• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 16

 

El constipado de Kate

 

Kate

 

Nuestra cita romántica tendría que esperar. Un fuerte resfriado, posiblemente provocado por mi escaso atuendo para impresionar a Brad el día que lo invité a jugar al baloncesto, me mantuvo en cama durante un día entero.

Aunque la fiebre había remitido, el dolor en todo el cuerpo apenas me permitía levantarme y sentarme frente a la mesa del comedor para tomar unos sorbos de sopa, que Brad me había calentado con mimo.

—Deberías tomar un poco más —me recomendó Brad.

—Te agradezco el esfuerzo, pero de veras que no me apetece. —Me levanté con dificultad, pero Brad me ayudó a mantenerme en pie—. Solo tengo ganas de tumbarme en la cama para dormir.

No me dejó ir sola, me acompañó hasta mi dormitorio e incluso me arropó, sin dejar de arrugar el ceño.

Lo cierto era que no se había movido de mi lado desde que había caído enferma, algo que llenaba mi corazón de una sensación de amor infinito. Nunca nadie me había cuidado así, ni tan siquiera mi madre cuando era una niña. Por eso, cada vez me resultaba más difícil mantenerme inmune a los encantos de Brad.

—Estoy bien, de verdad —insistí al ver que no se movía de mi lado y que, por el contrario, se sentaba en el borde de mi cama—. Solo es un resfriado.

—Que has pillado por mi culpa —añadió.

Chasqueé la lengua en señal de protesta.

—No pienso discutir, Brad —me negué—. No tengo fuerzas; así que cree lo que quieras.

En realidad, sabía el motivo por el que estaba tan preocupado, porque era imposible no recordar la enfermedad del señor Dawson, ya que los dos la habíamos vivido en primera persona hacía muy poco tiempo y todavía pesaba sobre nuestros corazones.

—No se te va de la cabeza el recuerdo de Peter, ¿verdad? —me aventuré.

Brad soltó el aire de sus pulmones y me observó con pesar.

—No —me confirmó—. Sé que no es lo mismo. Sé que no te va a pasar nada, que es solo un constipado; pero no puedo evitar acordarme de lo que sucedió en esta misma casa hace solo unas semanas. Y de lo mucho que echo de menos su compañía.

Acaricié la palma de su mano. A mí me ocurría lo mismo, a medida que transcurrían los días, más notaba su ausencia. Sobre todo porque cada rincón de esa casa me recordaba a él, a su sonrisa perenne, a sus muchas enseñanzas.

—Si hay algo que aprendí de Peter fue a apreciar los pequeños detalles, a exprimir cada día sin pensar en el mañana.

Así era. Cuando llegaba contándole alguna preocupación, el señor Dawson se limitaba a poner en funcionamiento su viejo tocadiscos, me tendía sus manos y comenzaba a danzar conmigo en mitad de su gran salón. «¿Lo notas? Esto es lo único que importa: las emociones que las cosas bellas te hacen sentir. Como la buena música», me decía. «La vida está hecha de pequeños momentos, y los problemas no se van a solucionar por pensar en ellos. Darle vueltas en tu mente solo te provocará un fuerte dolor de cabeza, no los arreglará.»

—¿A ti también te lo recordó en su carta? —se interesó Brad.

Asentí, sonriendo. Miré el cajón de mi mesilla de noche, donde tenía su emotiva carta, que releía una y otra vez desde que su abogado me la entregara.

—¿Quieres leerla? —Saqué la carta del cajón y me eché a un lado para hacerle un hueco en mi cama, acto seguido, lo invité a sentarse—. Ven; leámosla juntos. Aunque yo ya me la sé de memoria.

Brad se sentó junto a mí, pasando su brazo por detrás de mis hombros, y se acomodó para leer la hoja de papel que desplegué ante su rostro.

 

«Queridísima Katherine:

Sé que te va a costar hacerte a la idea de mi partida, por eso no he sido capaz de contarte lo que va a suceder pronto. Creo que lo mejor es disfrutar de tu compañía el tiempo que me quede en este mundo y cuando me marche, sé que Bradley estará a tu lado para ayudarte a sobrellevarlo.

No te hagas la valiente. No seas obstinada, niña de colores; deja que Brad cuide de ti. Es un buen chico, con un corazón demasiado grande, en el que guarda mucho amor para entregárselo a la persona indicada. Le encanta proteger a los que ama, así que debes asomarte a través de su fría fachada y no te arrepentirás cuando descubras lo que esconde tras ella.

Los dos sois lo más importante para mí en este momento de mi vida, por eso, nada me hace más feliz que saber que cuidaréis el uno del otro, que llenaréis cada uno el vacío que inunda vuestras solitarias almas.

Mi preciosa muchacha, recuerda lo que siempre te digo y baila, sonríe, búrlate de los problemas. Vive siguiendo los dictados de tu corazón, fierecilla. Solo de esa forma conocerás los verdaderos placeres de este mundo, que no son otros más que los pequeños detalles, los mejores instantes que perdurarán en tu memoria eternamente.

No te dejes arrastrar por aquellos que quieran cortar tus alas. Yo no lo hice y fue mi mejor decisión. Por inalcanzables que te parezcan, nunca dejes de perseguir tus sueños. Quien de veras te quiera, dejará que vueles libre, sin imponerte su voluntad.

Debes saber que eres el sol que ilumina los días grises de este viejo cascarrabias. Con tu luz me guiaste, alumbrando los últimos tramos del camino que al fin me llevará a reencontrarme con mi dulce Wendy.

Sigue brillando, Katherine.

Sinceramente,

Peter»

 

No me atreví a levantar la vista porque me imaginé que Brad se encontraría sobrecogido por las palabras de Peter.

Permanecimos callados durante un buen rato, hasta que Brad carraspeó y rompió el silencio con su voz profunda.

—¿Alguna vez te contó cosas sobre su vida antes de casarse con Wendy? —me consultó.

Quise hacer memoria y no recordé nada al respecto. Algo extraño, pues normalmente me relataba un sinfín de episodios que había compartido con su esposa, pero de su vida anterior a ella, nada.

—No. Qué raro, ¿verdad?

—Sí que lo es —meditó en voz alta—. Sobre todo por lo que dice en tu carta, que nunca dejó que nadie cortase sus alas. ¿A qué se referiría?

Me incorporé para poder mirarlo, sin apartar su brazo de mis hombros. Era una sensación tan agradable que no quería ponerle fin.

—Sea lo que sea, ya nunca lo sabremos —musité.

—Eso es cierto —afirmó, mientras entrelazaba sus dedos con los míos; acto seguido, cambió de tercio—. ¿Cómo te encuentras? ¿Te apetece que suba mi colección de películas y vemos alguna aquí?

Era una idea demasiado tentadora como para rechazarla. Brad y yo, tumbados juntos sobre mi cama, viendo una película.

—Me encantaría —acepté—, pero solo si yo elijo el título.

Brad se levantó con rapidez, y se dirigió hacia la puerta de la habitación.

—Perfecto, me parece justo que sea tu elección, puesto que la enferma eres tú.

La vida era maravillosa a su lado, debía reconocerlo. Sabía hacerme sentir bien, sin duda. Aunque era mejor no pensar que parecíamos un matrimonio bien avenido, más que compañeros de piso. No, esa estúpida idea debía desaparecer cuanto antes de mi mente.

Minutos después, Brad apareció de nuevo, cargado con un montón de DVDs en sus brazos.

—Elige —me encomendó, esparciendo todas las cajitas sobre el edredón.

Pero mi sonrisa se esfumó en cuanto observé con escepticismo el tipo de películas que proponía Brad.

—Star Wars, Thor, Iron Man, La liga de la justicia… —leí, incrédula—. ¿De verdad pretendes que veamos alguno de estos desvaríos?

Brad abrió mucho los ojos.

—¿Cómo puedes llamar desvaríos a estas obras de arte? —se espantó—. No tienes ni idea de lo que es el buen cine, nena. ¡Ja! ¿Qué quieres que veamos? ¿Alguna cursilería tipo Pretty woman o Dirty Dancing?

Me arrodillé en la cama y le señalé con el dedo, totalmente ofendida.

—¿Acabas de decir que Dirty Dancing es una cursilería? —Noté que un intenso rubor me cubría las mejillas, causado por mi creciente enfado—. Retíralo ahora mismo o no respondo.

La expresión de Brad cambió de repente, taladrándome con sus intensos ojos grises, anhelante. Una sonrisa canalla apareció en sus labios.

—No pienso retirarlo. —Su voz se tornó ronca—. Esa película es tan cursi como el pijama que llevas puesto.

Miré hacia abajo para comprobar qué pijama era, un sencillo conjunto de franela de color rojo, con ilustraciones de las archiconocidas Mujercitas de Louisa May Alcott.

—¡Inculto! ¡Mi pijama es perfecto! Un clásico de la literatura —troné, mientras le lanzaba uno a uno todos los cojines que reposaban sobre la colcha.

Brad los esquivó sin dificultad, acercándose a mí peligrosamente, hasta que me atrapó entre sus brazos y se dejó caer sobre mí, tumbándose encima. Brad consiguió atrapar mis brazos y los retuvo sobre mi cabeza para que no pudiera moverlos. Mi respiración se aceleró, haciendo que mi pecho se agitara sin remedio.

—Para de tirarme cosas, fierecilla —me dijo, recordando las palabras de Peter.

Quedé hipnotizada por su acerada y ardiente mirada. Mis ojos se dirigieron, sin control hacia sus labios, deseando probar de nuevo su sabor.

—¿Te he dicho ya que me vuelves loco cuando te enfurruñas conmigo? —susurró con tono ronco.

Su aliento rozaba mi piel, provocando que un escalofrío recorriese mi espalda.

—¡Suéltame los brazos! —le ordené—. Y no estoy enfurruñada, estoy muy cabreada.

Brad negó con la cabeza, justo antes de inclinar su rostro para depositar un suave beso en la comisura de mis labios.

—Te voy a soltar, pero no quiero moverme de aquí —me avisó—. Necesito besarte hasta que me ruegues que no pare.

Una oleada de placer me recorrió desde el estómago hasta el centro de mi ser.

—No puedes besarme —musité, con la respiración cada vez más acelerada.

—¿Por qué?

—Porque te contagiaré el resfriado.

—Me da igual que me contagies el resfriado, Kate.

Me soltó las manos despacio, pero el deseo que percibí en sus ojos me embargó, me impulsó a rodear su cuello con mis brazos para acercarlo a mí y apoderarme de sus labios, sin darle tiempo a emitir ningún sonido.

Esta vez fui yo la que busqué el roce de su lengua con desesperación, con tanto ardor que no pude reprimir un gemido de placer al sentir las caricias de sus labios, de su aterciopelada lengua. Su boca conquistó la mía, haciéndose con el control, jadeando sobre mí. La ropa sobraba, solo quería sentirlo tan dentro de mí que fuéramos uno solo.

Cuando noté que una de sus manos se introducía por debajo de mi pijama, rumbo a uno de mis pechos, volví a gemir.

—¿Y qué dejaremos para nuestra cita? —susurré sobre sus labios.

Levantó la cabeza para dirigirme otra de sus sonrisas lobunas.

—Se me ocurren unas cuantas cosas, mi dulce pastel de calabaza. —Se deslizó hacia abajo, recorrió mi cuello con su boca, hasta retirar la tela de mi pijama para apoderarse de mi pezón izquierdo—. Joder. Eres un sueño hecho realidad.

Jadeé al sentir sus labios sobre mi pecho, anhelando que no existiera toda esa ropa entre nosotros.

—No pares —pedí.

Sin embargo, Brad hizo todo lo contrario. Se quedó a medio camino, frenándose en seco. Gimió con fastidio, profiriendo una protesta. Posó su frente sobre la mía.

—Maldita sea —se lamentó. Por mucho que me duela, no podemos hacer esto ahora, cariño —murmuró—. Es un acto egoísta por mi parte. —Puso un dedo en mis labios, sin dejar que diera mi opinión—. Estás enferma, tu piel está ardiendo por la fiebre.

No. No. No. Esas no eran las palabras que necesitaba escuchar. No era por la fiebre por lo que estaba ardiendo mi cuerpo, de eso no me cabía duda. Pero Brad no me dio tiempo a reaccionar, ya que se levantó con rapidez para dirigirse hacia la puerta.

—¡Brad! —lo llamé.

—No me digas nada ahora mismo, Kate —me pidió con voz estrangulada—. Necesito salir de aquí, o ya no tendré fuerzas para separarme de ti.

Desapareció de mi vista, justo cuando comencé a hablar.

—Pero yo no quiero que te vayas —musité, aunque ya era demasiado tarde.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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