• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 15

 

¿Jugamos?

 

Brad

 

Observé la pantalla de mi teléfono por segunda vez, sin embargo decidí no contestar de nuevo, a pesar de la tentación que me empujaba a hacerlo.

Desde la noche en la que nos besamos, no había vuelto a intercambiar más de tres palabras con Kate, algo que minaba mi humor día a día, a pasos agigantados. Pero debía ser así, no daría marcha atrás. Si Kate no quería reconocer que algo maravilloso comenzaba a suceder entre los dos, no continuaría fingiendo una falsa amistad, cuando en realidad solo anhelaba dar rienda suelta a mis emociones y poder comportarme con ella tal y como deseaba.

¿Por qué Kate se negaba a aceptar la magia que surgía entre los dos cuando estábamos juntos? Era evidente que ella también sentía lo mismo, me había quedado bastante claro cuando comprobé cómo respondió a mi beso, la pasión con la que contraatacó y cómo se erizó la piel de su muslo bajo mis caricias. Sin duda, había sido el mejor beso de mi vida, que me había removido mil y una sensaciones por dentro. Por eso no tenía lógica su comportamiento tras compartir algo tan especial.

Salí del salón de reuniones para dirigirme hacia mi despacho, pero Rachel se interpuso en mi camino, justo al tocar el pomo de la puerta.

—Tienes visita —me avisó en voz baja.

Me extrañó que alguien se hubiera presentado en mi oficina sin una cita previa.

—¿Y le has dejado entrar sin más?

Mi secretaria levantó los hombros en señal de rendición.

—No me quedó otra alternativa —manifestó—. Es tu madre, Brad.

Eso lo explicaba todo. Mi madre no atendía a formalidades cuando se trataba de mí. Ella pensaba que su posición estaba por encima de cualquier cosa en lo referente a su hijo, sobre todo en el terreno profesional, pues jamás había aceptado mi decisión de rechazar la oferta de mi padre y comenzar a trabajar en una empresa de juguetes, con un cargo de menor relevancia.

Bufé sonoramente.

—Gracias por avisarme, Rachel. —Y me dispuse a enfrentarme a mi progenitora, a sabiendas de que no sería un encuentro agradable, dado las formas en las que nos habíamos despedido la última vez.

Abrí la puerta para plantarme tras su silueta. Pareció no darse cuenta de mi presencia, así que carraspeé y le hablé.

—Vaya, qué sorpresa, Jen.

Se giró con parsimonia, extendiendo una gran sonrisa en sus labios.

—Brad, querido. —Me dio dos besos y se retiró para contemplarme a sus anchas—. Has perdido peso desde la última vez que nos vimos. ¿Estás bien?

—Deja de disimular, madre —solté sin meditar—. ¿Qué haces aquí? Te he dicho muchas veces que no quiero que te presentes en mi trabajo sin avisar.

De inmediato, se borró la sonrisa de su boca.

—No creo que perjudique a nadie al visitar a mi hijo en su despacho —se excusó—. Además, solo vine para decirte que hemos regresado a la ciudad y estaremos aquí hasta año nuevo.

—Bien —afirmé con la cabeza—. Pues ya estoy informado. ¿Querías algo más?

—Cariño… —Se acercó de nuevo para envolverme en sus brazos—. No seas así. No me gustó que nos despidiéramos tan enfadados. ¿Por qué no almuerzas conmigo algún día y charlamos del tema?

Me aparté de ella con delicadeza.

—Creo que quedó bastante clara mi postura, madre —me reafirmé—. No me apetece remover eso otra vez.

Suspiró, haciendo una mueca.

—Está bien, no hablaremos sobre ello, pero concédeme la oportunidad de enmendar las cosas, al menos.

Supe que me arrepentiría de aquella decisión, pero quise darle la oportunidad y escuchar lo que me tenía que decir. La conocía demasiado bien como para tener la certeza de que algo estaba tramando, porque si no fuera así no habría insistido en verme. El tiempo me había demostrado que solo se movía por sus propios intereses y jamás me había tratado con el amor de una verdadera madre.

—Lo intentaré —le aseguré—. Te llamaré a lo largo de la semana, si consigo hacer un hueco para que nos veamos, ¿de acuerdo?

Pareció gustarle mi respuesta, pues asomó de nuevo a su boca su gran y falsa sonrisa.

—Me alegra oírte decir eso, cariño. —Y despidiéndose con otro efusivo abrazo, se dirigió a la salida—. Esperaré tu llamada. No te arrepentirás.

En cuanto escuché el sonido de la puerta al cerrarse, solté todo el aire de mis pulmones. No me cabía duda de que, al contrario de lo que había dicho mi madre, sí que me arrepentiría de mi decisión, pero no quise darle más vueltas al asunto. Ya tendría tiempo para ello.

Era tarde. A pesar de que en un principio planeé quedarme en la oficina un par de horas más, para terminar de perfilar unos modelos de robots, decidí marcharme a casa. No me agradaba reconocer que echaba demasiado de menos a Kate y necesitaba verla, aunque fuera solo los minutos en los que coincidíamos en la cocina para prepararnos cada uno su cena, porque seguía enfadado por su actitud.

Lo que menos esperaba era encontrarme la vivienda vacía cuando abrí la puerta. Me extrañó que ni siquiera los perros salieran a saludarme.

—¿Kate? —pregunté en voz alta, pero nadie respondió.

El viejo tocadiscos de Peter estaba en funcionamiento, reproduciendo una antigua canción: My girl, del grupo The Temptations.

Agudicé el oído y escuché el sonido de unos ladridos a lo lejos, que condujeron mis pasos hasta la puerta trasera, la que accedía a un pequeño patio y al garaje. Y allí me paré en seco cuando vi la divertida escena que tenía lugar frente a mis ojos.

Kate, vestida con la indumentaria de los New York Knicks, sobre una camiseta interior, botaba un balón de baloncesto, para más tarde intentar encestarlo en una canasta que debía haber puesto ella misma, mientras los cuatro perros trataban de quitarle la pelota sin éxito.

¿Había preparado todo eso para mí? Debía ser así, porque se había vestido con la camiseta de mi equipo favorito de baloncesto. Quizás y solo quizás estaba arrepentida por su comportamiento.

Apoyé mi brazo en el marco de la puerta para disfrutar de aquella estampa, sin perder detalle, pero Kate se dio cuenta de mi presencia y me señaló, dibujando una gran sonrisa en su rostro.

—¡Vamos, estirado! ¿A qué estás esperando? —Botó el balón y avanzó con él unos pasos, hasta posicionarse frente a mí.

—¿Qué es todo esto, Kate?

Chasqueó la lengua sin dejar de sonreír.

—Está muy claro. ¿No decías que cuando eras niño nunca jugaste al baloncesto con amigos? —Señaló a los cuatro perros y después a ella misma—. Pues aquí tienes cinco.

Solté una carcajada, mientras me deshacía de mi elegante chaqueta. ¿Cómo iba a seguir enfadado con ella después de semejante despliegue de ternura?

—Estás loca, ¿lo sabes? —Le quité el balón con facilidad, y me lo llevé hasta encestar con un certero lanzamiento.

Los perros corrieron tras el balón, pero Kate fue más rápida.

—No estoy loca —dijo en voz baja, aproximándose a mí—. Solo quiero cumplir un sueño de niñez de alguien a quien quiero mucho. Co… como amigo, claro.

Sus palabras me causaron un fuerte impacto, a pesar de la aclaración final. Pero preferí no presionar, pues quería disfrutar de ese instante.

—Uno contra uno —la reté, quitándole el balón de nuevo.

—Ehhh, eso es trampa —protestó—. No estaba preparada.

Reí y traté de derribar su defensa, pero esta vez me lo puso más difícil y bloqueó mi intento, adelantándose a mis movimientos.

—¡Chúpate esa, estirado! —gritó riendo.

—¿Con que esas tenemos? —Levanté una ceja—. Prepárate, pelirroja, voy a por ti.

Estaba preciosa, con su pelo recogido en una coleta alta y las mejillas arreboladas por el ejercicio. Era su turno para atacar, pero en vez de intentar quitarle el balón, le hice una inofensiva zancadilla y sin dejarla caer, la atrapé entre mis brazos.

—Te tengo —susurré—. ¿Vas a decirme ahora por qué has preparado esto para mí? Mi dulce pastel de calabaza, vas a volverme loco con tu actitud contradictoria.

El balón salió rodando por el suelo, con los cuatro perros detrás intentando morderlo sin éxito, porque era demasiado grande para sus bocas.

—Dime primero por qué no has respondido a mis llamadas —contraatacó.

Sin soltarla, apoyé mi frente contra la suya, agachándome un poco para situarme a su altura.

—Ya sabes por qué, Kate —Hice una pausa y continué—: No entiendo que a veces reclames mi atención, y otras no te dejes llevar por lo que surge entre los dos cuando estamos así.

Kate frotó su nariz contra la mía, bajando la mirada.

—No es contradicción; se llama miedo, Brad. ¿Qué pasará cuando finalice nuestro mes juntos? —susurró.

No supe contestarle, porque la hubiera asustado al confesarle lo que realmente deseaba que sucediera.

—Eso no depende solo de mí —contesté.

Kate se quedó en silencio durante unos largos segundos.

—¿Sabes? No he tenido demasiadas experiencias con los hombres —empezó a relatar—. Salí con dos chicos cuando iba a la escuela secundaria, que resultaron ser unos patanes. En la universidad me ocurrió lo mismo, los chicos con los que estuve solo buscaban un poco de entretenimiento, sin ataduras. Pero lo peor vino después. —Levantó la mirada, sonriéndome con tristeza—. Uno de los amigos de mi hermano mayor comenzó a interesarse por mí. Tras mucho insistir, acepté tener un par de citas con él, pero su comportamiento algo brusco me hizo replantearme la situación, negándome a continuar con él. Ahí empezó mi tortura. Me perseguía, intentaba forzar encuentros a solas conmigo, me manoseaba sin mi consentimiento, me arrinconaba en cualquier esquina…

No quería escuchar aquello, pues una intensa furia se apoderó de mí.

—¿Te hizo daño? —pregunté con miedo a conocer la respuesta—. ¿No pediste ayuda a tus hermanos?

—No. No llegó a causarme daño porque no le di la oportunidad. Tampoco se lo conté a mi familia, ni tampoco a Nan. Eso hubiera sido peor. Decidí marcharme de Arizona, así que perseguí mi sueño de montar mi propio negocio y me trasladé a Nueva York. Y comencé mi nueva vida. —Sonrió, pero esta vez sus ojos se iluminaron—. Aquí también tuve un par de relaciones, pero fueron más de lo mismo, nunca me tomaron en serio.

Por eso no creía en el amor. No entendía cómo alguien en su sano juicio la había dejado marchar, pues Kate era todo lo que un hombre podía desear. Un sueño hecho realidad al que no pensaba renunciar, por el que ahora más que nunca lucharía por conseguir.

—¿Crees que yo soy como ellos? —musité sobre su piel.

Kate dibujó una mueca triste en su cara.

—Me lo dejaste bastante claro durante la noche de chicas. Dijiste que nunca buscabas una relación seria, ¿no? Solo aventuras. Y que todas tus conquistas lo sabían de antemano.

¿Qué podía decirle? ¿Que eso fue antes de conocerla? ¿Que me moría por verla despertar cada mañana en mi cama? ¿Que ya no me interesaba ninguna otra mujer que no fuese ella? Estaba seguro de que no me creería. Lo mejor sería demostrárselo con hechos, hacerle ver que se equivocaba conmigo.

—Entiendo que pienses eso de mí —manifesté—. Pero necesito que me des una oportunidad. Solo una, Kate —recalqué—. Concédeme una cita… una de verdad, no de amigos. Quiero demostrarte que no soy como crees. Después, si continúas pensando lo mismo sobre mí, no volveré a molestarte.

Se mantuvo en silencio durante un buen rato, luego suspiró y me miró fijamente con sus preciosos ojos de miel.

—Está bien. —Sonrió con timidez—. Tengamos una cita… romántica.

Eufórico, la levanté del suelo, haciéndola girar conmigo.

—No te arrepentirás —le aseguré y comencé a temblar cuando sentí la humedad de los primeros copos de nieve cayendo sobre nuestras cabezas—. Pero ahora será mejor que entremos, o pillaremos un buen resfriado si permanecemos más tiempo aquí.

Kate asintió, dejándose resbalar hasta el suelo, rozando mi cuerpo, provocándome un intenso escalofrío que nada tenía que ver con el frío del exterior.

—Vamos. —Se apresuró a entrar—. Hoy prepararé algo de cenar para los dos.

Me dedicó una de sus preciosas sonrisas, justo antes de dirigirse hacia la cocina.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

Página anterior / Página siguiente

Página anterior / Página siguiente

Índice de capítulos

Un legado inesperado

 

 

Otros contenidos de la web

Copyright © 2002 - 2020 rnovelaromantica.com y elrinconromantico.com

| Aviso legal | Política de privacidad | Política de Cookies |