• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 2

 

El estirado

 

 

Kate

 

Hacía tan solo una semana que había fallecido Peter Dawson, y con él se llevó un pedacito de mi corazón. Ya nada sería lo mismo sin ese cascarrabias al que tanto cariño había tomado.

Una neumonía, agravada por sus problemas de corazón y su avanzada edad, fueron la causa de su marcha, sin que los médicos pudiesen hacer nada por salvarlo.

—Kate, ¿me estás escuchando? —La voz chillona de Lisa me devolvió a la realidad—. ¿Quieres bajar de las nubes y ayudarme?

—Sí, ya voy.

—Acércame esas tijeras —me indicó, y a continuación soltó un largo bufido—. Estoy harta de la Navidad, y eso que aún falta un mes —protestó—. Todas estas luces y tanto brillo por todas partes, me ponen de los nervios.

—No seas quisquillosa —le regañé con cariño—. Eres la primera que te ofreces para organizar la decoración en cada fiesta, así que ahora no te quejes.

Lisa volvió a suspirar y, sin bajar de la escalera, se hizo con las tijeras que me había pedido.

En el centro para la tercera edad Happy Hearts comenzaba a cobrar vida el espíritu navideño, con aquel gran árbol de Navidad que habíamos comprado el día anterior, y con los coloridos adornos que colgaban de las paredes y techos del recinto.

Los ancianos admiraban el gran salón con deleite cuando paseaban por allí, mientras nos animaban a continuar y tarareaban viejas canciones navideñas.

La Navidad era mi festividad favorita cuando era una niña, pero este año no la disfrutaría, ya que me había vuelto a quedar sola en la ciudad. Las navidades pasadas las habíamos celebrado en casa del señor Dawson, haciéndonos compañía mutuamente. Una decisión acertada que me proporcionó una mágica y maravillosa velada que jamás olvidaría. Nada parecida a las fiestas que se organizaban en casa de mi familia, en Arizona, siempre protagonizadas por las discusiones entre mis hermanos y las incómodas visitas de los vecinos cercanos al rancho.

—Extraño tanto a Peter Dawson. —Suspiré con resignación—. No me hago a la idea de que ya no esté.

—Lo sé, cariño, pero tienes que seguir con tu vida y alegrar esa cara. Es lo que él hubiera querido —me reconfortó Lisa.

—Es cierto, aunque no puedo evitar sentirme así —protesté.

Las campanillas que acababan de colocar sobre la puerta tintinearon, avisando de la llegada de alguien a la residencia. Lisa y yo nos volvimos para ver de quién se trataba, pero al comprobarlo no logré disimular un gesto de fastidio.

—¿Ese no es…?

No dejé que terminara la frase.

—El estirado que me comparó con un pastel de calabaza —me adelanté a la pregunta de Lisa—. El mismo «niño rico» que viste y calza.

Observé a Brad con detenimiento, consciente de que él no me había visto, pues nada más llegar se había dirigido hacia el mostrador para comenzar a coquetear con la recepcionista.

Cómo no.

Siempre impecable, con su traje chaqueta color gris, una corbata de un tono más oscuro y un abrigo haciendo juego, parecía salir del catálogo de una lujosa marca de ropa masculina.

A decir verdad, estaba siendo un poco injusta con él. Brad había demostrado un gran afecto por el señor Dawson durante los días que estuvo hospitalizado, aunque eso no lo disculpaba de comportarse conmigo de esa manera, pues no había perdido la oportunidad de evidenciar su aversión hacia mí en cada una de las conversaciones que habíamos compartido durante el tiempo que permanecimos en la sala de espera del hospital.

—Pues tú piensa lo que quieras, pero yo me reafirmo en lo que te dije: está buenísimo. ¿Lo has visto bien? —soltó entusiasmada—. Lástima que estoy casada, porque si no lo estuviera me uniría ahora mismo a ese corrillo que se ha formado a su alrededor.

Murmuré mi desaprobación por lo bajo.

—Shhh. Ni se te ocurra darte la vuelta —me susurró Lisa—. Viene hacia aquí.

—Dime que eso no es verdad. —Y puse los ojos en blanco.

El sonido de unos pasos me anunciaron su llegada.

—Kate. —La voz profunda de Brad me provocó un respingo, a mi pesar—. Qué casualidad verte por aquí.

—Hola, Brad. —Puse mi sonrisa más impostada e incliné la cabeza para saludarlo—. Vaya, me encantaría charlar con más tiempo, pero me tengo que ir —dije entre dientes.

Brad rio con sarcasmo, pero Lisa abrió la boca por el asombro, ante mi áspera respuesta.

—Tranquila, no quiero molestarte —se excusó Brad—. Solo me acerqué a saludar como muestra de cortesía.

Sin dejar de forzar la sonrisa, asentí con la cabeza.

—Estupendo, entonces todos contentos —alegué—. Bueno, me tengo que despedir, que llego tarde al trabajo.

La sonrisa burlona de Brad se intensificó e ignoró por completo mi despedida.

—Ah, veo que has limpiado el pastel de calabaza de tu pelo —se burló.

Levanté las cejas, mientras notaba cómo la furia se apoderaba de mí. No era posible que se atreviese a meterse con mi cabello otra vez.

—Sí —solté, aumentando el tono—. No hay nada que un buen champú no arregle, además, la crema de calabaza realza el cobrizo. —Y añadí, cada vez más enfadada—: ¿Ya has terminado tu condena de servicios a la comunidad? ¿O es que te la han prolongado por mala conducta?

Lisa tosió con fuerza ante mi pulla, sin perder el hilo de la conversación y Brad soltó otra carcajada; parecía disfrutar de aquella trifulca.

—En realidad pasaba por aquí para ofrecer mi ayuda. Sé que pronto prepararéis la cena navideña, así que si me necesitáis…

—¡Por supuesto! —interrumpió Lisa—. Será un placer contar contigo. ¡Hay tanto que hacer aquí! Ven conmigo.

Bajó de la escalera con rapidez y tomó a Brad de la manga, quien se encogió de hombros con resignación y la siguió hacia el pasillo.

Respiré aliviada al librarme de su presencia. Ese hombre siempre sacaba lo peor de mí, y solo esperaba no tener que cruzarme con él otra vez, aunque mucho me temía que lo tendría que soportar durante la cena navideña de Happy Hearts.

No negaría que Lisa tenía razón, Brad era guapo a rabiar, con su elegante y altísima figura, que compensaba con una buena musculatura, pero sobre todo con ese rostro tan perfecto, que provocaba que las mujeres se le arremolinasen para desplegar sus encantos ante él. Su cabello castaño, contrastaba con sus grandes ojos, de un tono gris claro y eran imposibles de olvidar, con unas largas pestañas que los bordeaban y lo hacían aún más atractivo. Aunque lo que más me gustaba de él eran sus labios, grandes y carnosos; un rasgo extraño en un hombre de apariencia tan masculina, pero que invitaban a pecar sin remedio. Y cómo no, los hoyuelos que le salían en las mejillas cada vez que sonreía y que le daban aspecto de chico travieso.

Sí, Brad era un hombre extraordinario… que estropeaba su encanto en cuanto abría la boca, porque jamás me había topado con alguien tan estirado y prepotente como él.

Sin duda, alguien que no merecía la pena conocer.

Aproveché que Lisa y Brad se alejaron y me marché al trabajo.

—Hasta mañana, Jason —me despedí del portero.

—Que tengas un buen día. —Inclinó la cabeza a modo de saludo y sujetó la puerta hasta que salí.

Al menos la pastelería estaba cerca, se encontraba en la misma calle que la residencia. Precisamente ese fue el motivo por el que descubrí años atrás el hogar para la tercera edad y me decidí a prestarme como voluntaria. Todos los días pasaba por la puerta de Happy Hearts, mientras iba de camino hacia mi negocio y veía a los ancianos a través del cristal. Mi corazón se rompía al percatarme de la soledad que acompañaba a algunos de ellos, y en un impulso comencé a llevarles dulces hechos por mí todas las mañanas, y más tarde decidí dedicar más tiempo a aquellas bellas personas tan faltas de cariño y atención.

El claxon de un taxi me sobresaltó. Se me había complicado el día y no me daría tiempo a hacer todo lo que tenía pendiente, pues al final de la mañana debía presentarme en la notaría, para aclarar el asunto de la extraña notificación que recibí el día anterior y que me había alarmado. Solo esperaba que no se tratara de nada relacionado con los pagos atrasados del local, del negocio que tanto esfuerzo me estaba costando sacar adelante.

La época pre navideña era la que más trabajo nos daba en la pastelería, pues los pedidos y las ventas se triplicaban diariamente, así que debíamos sacar partido y aceptar todo lo que nos encargasen, aunque eso implicara quedarnos en las cocinas hasta altas horas de la noche para sacar los pedidos a tiempo.

No tardé mucho en divisar el cartel del que estaba tan orgullosa. Mi propia empresa: Sweet Kate. Una pequeña pastelería y cafetería, pero con delicado encanto, ya que estaba hecha con mucho amor y esmero. Mi sueño hecho realidad.

—¿Cómo ha empezado la mañana, Brenda? —dije nada más entrar en el local.

El aroma de los bollos recién hechos me indicó que todo marchaba viento en popa.

—Todo controlado, jefa —contestó con parsimonia Brenda—. Ya se han llevado los ocho pedidos de galletas de jengibre y nos han encargado catorce pumkin pie para mañana.

—¿Catorce? —repetí.

Brenda se remangó y me sonrió desde el interior del almacén.

—Exacto. —Me guiñó un ojo—. Tu tarta de calabaza está siendo un éxito en la zona y cada día llegan más encargos. Ya sabes, el boca a boca.

Respiré feliz. La pastelería tenía cada vez más clientes y no podía quejarme. Si tan solo consiguiera ponerme al día con los pagos del local… porque aunque en el presente todo había mejorado, los inicios fueron complicados.

—Bien, veo que lo tienes todo controlado, así que me voy a ausentar un par de horas para presentarme en la notaría, a enterarme de qué demonios se trata.

—No te preocupes por esto, jefa —me animó Brenda con su habitual buen humor—. Ve tranquila.

Asentí levantando las cejas. Brenda sabía de sobra que no me gustaba que me llamase así, pero el brillo pícaro en sus ojos me indicó que bromeaba.

—Me voy, pero recuerda que me llamo Kate, no jefa. —Y le devolví el guiño a la vez que le lanzaba un beso al aire.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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