• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 12

 

La cita de Kate

 

Kate

 

—¿De verdad vas a salir con él?

—Por supuesto —afirmé, mientras terminaba de maquillarme frente al espejo—. ¿Acaso lo dudas?

La incredulidad de Brad me divertía, tanto que no quise aclararle que Nan era un gran amigo de mi infancia y que no había ninguna intención romántica en esa cita. Entre nosotros solo existía un cariño incondicional y la necesidad de ponernos al día sobre nuestras vidas, como hacíamos cada año.

Nantai era el hijo menor del capataz del rancho de mi madre. Su familia se trasladó a las tierras de la mía cuando yo aún no había nacido, y fueron los únicos trabajadores que se quedaron con nosotros cuando mi padre falleció. Sin su ayuda, mi madre no hubiera conseguido sacar adelante el rancho.

Los padres de Nan provenían de la reserva india Nación Navajo, aunque Nantai nació cuando su familia ya convivía con nosotros. Al igual que yo, era el pequeño de cuatro hermanos y eso creó un vínculo entre los dos desde el principio. Siempre estábamos juntos, además, era el único que me protegía cuando mis hermanos me gastaban alguna de sus pesadas bromas.

Cuando me trasladé a Nueva York, Nan se quedó bastante triste y prometió visitarme todos los años, antes de Navidad. Como no podía ser de otra forma, nunca había faltado a su palabra, algo que me llenaba de felicidad.

—Entonces hoy no cenaremos juntos —supuso Brad con voz apagada.

—No —le confirmé.

¿A qué estaba jugando? Fue Brad quien había puesto un muro entre los dos la noche anterior, cuando estuvimos a punto de besarnos y él lo impidió, haciéndome sentir una tonta por desear que lo hiciera. ¿Y ahora se mostraba celoso? Pues se lo tenía bien merecido.

—Pero vendrás a dormir, ¿no? —continuó con su interrogatorio.

—Sí.

Brad se pasó una mano por la incipiente barba.

—Recuerda que no puedes traer a casa a tus ligues —me advirtió, y añadió—: Vaya, acabo de recordar que dijiste que nunca tenías aventuras de ese tipo.

—Y no las tengo —insistí—. Además, Nan solo estará en la ciudad unas horas.

—Mejor —se le escapó—. Quiero decir… que así no se volverá a repetir y no tendrás que incumplir ninguna de nuestras normas.

—No pensaba hacerlo.

Sonreí ampliamente ante el ceño fruncido de Brad.

—¿Eso significa que no habrá más citas? —se interesó.

Me paré en seco.

—¿No quieres que tenga citas con otros hombres? —contraataqué.

—No.

Terminé de cepillarme el pelo y sondeé sus ojos.

—¿Por qué, Brad? —le pregunté.

No contestó; se limitó a resoplar con fastidio.

—Está bien —proseguí—. No respondas si no quieres, pero si no te parece bien que tenga citas con nadie más, ¿por qué no dejas de marearme y me pides que quede contigo?

Y salí del cuarto de baño, dejando a Brad con una expresión de total desconcierto.

***

Mientras caminaba por Manhattan continué repasando mentalmente lo ocurrido la noche anterior y me pregunté una vez más por qué Brad no se dejó llevar por la evidente atracción que existía entre ambos.

¿Y si en realidad Brad veía esto como un juego de seducción? A lo mejor nunca tuvo la intención de ir más allá y tan solo pretendía tontear conmigo sin más, pero no tenía sentido que se hubiera mostrado celoso cuando supo de mi cita con Nan.

—¡Kate! —Escuché la voz de Nan al otro lado de la calle y me paré para intentar localizarlo.

Pero no me dio tiempo a cruzar, pues me vi envuelta en sus fuertes brazos un instante después.

—Cuánto te he echado de menos —le dije, devolviéndole el abrazo—. Déjame que te vea. ¡Te has cortado el pelo! No me lo puedo creer, no te lo perdonaré nunca.

Su larga melena oscura y lisa, había sido reducida a la mitad, y ahora su precioso pelo llegaba tan solo hasta sus hombros. Pero el resto estaba igual que siempre. Nada había cambiado en él, seguía luciendo la sonrisa más pícara de que había visto en mi vida, y sus grandes ojos castaños poseían la misma dulzura que cuando era un niño revoltoso.

—Seguro que no más que yo —rebatió, estampando un sonoro beso en mi mejilla—. Estás tan bonita como te recordaba.

—Vamos. —Tiré de su mano para llevarlo hasta la entrada del restaurante—. He reservado una mesa aquí. Te va a encantar la comida de este sitio.

—Seguro que sí —Rio—. Conoces mis gustos mejor que nadie.

Media hora más tarde nos dispusimos a disfrutar de la suculenta cena que nos acababan de servir.

—¿Y bien? —comenté—. ¿Cómo va todo en el rancho?

Nan tragó con deleite y se limpió antes de contestar.

—Como siempre. —Se encogió de hombros—. Mucho trabajo, cansancio, madrugones… ya sabes, lo habitual. Eso sí, tus hermanos parece que han enterrado el hacha de guerra este último año.

—¿En serio? Eso es imposible.

Nan asintió con la cabeza, divertido.

—No te engaño —insistió—. Frank tiene una nueva novia. ¿Recuerdas a la chica de la floristería que siempre pestañeaba sin cesar cuando nos veía pasar?

—Sí —reí—. Era evidente que le gustaba Frank.

—Pues empezaron a salir juntos hace unos meses y desde entonces tu hermano parece otro —aseguró—. Ha dejado de pinchar a Ed y Jacob; incluso trata de mediar cuando comienzan a discutir.

—No puedo creerlo. —Sacudí la cabeza, sorprendida—. ¡Pero si Frank era el peor de los tres! El que iniciaba todas las peleas.

—Pues créelo —corroboró—. Cuando vuelvas al rancho lo comprobarás por ti misma… Porque regresarás pronto, ¿no?

La sonrisa se borró de mi rostro.

—Aún tengo que solucionar unos asuntos, antes de poder viajar a Arizona.

Nan me miró, soltando el tenedor sobre el plato. Parecía preocupado.

—Espero que no se trate de dinero. ¿Va bien Sweet Kate? No me estarás engañando, ¿verdad?

—El negocio funciona a las mil maravillas, de veras —le manifesté—. Ya te lo he dicho en otras ocasiones, los inicios fueron complicados y aún arrastro algunas deudas, pero pronto quedarán saldadas, en cuanto finalice el mes y disponga de la herencia de Peter Dawson.

—Sabes que si necesitas ayuda…

—Lo sé. —Y quise cambiar de tema con rapidez—. ¿Qué me cuentas de ti? ¿Alguna chica que te haga olvidar a la innombrable?

—Eso no es posible.

Me arrepentí de sacar su nombre a relucir, pues la expresión de Nan se tornó hosca de inmediato.

—Ten paciencia —volví a recordarle una vez más—. Su familia entrará en razón algún día y seréis libres para amaros sin necesidad de esconderos. Dime solo si seguís viéndoos.

Nan levantó la barbilla con orgullo.

—No. Hace tiempo que rompí nuestra relación. No tengo por qué aguantar el odio de su familia, y su pasividad ante la situación.

—Entiendo. —No quise preguntar nada más porque sabía que hablar de ello le afectaba bastante—. Hablemos de cosas más alegres. ¿De veras ha vuelto a parir Po?

Charlamos durante varias horas, hasta que nos dimos cuenta de que el restaurante casi se había vaciado y solo dos mesas continuaban ocupadas. Fue entonces cuando Nan se ofreció a acompañarme a casa en taxi, pues su vuelo no despegaba hasta dos horas después.

Poco rato más tarde nos despedimos en el vehículo, sin que aceptase entrar a mi nuevo hogar. Nan sabía de la existencia de Brad y me conocía lo suficientemente bien como para intuir que algo inusual estaba ocurriendo entre ambos.

—Vuelve pronto al rancho, aunque sea una breve visita —me pidió dándome un último abrazo—. Aquello no es lo mismo sin ti. Te echamos de menos.

—Lo haré —le prometí—. En cuanto solucione los asuntos que tengo pendientes, me tomaré unos días de vacaciones e iré a veros.

Nan se metió en el taxi de nuevo y se despidió con la mano hasta que perdí de vista el vehículo.

Yo también echaba en falta Arizona, pero no cambiaría mi nueva vida por aquello que había dejado atrás. Vivir en Nueva York y tener mi propia pastelería era mi mayor sueño desde niña y por fin se había materializado.

Cuando entré en casa me extrañó encontrar todas las luces de la planta inferior apagadas, pero supuse que Brad se habría ido a dormir, pues era bastante tarde.

Nada más lejos de la realidad. Solo había subido dos peldaños de la escalera, cuando Brad me interceptó con cara de pocos amigos.

—Espero que hayas disfrutado de tu compañía —espetó—. ¿Tienes unos minutos?

—Claro, pasa a mi habitación y hablaremos mientras me pongo el pijama.

Se lo pensó durante unos interminables segundos, pero finalmente asintió.

—¿Qué quieres decirme? —le pregunté, quitándome los zapatos y soltando el bolso.

Brad se apoyó contra la puerta.

—¿Piensas que te estoy mareando? ¿Acaso crees que esto es un juego para mí? —me interrogó.

—La verdad. Sí, lo creo.

—¿Por qué? —profirió.

—Porque un día me dices una cosa y al siguiente actúas de manera diferente.

—¿Qué quieres decir? —interpeló con enfado.

—¿Por qué te interrumpiste anoche? —contraataqué.

Brad suspiró y me contempló de arriba abajo cuando me deshice del jersey y me quedé solo con una camiseta interior y los pantalones.

—¿De verdad tengo que explicártelo? —exclamó.

—Sí.

Se cruzó de brazos, pero finalmente accedió.

—Porque no me parecía bien abordarte de esa forma. Tú te sentías humillada por lo sucedido y yo estaba demasiado cabreado con Adam —soltó.

Me senté sobre la cama con cuidado.

—Entonces, ¿te apetecía…? —le dije en voz baja.

Brad me abrasó con sus ojos grises desde el otro lado de la habitación.

—Siempre me apetece, Kate. A todas horas del día. En todo momento. Me muero por probar el sabor de tus labios, tanto que a veces creo que me voy a volver loco. —Hizo una pausa y se dio la vuelta para marcharse, pero se frenó justo antes de salir—. Incluso ahora, si no fuera porque estoy enfadado contigo.

—¿Por qué estás enfadado? —le susurré, tratando de alargar aquella conversación.

—¿Tú qué crees? —Su enojo se impuso—. Por cierto, mañana no hagas planes porque tenemos una cita.

Su actitud enfurruñada me divirtió.

—¿Me estás pidiendo una cita, señor Moore?

Pero no contestó, por el contrario, me observó con fastidio y salió de la habitación dando un sonoro portazo.

Me apresuré a entornar la puerta, dejando una ranura abierta y lo llamé.

—Brad.

—¿Qué quieres? —Parecía indignado.

—Lo de esta noche no ha sido una cita romántica —le aclaré—. Nan es mi mejor amigo de la infancia. Crecimos juntos en Arizona y todos los años quedamos por estas fechas para vernos. Nunca le he interesado de esa forma, créeme.

Vi cómo su espalda se tensaba, pero no le di tiempo a reaccionar, pues cerré la puerta con suavidad y me apoyé sobre ella con una sonrisa de triunfo en el rostro.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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