• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 9

 

Mientras se dirigían a Mayfair, Victoria se preguntaba cómo demonios había llegado a encontrarse en esa situación. Había dejado su casa para huir de los malos tratos de su padre. Había abandonado todo aquello que conocía para buscar una existencia mejor, para poder ser la dueña de su propia vida. Y, no obstante, había acabado cautiva de un hombre al que había amado y odiado en la misma medida. Un individuo que pretendía convertirse en su carcelero para el resto de su vida a través de un matrimonio en el que ella parecía no tener ni voz ni voto. Eso era algo que, desde luego, no estaba dispuesta a permitir.

Y, sin embargo, ahí estaba, caminando directamente hacia el patíbulo pues algo le decía que una vez entrase en la residencia de los Caxton le resultaría muy difícil abandonarla.

—Buenas tardes, Petterson —la voz de Martin la arrancó violentamente de sus cavilaciones—. ¿Me habías echado de menos?

—Buenas tardes, Excelencia. No, en absoluto, aunque parece que ahora que ha encontrado el camino de vuelta a casa ya no conseguiremos sacárnoslo de encima fácilmente.

—Petterson... Si no fueses más viejo que la Torre de Londres, en este mismo momento deberías empezar a buscar a otro pobre desgraciado con el que usar tu agudo humor irlandés porque te pondría en la calle sin pensármelo dos veces —refunfuñó, aunque la sonrisa que bailaba en sus ojos desmentía su enfado—. Y ahora, ¿podrías hacer el favor de cumplir con tus funciones, esas por las que mi familia te paga desde hace un par de siglos, y conducirnos a donde se encuentre mi madre?

—Por supuesto, Excelencia. Síganme.

Y sin más explicaciones cerró la puerta y comenzó a descender las escaleras que conducían a la calle.

— ¡Maldita sea, Petterson! ¿Se puede saber a dónde demonios vas ahora?

— ¿No me ha pedido que lo lleve hasta donde se halla lady Sheffield?

—Sí, pero...

—Pues bien, la duquesa salió esta mañana para visitar a su amiga lady Castledown...

—¡Lady Castledown vive en Hertfordshire!

—Lo sé.

— ¿Y pretendes llevarnos hasta allí? —preguntó, incrédulo—. ¿Sabes a qué distancia está?

—No, Excelencia. Pretendo conducirlos hasta el primer coche de alquiler que encuentre, puesto que el único carruaje que su familia se ha traído a Londres se lo ha llevado la señora —explicó, tranquilamente—. En cuanto los acomode volveré a mis quehaceres habituales.

—¿Meterte en la vida de tus señores?

—No —replicó con seriedad—, sujetar la puerta de la entrada.

Percatándose de que el hombre hablaba totalmente en serio cuando aseguraba que pretendía enviarlos a Hertfordshire, Martin se interpuso en su camino.

—No te molestes, Petterson. Creo que esperaremos a que regrese... En alguna de las salas.

Y, sin más explicaciones, se dirigió a la puerta, sujetó a una sorprendida Victoria del brazo y, juntos, entraron en la casa. Sin mirar atrás. Sin dirigir ni siquiera una última mirada al mayordomo que, en ese momento, sonreía de oreja a oreja. Y sin darse cuenta de que, al otro lado de la calle, un hombre los observaba con mirada calculadora y una inquietante sonrisa en el rostro.

Lady Daisy Caxton se hallaba sumida en una intensa partida de ajedrez contra sí misma, cuando su hermano irrumpió en la salita azul lanzando un juramento. Tras mover la torre blanca y dejar a su oponente en un incómodo y, por lo que parecía, bastante peligroso, jaque, cruzó las piernas por los tobillos y estiró los brazos sobre el respaldo del sofá en una pose totalmente masculina.

—O aprendes a controlarte o muy pronto te nombrarán el duque más vulgar de toda Inglaterra —comentó, sin molestarse siquiera en alzar la vista para observar a su malhumorado hermano—. De hecho, creo con los alicientes suficientes podrías llegar a ser, incluso, el más ordinario del mundo.

— ¡Maldita sea! ¿Es qué nadie me tiene el menor respeto? Tu mayordomo ha estado a punto de meterme en un carruaje para enviarme Dios sabe a dónde y tú... —fijándose, de repente, en la postura de su hermana, exclamó—. ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? ¿Es que nadie te ha enseñado a sentarte como una dama?

—Por supuesto que sí —comentó despreocupadamente, estirándose todavía más—. Precisamente por eso estoy practicando.

— ¿Practicando para qué?

—Necesito aprender a comportarme como un hombre.

—Ah, claro... —aceptó distraídamente, mas cuando se percató de lo que ella le acababa de decir, tronó—. ¿Y por qué narices tienes que aprender a comportarte como un hombre?

—Para deshacerme de todos mis pretendientes —ante el silencio que siguió a sus palabras, alzó, por fin, la vista hacia su hermano—. ¡Maldición! —exclamó, poniéndose de pie inmediatamente—. ¿Quién es ella? ¿Por qué no me dijiste que habías traído a alguien?

—Porque la última vez que estuve aquí veías perfectamente y, como habrás podido comprobar, no he tratado de esconder a nuestra invitada en ningún momento.

—Ya, bueno, claro, pero estaba distraída... Podrías haberme avisado...

—Todavía no has contestado a mi pregunta —cortó, cambiando de tema—. ¿Para qué quieres aprender a comportarte como un hombre?

—En realidad sí que te contesté. Para deshacerme...

—Algo coherente, por favor —la interrumpió, de nuevo, Martin y, clavando sus ojos en los de Victoria, prosiguió—. Las respuestas estúpidas no me gustan.

No sin cierta satisfacción, se dio cuenta de la fulminante mirada que ella le dedicó.

Desde que habían llegado a su casa, ella no había abierto la boca y eso empezaba a preocuparle. No le gustaba la actitud sumisa que mostraba. En el poco tiempo que hacía que la conocía, se había acostumbrado a sus respuestas sagaces, a su ironía y a que siempre le llevase la contraria. Le gustaba ese fuerte carácter que mostraba. Al menos, hasta que algo la asustaba y se escondía tras aquel muro de sumisión. Justo donde se encontraba en ese momento.

—Sabes que no deseo casarme —explicó Daisy—. No quiero dedicar el resto de mi vida a complacer a mi esposo. Quiero viajar, conocer el mundo, y reflejar en mis novelas todos esos lugares maravillosos que conozca. Y, desde luego, ninguno de esos pavos reales que me pretenden permitirían jamás semejante cosa. Me desean en sus salones ejerciendo de anfitriona, colgada de su brazo para exhibirme ante sus amistades, en su cama para...

— ¡Daisy! —exclamó Martin con la incredulidad reflejada en su rostro—. Esas no son cosas de las que pueda hablar una dama soltera. De hecho, ni siquiera una casada debería mencionarlas.

—¡Tonterías! ¿Ves? Eso es lo que quiero evitar. Que me digan lo que tengo que hacer, de qué debo hablar y de qué no, a dónde puedo ir y en qué momento. ¿No te das cuenta, Martin? Una mujer nunca es libre. En cuanto deja de ser cautiva de su familia pasa a ser prisionera de su esposo. En ningún momento tiene la oportunidad de decidir por sí misma. ¡Por Dios, si a la mayoría ni siquiera se les permite elegir a su propio marido!

Durante algunos instantes, Martin observó a su hermana atentamente. ¿En qué momento se había convertido en una reformista? ¿Qué la había hecho desvincularse de las fantasías románticas que solían llenar la cabecita de todas las jóvenes de su edad? Dudaba que hubiese sido un desengaño amoroso, pues Daisy conservaba en la mirada la inocencia y la pureza de quien no ha sido herido profundamente jamás. Quizás hubiese conocido a alguien especial que la había defraudado. Tal vez, incluso, se hubiese sentido fascinada por algún caballero que no le había correspondido, pero, desde luego, Martin estaba completamente seguro de que nunca le habían roto el corazón de verdad. Había visto a hombres más fuertes que ella quebrarse por el dolor, perder las ganas de vivir, de luchar, de seguir adelante. Aún cuando lo superaban, ninguno de ellos volvía a ser el mismo. El cinismo y la desconfianza quedaban arraigados a su carácter para siempre. Y en Daisy no había ni una pizca de ninguna de las dos cosas.

—¿Qué es lo que te ha llevado a pensar así? —preguntó, incapaz de quedarse con la duda—. Si alguien te ha hecho daño te juro que...

Mas tuvo que interrumpirse al percatarse de que su hermana ya no le estaba haciendo caso. En lugar de mirarlo a él, observaba a Victoria con inusitada atención.

—Perdone, no nos han presentado —comentó Daisy dirigiéndose a la otra joven—. Aunque no sé por qué pero me suena muchísimo su cara...

— ¡No! Quiero decir, no nos han presentado —murmuró con nerviosismo—. Yo no la había visto nunca antes.

—Qué extraño —interrumpió Martin, sonriendo maliciosamente—, si trabajaba a las órdenes de un conde debería conocer a gran parte de la aristocracia. Me imagino que serviría en las fiestas que celebraba su señor, ¿no es así?

—Sí, bueno, yo...

—Entonces, probablemente, habrá coincidido con mi familia —y, con resignación, añadió—. No se puede decir que sean personas discretas que puedan pasar desapercibidas.

— ¡Martin! —exclamó su hermana— ¡Va a pensar que somos una panda de salvajes sin civilizar!

—Y no se equivocaría...

—No le haga caso —comentó Daisy dirigiéndose a Victoria e ignorando el murmullo de su hermano—. En realidad somos una familia encantadora. Poco convencional, pero encantadora —tendiéndole una de sus delicadas manos, se presentó—. Yo soy Margueritte, la benjamina, aunque todos me llaman Daisy. Parecen creer que a los franceses les fastidiará que traduzcan mi nombre. Aunque, sinceramente, yo creo que tienen cosas mucho más importantes de las que preocuparse. Como me imagino que ya sabrá, el energúmeno que la acompaña es mi hermano mayor, el Duque de Sheffield. Después están Devlin y Miles. Devlin es el encantador de la familia así que le recomiendo que si intenta seducirla se resista porque...

—¡Daisy! —tronó Martin de nuevo.

—¡Bah! —cortando al hombre con un gesto despectivo de la mano, prosiguió—. Si va a convivir con nosotros es necesario advertirla para que no se deje engañar.

— ¿Quién ha dicho que vaya a convivir con nosotros?

—No es difícil adivinarlo, hermano. Si la traes a casa para que la conozca mamá sólo puede ser por dos motivos. O bien la pobre necesita ayuda o...

—¿O?

—O eres tú el que necesitas que te echen una mano —terminó con una enorme sonrisa.

—¿Y para qué demonios voy a necesitar yo que me echéis una mano? —preguntó él contrariado.

—Para cortejarla, por supuesto.

— ¡¿Qué?!

— ¡¿Qué?!

Martin y Victoria la observaron, uno con expresión asesina, la otra con cara de estupefacción.

—¿Insinúas que necesito ayuda para conseguir que una mujer me acepte?

—Bueno, la verdad es que a esta, al menos, no se la ve muy convencida...

—¡Por supuesto que está convencida! —protestó Martin.

—¡No, claro que no lo estoy! —refutó Victoria fulminándolo con la mirada.

—Sí, ya veo que no necesitas nuestra ayuda —comentó irónicamente Daisy—. Se nota que lo tienes todo bajo control y que ella está encantada con tus atenciones.

—No necesito vuestra ayuda. Sólo necesito que Victoria se quede aquí durante algún tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—El que tarde en aceptar casarse conmigo.

Su tranquila afirmación provocó reacciones opuestas en ambas mujeres. De repente, la expresión tranquila de Victoria se tornó furiosa mientras Daisy, por su parte, estallaba en carcajadas.

— ¡Le he dicho que no voy a aceptar casarme con usted bajo ninguna circunstancia! —tronó Victoria, a punto de perder la poca paciencia que le quedaba—. Además, si existía alguna remota posibilidad acaba de aniquilarla. Es usted el hombre más obstinado, terco y prepotente que he conocido nunca y no deseo ninguna de esas características en mi futuro esposo.

—Por supuesto —replicó Martin—, lo que usted desea es un pobre infeliz, fácilmente manipulable, que le permita salirse siempre con la suya.

En lugar de asustarlo, la expresión furiosa de la mujer no hizo más que alentarlo.

—Dudo que un hombre así pudiese hacerla feliz y me extrañaría todavía más que él no se suicidase a los quince días de casados. Usted puede resultar de lo más exasperante, señorita Jefferson.

—¡Pero si no me conoce! ¿Se puede saber con qué derecho me habla así?

—¡La conozco lo suficiente como para saber que puede llegar a sacar lo peor de un hombre en tan sólo unos minutos, cuanto más en quince días!

—¡Usted, Excelencia, es un... un...!

Victoria no pudo terminar la frase ya que unos fuertes aullidos la interrumpieron. ¿Aullidos? Fijó su mirada incrédula en la de Martin y, poco a poco, ambos se giraron para descubrir la procedencia de aquellos extraños sonidos.

En el delicado sofá forrado de terciopelo azul que presidía la habitación, Daisy se sujetaba los costados mientras se retorcía en medio de un terrible ataque de hilaridad. La pequeña de los Caxton, con las mejillas encendidas y las lágrimas deslizándose por su rostro, parecía incapaz de detenerse.

Durante algunos minutos la confusión reinó en aquella estancia. Entonces, lentamente, el semblante de Martin pasó de la confusión a la furia para acabar iluminándose con una enorme sonrisa. Victoria, por su parte, en cuanto logró recuperarse de la sorpresa inicial, volvió a adoptar la misma expresión de indiferencia que la acompañaba desde hacía años.

—Bueno, hermanita, ¿se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó Martin, aún cuando ya creía conocer la respuesta.

—Nada —contestó Daisy, comenzando a recobrarse de su ataque—, es sólo que, aún cuando has pasado un montón de años lejos de casa, mamá sigue teniendo la misma influencia sobre ti que sobre todos nosotros. Parece que, por muy mayores e independientes que nos volvamos, siempre vamos a intentar complacerla como sea.

—No lo hago por complacer a mamá.

—¿Entonces por qué lo haces?

—Porque no quiero estar rodeado por un enjambre de señoritas casaderas y madres desesperadas por conseguir un título para sus hijas cada vez que salga de casa. No quiero que se me considere un buen partido, que se me invite a fiestas o que se me tiendan trampas para “pescarme”. Ya que debo quedarme en Inglaterra, al menos, deseo un poco de tranquilidad.

Su hermana, ya sin ningún rastro de diversión en su hermoso rostro, clavó sus ojos en los de Martin, pero en lugar de dirigirse a él, fue a Victoria a quien le habló.

—Señorita Victoria, tal vez lo que le voy a decir vaya en contra de mis deberes como hermana, pero si me callo a lo que fallaré será a mi condición de mujer —y, con sorprendente seriedad, prosiguió—. Le ruego que no acepte la petición de mi hermano.

—Él no me ha pedido nada —explicó la joven—. Tan sólo me ha comunicado que voy a ser su esposa. Mi opinión al respecto parece no importarle.

—No sé por qué no me sorprende —murmuró Daisy—. De todos modos, ahí tiene una muy buena razón para no casarse. Otra, para mí mucho más importante, es que entre todos los motivos que ha expuesto hace un momento no hay ni uno sólo que se refiera a su persona. No se casa con usted porque sea la mujer más hermosa que ha conocido, porque considere que puede hacerla feliz y tampoco, claro está, porque esté perdidamente enamorado de usted.

—Debería ser a mí a quien ayudaras, ¿sabes? —interrumpió Martin— Estoy intentando convencerla para que se case conmigo no para que huya despavorida en cuanto abramos la puerta. Y no soy tan egoísta como crees. Victoria no tiene a nadie que la cuide, ningún lugar a donde ir y, además, ella cree estar en peligro. Si se casa conmigo conseguirá todo eso y más. No creo que lo que yo pido a cambio sea tan terrible.

Daisy observó a Victoria unos instantes preguntándose si lo que decía su hermano era cierto. Estaba a punto de preguntar cuando la puerta de la sala se abrió y un revoltijo de seda y plumas irrumpió en la habitación.

—Tú y yo tenemos que hablar —dijo lady Sheffield a modo de saludo—. He estado hablando con Lilliam y hemos decidido que… —tuvo que interrumpir su discurso cuando se percató de que una tercera persona estaba presente en la sala—. Buenas tardes, lady… ¿Cómo era su nombre? No lo recuerdo ahora mismo.

Daisy y Martin observaron a su madre extrañados pues parecía saber perfectamente quién era Victoria. Poco a poco, una expresión de desconfianza se instaló en el rostro de Daisy que clavó sus enormes ojos azules en los de Victoria intentando descubrir quién era en realidad. Martin, sin embargo, sonrió despreocupado y procedió a corregir a su madre:

—Madre, esta es Victoria Jefferson. La señorita Victoria no posee ningún título nobiliario. Tal vez se parezca a alguna joven aristócrata y por eso crees conocerla pero, en realidad, no es más que la hija de una institutriz.

—Pero estoy segura de que… —el terror que vio en los ojos de Victoria la obligó a detenerse—. Tienes razón hijo. Tal vez me haya equivocado y la haya confundido con otra persona. Señorita Jefferson —comentó, todavía con la mirada fija en su rostro—, encantada de conocerla.

Poco a poco, Victoria sintió como su circulación sanguínea se restablecía. Por un momento había temido que toda su patraña se viniera abajo, que todos sus esfuerzos hubieran sido en vano. Por supuesto que Lady Sheffield la conocía, pues había estado en Bradford House en más de una ocasión y habían coincidido en algunos de los escasos eventos sociales a los que su padre le había permitido asistir. Claro que no habían tenido demasiado trato ya que Victoria tendía a esconderse entre las carabinas o en los lugares menos transitados de los salones, pero, aún así, habían sido debidamente presentadas cuando la joven había hecho su primera aparición en sociedad, algunos meses antes de su compromiso, y habían intercambiado algunas palabras cuando la ocasión lo requería.

A pesar de su timidez, Victoria siempre había sido una persona sociable, sobre todo con las damas que no hacían peligrar su escasa seguridad en sí misma. Afortunadamente, lady Sheffield no había sido una de esas señoras. La seguridad de la mujer, así como el respeto que la alta sociedad sentía hacia ella, la habían convertido en una persona que Victoria prefería evitar. Y no porque no fuese amable y de agradable conversación. Todo lo contrario. Lady Elizabeth Caxton era la cortesía personificada y, precisamente por eso, era una mujer que jamás estaba sola. Fuese a donde fuese, la dama siempre estaba rodeada por un séquito de admiradores, aduladores y envidiosas. Y ahí radicaba el problema. Victoria jamás se expondría voluntariamente a un grupo tan numeroso de gente. Podía hacer frente a una o dos personas, pero ese era su tope. En cuanto se superaban esos límites se bloqueaba, se anulaba y se convertía en un ser patético que se fundía con las paredes o se escondía tras las columnas. Sus labios no respondían y su mente se negaba a pensar con coherencia. Se convertía, por mucho que le doliese reconocerlo, en una completa estúpida.

Regresando al presente, la joven contempló la acogedora habitación que le habían asignado. Era una estancia amplia, con enormes ventanales que impregnaban de luz todos y cada uno de los huecos del cuarto. Los muebles, de estilo neoclásico y lacados en blanco, resultaban extremadamente elegantes, a la par que sencillos, y denotaban la riqueza de sus propietarios. Al fondo de la estancia, una enorme cama cubierta por una hermosa colcha de terciopelo celeste con bordados rosados resultaba terriblemente tentadora para alguien que apenas había dormido en los últimos dos días. Mas Victoria sabía que no podía permitirse tal lujo, pues debía escapar de allí cuanto antes. Por mucho que le gustase aquella familia, por más que hubiese querido al hombre que la había llevado a aquella casa llena de luz y alegría, tan diferente a la suya, era consciente de que en aquel lugar no había lugar para las sombras. No había lugar para ella.

Así pues, tras tomar la decisión de alejarse para siempre de la que podría ser su última oportunidad de conseguir una cierta estabilidad, se acercó a la ventana, totalmente convencida de que podría huir. Se equivocaba.

En el mismo instante en el que asomó su pequeña nariz se percató de que cualquiera que intentase bajar por allí estaba condenado a morir. Y de un modo terriblemente doloroso. Y es que aquella habitación se encontraba en el tercer piso de la enorme mansión de los Sheffield y, contrariamente a lo que hacían pensar las novelas de aventuras que Victoria solía leer, en las cuales siempre había un árbol en el lugar adecuado para que una pudiese escapar alegremente, en aquel lugar lo único que había al otro lado de la ventana era el vacío...

Y un enorme mastín que la observaba con expectación.

Incapaz de sostener la intimidatoria mirada del animal, la joven retrocedió lentamente y cerró la ventana. Bien, la huida, en aquel momento, no era una opción. Al menos mientras no lograse elaborar un plan mejor.

Completamente contrariada, comenzó a pasearse por el cuarto. ¿Cómo demonios iba a lograr salir de aquel lugar? Martin había dado órdenes de que se la mantuviese vigilada y, a poder ser, en su habitación y bajo llave. Órdenes que habían sido rebatidas inmediatamente por su madre. Así, la “vigilancia” se había convertido en un simple “seguimiento” en favor de su seguridad y el encierro se había ampliado a la totalidad de la mansión.

—Si —murmuró Victoria, irónicamente—, no cabe duda de que son una familia muy comprensiva. Al menos no me han encadenado a la cama.

En cuanto Martin les había contado su historia, es decir, la parte que él conocía o creía conocer, tanto Daisy como lady Elizabeth habían decidido que debían proteger a aquella muchacha, sobre todo, en el momento en el que lady Sheffield había sido informada de que aquella era la joven a la que su hijo deseaba tomar por esposa. La pobre mujer, aun cuando hubiera preferido que Martin se casase con la hija de su querida amiga Lilliam, como ambas mujeres habían decidido esa misma tarde, había aceptado sin dilación la decisión de su hijo. Quizá no fuera la mujer que ella había elegido. Tal vez fuese una misteriosa desconocida. Pero el tarambana de su hijo se iba a casar, por fin, y eso era lo que importaba. Una vez desposado sería mucho más fácil retenerlo en Londres. O, al menos, eso era lo que ella esperaba.

—¿Crees que miente? —preguntó Daisy, engullendo el último trozo del pastel que la vieja Doris le había preparado tan solo unos minutos antes.

—No lo creo, lo sé. Conozco a esa joven, aunque no recuerdo en este momento de qué. De lo que si estoy segura es de que no es ninguna hija de institutriz. Yo he visto a esa mujer en un salón de baile. Solo necesito recordar en cuál.

—Bueno, tal vez, como ella dice, fuese una de las criadas de algún noble.

Su madre la observó con expresión irónica.

—¿Tú has visto cómo se comporta?, ¿cómo se mueve?, ¿cómo habla? ¿De verdad crees que ha adquirido ese porte porque su madre se lo enseñó? —girándose para quedar cara a cara con su hija, clavó sus ojos en los de la joven—. Si algo he aprendido en todos mis años como matrona es que esas aptitudes sólo se adquieren con la práctica. Con mucha, mucha práctica. Y ahora, ¿podrías hacer el favor de dejar de comer como si no hubieses visto un dulce jamás? No sé cómo logras entrar dentro de tus vestidos después de estos atracones, pero algún día estas muestras de glotonería te pasarán factura. Compadezco al pobre hombre que se case contigo. Aunque sea el individuo más rico de Inglaterra estoy segura de que sus arcas menguarán considerablemente cada vez que tenga que alimentarte. De hecho, a veces me pregunto cómo es posible que lo soporten las nuestras.

—Sí, eso mismo creo yo —comentó Daisy despreocupadamente y, con un brillo malicioso en sus claros ojos azules, añadió—. En realidad, es precisamente por eso por lo que no deseo casarme. Sería una lástima ver menguar la fortuna de algún pobre aristócrata mientras el tamaño de mi trasero va aumentando proporcionalmente.

Lady Sheffield meneó la cabeza mientras una sonrisa bailoteaba en sus labios. Su hija aprovecharía cualquier excusa para justificar su rechazo al matrimonio. Se le había metido en la cabeza permanecer soltera y nadie sería quien de hacerla cambiar de opinión. Eso Elizabeth lo sabía de primera mano, pues nadie conocía mejor la terquedad y obstinación de Daisy que su propia madre.

Por un momento la observó preocupada. Tal vez no necesitase atarse a ningún hombre para salir adelante. Quizá la joven, con su inteligencia y disposición, consiguiese abrirse camino en el mundo. Sin embargo, Elizabeth sabía lo difícil que era eso en una sociedad como la suya. Sobre todo para una mujer como su hija. Daisy era demasiado alegre, demasiado espontánea, demasiado... viva. No sería capaz de permanecer a la sombra durante mucho tiempo, tal y como se esperaba de una solterona. Pronto comenzarían los chismes entorno a ella y las razones que la habrían llevado a permanecer sola, aun cuando había tenido multitud de propuestas. La sociedad era así. Intolerante. Mezquina. Dañina. No pararían hasta hundirla, hasta convertirla en una paria. Y eso era algo que Daisy no soportaría.

Lady Sheffield dirigió su preocupada mirada hacia su hija que, en ese momento, observaba el plato vacío con expresión compungida. Tal vez, sólo tal vez, apareciese alguien que la hiciese cambiar de opinión, un príncipe azul como los de aquellos cuentos que le leía cuando era niña. Elizabeth alzó los ojos al cielo y rezó por ello.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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