• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 4

 

La decisión

 

 

Kate

 

Saqué del horno la última bandeja de bollos de crema y al fin pude tomarme cinco minutos de descanso.

—Ummm, ¡qué bien huele! ¿Puedo? —preguntó Brenda, justo antes de echar mano a uno de los esponjosos dulces.

—Te vas a quemar —le advertí entre risas.

Pero ya era demasiado tarde, comenzó a dar saltitos y a soplar sobre sus dedos para paliar la quemazón. Y mientras me reía a carcajadas, desapareció de la cocina para salir a atender a los clientes.

La pastelería funcionaba cada día mejor, algo que me llenaba de orgullo; pero si no lograba ponerme al día con los pagos atrasados, mucho me temía que pronto me harían llegar un ultimátum que me pondría entre la espada y la pared.

La solución era sencilla: aceptar las condiciones para recibir la sorprendente herencia de Peter Dawson. El problema era que no estaba segura de poder cumplir con la parte que implicaba vivir con el repelente de Brad, durante todo un mes.

Pero era consciente de que no estaba siendo justa. El bueno del señor Dawson cuidaba de mí incluso cuando ya no estaba, y me sentía egoísta por plantearme siquiera rechazar su maravilloso regalo, solo por un capricho de mi rebelde carácter.

Sería una completa estúpida si no aceptaba semejante propuesta. Tenía que dejar atrás mi orgullo y ponerme en contacto con Brad para hablar sobre el tema que había estado esquivando durante dos días. Sí, lo haría… pero más tarde.

Resoplé y salí de la cocina para sentarme frente a una de las mesas que se habían quedado libres en la zona de la cafetería. Al instante, mi teléfono empezó a vibrar, avisándome de la llegada de un nuevo mensaje. Mis ojos se agrandaron al darme cuenta de quién se trataba.

¿Cómo había conseguido Brad mi número tan pronto?

Pensaba que en ese terreno jugaba con ventaja, pues tenía el suyo gracias a Lisa, quien se lo había pedido para contactar con él para la organización de la cena navideña de Happy Hearts.

Resignada a enfrentarme a esa temida conversación, me dispuse a contestar.

 

El estirado: ¿Hola? Soy Brad Moore.

Yo: Lo sé. ¿Qué quieres?

El estirado: Mmm… ¿Qué tal un poco de cordialidad, para empezar?

Yo: ¡Hola, Brad! Me alegra comprobar que sabes escribir. ¿Contento?

El estirado: Muy bien, vas mejorando. Aunque todavía tienes que practicar un poco más tu lado amable.

Yo: …

El estirado: Está bien, vamos al grano. ¿Estás ocupada? Debemos hablar sobre la herencia para tomar una decisión.

Yo: De acuerdo. Terminemos con esto cuanto antes. ¿Te viene bien que quedemos mañana?

El estirado: ¿Qué te parece ahora? Tengo un par de horas libres, así que podríamos aprovechar.

Yo: Mejor lo dejamos para otro día. Estoy trabajando y no puedo marcharme en este momento.

 

El sonido de unos fuertes golpes en el cristal de la puerta me hizo dar un respingo y levantar la vista.

No. ¿En serio?

Un sonriente Brad me saludaba con descaro desde la calle y, sin dar crédito aún a lo que estaba sucediendo, me dirigí hacia la entrada para dejarlo pasar.

—¿Cómo sabes dónde trabajo? —proferí sujetando la puerta.

Brad se encogió de hombros y entró frotándose las manos. Fuera comenzaban a caer los primeros copos de nieve.

—El abogado de Dawson me dio esta dirección —me aclaró, sin dejar de tiritar—. Gracias por aceptar, me estaba congelando ahí fuera.

—No tienes por qué darlas —me ablandé al observar su nariz enrojecida por el frío—. Puedes sentarte allí. —Le señalé el rincón donde había estado segundos antes—. Si quieres… te puedo preparar algo para que entres en calor.

Su tierna mirada, acompañada de una sonrisa sincera, me obligó a arrepentirme de haberme mostrado tan huraña con él.

—No me negaré a tan apetecible invitación… ¿Qué es eso que huele tan bien?

Sonreí, complacida.

—Chocolate caliente. ¿Quieres una taza?

—Me encantaría —aceptó.

—Te serviré también uno de los bollos de crema que acabo de hornear.

Brad asintió, mientras se deshacía de su abrigo y observaba el interior con asombro.

—Este sitio es bastante peculiar —dijo, admirando la antigua barra de la década de los 60s.

—¿Te gusta? —Mi pecho se hinchó de orgullo—. Fue idea del señor Dawson, él me consiguió este viejo mostrador, junto a las mesas y sillas. Tienen más de cincuenta años.

En realidad, toda la decoración de estilo años 60s se había llevado a cabo gracias a Peter Dawson, pues durante los primeros meses tras la compra del local yo me había limitado a usar los sencillos muebles y utensilios que dejó el anterior propietario. Pero poco a poco, Peter me fue regalando todas esas fabulosas antigüedades, incluyendo las fotografías de actores y cantantes que triunfaban en su época, y que ahora formaban parte de la decoración. Aunque mi mayor tesoro era la Jukebox de la entrada. Una gran gramola que funcionaba con monedas y que reproducía canciones de la misma década.

—Es realmente asombroso —dijo Brad, mientras se acomodaba en la silla y aceptaba la taza de chocolate.

Me senté frente a él, contemplando cómo se llevaba la taza a sus sensuales labios. ¿Por qué demonios me fijaba en esas cosas? Me removí en el asiento y carraspeé.

—¿Y bien? —cambié el tema de conversación—. ¿Crees que deberíamos aceptar la propuesta?

Pero Brad estaba más pendiente de su bebida.

—Este chocolate está increíble. —Lo saboreó y acto seguido me miró a los ojos y contestó a mi pregunta—. Creo que será un feo gesto por nuestra parte si no aceptamos su herencia. Nos ha regalado todas sus posesiones, solo por haberle hecho compañía durante los últimos años de su vida —meditó en voz alta—. Pienso que convivir juntos durante un mes es poco comparado con lo que nos ha dado a cambio.

En ese instante empezó a sonar en la gramola la canción You Can't Hurry Love, del grupo The supremes.

Suspiré y apoyé los codos sobre la mesa. No quise reparar demasiado en la dirección que habían tomado los ojos de Brad. ¿Me estaba mirando los labios? Ese hombre me ponía nerviosa con su sola presencia.

—Sinceramente, no me atrae demasiado la idea de vivir contigo un mes. —Levanté las manos y traté de explicarme mejor—. No te lo tomes mal, pero al fin y al cabo, eres un desconocido para mí.

—Lo sé. Aunque también tengo claro que Peter era un buen hombre, y nunca nos hubiese pedido algo así si no supiera que somos personas en las que se puede confiar.

—Tienes razón. En realidad no me pareces un tipo peligroso. Alguien que cuida tan bien de un anciano, aunque sea por obligación, merece todo mi respeto —murmuré pensativa—. Pero, ¿qué hay de las indicaciones que mencionó su abogado?

Alzó las comisuras de su boca.

—Veamos qué pone aquí.

Brad rebuscó en los bolsillos de su abrigo y sacó un sobre, en cuyo interior había otra carta que parecía estar escrita por el propio Peter. Me la ofreció, y sin más dilación comencé a leer en voz alta.

 

«Queridos Brad y Kate:

Si estáis leyendo esta carta es porque habéis aceptado el trato. Bien hecho, sabía que podía confiar en vosotros. Estoy seguro de que no os arrepentiréis y que el mes que vais a pasar juntos será un tiempo que jamás olvidaréis. Os conozco bien a los dos y sé que os vais a compenetrar a la perfección, aunque ahora os veáis totalmente opuestos.

¿Sabéis? Eso mismo me ocurría con mi amada Wendy. Éramos como la noche y el día, y precisamente por ese motivo encajábamos tan bien. Mi dulce esposa me aportaba todo lo que faltaba en mi carácter. Me completaba.

Pero el tiempo que pasamos juntos fue breve, y las responsabilidades nos impidieron realizar muchas de las cosas que me hubiera gustado conseguir junto a ella, como viajar a Europa o tener hijos. Siempre pensamos que tendríamos muchas oportunidades para llevarlas a cabo, pero no fue así.

Por eso os aconsejo que viváis siempre como si no hubiera un mañana y que nunca dejéis algo para otro momento, porque quizás no exista la posibilidad. Carpe diem. Aprovechad cada instante y disfrutad de cada día en este bello mundo.

Y aquí llega mi petición. Mis buenos muchachos, ¿complaceréis a este viejo soñador? Me gustaría que nos rindáis un homenaje a mi esposa y a mí, siguiendo nuestras costumbres y realizando todo lo que nos gustaba hacer durante el invierno.

Patinar sobre el hielo en Rockefeller Center.

Decorar juntos el árbol de Navidad.

Bailar durante horas frente a la chimenea.

Esto es todo, jovencitos. Ya sabéis lo que os he dicho siempre: seguid los dictados de vuestros corazones.

Sinceramente,

Peter.»

 

Cuando levanté la vista me encontré con los ojos grises de Brad clavados en mi boca. Me escuchaba con tanta atención y embeleso que no se dio cuenta que había terminado.

Carraspeé para deshacerme del nudo que se había instalado en mi garganta, debido a las emociones que me provocaron la carta de Peter, y en ese instante Brad reaccionó alzando su mano para limpiar una lágrima que se había escapado de mis ojos. Un sencillo gesto que me dejó sin respiración y con el corazón acelerado.

—Tuvieron mucha suerte de vivir un amor tan intenso —musitó.

—Sí —apoyé su pensamiento—. Pero supongo que diez años juntos les supo a poco.

Brad arrugó la frente.

—¿Preferirías no conocer ese sentimiento único, antes que disfrutarlo por un breve tiempo y luego perderlo? —me interrogó.

Su pregunta me pilló por sorpresa.

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Si te digo la verdad, no creo que exista ese tipo de amor pasional que describen en las películas y en los libros.

Brad se cruzó de brazos sin dejar de observarme con una expresión enigmática. Sus atractivas facciones me robaban el aliento y sabía que estaba en peligro si aceptaba la herencia, pues dormir treinta noches bajo el mismo techo que Brad iba a resultar una auténtica tortura para mi salud mental.

A lo mejor no eran tan ficticias esas emociones que se mencionaban en las novelas románticas.

De forma inesperada, Brad tomó una de mis manos entre las suyas y acarició mi palma con las yemas de sus dedos.

—Aceptemos —me azuzó—. Creo que se lo debemos a Peter. Además, me gusta la idea de hacer realidad sus deseos y formar parte de su historia.

—Yo…

—Venga. Di que sí —insistió, ayudado de su mejor sonrisa—. Piensa que una vez que finalice el mes podríamos poner en venta el inmueble, y si no te apetece no tendrás que verme nunca más.

Eso era cierto. ¿Qué podía perder? Al contrario, mis deudas quedarían saldadas y tendría la oportunidad de comenzar al fin una etapa sin apuros económicos.

—De acuerdo —mascullé con timidez.

El grito de júbilo que salió de los labios de Brad me hizo soltar una carcajada. Quizás, pero solo quizás… no era tan mala idea pasar un mes a su lado.

—¿Trato hecho? —Me ofreció su mano, la cual estreché con reparos.

—Trato hecho —repetí.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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