• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 13

 

La piscina de bolas

 

Brad

 

No conseguía disfrutar de mi taza de café y la culpa era de Kate.

La noche anterior creí morir de celos cuando supe de su cita con ese tal Nan. No entendía que quisiera salir con otro hombre, cuando no hacía ni veinticuatro horas que casi nos habíamos devorado el uno al otro. Así que no respiré tranquilo hasta que Kate me aclaró que eran solo amigos.

En realidad, eso sirvió para darme cuenta de cuán intensos eran realmente mis sentimientos por Kate. No, no se trataba de un capricho pasajero. Kate era una mujer excepcional a quien quería tener en mi vida, no solo para una breve aventura. Cada mañana ansiaba despertar contemplando su hermoso rostro y su ardiente melena cobriza junto a mí.

Atisbé por el rabillo del ojo que Kate bajaba por las escaleras y mi espalda se tensó.

—Buenos días —saludó en tono jovial—. ¿Queda un poco de café para mí?

¿Se mostraba como si nada hubiera pasado la noche antes? Me indignó comprobar que sonreía abiertamente, como si hubiera obtenido un gran triunfo frente a mí.

—No sé. Compruébalo tú misma —gruñí.

Kate se paró a mi lado y me observó durante largos segundos.

—¿Sigues enfadado conmigo? —Su tono era ¿divertido?

—Un poco. —Me hice el interesante, aunque la verdad es que mi arrebato había mermado casi por completo gracias a su revelación.

Sin previo aviso, se acercó a mí, tanto que pude sentir el calor de su piel a través de la ropa.

—Lo tenías merecido —siseó.

—¿Lo crees así?

—Vamos, estirado —me susurró muy cerca de mi oído—. Estaba molesta por lo que sucedió en las escaleras y quise hacértelo pagar no contándote que mi cita con Nan era solo un encuentro entre dos buenos amigos.

—Pues tu estrategia no funcionó —mentí.

—¿Ah, no? —preguntó, divertida.

—No —la desafié.

—Mentiroso —murmuró—. Entonces, si continúas enfadado quiere decir que no sigue en pie nuestra cita de esta noche, ¿no? —inquirió, haciéndose la interesante ella también.

¿Qué podía decir ante eso? Ladeé mi cabeza y acerqué mi rostro al suyo de nuevo.

—Te refieres a la cita como amigos, ¿no? —carraspeé.

—Por supuesto —se envaró.

—¿Tú quieres que siga en pie, Kate?

—Solo si tú lo deseas. —Dejó la decisión en mis manos de forma inteligente.

Resoplé con fastidio. Esa preciosa pelirroja era mi debilidad.

—Te recogeré en la pastelería a la hora del cierre —murmuré.

Kate soltó una suave risilla. Supuse que se sintió victoriosa otra vez.

—Hasta luego, entonces. —Se despidió y minutos más tarde se marchó a trabajar.

Definitivamente, mi reputación de hombre frío quedaba por los suelos cuando se trataba de Kate. Pero lo que más me importaba en ese momento era que teníamos una cita, que nuestra relación estaba avanzando y que debía esforzarme por no meter la pata. No quería decepcionarla.

Con mejor ánimo, me dispuse a enfrentar las horas que quedaban por delante hasta volverla a ver.

El día se me hizo eterno entre reuniones, nuevos proyectos y revisiones de bocetos; un verdadero infierno hasta que las agujas del reloj me indicaron que había llegado el momento más esperado para mí.

Era curioso cómo Kate había entrado en mi vida para ponerla patas arriba. Hacía tan solo unos meses que mi trabajo era lo más importante y me encantaba pasar las horas en Mr Funballs, pero desde que ella apareció, tan solo deseaba tener más tiempo libre para disfrutarlo junto a mi dulce pastel de calabaza.

Solo cuando Kate se subió al vehículo y pude deleitarme en el agradable aroma que desprendía, supe que todo estaba bien y que la vida era maravillosa.

—¿De verdad es necesario que me vendes los ojos? —protestó cuando le puse un pañuelo para que no pudiera ver a dónde nos dirigíamos.

—Sí, no seas impaciente. No tardaremos demasiado en llegar —la aseguré.

—Pues no lo entiendo. Esta cosa me hace sentir insegura.

Reí ante su inquietud.

—Pronto lo entenderás. —Acaricié su rodilla desde el asiento del conductor, y Kate sonrió, posando su mano sobre la mía.

Fue un gesto tan íntimo que me provocó un escalofrío por la columna vertebral.

Unos minutos más tarde estacioné el viejo Chevrolet Camaro de Peter en los aparcamientos de Mr Funballs. Todo estaba en silencio, pues la empresa había cerrado sus puertas unas horas antes.

—Ya hemos llegado —le dije a Kate mientras abría su puerta y la ayudaba a salir—. Sujétate a mi brazo y te guiaré.

—¿Pero aún no puedo quitarme esto? —protestó una vez más.

Solté una carcajada.

—No. Yo te la quitaré cuando estemos en el lugar indicado. —Besé su tierna nariz y añadí cerca de su oído—. Confía en mí.

Quería sorprenderla, ver su cara cuando descubriera la gran piscina de bolas que teníamos en el almacén de pruebas de juguetes de Mr Funballs. Cuando al fin pudiera disfrutar tumbándose sobre todas esas bolas de colores, un sueño de su niñez que al fin cumpliría.

En realidad, me jugaba un buen rapapolvo si el director de la empresa llegara a enterarse de mi pequeña aventurilla, pues nadie podía acceder a los almacenes en horario no laboral. Pero merecía la pena arriesgarse.

—Brad, me estás asustando, ¿a dónde me llevas?

Conduje a Kate hasta la puerta del almacén, y una vez dentro la llevé frente a la piscina de bolas y le quité la venda. Tardó unos segundos en darse cuenta de qué se trataba.

—¡Tachán! —exclamé.

Se llevó las manos a la boca sin decir nada, ahogando un jadeo. Acto seguido sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Has hecho esto por mí? —preguntó con la voz enronquecida por la emoción—. No me lo puedo creer. Nadie había hecho algo así por mí, jamás.

Nada importaba más que la ilusión que pintaba su cara en ese instante. Una expresión que atesoraría en mi memoria por siempre.

—¿Te gusta? —inquirí, a continuación me metí en la piscina y le tendí mis manos para animarla a entrar—. Vamos, ven.

Aún indecisa, metió una pierna y después la otra, dando pequeños pasos sobre las bolas de goma del interior.

—¡Qué sensación tan extraña! —Rio con deleite—. Es como si flotara.

Se soltó de mis manos y comenzó a saltar cada vez con más seguridad, mientras su risa inundaba toda la sala. Era un puro espectáculo, la felicidad personificada.

Me senté sobre las pelotas de colores contemplando cómo disfrutaba de tan sencillo entretenimiento, algo que para el resto de mortales carecería de interés, con toda probabilidad, pero que a ella le había alegrado el día.

—¡Mira esto! —chilló, dejándose caer de espaldas en el colchón de bolas de goma—. ¡Es taaaan blandito!

Solté una carcajada y continué admirando cada movimiento que realizaba. Durante largos minutos retozó en la piscina de bolas como si fuera una niña, y yo disfruté de su alegría a sabiendas de que esa tarde la recordaría como una de las mejores cosas que me habían ocurrido hasta el momento.

—¿Quién anda ahí?

Una voz profunda nos obligó a levantarnos de golpe. Alguien encendió todas las luces del almacén y comenzó a caminar por el interior del recinto.

—Es uno de los guardas de seguridad —le susurré a Kate—. Ven conmigo.

Sin más dilación, agarré a Kate de la mano, pidiéndole mediante gestos que se mantuviera en silencio. Le señalé una de las puertas traseras, que daba paso al edificio de oficinas de Mr Funballs. Sin soltarnos, nos dirigimos hacia esa salida con cuidado de no hacer ruido.

Atravesamos el acceso sin problemas y nos metimos en el ascensor privado, del que solo teníamos la llave los miembros de la junta directiva.

—¿Y si nos pillan? —siseó Kate, preocupada.

—No te preocupes —la tranquilicé, mientras accionaba el botón para descender al aparcamiento—. Ya no hay peligro; diremos que he tenido que volver a mi oficina porque me he olvidado algo. Es algo frecuente y nadie lo tendrá en cuenta.

—No tenías que haberte arriesgado tanto, solo para cumplir un estúpido deseo de niñez. —Se mordió el labio, arrepentida.

La miré con incredulidad y alcé su barbilla para obligarla a que enfocase sus ojos en los míos.

—Escúchame, pastelillo de calabaza. Cumplir tu sueño me ha reportado una satisfacción tan grande que lo volvería a repetir cien veces más, si con ello pudiera ver de nuevo esa expresión de felicidad en tu cara.

Aproximé mi boca a la suya, hasta que casi pude sentir el roce de sus labios.

—No hace falta que cumplas mis sueños para ver esta expresión. Contigo cada día es un placentero desafío. Co… como amigos, quiero decir… —me susurró Kate con voz ronca—. Aunque a veces resultes un poquitín insoportable.

—Así que te resulto insoportable… —le murmuré en voz baja.

Mordí su barbilla y ascendí con lentitud hasta quedar de nuevo a la altura de su boca, y sin poder contenerme lamí su labio inferior con suavidad.

—Pero solo un poco —gimió.

Me sonrió, iluminando mi mundo con el brillo de sus ojos. Quise besarla apasionadamente, quise demostrarle cuánto la necesitaba, lo mucho que deseaba sentir su piel desnuda contra la mía.

Pero justo en ese instante el ascensor se paró y las puertas se abrieron. Durante unos segundos nos quedamos quietos, perdidos en la profundidad de los ojos del otro.

Fue Kate la que reaccionó primero, rompiendo el contacto visual para separarse y salir del ascensor. Sin más contratiempos, nos subimos al vehículo y conduje fuera de Mr Funballs con la sensación de haber vivido una experiencia que no olvidaría fácilmente.

—¿Brad? —La voz de Kate me devolvió a la realidad.

Acomodada en el asiento del copiloto, me observaba con una mezcla de ternura y timidez.

—¿Sí?

—Gracias. Ha sido la mejor cita de amigos de mi vida. —Y añadió—: Aunque la del otro día no estuvo nada mal.

—¿La del otro día? —No entendía a qué se refería.

—Cuando fuimos a patinar.

—Bueno, eso no fue exactamente una cita —dudé.

—Para mí sí lo fue.

Sonreí sin dejar de mirar a la carretera.

—¿Y si mañana nos quedamos en casa y me encargo yo de preparar la cena? —propuse—. Podríamos sentarnos frente a la chimenea, con un buen vino… Como dos buenos amigos.

Kate chasqueó la lengua.

—¿Te has olvidado de la fiesta en el centro de mayores, estirado? Es mañana y te recuerdo que le prometiste a Lisa que nos ayudarías.

Resoplé con fastidio.

—Entonces la chimenea y el vino tendrán que esperar.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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