• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 11

 

Noche de chicos

 

Brad

 

Cerveza, aperitivos, cartas y buena música. Todo estaba preparado para la noche en la que mis amigos y yo nos reuníamos para echar unas partidas al póker.

Me aproximé al tocadiscos y lo puse en marcha. A los pocos segundos comenzó a sonar la canción Stand by me, de Ben E. King.

Kate había decidido cenar en su habitación y permanecería allí toda la noche para no molestarnos, según sus propias palabras. Aunque a mí me hubiera gustado pasar más tiempo con ella, pues desde la tarde en la que fuimos a patinar a Rockefeller Center apenas habíamos compartido un par de horas al día.

Tom y Will fueron los primeros en llegar a casa. Tom era uno de los creativos en Mr Funballs, que trabajaba bajo mis órdenes, y Will era un cerebrito del departamento de contabilidad de la empresa. Les siguieron Robert y Adam, mis amigos de la universidad, a quiénes me unía una estrecha amistad desde que nos conocimos en el equipo de Hockey de la universidad.

—¿Qué hay, Brad? —me saludó Adam nada más cruzar el umbral, y un intenso olor a alcohol salió de su boca.

—Cuidado con este —me advirtió Robert—. Viene contento otra vez.

Bufé con fastidio.

Todos eran buenos tipos, aunque últimamente la vida no había sido amable con Adam, una serie de circunstancias lo habían llevado a beber más de la cuenta, cada vez de forma más habitual; algo que nos preocupaba al resto.

—Esto es enorme —comentó Will admirando el gran salón—. Cuando dijiste que la casa era grande, no imaginé nada parecido.

—Sí que lo es, y además acogedora —añadí—. Id tomando asiento, mientras llevo las cervezas, ¿de acuerdo?

La velada se presentaba tranquila. Risas, chistes malos, cervezas y buenas partidas de cartas, sobre todo para Tom, que nos empezó a desplumar a todos de inmediato. Sin duda, la suerte estaba de su parte esa noche.

—¿Dónde está la pelirroja? —soltó Adam, con unas cervezas de más en el cuerpo—. Empiezo a pensar que nos has mentido y aquí no hay ninguna chica.

—Está ocupada —quise zanjar el asunto—. Ha preferido dejarnos la casa para nosotros.

Pero no sirvió de nada porque Adam insistió.

—No me lo creo… ¡Pelirroja! ¡Sal! —Adam se levantó con dificultad y se dirigió al pie de las escaleras—. Bahhh, aquí no hay nadie. Nos has engañado, amigo.

—Vamos, Adam —lo llamó Will—. Vuelve aquí, vamos a echar otra partida.

Pareció funcionar, ya que Adam regresó a su sitio y comenzó a repartir otra mano.

Todo transcurría con normalidad, a pesar de la borrachera de Adam, cuyo estado se serenó un poco a medida que pasaban las horas. Por supuesto, ayudó que no le dejamos tomar más cerveza, aunque protestó.

Ya llevábamos unas cuantas partidas cuando de repente algo llamó mi atención desde lo alto de la escalera. Fruncí el ceño y miré con más atención. El rostro de Kate se asomaba entre dos barrotes de la barandilla y con su mano me indicaba mediante gestos que me acercase a ella.

—Vuelvo enseguida —les dije, y me levanté para dirigirme a las escaleras.

Kate volvió a asomar la cabeza.

—¿Qué ocurre? —le susurré, vigilando de reojo que nadie se percatara de su presencia.

—Siento molestarte, pero me muero de sed —manifestó, haciendo una mueca de fastidio—. ¿Puedes darme un vaso de agua?

—Claro. —Le sonreí—. No te muevas de aquí, ahora mismo te lo traigo.

Pero nada más darme la vuelta me encontré cara a cara con el fuerte aliento a alcohol de Adam.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —pronunció con dificultad—. Pero si al final Brad decía la verdad. ¡Es la pelirroja!

Los demás se levantaron de sus sillas para acercarse a ver qué pasaba. Y Adam comenzó a subir las escaleras, hasta que llegó frente a Kate. Sin pensármelo dos veces, lo aparté para posicionarme delante de Kate, escondiéndola tras mi espalda con suavidad.

—Hola a todos. —Kate se asomó por mi costado para saludar, y continuó escondida.

Llevaba puesto uno de sus excéntricos pijamas de franela, esta vez decorado con dibujos de libros abiertos por todas partes.

—Bien, chicos; esta es Kate —presenté, haciéndome un poco a un lado—. Estos son Will, Tom, Robert y Adam.

—Hola —contestaron todos casi a coro.

Varias expresiones diferentes se mostraron en los rostros de mis amigos, empezando por la admiración de Will, la diversión de Tom, el asombro de Robert y… una mirada anhelante de Adam que no me gustó nada.

—Y ahora que ya os conocéis, dejemos a Kate que tome un vaso de agua y regrese a dormir porque mañana debe madrugar, ¿de acuerdo?

Todos asintieron y dejaron pasar a Kate, quien se dirigió hacia la cocina con timidez.

—Oye, Kate. —Fue Tom el que habló—. ¿Qué tal es Brad como compañero de piso? ¿Es igual de desordenado que en la oficina?

Me llevé la mano a la frente, mientras el resto prorrumpió en carcajadas.

—Vaya si lo es —afirmó Kate levantando levemente las comisuras de sus labios—. Pero ya está todo controlado —añadió guiñándome un ojo.

—Uhhhh, ¿habéis visto eso? —soltó Will—. Qué calladito te lo tenías, Brad.

Y mientras dirigían sus ojos hacia mí, Adam aprovechó para acercarse a Kate, quien justo acababa de llenar un vaso con agua y se disponía a marcharse.

No me dio tiempo a impedir que Adam la abordase.

—¿Y tú, pelirroja? —le preguntó Adam aproximando su rostro al de Kate—. ¿Tienes el pelo de ahí abajo igual de naranja que el de arriba?

Llegué tarde para frenar la fortísima palmada que Adam le propinó en el culo a Kate, y que provocó que el vaso que llevaba en sus manos se estrellara contra el suelo.

—¡Ayyy! —se quejó Kate y su expresión se tornó lívida.

Aparté a Kate, y en un impulso agarré a Adam por la parte superior de su jersey.

—Hijo de puta —le espeté con rabia—. Sal de esta casa ahora mismo. —Lo acorralé contra la pared—. No quiero soportar tu apestoso aliento nunca más.

Bajo la mirada estupefacta de todos, lo arrastré hasta la puerta, mientras Will y Robert me sujetaban para que no me dejara llevar por la furia que me consumía en ese instante.

—Vamos, calma —intentó mediar Tom—. Nosotros nos ocupamos de Adam, ¿de acuerdo? Lo dejaremos en su casa y ya hablaremos con tranquilidad otro día.

Adam trató de zafarse para abalanzarse sobre mí.

—Ni se te ocurra amenazarme, pijo de mierda —soltó—. Mi aliento no apesta, eres tú el que hueles a rancio. Eres un niño de papá al que se lo han dado todo hecho desde la cuna.

Tom vio en mis ojos mis intenciones y me sujetó para que no le asestase un puñetazo en la cara. Entre Will y Robert arrastraron a Adam fuera de la casa, cerrando la puerta con un fuerte golpe.

—No se lo tengas en cuenta, Brad. —Tom me dio una palmada en la espalda—. Sé que mañana se arrepentirá de lo que ha hecho. Ya no tiene ninguna excusa para frenar el daño que se está haciendo a sí mismo.

—Ni se te ocurra justificarlo, Tom. Me da igual lo mal que lo esté pasando. Lo que ha hecho es una cerdada y no quiero verlo nunca más —le aseguré alzando la voz.

—Venga, tranquilízate. Mañana lo hablamos, ¿de acuerdo? —Y cerró la puerta tras de sí.

Cuando me aseguré de que todos se habían marchado, me aproximé a Kate, quien se acariciaba la zona afectada con la palma de su mano.

Levantó la barbilla y vi que tenía los ojos empañados, a punto de llorar.

—¿Estás bien? —La acuné en mis brazos—. Lo siento. Lo siento tanto…

Besé su cabello envolviéndola con firmeza.

—Ha sido humillante —murmuró contra mi pecho—. Pero estoy bien, no te preocupes.

Intentó alejarse, pero se lo impedí.

—Déjame ver qué te ha hecho, por favor.

—N… no es nada, de verdad —se excusó, empujándome con suavidad.

Levanté mis manos en señal de rendición, pero acto seguido señalé sus pantalones de pijama.

—Por favor, no me quedaré tranquilo si no veo con mis propios ojos que no te ha hecho daño.

Kate asintió y con timidez se bajó la prenda hasta dejar su nalga al descubierto. Una intensa rojez, en forma de mano, cubría casi toda la superficie.

—Lo voy destrozar a golpes —siseé furioso, mientras acariciaba la zona afectada.

La rabia me consumía por dentro. Jamás había sentido una ira igual. Pero al levantar la vista, me quedé paralizado al descubrir la expresión de Kate. Sus ojos transmitían un deseo tan intenso que provocaron que mi corazón se saltara un latido.

Mantuve mi mano en su glúteo y tiré de su brazo hasta envolverla de nuevo contra mi pecho. Ella lo aceptó, rodeando mi cintura con sus manos, apretándose contra mí.

—Estoy bien, de verdad —me aseguró con voz ronca.

Cuando inclinó la cabeza hacia arriba, nuestros ojos se encontraron, reflejando el anhelo que sentíamos los dos en ese momento, y que era inútil seguir negando.

La suavidad y calidez de la piel de su nalga me provocó una fuerte erección, y Kate se pegó más a mí, emitiendo un jadeo, cuando notó el efecto que ejercía sobre mí.

Continué acariciándola y no pude contenerme cuando introduje la mano por debajo de la tela de sus braguitas para abarcar su nalga al completo. Solo deseaba borrar esa horrible marca rojiza con el calor de mi mano.

Kate gimió y aproximó aún más su rostro al mío, rozando sus labios con los míos. Pero reprimí mis ganas de devorar su boca.

—Cariño. —Mordí con suavidad su labio inferior y jadeé—. Si no frenamos esto, voy a devorarte hasta dejarte sin aliento —le susurré—, y creo que ninguno de los dos está en condiciones de pensar con claridad en este instante.

Kate tardó varios segundos en reaccionar, pero finalmente me apartó, con la mirada aún confusa, llevándose su mano a la boca, donde escasos segundos antes casi habían estado mis labios.

—No era mi intención… —Colocó bien su pantalón de pijama y se marchó por las escaleras, desapareciendo de mi vista una vez más.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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