• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 6

 

Las normas de convivencia

 

Kate

 

No me costó más de dos días acostumbrarme a mi nueva rutina, sobre todo cuando llegaba a mi nuevo hogar, después del trabajo, y me ponía cómoda. Era un lugar donde encontraba al fin la tranquilidad tras muchas horas de estrés, y donde me sentía acompañada por esos cuatro compañeros que me llenaban de mimos y gestos de cariño cada vez que entraba por la puerta.

En realidad eran cinco compañeros, pero a Brad me lo cruzaba tan poco que apenas era consciente de vivir bajo el mismo techo que él, aunque su ropa tirada por el suelo y las cosas que iba dejando por medio daban buena cuenta de su presencia. Cada día tardaba al menos media hora en organizar todo lo que Brad desordenaba.

—Esto no puede continuar así —murmuré para mí, mientras recogía una de sus camisas del sofá.

Me puse el pijama y cené algo rápido, mientras esperaba la llegada de Brad. Esta vez no se escaparía de recibir un buen rapapolvo por su irresponsabilidad con las labores del hogar.

Afortunadamente, no tardé demasiado en escuchar el sonido de la puerta al cerrarse, indicando que había llegado a casa.

—Buenas noches, pequeñines. —Brad saludó a los perros y no se percató de mi presencia hasta que miró hacia la cocina y me vio—. Buenas noches a ti también… pastel de calabaza.

Mala forma de empezar la conversación.

—No me lo puedo creer. ¿Otra vez con eso? —troné.

Su descarada risa me indicó por enésima vez lo mucho que le divertía enfadarme.

—No sé por qué te enfurruñas tanto, solo es un apelativo cariñoso.

Me crucé de brazos, dispuesta a iniciar una discusión.

—¿Cariñoso? Deja de insultarme y ven. Tenemos que hablar —le informé, cambiando de tema—. No puedes seguir dejándome todas las tareas de la casa.

Brad frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando? —Desanudó su corbata y se la quitó, poniéndola sobre la mesa de la cocina.

—¡De eso! —Señalé la prenda que acababa de soltar de cualquier manera—. Siempre tengo que ir recogiendo lo que dejas por medio durante todo el día.

Levantó una ceja y se acercó hasta quedar cerca de mi rostro.

—¿Esto? —Sonrió—. De acuerdo, mi capitán —se mofó, y alzó mi barbilla con su mano—. Lo siento, estoy acostumbrado a tener una asistente que se ocupa de estas cosas en casa —dijo suavizando el tono—. Si quieres, podemos hablar del tema, pero antes déjame que me cambie de ropa.

Su cercanía y el brillo de sus ojos grises, me hicieron recular hasta chocar contra la encimera.

—Está bien —murmuré, intentando separarme en vano—. Te esperaré aquí abajo.

—No tardaré. —Asintió y se retiró, pero antes de marcharse, añadió—: Por cierto, ¿no te da vergüenza? Tu pijama es horrible.

Abrí la boca por el asombro. ¿Qué le pasaba a mi precioso pijama? Miré hacia abajo sin comprender por qué le parecía feo. Se trataba un bonito conjunto de franela con ilustraciones de Mr. Darcy y Elizabeth Bennet, los famosos personajes de la escritora Jane Austen.

Aún más furiosa por su desafortunado comentario, me remangué y busqué un bolígrafo y un bloc de notas, mientras esperaba a que Brad apareciera de nuevo.

—¡Estúpido estirado! —mascullé.

Diez minutos más tarde, bajaba por la escalera con su habitual sonrisa socarrona, embutido en un pantalón de chándal que le quedaba espectacular y una sudadera, de marca, por supuesto.

¿Por qué demonios se veía bien incluso en chándal?

—¿Y bien? —preguntó a la vez que se preparaba un sándwich de queso, dejando la superficie llena de migas de pan.

No daba crédito a su cara dura. ¿Cómo podía tomarse las cosas con tanta tranquilidad?

—¿De verdad te parece normal que tenga que limpiar todo lo que ensucias y dejas por medio? —espeté, y lo aparté con brusquedad para retirar los restos de pan que él no se había dignado a limpiar.

—Pues no lo hagas.

Puse los brazos en jarra.

—¿Ah, no? ¿Entonces pretendes que nos coma la porquería?

—No es necesario que se haga de inmediato, ¿no?

Brad se encogió de hombros, dando un mordisco a su sándwich.

—Esto se acabó —gruñí—. Si quieres que continuemos con este trato tendrás que poner de tu parte y ocuparte de algunas tareas, además de recoger todo lo que ensucies.

—Bien.

—¿Bien? —repetí, incrédula—. ¿Eso es todo?

—Sí.

Totalmente furiosa, puse el bloc de notas sobre la encimera, golpeando la superficie con fuerza.

—De acuerdo. —Me incliné y comencé a escribir en una hoja—. Normas de convivencia —describí en voz alta.

Brad se apoyó en la madera, justo a mi lado y engulló el último bocado de su cena.

—Apunta —me sugirió—. No pasearse por esta casa con pijamas feos, siempre lucir lencería fina o ropa sugerente.

Fue la gota que colmó el vaso. Una oleada de rabia subió por mi columna, hasta provocar mi ira más absoluta.

—¡Sucio pervertido!

Agarré el bloc y alcé la mano para lanzárselo con fuerza, pero Brad me sujetó la muñeca y lo impidió, mientras me aprisionaba contra la encimera y aproximaba su rostro al mío.

—¿Te he dicho ya que tu carácter endemoniado me pone a mil? —susurró, rozando la piel de mi mejilla con sus labios.

Un extraño nudo se instaló en mi estómago, y me sentí presa de su mirada gris.

—Aparta tus manos de mí —farfullé, deshaciéndome de su abrazo.

Levantó los brazos en señal de rendición y me dejó paso, lo cual agradecí, pero no pude evitar sentir que mis rodillas flaquearan, tanto que tuve que sujetarme a la mesa para no caer. Nunca había sentido una atracción física tan fuerte por un hombre.

—Está bien —concedió—. Cálmate y retomemos esto en serio. Prometo cumplir con tus normas de convivencia, ¿de acuerdo?

Asentí y observé cómo Brad me quitaba el bolígrafo y el bloc con suavidad, acto seguido empezó a escribir.

—De acuerdo —repetí, aún un poco escéptica.

—¿Te parece bien si yo me ocupo de fregar los platos y realizar la colada? —sugirió.

Me relajé al notar su voluntad de colaboración.

—Sí —acepté—. Yo puedo pasear a los perros antes de irme al trabajo y tú cuando regreses por la tarde.

—Así será. —Y lo apuntó en la hoja—. ¿Te encargarás de cocinar? A mí no se me da bien.

—Yo cocinaré, pero tú limpiarás el baño —negocié.

Brad asintió sin dejar de escribir. Pero al momento levantó la cabeza para mirarme con interés.

—¿Qué hay de las visitas? —inquirió—. Me niego a ver cómo se pasean por aquí tus ligues de una noche.

Me ruboricé de pies a cabeza.

—Yo no tengo ligues de esos —admití, y Brad sonrió complacido—. Y a mí tampoco me apetece ver a tus conquistas femeninas andando en ropa interior por la casa.

Las comisuras de sus labios se ensancharon aún más con una sonrisa malvada.

—Nada de ligues. —Anotó, y volvió a mirarme entrecerrando los ojos—. Pero podemos traer amigos, ¿cierto?

—¿Qué tipo de amigos? —lo interrogué.

—Pues mis colegas, con los que suelo ver los partidos de baloncesto una vez por semana. O mis compañeros de trabajo, con los que juego al póker y tomamos cerveza.

Me quedé pensativa y me mordí el labio, mientras enrollaba un mechón de mi cabello con los dedos. No me agradaba la idea de tener que soportar a los amigos de Brad, pero debía reconocer que quería disfrutar de la compañía de las mías, como era nuestra costumbre.

—Está bien —accedí—. Siempre y cuando yo también pueda traer a mis amigas y se queden a dormir una vez a la semana. Solemos reunirnos los sábados.

—Acepto. —Su voz sonaba estrangulada—. Kate, ¿puedes parar de hacer eso?

—¿Qué? —dije siguiendo su mirada hasta la curva de mi pecho.

—Retorcerte el pelo sobre tu teta izquierda. —Se aclaró la garganta—. Me estás poniendo nervioso.

Di un respingo y solté con rapidez el mechón, a la vez que intentaba ocultar mi torso cruzando mis brazos en torno a mi cintura.

—Gracias. —Carraspeó Brad—. Sigamos.

Disimulé mi azoramiento y el calor que ascendía por mi cuello. ¿Por qué me parecía más atractivo a cada instante? No lograba apartar mis ojos de sus varoniles manos, y su aterciopelada voz me provocaba un estremecimiento cada vez que hablaba.

—Emmm, pues creo que solo falta que concretemos el tema de las condiciones del señor Dawson —añadí.

—Cierto —sacudió el bolígrafo entre sus dedos y miró hacia arriba.

—¿Cómo lo organizamos? —le consulté.

—¿Te parece bien si dedicamos los martes a realizar cada una de las cosas que nos pidió? Volvió a fijar su vista en mí y explicó—: Tú me dijiste ayer que cierras la pastelería los martes, y yo ese día puedo salir antes de la oficina.

—Es lo justo —acepté—. A los dos nos viene bien.

—Estupendo. —Volvió a escribir en el listado.

Acaricié mis brazos y quise poner punto final a la conversación.

—Entonces, si ya está todo aclarado, creo que voy a marcharme a mi habitación. Es tarde y estoy cansada.

Bostecé y le tendí una mano para sellar otro acuerdo más.

—¿Sellamos el pacto?

—Por supuesto —respondió.

Pero en vez de estrecharla, entrelazó su mano con la mía y se aproximó hasta que noté el calor de su cuerpo pegado al mío. Acto seguido, besó mi frente con dulzura.

—Que descanses, dulce pastel —susurró sobre mi piel.

Un escalofrío me recorrió la espalda. No supe reaccionar, limitándome a contemplarlo hasta que lo perdí de vista.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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