• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 5

 

Hogar, dulce hogar

 

Brad

 

El jardín de la entrada estaba tal y como Peter lo había dejado, abarrotado de figuras navideñas y de tantas luces, que cuando llegaba la noche se iluminaban con decenas de colores, llenando de vida la parte exterior de la residencia.

Una sensación de melancolía invadió mi pecho, sobre todo cuando entré al interior de la vivienda y los cuatro perros me recibieron con entusiasmo.

—Hola, pequeñín —musité, acariciando la cabeza de Aramis.

Miré a mi alrededor y comprobé que nada había cambiado. No era de extrañar que todo estuviese como siempre, ya que la señora Howards se había encargado de mantener la estancia limpia y había cuidado de los compañeros peludos de Peter.

Sus fieles amigos, a los que había adoptado años atrás y le habían acompañado, llenando su hogar de efusivos lametones y divertidas carreras. Athos y Porthos eran de tamaño considerable, tanto que cuando alzaban sus patas delanteras me ganaban en altura. Sin embargo, los pequeños Aramis y D'Artagnan no sobrepasaban mis rodillas.

—Ya sé que le echáis de menos —les dije—. Pero a partir de ahora os cuidaremos con el mismo cariño que él, ¿de acuerdo?

Los cuatro me miraban con atención, como si entendiesen cada una de las palabras que acababa de pronunciar.

Al levantar la vista me fijé en el viejo tocadiscos del señor Dawson y en un impulso lo puse en funcionamiento, para intentar paliar el silencio que reinaba en ese enorme salón. Al momento comenzaron a sonar los primeros acordes de What A Wonderful World de Sam Cooke. Peter tenía un gran gusto musical, antiguo, pero sensacional.

—Vamos, ¿me acompañáis a instalarme?

El gran Athos ladró, alzando sus negras orejas y se dirigió escaleras arriba, encabezando la comitiva.

No tardé demasiado en acomodarme en uno de los cuartos de invitados, y cuando terminé eché una ojeada al resto de la casa, pero no fui capaz de asomarme a la habitación de Peter. Era demasiado doloroso aún, así que cerré la puerta y me dispuse a darme una ducha al fin.

Aún recordaba a la perfección el primer día que me presenté en la puerta de Peter, cuando me acababan de condenar a realizar trabajos para la comunidad. Al principio me impresionó el fuerte carácter del señor Dawson, pero pronto comenzamos a congeniar, sobre todo a medida que descubría su lado más tierno y la profunda soledad que sentía sin su difunta esposa. Eso fue algo que me rompió el corazón y me llevó a encariñarme tanto con él, que incluso decidí continuar visitándolo a pesar de haber concluido mi condena.

Un tremendo escándalo me devolvió al presente. Sin darme tiempo a ponerme algo de ropa encima ni a secarme siquiera tras la ducha, me até una toalla a la cintura y salí para ver qué estaba ocurriendo.

Bajé las escaleras con rapidez y contemplé la divertida escena: Kate había llegado, cargada con cinco maletas y los perros la habían acorralado contra la pared, dándole tal bienvenida que no la dejaban ni tomar aire.

—Bienvenida a casa —le manifesté.

—Gracias —contestó, tratando de apartar a los perros.

—Vamos, chicos. Portaos bien y dejadla respirar.

Silbé para llamar la atención de los animales, con tan mala suerte que los cuatro respondieron a mi llamada abalanzándose sobre mí, aún entusiasmados, y encontraron una nueva distracción… mi toalla.

—¡Eso no! —grité.

Pero era demasiado tarde, pues una sombra marrón agarró con fuerza la minúscula prenda y se la llevó en la boca, desapareciendo por el pasillo a toda velocidad.

—¡Noooo!

Me tapé con las manos como pude, y le di la espalda a Kate, mientras escuchaba un jadeo de sorpresa, seguido de una carcajada.

—No le veo la gracia —protesté, girando mi cuello lo suficiente para perforar a Kate con una mirada asesina.

—Sí que la tiene. —Continuó riendo, tapándose la boca con una mano—. ¿Sabes? Tienes un culo estupendo… Nunca lo hubiera dicho.

Di un respingo y coloqué una de mis manos sobre mi trasero, sin darme la vuelta.

—¿Puedes parar de reírte y darme algo para que me tape? —espeté con enfado.

Kate volvió a soltar otra carcajada cuando vio pasar de nuevo a Porthos gruñendo y sacudiendo la toalla sin cesar.

—Me parece que no —se mofó—. Te las vas a tener que apañar tú solo, así aprenderás a no reírte más del color de mi pelo.

Con parsimonia, cruzó por delante de mí para dirigirse hacia las escaleras, portando dos maletas en sus manos.

—Ingrata —le susurré cuando pasó por mi lado—. Yo solo pretendía ayudarte y ¿así me lo agradeces?

Kate levantó los hombros y echó un último vistazo a mi anatomía, apenas cubierta por mis manos, mientras dibujaba una sonrisa perversa en su boca.

—Vaya… la delantera tampoco está nada mal. —Y siguió su camino, dejándome totalmente desnudo y tiritando de frío.

—Me las pagarás —murmuré para mí.

Me encaminé hacia el piso superior con toda la dignidad de la que fui capaz, hasta llegar a mi dormitorio para vestirme. Definitivamente, no había empezado nada bien nuestro mes juntos.

Media hora más tarde me reuní con Kate en la cocina, donde estaba preparando la comida para los perros, quiénes permanecían sentados en el suelo con paciencia y seguían con la vista cada uno de sus movimientos. Pero después de nuestro incómodo primer encuentro, lo que menos me esperaba era verla llorando, con el rostro compungido. A pesar de todo, estaba preciosa con esos grandes ojos color miel bañados en lágrimas.

Cualquier resentimiento quedó en segundo plano.

—Ehh, ¿qué ocurre?

Sorbió con dificultad y trató de recomponerse, sin éxito.

—Es difícil estar aquí sabiendo que no va a volver —me explicó—. Aún no me hago a la idea.

Sin pensármelo, la envolví entre mis brazos para acunarla, y asombrosamente aceptó mi abrazo.

—Lo sé. Para mí también está siendo duro —susurré con los labios apoyados en su cabeza—. Peter ha sido mi única familia durante dos años.

Kate se separó, observándome con una mezcla de curiosidad y lástima.

—¿No tienes familia? —murmuró.

Resoplé. No me apetecía en absoluto hablar sobre ese tema, pero no me quedó más remedio que explicarle lo que le había dado a entender.

—La tengo, pero es como si no existieran —le conté—. Mis padres son bastante… especiales. Ellos no conciben la palabra familia de la misma forma que la mayoría. Siempre han vivido por y para sus trabajos y sus relaciones profesionales. Apenas los veo, aunque tampoco me importa demasiado.

Me estudió con atención, y me imaginé que no esperaba aquella confesión.

—Lo lamento —dijo al fin—. Si te soy sincera, tenía otro concepto diferente sobre ti. —Hizo una pausa para sonarse la nariz, y continuó—: Siempre te veo con tus trajes caros, sonriendo y rodeado de mujeres… Pareces un hombre de éxito en todos los sentidos.

Me perdí en sus ojos vidriosos, cargados de ternura. Nunca la había visto tan vulnerable.

—No todo es lo que parece —murmuré. Pero no pude evitar quitarle importancia al asunto—. Aunque tengo que reconocer que me gusta que creas que siempre estoy rodeado de mujeres —bromeé.

Le sonreí, y Kate me correspondió, sorprendiéndome con su bella expresión, ya sin apenas rastro de tristeza.

—Bueno, no es de extrañar —soltó sin pensar—. No todos los días una se encuentra con un hombre así.

Pero cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, se ruborizó hasta la raíz de su hermoso pelo.

—¿Acabas de halagar mi aspecto, señorita Parker? —le pregunté, divertido.

Kate apartó la mirada, azorada.

—Quiero decir —rectificó—, que no todos los días veo a un hombre tan bien vestido, perfectamente afeitado y con tan buenos modales.

Carraspeé, y levanté su barbilla con el dedo índice.

—En realidad, solo llevo traje por obligación, por mi trabajo —aclaré—. Pero en casa y en mis ratos de ocio suelo andar así. —Y con la otra mano, le señalé la ropa informal que llevaba puesta.

Kate apartó mi brazo, parecía incómoda con el contacto.

—El señor Dawson me contó que trabajas en una gran empresa de juguetes —continuó—. Debe ser interesante.

Levanté las cejas.

—La verdad es que no me puedo quejar, pues me encanta mi trabajo. Soy director creativo en Mr Funballs.

—¿Y en qué consiste tu cargo? —se interesó Kate.

—Superviso el equipo de creación e invención de nuevos juguetes. Aporto ideas e incluso diseño mis propios modelos.

—Vaya, suena genial.

—Sí —corroboré—, pero es bastante sacrificado. En ocasiones he llegado a pasar en la oficina más de catorce horas seguidas.

Kate chasqueó la lengua.

—Te comprendo bien.

En ese momento, Athos se unió a sus tres compañeros, sentándose para observar con atención el bote de metal que reposaba sobre la encimera. Y con gracia, dejó caer la toalla que aún llevaba aprisionada entre sus dientes.

Kate y yo nos miramos y prorrumpimos en carcajadas.

—Creo que le hace falta un buen lavado a esta toalla —admití, alzando la prenda por la única esquina que no tenía babas de perro.

Ya olvidado el mal trago del inicio, Kate continuó sonriendo, mientras retomaba la tarea de vaciar el contenido de la enorme lata en los platos de los perros.

—He dejado el resto de ropa sucia en el sótano. —Levantó la cabeza y añadió—: ¿Te parece bien si te encargas de la colada y yo de darles de comer?

—Perfecto —acepté, sin dejar de admirar su preciosa figura contoneándose con soltura.

Cuando hubo servido el almuerzo a los perros me observó, estaba meditando.

—Brad, ¿puedo preguntarte algo bastante personal?

—Claro —respondí.

Me picaba la curiosidad.

—¿Por qué te condenaron a realizar trabajos para la comunidad?

Su demanda me pilló por sorpresa, pero accedí contándole la verdad.

—Como te dije antes, mi trabajo me absorbe tanto que a veces me obliga a salir a altas horas de la oficina —alegué—. Una noche, cuando regresaba a casa, se me cruzó un conductor borracho invadiendo mi carril y reaccioné tratando de esquivarlo. Al hacerlo, me estrellé contra una farola, con tan mala suerte que antes también me llevé por delante varios setos y una escultura de un jardín público. Tomé la decisión equivocada al girar. Por suerte, no había nadie porque era bastante tarde y el parque estaba cerrado, pero eso no era excusa, ni tampoco impidió que me condenasen y que tuviera que pagar una gran suma de dinero como multa.

—Menudo susto.

—Así fue. —Tuve que reconocer para mí mismo que empezaba a gustarme tener ese tipo de charlas con Kate—. Pero al menos me sirvió para no volver a cometer ningún error similar cuando voy en el coche.

—No es de extrañar —expuso—. Aunque ahora me quedo más tranquila, sabiendo que no eres un ladrón ni un delincuente cualquiera.

Y me mostró su más hermosa sonrisa, justo antes de desaparecer por las escaleras.

Resoplé, cada vez más consciente de lo mucho que me iba a costar resistirme a sus encantos, pues si era bonita por fuera, lo era más aún por dentro.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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