• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 14

 

La fiesta en Happy Hearts

 

Kate

 

—Eooo. ¿Me estás escuchando? —Oí que me hablaba Lisa.

Di un respingo y aparté la vista de Brad, quien reía con la recepcionista de Happy Hearts, mientras la ayudaba a colocar las bebidas en la gran mesa. Parecía pasárselo en grande charlando con ella y eso me molestó.

—¿Qué decías? —Noté que un intenso rubor teñía poco a poco mis mejillas.

Lisa soltó una carcajada.

—¿Puedo saber qué demonios te ha hecho Brad para que te quedes embobada mirándolo allá donde esté? —Entrecerró los ojos y continuó—: ¿No te habrás acostado con él y no me lo has contado, no?

—No digas tonterías —refunfuñé—. Brad y yo solo somos compañeros de piso. Nada más —recalqué.

Lisa me observó con escepticismo.

—Pues quién lo diría —soltó con ironía—. Cada vez que posa sus ojos en ti, parece que va a devorarte enterita de un momento a otro.

Busqué de nuevo a Brad y me encontré con sus profundos pozos grises fijos en mí. Cada vez me costaba más mantenerme inmune cuando lo tenía cerca. Todo en él me provocaba una intensa oleada de calor en el cuerpo. Su aroma cuando se afeitaba, tan varonil; su forma de andar, sus musculados brazos cuando llevaba un jersey un poco más ajustado… justo como en ese momento.

—¿Tú crees? —Suspiré.

Pero Lisa no me escuchó porque se acababa de alejar hasta la pista de baile para dar las últimas indicaciones.

Retomé mis pensamientos, algo que hacía de forma habitual durante los últimos días. De hecho, había llegado a tal extremo que cuando estaba en Sweet Kate trabajando, me ponía a imaginar despierta cómo serían los besos de Brad y qué sentiría al acariciar su firme torso por debajo de…

—¿Puedo ayudarte en algo? —Un escalofrío me recorrió por la columna cuando percibí la profunda voz de Brad cerca de mi oreja.

Sin atreverme a darme la vuelta, contesté.

—N… no, creo que con esto ya he terminado. Solo falta cambiarme de ropa. —Le indiqué el enorme jersey de lana que llevaba encima—. Me he traído el vestido para la fiesta y lo tengo en el cuarto del conserje.

—Te acompañaré —me comunicó, sin darme la opción a negarme—. Yo tengo el traje en la oficina de vigilancia, que está justo al lado.

Asentí y me dejé arrastrar hasta el pasillo. Un conocido cosquilleo se instaló en mi estómago cuando noté la mano de Brad sobre la parte trasera de mi cintura.

—Es aquí —le dije aclarándome la garganta, justo antes de entrar en la habitación—. Te veo ahora.

Brad sujetó la puerta dirigiéndome una de sus miradas más granujas.

—Si necesitas ayuda, estaré cerca. Solo tienes que llamarme.

Puse los ojos en blanco y le cerré la puerta en las narices.

—Sé vestirme sola, ¿sabes? —me burlé, alzando la voz para que pudiera oírme a través de la puerta.

—Vale, vale —Rio—. Era tan solo una sugerencia.

Negué con la cabeza, mientras comencé a embutirme en el ceñido vestido de color verde musgo que había preparado para la ocasión. Lo cierto era que ese color me sentaba a las mil maravillas y realzaba el cobrizo de mi pelo. Las diminutas lentejuelas le daban un toque sofisticado a la par que elegante, pero lo que más me gustaba era el escote cruzado que hacía realzar mis pechos.

Estaba segura de que Brad se quedaría con la boca abierta cuando me viera, pues nunca me había puesto un escote tan pronunciado. Quería gustarle, que me dedicase una de sus penetrantes miradas, esas que me derretían por dentro. Sí, no podía negar que me encantaba cuando nuestros ojos se encontraban y sentía ese cosquilleo en mi vientre, al que me resistía a ponerle nombre. Solo sabía a ciencia cierta que ya no era posible dar marcha atrás, que deseaba con todo mi ser dejarme llevar por esa intensa sensación que me empujaba hacia Brad sin remedio.

Mierda. Otra vez pensando en él.

No. No y no. Intenté apartarlo de mi cabeza y concentrarme en subir la cremallera del dichoso vestido, pero no hubo forma. Probé de mil maneras, diferentes posturas, hasta que mi respiración se tornó acelerada por el esfuerzo y comencé a sudar.

—¿Estás bien, Kate? —La voz de Brad llegó hasta mí, amortiguada por la puerta que se interponía entre nosotros.

Me mordí el labio inferior, justo antes de contestar.

—No te lo vas a creer. —Mi tono era de fastidio—. Pero creo que voy a necesitar una pequeña ayudita.

Abrí la puerta. Brad sonreía abiertamente, sin embargo yo lucía una expresión contrariada.

—A ver, ¿qué te ocurre?

Me di la vuelta para que viera el problema con sus propios ojos.

—¿Solo eso? —Soltó una carcajada—. Vamos, Kate, no seas mojigata.

Puso sus manos sobre mi cintura y me condujo hasta el interior del pequeño cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

Un segundo después escuché el sonido de la cremallera subiéndose lentamente y noté el calor de sus manos a través de la tela del vestido. Pero cuando terminó, no apartó sus dedos de mí sino que me dio la vuelta con suavidad.

—Estás preciosa —afirmó, admirándome de arriba abajo.

Lentamente avanzó unos pasos, obligándome a recular hasta que noté la pared en mi espalda. Entonces, apoyó sus brazos en la superficie, a ambos lados.

—Gracias —susurré, tragando con dificultad, pero de inmediato se impuso mi orgullo—. ¿Tanto como la chica de recepción con la que tonteabas hace un rato?

Le lancé una mirada desafiante. Pero su reacción fue bastante diferente a la que esperaba, ya que su gesto se tornó serio, pegando su cuerpo al mío, haciéndome notar su erección contra el centro de mi ser. Apoyé mis manos en sus hombros, para no desfallecer, pues mis piernas se volvieron de gelatina.

—¿Lo notas, verdad? —Embistió con suavidad para dar mayor sentido a sus palabras—. ¿Crees que lo ha provocado la chica de recepción?

—Nn… No lo sé.

—Pues ya deberías saber que esto nada más que lo provocas tú. Solo tú, Kate.

El deseo que desprendían sus ojos era tan intenso que mi corazón comenzó a latir desbocado, sobre todo cuando noté que sus labios rozaban los míos. Una descarga eléctrica me sacudió el cuerpo.

—Porque te atraigo como amiga, ¿no? —logré pronunciar.

Brad rio, mientras recorría la comisura de mi boca con sus labios, dándome suaves besos que me llevaron a la locura.

—Exacto. Me pones a mil, como amiga —susurró—. Solo como amiga. Por eso estoy muriendo por besarte. —Y acto seguido, sus labios separaron los míos, lentamente, para besarme con tal profundidad que tuve que aferrarme a él porque me fallaron las piernas.

Cuando su lengua acarició la mía se produjo una explosión en mi interior que me hizo gemir. La respiración de Brad se tornó acelerada, sin dejar de saborear cada rincón de mi boca, obrando su magia con las sedosas caricias de su lengua, haciéndome desear más y más. Un beso lento, húmedo e interminable, un duelo de anhelos desatados por tanto tiempo de espera. Un apetito voraz que nos consumió a ambos, insaciable, porque cuanto más entregábamos, más queríamos el uno del otro.

Succioné y mordí su labio inferior con desesperación, provocándole un jadeo.

—No puedo más —confesó—. Quiero hacerte el amor aquí mismo, mi dulce pastel de calabaza… —susurró Brad, separando apenas su boca para mirarme a los ojos.

Comprobé que decía la verdad, pues sus pupilas desprendían un ansia tan intensa que mi corazón se saltó un latido cuando volvió a apoderarse de mis labios, introduciendo su lengua en mi boca, esta vez con delicadeza, buscando la mía.

La música comenzó a sonar en el gran salón, indicando que la cena estaba a punto de empezar, pero no quería moverme de allí, no podía abandonar aquella maravillosa sensación. Necesitaba más. Más caricias de su lengua, más besos de sus labios. Y entonces Brad posó una de sus manos sobre mi muslo y ascendió lentamente, acariciando mi piel, sin dejar de devorar mi boca como un lobo hambriento.

—¿Kate? —La voz de Lisa se abrió paso en mi mente—. ¿Estás ahí?

Aparté a Brad con suavidad y traté de recobrar el aliento, sin éxito. Tapé su boca con mi mano para no delatar su presencia y contesté a Lisa.

—Sí. Estoy aquí —le confirmé, aún mareada por la pasión—. Me estoy cambiando de ropa.

—Ah, de acuerdo —dijo desde el otro lado de la puerta—. Date prisa porque esto ya va a empezar.

Miré a Brad con el ceño fruncido, al momento noté que mordía la palma de mi mano y sonreía con los ojos.

—¡Ay! —me quejé en voz baja, y añadí para que Lisa me oyese—: Lo haré, en un par de minutos estoy contigo —le aseguré.

—Vale. —Escuché varios pasos que se alejaban, pero de repente se paró—. Por cierto, dile a Brad que la señora Howard lo está buscando para reservarle un baile más tarde.

Vi la cara de espanto que puso Brad, pero me contuve hasta que dejé de oír las pisadas de Lisa por el pasillo. Entonces prorrumpí en carcajadas.

—¿Cómo sabía Lisa que estabas aquí? En fin, prefiero no saberlo. Promete ser una velada interesante —le dije sin quitar mi mano de su boca—. Ve preparándote para bailar tooooda la noche con las ancianitas, vas a estar bastante solicitado, y algunas tienen mucha marcha.

Sin permitirle contestarme, retiré mi mano de sus labios con rapidez, para marcharme de su lado.

—Nos vemos fuera —le comuniqué, cortándolo cuando intentó hablar. Al momento, salí de la habitación a toda velocidad.

No estaba preparada para mantener una conversación sobre lo que acababa de ocurrir entre ambos. No. Necesitaba serenarme y asimilarlo, pues había sido demasiado intenso para comprenderlo, tanto que me aterraba.

Ya no se trataba solo de atracción física, lo que más miedo me provocaba era lo que Brad me hacía sentir. El aroma de su piel, su voz, las caricias de sus manos que me ponían la piel de gallina, pero por encima de todo me conmovía su forma de ser. A veces era como un niño grande, divertido y un poco granuja, pero en ocasiones sacaba a relucir una ternura y un instinto protector que me volvía loca.

En un principio creí que sería una buena idea dejarme llevar por nuestra mutua atracción para ver hasta dónde nos llevaba, pero ese beso lo había cambiado todo, removiendo sensaciones en mi interior que ni siquiera sabía que existían. Ya no estaba segura de que fuera una buena decisión continuar explorando esas emociones. Quizás lo mejor era tomarnos las cosas con más calma, antes de que pudiera romperme el corazón con su marcha, porque estaba segura de que Brad desaparecería de mi vida una vez que finalizara el mes.

Intenté apartar de mi mente cualquier pensamiento sobre Brad, para concentrarme en que todo saliera perfecto durante la cena, aunque mis ojos buscaron su contacto visual en cuanto hizo acto de presencia en el comedor.

Los asistentes parecían pasárselo en grande, charlando animadamente mientras disfrutaban de la comida. Sus caras de felicidad bien merecían las horas de preparación que habíamos invertido; cualquier esfuerzo era poco para la recompensa que suponía verlos alegres. Algunos de ellos no tenían a nadie en el mundo, y las actividades como la de esa noche les hacían sentir que formaban parte de la preciosa familia que entre todos habíamos creado.

Cuando la cena finalizó, nos dirigimos a la pista de baile que preparamos para la ocasión, con la iluminación de colores, cedida por la empresa de Brad, y que él mismo se encargó de instalar. No faltaba ni un detalle, incluso la gran bola de espejos colgando del techo, como en las discotecas de los años 70s. La verdad, resultó una experiencia maravillosa ver a todas aquellas personas cuando se animaron a moverse sin preocupaciones, al son de las canciones navideñas de Michael Bublé.

Oteé por cuarta vez el salón de baile, tratando de localizar a Brad, pero no encontré ni rastro de su mirada gris. ¿Dónde se había metido? Entonces lo vi, al fondo de la pista de baile, danzaba con la señora Howard, llevándola con tanta delicadeza que creí morir de ternura.

Por mucho que Brad quisiera esconder su gran corazón detrás de una fachada irónica y un tanto fría, en realidad era un hombre bondadoso que no dudaba en hacer el bien y que se desvivía por cuidar de los más necesitados. Quizás porque él también había sufrido demasiadas carencias durante su niñez.

Sin duda, esa noche me estaba sirviendo para comprobar algo que ya intuía: Brad era más peligroso para mi corazón de lo que pensaba, pues se estaba colando en él, sin posibilidad alguna de evitarlo.

Durante las horas que siguieron, Brad continuó bailando con las mujeres que se lo habían pedido, arrancando suspiros, sin borrar la sonrisa de su rostro ni un solo instante, hasta que llegó la hora de regresar a casa.

Cuando nos metimos en el coche, permanecimos en silencio hasta el final del trayecto, solo entonces Brad sujetó mi mano, para evitar que saliera del vehículo.

—¿No piensas decir nada sobre lo que ha ocurrido esta noche entre nosotros? —preguntó en tono sobrio.

—Prefiero no hacerlo —respondí sin mirarle.

Brad soltó un largo suspiro, mientras liberaba mi brazo para dejar que me marchase.

—Como quieras —se resignó—. Sigamos fingiendo que no hay nada entre los dos —musitó.

Me quedé sentada, pensando en lo que Brad acababa de decir. Era consciente de que mi actitud parecía contradictoria, pues tan solo unos días antes le había reprochado que no me pidiera una cita él mismo y que no se dejase llevar por sus sentimientos. Sin embargo, era yo la que estaba haciendo justo eso, apartándolo de mi lado tras nuestro apasionado beso.

Pero, ¿qué otra cosa podía hacer para evitar que mi corazón se rompiera en mil pedazos una vez que se marchara?

Finalmente, fue él quien salió del coche y se alejó hacia el interior de la vivienda sin decir nada más, con una expresión taciturna en su rostro.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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