• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Enero 2020

Un legado inesperado

Capítulo 10

 

Patinando sobre el hielo

 

Kate

 

Resoplé con fastidio y me puse las manoplas para sacar otra bandeja de galletas de jengibre del horno.

La pastelería estaba a rebosar de clientes, no había tenido ni diez minutos de descanso en toda la tarde, aunque eso no impidió que la imagen de Brad se instalase por enésima vez en mi cabeza.

—Brenda.

—Dime, jefa —contestó, asomando la cabeza por el marco de la puerta.

—Pon esos bollos en la vitrina, por favor; así yo terminaré de decorar estas galletas.

—Ahora mismo. —Y desapareció de nuevo llevando consigo la cesta de mimbre con los dulces.

Brad…

Tras nuestra conversación en el garaje, ninguno de los dos nos atrevimos a retomar el tema, hicimos como si nada hubiera ocurrido, y realmente lo prefería así, porque no lo había digerido todavía.

Brad se sentía atraído por mí, algo que me llenaba de felicidad, pero que a la vez me provocaba un miedo atroz. Terror a sufrir, a echarle de menos cuando finalizase el mes de convivencia juntos, y sobre todo, miedo a que esas sensaciones fueran a más en intensidad.

Era cierto que nunca creí en esa pasión de las películas, aunque jamás un hombre me había tocado la fibra de como lo había logrado Brad, por eso me sorprendía a mí misma cada vez que buscaba cualquier excusa para pasar el mayor tiempo posible junto a él. Necesitaba tenerlo cerca… Justo como en ese instante.

Miré el reloj y volví a suspirar. Aún faltaban tres horas para cerrar y marcharme a casa para encontrarme con ese estirado que después de todo no lo era tanto.

—Kate, ¿puedes salir un momento? Tienes visita. —La voz de Brenda me reclamó desde el mostrador.

—¿Qué ocurre?

Me limpié las manos y salí de la cocina, parándome en seco cuando vi el sonriente rostro de Brad al otro lado del expositor.

—¿Qué haces tú aquí? —lo interrogué, sorprendida—. ¿No deberías estar en la oficina?

Me peiné con los dedos, tratando de parecer un poco más presentable y observé la repentina timidez que apareció en el gesto de Brad.

—Esto… Tuve una reunión, pero terminó antes de lo planeado y decidí pasarme a recogerte por si ya habías terminado, para regresar juntos a casa. —Lo soltó del tirón, como si lo hubiese aprendido de carrerilla.

Brenda nos observaba con una mezcla de diversión y curiosidad.

—Yo… —comencé a hablar, pero Brenda me cortó.

—¿A qué esperas, jefa? —me dijo—. Vamos, vete ya. Aquí está todo controlado, como puedes ver.

—Si Brenda te lo dice, seguro que estará bien si te marchas —insistió Brad con cautela.

Me quité la chaquetilla, mientras me mordía el labio. No quería confesar lo mucho que deseaba irme de allí con Brad, pero mi cara era un libro abierto.

—Está bien, vámonos —acepté.

Brad me sonrió ampliamente.

—Así me gusta —expresó mientras me ayudaba a ponerme el abrigo.

El frío del exterior contrastaba de forma brusca con la calidez del interior del local, y me obligó a cobijarme bajo las capas de ropa. A pesar del frío, el cielo lucía despejado, un clima ideal para pasear disfrutando del ambiente navideño.

—¿Y bien? ¿Caminamos hasta el metro? —le pregunté.

—No es necesario. Tengo el coche aparcado aquí cerca —comentó Brad—. Pero estaba pensando que se ha quedado una tarde estupenda para desperdiciarla. ¿Te apetece que vayamos a alguna parte, antes de volver a casa?

Y tanto que me apetecía, de hecho, era lo que más deseaba en ese momento. Quería disfrutar de la atmósfera navideña en las calles de Nueva York junto a Brad, del aire frío sobre nuestros rostros mientras paseaba agarrada a su brazo.

¿De veras acababa de pensar eso?

Me aclaré la garganta para hablar.

—Me encantaría —le contesté con modestia, asiéndome a su brazo.

Brad se mostró complacido con mi gesto y acarició mi gélida mano.

—¿Sabes patinar? —preguntó arrugando la frente—. Se me ocurre que aunque no sea martes podíamos aprovechar para realizar otra de las peticiones del señor Dawson.

Efectivamente, no era el día de la semana que habíamos pactado para llevar a cabo los requerimientos de Peter, pero me moría de ganas por repetir una experiencia similar a la que vivimos decorando juntos el árbol de Navidad.

—Nunca he patinado —confesé—. ¿Y tú?

—Sí, estuve varios años en el equipo de Hockey sobre hielo en la Universidad —relató—. No te preocupes, te enseñaré… Será divertido.

Una hora más tarde me encontraba en la entrada a la pista de patinaje de Rockefeller Center, sujetándome a la barandilla, tratando de mantener el equilibrio sobre esas cuchillas que llevaba bajo los pies. Era emocionante, a la vez que aterrador, sobre todo cuando veía la facilidad con la que Brad se había deslizado sobre el hielo, alejándose de mí con soltura.

—No tengas miedo. —Rio Brad, mientras extendía sus brazos para animarme a entrar.

Me agarré a su mano y me dejé llevar, sintiendo cómo avanzaba unos pasos sin caerme, lo que era un triunfo para mí. Durante unos minutos me guió sosteniéndome por las manos.

—Ni se te ocurra soltarme —le advertí—. O me caeré de bruces.

El viento frío impactaba en mi cara, mientras Brad seguía conduciéndome por la pista con delicadeza. Sus ojos desprendían una ternura infinita que me contagiaba sin remedio.

—¿Cómo es posible que no aprendieras a patinar cuando eras una niña? —se interesó—. Con tantos hermanos, me extraña que ninguno te enseñara.

Chasqueé la lengua.

—La verdad es que no vi demasiadas pistas de patinaje durante mi infancia —le confesé—. Mis hermanos y yo crecimos jugando en el rancho, casi siempre al aire libre, entre caballos y otros animales. Solo visitábamos el centro comercial una vez al mes. Allí había una gran pista de patinaje sobre ruedas, y también un área de ocio para niños, pero mi madre siempre iba con demasiadas prisas y nunca me dejó disfrutar de ellos.

—¿Nunca? —se extrañó Brad.

Negué con la cabeza a la vez que esquivaba a una pareja que circulaba a mayor velocidad.

—Jamás —continué—. De hecho, recuerdo que pegaba mi cara al cristal, admirando a aquellos niños saltando en las colchonetas, riendo sin cesar. Pero lo que más envidia me despertaba era la gran piscina de bolas donde se sumergían y se revolcaban, con todos esas pequeñas pelotitas de colores a su alrededor. Siempre quise saber qué se sentía al tumbarse sobre ellas.

Brad borró la sonrisa de su rostro.

—No puedo creer que nunca hayas disfrutado de una piscina de bolas —dijo acercándome a él y frenando con suavidad.

Nos apoyamos en la barandilla con la respiración acelerada por el esfuerzo.

—Pues no —corroboré—. Ni tampoco tuve la oportunidad de jugar con muñecas, ni la mayoría de ese tipo de entretenimientos que tenían el resto de las niñas de mi edad. Todas las navidades le pedía a Santa Claus una casa de muñecas, pero nunca llegó.

Brad acarició mi barbilla con ternura.

—Tuviste una infancia atípica. —Una expresión melancólica apareció en sus ojos—. Nunca lo hubiera imaginado.

—Lo fue —admití, apartando la vista—. Mi padre murió cuando mis hermanos y yo éramos muy pequeños, por eso mi madre tuvo que hacerse cargo de todo y nosotros no disfrutamos de una niñez como el resto de los chicos de nuestra edad. Nuestra vida giraba en torno al rancho.

—Pero, ¿tuviste amigos?

—Muchos, pero todos eran chicos, apenas había chicas en las cercanías del rancho —recordé con nostalgia—. Aunque en el colegio sí tenía compañeras de clase, pero nunca llegaron a ser verdaderas amigas para mí.

Brad me giró la barbilla para sondear mis ojos.

—Mi dulce pastel de calabaza —susurró—. Eres una caja de sorpresas. —Apoyó su frente en la mía y continuó—: En realidad yo tampoco disfruté de todas esas cosas durante mi niñez. Aprendí a patinar con diecisiete años, antes de entrar en la Universidad. Y las piscinas de bolas y demás juguetes no los probé hasta que empecé a trabajar en Mr Funballs.

—¿En serio? —me sorprendí.

Brad aprisionó un mechón de mi cabello entre sus dedos.

—Bueno, ya te he contado que mis padres era bastante… estrictos —recordó—. Cuando era niño, ellos me apuntaban a todas las actividades posibles: clases de piano, idiomas e incluso cursos de bailes de salón, algo que hasta hace poco me avergonzaba contar.

Solté una carcajada.

—Pero eso es maravilloso, no debes avergonzarte. Seguro que bailas de lujo.

—Bueno… digamos que me defiendo, aunque no te creas que soy un buen bailarín. —Se encogió de hombros.

—No te creo —dudé—. Solo lo dices para no parecer presuntuoso.

Brad rio con fuerza.

—Algún día lo comprobarás y sabrás que no miento. —Hizo un pausa y continuó—: El caso es que durante mi niñez no tenía amigos, mi existencia se limitaba a ir a clases, estudiar y contemplar a los demás niños jugando en la calle, mientras yo practicaba piano o daba clases de francés.

—Vaya, eso sí que es triste —afirmé con franqueza.

Bufó y ladeó la cabeza.

—Al final me acostumbré —me contó—. Aunque siempre me quedó la añoranza de jugar al baloncesto con amigos, porque lo cierto es que meter el balón en la canasta, una y otra vez completamente solo, sin compañía… es bastante aburrido —confesó guiñando un ojo y haciéndome reír.

—Bueno, al menos siempre sabías que ibas a ganar tú, ¿no?

—Cierto; pero es un triste consuelo —dijo arrastrándome de nuevo al centro de la pista—. Vamos, señorita Parker, sigamos patinando. Esta vez te soltaré una mano, ¿de acuerdo?

—Tú mismo —le advertí—. No te quejes si después me tienes que llevar al hospital si me rompo una pierna.

Brad soltó una carcajada y me soltó una mano.

—¿Ves? No es para tanto.

Seguimos dando vueltas en la pista, disfrutando de nuestra mutua compañía y del espíritu navideño que se respiraba allí, con el mítico árbol de Navidad como telón de fondo.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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