• Autor/a: Donna Kenci
  • Actualización: Diciembre 2019

Un legado inesperado

Capítulo 1

 

El pastel de calabaza

 

 

Brad

 

El frío del invierno de Nueva York calaba hasta los huesos, pero como era habitual, en casa del señor Dawson se respiraba un ambiente cálido y acogedor que invitaba a no marcharse, sobre todo en fechas próximas a la Navidad, con todos aquellos adornos poblando cada rincón. Sin duda, aquella casa se había convertido en el verdadero hogar que nunca tuve.

Observé con preocupación al anciano. Me angustiaba ver al enérgico Peter Dawson en aquellas condiciones, sin apenas fuerzas para incorporarse. No quería irme y dejarlo allí postrado en su cama, pero no me quedaba otra alternativa que hacerlo, pues esa mañana no debía faltar a la importante reunión en Mr Funballs.

—Vamos, muchacho —me dijo Peter sin dejar de toser—. Deja de mirarme con lástima y vete, o llegarás tarde al trabajo.

Solté un largo suspiro.

—No me voy tranquilo, señor Dawson —manifesté—. Ya le he dicho que debería llevarlo al hospital. Su estado ha empeorado durante los últimos días y creo que ya no se trata de un simple resfriado.

—Paparruchas —protestó—. Los jóvenes de hoy en día lo arregláis todo yendo al médico. Cuando yo tenía tu edad…

Pero la tos le impidió continuar.

Me acerqué a él tratando de ayudar, pero rechazó el vaso de agua que le ofrecí.

—Es usted el hombre más terco que he conocido —le regañé—. A veces me planteo no regresar a hacerle compañía nunca más.

—Bla, bla, bla… Deja de soltar memeces y márchate ya. —Su ceño estaba cada vez más fruncido—. Si no me apreciaras ni un poquito, no llevarías dos años cuidando de este viejo cascarrabias. —Me señaló con el dedo—. A mí no me engañas, jovencito. Sé que tu condena a realizar servicios para la comunidad terminó hace bastante tiempo. Y aquí sigues.

—Se cree que…

Comencé a contestarle cuando el timbre de la puerta de entrada sonó y los perros se pusieron a ladrar formando un gran escándalo.

—Esa debe ser Katherine. —Los ojos del señor Dawson se iluminaron y una gran sonrisa apareció en su arrugado rostro, mientras estiraba el brazo para pulsar el interruptor, pero en último instante se lo pensó mejor—. No le abriré desde aquí, mejor baja y recíbela en la puerta. Siempre viene cargada de cosas para mí y los perros la han tirado al suelo más de una vez —me explicó—. Además, ya es hora de que os conozcáis, ¿no crees?

Resoplé.

—Está bien, como prefiera.

Me dirigí hacia las escaleras con resignación y tras escuchar una risilla sospechosa, que provenía del cuarto de Peter, empezó a sonar otra vez la melodía de aquella vieja canción: Can't take my eyes off you.

Meneé la cabeza y sonreí sin poder contenerme. Cuánto peligro tenía ese hombre con un mando a distancia en las manos.

Kate. Kate. Kate. Estaba harto de escuchar ese nombre. Durante los dos últimos años, Peter me había machacado el cerebro día tras día contándome lo buena, maravillosa e inteligente que era su querida Katherine, la chica del centro de mayores que le hacía compañía «voluntariamente» y lo cuidaba como nadie. Aunque, en realidad, sabía que el anciano también me había tomado cariño a mí, y que decía eso solo para fastidiarme.

Abrí la puerta y me encontré frente a una tarta y un montón de cajas de colores, tapando por completo la figura de quien parecía ser Kate, de la que solo se veía una larga melena pelirroja que sobresalía por los laterales de los paquetes.

—Le he dicho mil veces que no baje a recibirme —amonestó una voz femenina, amortiguada por su carga—. Está enfermo y no debe hacer esfuerzos sin necesidad.

—No soy el señor Da…

Pero no pude terminar mi presentación, pues en un instante todo se tornó caótico. Los perros se abalanzaron sobre la chica para saludarla con entusiasmo, y la nieve que se acumulaba en la entrada la hizo resbalar, forzándola a caer de culo sobre el suelo y aplastar la tarta contra su pecho.

—¡Mi pastel de calabaza! —exclamó con fastidio la mujer más bonita que había visto jamás, mientras contemplaba con horror el destrozo que había causado su caída.

Un rostro en cuya piel, blanca como la nieve, destacaban unos preciosos labios rosados, una nariz respingona y unos grandes ojos color miel, que combinaban a la perfección con el intenso color naranja de su pelo y que en conjunto me dejaron sin habla.

Me puse en cuclillas para ayudarla a levantarse, sujetando lo que quedaba del pastel de calabaza.

—Bueno, no está tan mal, algo se puede salvar —le dije para intentar animarla, mientras introducía mi dedo en la crema de la parte superior y me la introducía en la boca—. Mmmm, está deliciosa.

Cuando se incorporó, la preciosa chica arrugó la frente y me quitó la tarta de las manos, con cara de pocos amigos.

—¿Puedo saber quién eres y por qué pruebas la tarta sin mi permiso? Este pastel era para el señor Dawson.

—Me llamo Brad. —Le tendí la mano, pero como no hizo amago de responder a mi saludo, la retiré—. Le hago compañía a Peter Dawson y cuido de él varias veces a la semana.

Kate levantó las cejas en señal de conocimiento y chasqueó la lengua, altiva.

—Oh, eres ese que cumple la condena de trabajos para la comunidad. —Me miró de arriba abajo con suficiencia y continuó—: Tal y como te imaginaba… Peter me ha hablado bastante sobre ti.

—Vaya, espero que solo te haya mencionado las cosas buenas. —Puse mi mejor sonrisa—. A mí también me ha contado algo sobre ti… ¿Katherine?

Levantó la barbilla y sujetó la tarta con una sola mano para retirar con la otra un mechón de pelo cobrizo que tenía pegado a la mejilla.

—Sí, soy Kate —dijo sin mirarme, concentrada en su cabello—. Maldita sea, tengo crema de calabaza en el pelo.

Observé con diversión que era cierto, y sin poder contenerme, se me escapó una risilla.

—No te preocupes, no se nota demasiado, la crema es del mismo color que tu melena. —Reí, como si hubiera contado un buen chiste.

Pero me callé de inmediato al ver la mirada furibunda que me lanzaba.

—¿Te estás riendo del color de mi pelo?

Oh, Oh. Había metido la pata hasta el fondo, aunque mi intención era solo la de restarle importancia al asunto. ¿Cómo podía soltar ese tipo de chorradas delante de una mujer tan espectacular?

—No, no. Yo solo…

Pero la intensa tos de Peter Dawson, que provenía de la planta superior, interrumpió nuestra conversación. Los dos nos apresuramos escaleras hacia arriba, sin demora.

—¿Está bien, señor Dawson? —gritó Kate.

Entramos en su habitación y lo encontramos tratando de incorporarse de la cama. Me acerqué a impedírselo, mientras Kate dejaba la tarta sobre la cómoda.

—Me has traído mi pastel favorito —dijo Peter con dificultad, sin dejar de toser—. Esta es mi chica. —Y dirigiéndose a mí, añadió—: ¿Habías visto semejante preciosidad antes, Brad?

—¡No se esfuerce en hablar! —le ordenó Kate.

—La verdad es que no —le contesté a Peter, ignorando los dictados de la pelirroja.

Kate me observó con los ojos como platos, asombrada por mis palabras. Y el señor Dawson comenzó a reír a carcajadas. Pero al instante otro golpe de tos, esta vez más fuerte, lo dejó casi sin respiración.

—Tenemos que llevarlo al hospital —afirmó Kate cada vez más preocupada—. Esta tos no me gusta nada.

—Me niego —resolló Peter.

Miré a los ojos a Kate y le asentí con la cabeza.

—Abrígalo mientras saco el coche del garaje de Peter —le sugerí—. Ahora subo para ayudarte.

—He dicho que… —intentó pronunciar el señor Dawson, sin éxito, pues otro intenso golpe de tos se lo impidió.

Minutos más tarde, entre Kate y yo introdujimos a Peter en el vehículo y lo trasladamos hasta el hospital más cercano, soportando todo tipo de improperios y protestas por parte del anciano, hasta que el cansancio y la dificultad para respirar lo acallaron, dejándolo sin fuerzas para hablar.

—Se va a poner bien, señor Dawson. —La voz de Kate sonaba angustiada, mientras acariciaba su arrugada mejilla, sentada a su lado en el asiento de atrás—. Pronto estará nuevamente en su casa para que en poco más de un mes celebremos juntos otra preciosa Navidad.

Cuando llegamos a la puerta de emergencias del hospital, dos enfermeros prepararon una camilla y con cuidado lo depositaron sobre ella para trasladarlo dentro, con rapidez.

Peter no quería soltar su mano de la de Kate, y con delicadeza la ayudé a desasirse para que los sanitarios pudieran continuar. Pero al observar el rostro de la pelirroja, vi que sus ojos estaban empañados por las lágrimas.

Entonces sentí que un nudo se formaba también en mi garganta y un mal presentimiento se cruzó por mi mente. Solo esperaba volver a verlo pronto, con su sonrisa en los labios y bailando en el salón de su casa las antiguas canciones que tanto le gustaban. Ese viejo gruñón se había instalado en lo más hondo de mi corazón para siempre.

—Mis amados muchachos… —susurró el señor Dawson, despidiéndose de nosotros justo antes de desaparecer por la puerta de emergencias.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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