• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 3

 

La herencia inesperada

 

Brad

 

Al fin respiraba el aire frío de la calle, después de dos horas aguantando la charla incesante de Lisa en el centro para la tercera edad Happy Hearts.

Aunque en un principio solo pretendía molestar a Kate con mi ofrecimiento, finalmente se ablandó mi corazón y acepté acudir a la fiesta navideña de la residencia para ayudar con la organización del evento.

De seguir así, mi reputación terminaría por los suelos. Solo esperaba que nadie de la empresa llegase a enterarse de lo que estaba haciendo, o mi fachada de tipo serio y frío se vendría abajo.

La culpa era de Peter Dawson. Ese viejo gruñón me había demostrado más cariño y respeto en dos años, que mi propia familia durante toda mi vida. Se había ganado mi afecto a pulso y ahora lo echaba tanto en falta que a veces sentía que me faltaba el aire cuando recordaba que ya nunca lo volvería a ver.

Pero el deber mandaba y poco a poco comenzaba a recuperar mi antigua rutina, cuando solo vivía por y para Mr Funballs, y nada más importaba. Ser el director creativo de una gran empresa de juguetes era mi sueño hecho realidad.

Solo había un problema: Kate. Esa preciosa pelirroja que se había colado en mi mente y que no lograba olvidar tras las horas que habíamos compartido en el hospital. El señor Dawson también tenía razón en eso, y seguro que se estaba riendo desde el cielo cada vez que me disponía a buscar información sobre Katherine en Internet, algo que había hecho varias veces durante la última semana. Al fin y al cabo, no hacía daño a nadie por intentar planear un encuentro «fortuito» con la misteriosa chica que me había robado el sueño y me intrigaba a partes iguales.

Me coloqué bien la bufanda y saqué de mi bolsillo la notificación para revisar de nuevo la dirección. Era extraño que me hubieran llamado desde notaría para que me presentase allí esa misma mañana, pero lo cierto es que no recordaba tener alguna cuenta pendiente, a no ser que fuese algo relacionado con mis padres, porque entonces me podía esperar cualquier cosa.

—¡Taxi! —grité.

Me subí al primero que paró y le di las señas de mi próximo destino. Si todo iba bien, en un par de horas estaría de nuevo en mi trabajo y podría olvidarme de aquella enigmática citación.

La sala de espera de la notaría era bastante elegante y sobria, algo normal debido a la zona donde estaba ubicada, sin duda era uno de los barrios más lujosos de la ciudad.

Mi curiosidad iba en aumento conforme pasaban los minutos, sobre todo al ver el trasiego de personas que entraba a los despachos, incluso aquellos que habían llegado más tarde que yo.

—¿Bradley Moore? —me preguntó una de las secretarias, acercándose hasta mí.

—Sí, soy yo.

—Puede usted pasar al despacho número tres —me invitó—. Al fondo del pasillo, la segunda puerta por la izquierda.

—Muchas gracias —le agradecí, y acto seguido me dirigí hacia donde me había indicado.

Se trataba de un despacho amplio que armonizaba con el resto del lugar, y en cuyo interior me encontré con dos hombres trajeados, que me recibieron estrechando mi mano.

—Bienvenido, señor Moore —dijo uno de ellos—. Mi nombre es Jeff Roberts, soy el abogado del difunto Peter Dawson.

¿Había escuchado bien? ¿Qué pintaba yo en una notaría junto al abogado del señor Dawson?

Pero no me dio tiempo a reaccionar, pues un torbellino, envuelto en una nube de colores hizo su entrada en la habitación, captando todas las miradas. Y de nuevo, una inconfundible belleza pelirroja me atrapó sin remedio.

—Disculpen el retraso —se excusó, sin percatarse de mi presencia—. El tráfico a esta hora es espantoso.

Y nuestras miradas se cruzaron, provocando que sus ojos se agrandaran sin disimulo cuando se dio cuenta de quién era.

—¿Tú otra vez? —espetó—. ¿Qué demonios haces aquí? —siseó entre dientes, y de inmediato se ruborizó intensamente, al notar que lo había dicho en voz alta.

—Y usted debe ser Katherine Parker. —El abogado, ajeno a la escena, le tendió su mano, repitiendo el gesto que había realizado conmigo segundos antes.

—Sí, soy Kate Parker —titubeó, fijando la vista en su interlocutor.

—Bien —asintió el abogado—. Pues si ya estamos todos, comenzaremos con la lectura del testamento de Peter Dawson.

Kate y yo nos miramos desconcertados.

—¿Testamento? —preguntamos al unísono.

—Efectivamente. —Y el abogado sonrió ampliamente—. Os hemos citado porque sois los únicos beneficiarios del legado de Peter Dawson.

Vi cómo Kate se sentaba de golpe en la silla, sin cerrar la boca, aún abierta por la sorpresa y seguí su ejemplo, acomodándome en la silla vacía que estaba situada a su lado.

—Adelante —lo animé, mientras me colocaba bien la corbata.

Pero mi confundida mente no lograba asimilar las palabras que pronunció el notario, pues se había quedado anclada en la parte en la que nos había mencionado como únicos beneficiarios.

—… a Katherine Parker y Bradley Moore el cincuenta por ciento a cada uno, como únicos beneficiarios de la herencia, compuesta por quinientos mil dólares y la casa en propiedad, una mansión valorada en ochocientos mil dólares —decía el notario—. Siempre y cuando se cumplan las dos condiciones impuestas y varias indicaciones que se explican en la documentación adicional.

Kate se llevó una mano a la boca y yo solté una sonora carcajada.

—¿Se trata de una broma? —se me escapó.

El ilustre notario me miró por encima de sus gafas con cara de pocos amigos.

—Tal y como iba diciendo —prosiguió, ignorando mi pregunta—. Las dos únicas condiciones son: el cuidado y adopción de los cuatro perros de Peter Dawson, Athos, Porthos, Aramis y D'Artagnan; y la convivencia de los dos juntos, Katherine y Bradley, en la ya mencionada residencia, durante un mes completo.

—¿Cómo dice? —logró pronunciar Kate con voz estrangulada.

—Aquí tenéis los anexos —explicó el letrado—. En su interior encontraréis la respuesta a cualquier duda que os surja, ya que Peter Dawson lo dejó todo bien atado antes de su fallecimiento.

El abogado nos ofreció dos carpetas que contenían la documentación anteriormente citada y una carta, escrita de puño y letra por Peter Dawson, la cual abrí con dedos temblorosos.

 

«Mi querido Brad:

Si estás leyendo esta carta es porque finalmente ha sucedido lo que sé desde hace unos meses. Mi corazón está cada día más débil y el médico no me da demasiadas expectativas de vida. Me queda poco tiempo, él piensa que no llegaré a Navidad, así que no quiero irme de este mundo sin decirte lo mucho que ha significado para mí tu compañía durante los dos últimos años.

No debes entristecerte por mi partida. Estoy feliz porque al fin me voy a reunir con mi esposa, mi amada Wendy, con quien tuve la suerte de compartir los mejores años de mi vida. El nuestro fue y será un amor de leyenda. Breve, pero perfecto.

¿Sabes? Todas las personas merecen el privilegio de vivir una historia de amor como la nuestra. Aunque duró mucho menos de lo que debía, no cambiaría ni un solo instante del tiempo que pasé junto a ella.

Sé que te sentirás contrariado tras la lectura de mi testamento, pero debes entender que Kate y tú sois para mí los hijos que nunca tuve, y nada me hace experimentar más satisfacción que legaros todas mis posesiones… y saber que cuidaréis de mi herencia los dos juntos. Confío en que aceptéis la propuesta y sé que no os arrepentiréis.

Hay algo importante que quiero pedirte, Brad. Debes cuidar a Kate. Pronto descubrirás por ti mismo cuán frágil es. A pesar de aparentar independencia y una entereza descomunal, en realidad es una chica dulce e insegura que ha tenido que pelear muy duro para demostrar su valía. Y no se lo han puesto fácil.

No confía en los hombres.

Enséñale que se equivoca contigo, muchacho.

Y recuerda que cuando me necesites, tan solo debes poner mis viejos discos y allí estaré para ti, para acompañarte en tus buenos momentos y consolarte en los malos, sonriendo y danzando al son de las melodías de Otis Redding o Frank Sinatra.

No lo olvides, escucha siempre a tu corazón.

Sinceramente,

Peter.

P.D. Intenta no darle de comer dulces al pequeño D'Artagnan. Jamás. No le sientan demasiado bien. Si lo haces, lo lamentarás, créeme.»

 

Tragué con dificultad para evitar que mis ojos se humedecieran a consecuencia de las emociones que me había provocado la carta de Peter Dawson. Pero pronto me recompuse, al ser consciente de que en realidad él era feliz, porque dondequiera que estuviese en ese momento, era en compañía de su amada Wendy.

Miré de soslayo a Kate, quien se enjugaba las lágrimas mientras terminaba de leer una nota similar a la mía. Le tendí un pañuelo y lo aceptó sin más, algo extraño, pues siempre se había mostrado arisca con cualquier muestra de amabilidad.

—Imagino que tendréis que meditar todo bien antes de aceptar o rechazar la herencia de Peter Dawson —manifestó el abogado, rompiendo el silencio.

—Sí —le confirmé, sin apartar mis ojos de Kate—. Necesitaremos unos cuantos días para decidirnos y charlar largo y tendido sobre el tema.

—No hay problema alguno —aceptó—. Los dos tenéis mi tarjeta, así que solo tenéis que solicitar una cita conmigo y el notario, cuando hayáis tomado una decisión, para firmar y aceptar o rechazar la sucesión.

Katherine levantó la cabeza y se aclaró la garganta antes de hablar.

—Las otras indicaciones que mencionó antes, ¿también debemos comprometernos a llevarlas a cabo, en caso de que aceptemos la herencia?

—Exacto —afirmó el letrado—. Podéis repasarlas juntos y decidir qué queréis hacer.

—De acuerdo. —Y clavando su mirada en mí, con sus enormes ojos de color miel, añadió—: Te daré mi número de teléfono para que podamos quedar y hablar con calma de este asunto.

Asentí mientras sacaba mi receptor del bolsillo.

—Adelante —la animé a continuar y comencé a teclear su nombre en la pantalla para guardar sus señas.

Al instante vi que fruncía el ceño y se ruborizaba.

—¿Acabas de añadirme a tu lista de contactos con el nombre de «Pastel de calabaza»? —soltó enfadada.

Comprobé lo mucho que me divertía sacarla de quicio.

—Esto… sí —confirmé, tratando de reprimir una sonrisa de triunfo—. Es para diferenciarte del resto de Kates que tengo en mi agenda.

El color de su cara se tornó de un tono más intenso que su pelo. Durante varios segundos me dirigió una mirada asesina, y finalmente levantó un dedo, apuntando hacia mi pecho.

—¿Sabes qué? —inquirió, soltando chispas por sus ojos—. Si quieres contactar conmigo, apáñatelas solo y búscame, porque a mí se me acaban de quitar las pocas ganas que tenía de volverte a ver.

Y enlazándose la bufanda multicolor, salió del despacho hecha una furia.

Sonreí abiertamente, ante las miradas desconcertadas de los dos hombres allí presentes.

—Eso ha sido un golpe bajo —manifestó con cautela el abogado.

—Lo sé. —Las comisuras de mis labios se ensancharon aún más, y abrochándome el abrigo, continué—: Pero la empiezo a conocer, y sé que pronto me lo hará pagar caro. —Inspiré con fuerza—. Hasta pronto, caballeros —concluí, justo antes de salir de la oficina silbando.

No me hacía falta la herencia del señor Dawson para mejorar mi economía, pero la idea de pasar un mes entero junto a Kate era un interesante reto que no pensaba desperdiciar.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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