sentido tan vivo. Conocer a Kate había puesto mi rutina del revés, trastocando todos mis pensamientos y mis prioridades, tanto que solo deseaba que terminase el día para volver a casa y perderme en su preciosa mirada, en su melena cobriza y su voz sexy.

Kate representaba todo cuanto trataba de evitar en una mujer, sin embargo no lograba apartarme de ella, a pesar de que mi cerebro me advertía sin cesar que esa preciosa pelirroja era peligrosa para mí.

Siempre me había relacionado con mujeres que no buscaban compromiso y que sabían que a la mañana siguiente no volverían a verme, a no ser que les siguiera apeteciendo uno o dos revolcones más, siempre sin complicaciones.

Tan solo una relación me había marcado en el pasado, y era mejor que continuara escondida en lo más profundo de mi memoria, pues aún dolía demasiado. Julie, la única mujer que fue capaz de embaucarme hasta tal punto de querer casarme con ella.

Descarté ese mal recuerdo y me di una ducha rápida antes de reunirme con Kate y sus amigas.

La música del viejo tocadiscos de Peter Dawson resonaba por toda la estancia, pero las estridentes risas de las invitadas de Kate resaltaban, haciéndome presagiar que sería una larga e incómoda noche para mí.

—Ven aquí, Brad —me animó Lisa—. Tú vas a sacarnos de dudas a todas, ¿a que sí?

Con recelo y casi arrepintiéndome de haber accedido a la invitación, acepté la mano que me ofrecía la amiga de Kate y me senté a su lado en el sofá, pero vi que la expresión de Katherine no había mejorado en absoluto. Su gesto era lúgubre.

—¿Y cuál es la duda? —le pregunté con cautela.

—¿Por qué sois tan capullos los hombres?

—¿Cómo dices? —interrogué con espanto.

—A Phoebe le acaba de dejar su novio, con quien salía desde hace dos semanas, y queremos saber por qué muchos hombres perdéis el interés una vez que conseguís acostaros con nosotras —explicó Lisa.

Kate puso los ojos en blanco y acto seguido se tapó la cara con las manos, como si sintiera vergüenza.

—La verdad es que no puedo responder por el resto del género, solo puedo hablar por mí —manifesté—. Yo no pierdo el interés, pero no busco una relación seria… y siempre lo dejo claro antes de nada. Por tanto, las mujeres con las que me cito ya saben de antemano lo que no van a encontrar.

Cinco pares de ojos me observaban atentamente, incluyendo a Kate, que había apartado sus manos para interesarse por la conversación.

—¿En serio? ¿Jamás has tenido una pareja formal? —preguntó Brenda.

Resoplé, pero no contesté de inmediato.

—La tuve una vez, y debo admitir que jamás perdí el interés por ella durante los dos años que duró nuestra relación. —Hice una pausa y al momento continué—: Pero prefiero no hablar de ello.

Me encontré con los ojos color miel de Kate clavados en mis pupilas, y lo que vi en ellos me llenó el pecho de una emoción indescriptible.

—Oh. —Escuché varias expresiones de sorpresa, pero ninguna se atrevió a añadir nada más tras mi confesión.

—¿Alguien quiere algo de beber? —dijo Kate rompiendo el hechizo.

—Una cerveza, por favor —le pedí.

La iba a necesitar para sobrellevar aquella conversación.

—Pues yo creo que el motivo ha sido por haber accedido a sus fantasías sexuales tan pronto —soltó Brenda, retomando el tema.

—Cállate, Brenda —le dijo Lisa—. Vas a hacer que se sienta peor.

Phoebe se sonó la nariz, se la veía afectada realmente.

—No creo que ningún hombre en su sano juicio deje a su pareja por hacer realidad sus sueños eróticos —intervine.

Todas rieron, excepto Kate, que en ese momento regresaba de la cocina y me ofrecía una cerveza fría. La acepté, rozando sus dedos al sujetarla y durante unos breves segundos nuestros ojos se volvieron a encontrar.

—De eso sabe mucho nuestra Kate, ¿verdad, cielo? —comentó Lisa.

Kate se sobresaltó al oír su nombre y retiró la mano con presteza.

—No sé a qué te refieres —contestó Kate, y regresó a su asiento sin volver a levantar la vista.

—Sí que lo sabes —la pinchó Lisa—. ¿O ya no te acuerdas de ese novio tuyo que tenía por afición echar polvos en los sitios más raros?

Observé cómo Kate se ruborizaba intensamente, mientras sus amigas se divertían a su costa.

—¿Os acordáis cuando nos contó que lo habían hecho en la noria del parque de atracciones? —reveló Brenda.

Todas prorrumpieron en carcajadas, menos Kate.

—¿O aquella vez que…?

Pero el mal genio de Kate hizo acto de presencia, al fin.

—¿Queréis dejarlo ya? —profirió—. ¿Por qué no os metéis un rato con Lisa y los extraños juegos de cama que le propone su marido?

Contemplé la escena estupefacto, cuando todas comenzaron a hablar a la vez, mofándose las unas de las otras.

—¿Y tú, Brad? ¿Cuál es el sitio más raro donde has practicado sexo? —La voz de Lisa se elevó para ser escuchada, y el resto se callaron para oír mi respuesta.

Y yo que pensaba que me iba a escapar de esa surrealista conversación.

Me aclaré la garganta para contestar, mientras las cinco mujeres me contemplaban expectantes.

—Soy un tipo bastante aburrido para esas cosas. —Me encogí de hombros para restarle importancia—. Nunca he echado un polvo en ningún sitio fuera de lo común. Salvo una vez que…

Cerré la boca al darme cuenta de lo que había estado a punto de contar.

—¡Vamos, continúa! —me azuzó Phoebe—. No nos dejes con la intriga.

Resignado, me dispuse a confesar mi pequeño secreto.

—Salvo una ocasión en la que dos chicas me acorralaron en los vestuarios de la universidad e hicieron lo que quisieron conmigo —solté finalmente.

—¡Hiciste un trío! —jaleó Brenda.

La expresión de Kate cambió de forma radical, alzando la barbilla y apartando sus ojos de mí.

—Cómo no —siseó entre dientes.

Pero no pude responderle porque en ese instante comenzaron a sonar las primeras notas musicales de la canción Hey, Baby de Bruce Channel y las cuatro féminas empezaron a cantar y bailar al ritmo de la pegadiza melodía. Todas, menos Kate, quien se alejó hasta la cocina y se dispuso a preparar unos aperitivos.

Me acerqué a ella con lentitud, admirando lo bien que le sentaban aquellos pantalones vaqueros.

—¿Puedo ayudarte? —le pregunté.

Kate se giró a medias, sin alzar su vista del plato que estaba preparando.

—No hace falta.

Seguía enfurruñada.

—¿De verdad echaste un polvo en una noria? —le susurré por encima de su hombro.

Kate dio un respingo y se apartó con rapidez.

—¿Y a ti qué más te da?

—Me agrada conocer tus gustos —alegué.

—Esas prácticas no son de mi gusto —me corrigió.

Aparté un mechón de su pelo que caía de manera descuidada sobre su rostro.

—Vamos, Kate, déjame que te ayude —insistí.

Bufó, altiva.

—Está bien —cedió—. Ve preparando la mesa del comedor.

—Perfecto —acepté—. Una cosa más… ¿Puedo saber por qué estás tan enfadada conmigo?

Y se dio la vuelta. Sus ojos soltaban chispas.

—¿Por qué te has quedado? —me recriminó—. Debías marcharte a tu habitación y permanecer allí toda la noche, tal y como acordamos ayer.

Las comisuras de mis labios se inclinaron hacia arriba, sin remedio.

—Porque me apetecía mucho más estar contigo —le confesé, y cuando vi que se quedaba sin habla, añadí—: Mi dulce pastel de calabaza… ¿Te he dicho ya que hoy estás preciosa?

—N… no —tartamudeó.

—Pues lo estás. Mucho —maticé, y abarcando su rostro con mis manos, continué—: Kate, firmemos una pequeña tregua. —Me perdí en la profundidad de sus ojos—. Mira, prometo no fastidiarte más. En cuanto termine de ayudarte me retiraré a mi habitación y no saldré hasta mañana, ¿de acuerdo?

Besé su nariz sin darle la oportunidad de contestar y comencé a poner la mesa, mientras notaba su intensa mirada clavada en mi nuca.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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