• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 8

 

Mientras observaba a la pequeña mujer que tenía delante, Martin se debatía entre la incredulidad, la diversión y la furia. Aquella infeliz no tenía nada, ningún lugar a donde ir, ningún familiar a quien recurrir y, no obstante, se atrevía a rechazar su propuesta, una proposición ante la que cualquier otra dama se desmayaría sin remedio. Desde luego, tenía que reconocer que era muy valiente...

O una tonta de remate.

— ¿Sabe que quizás no vuelva a tener una oportunidad como esta jamás?

— ¿Sabe que quizás no la desee?

— ¿Ah, no? Por supuesto, usted lo que quiere es huir a América, sola, sin nadie que la proteja.

—No necesito...

— ¡Cállese! —la orden fue dada en un susurro pero sonó mucho más amenazadora que si la hubiera gritado—. Ahora me toca hablar a mí. Sin interrupciones. Sin burlas ni contestaciones. Me va a escuchar aunque tenga que amordazarla para que permanezca en silencio —tras dirigirle una última mirada para asegurarse de que no lo interrumpiría, prosiguió—. No sé si es usted demasiado inocente para comprender el alcance de lo que va a hacer o si, sencillamente, no piensa antes de actuar, pero lo que tengo claro es que no tiene ni idea de lo que le espera al otro lado del océano. No sé quién le ha metido en la cabeza que las cosas en América son mejores que aquí, pero déjeme decirle que le mintió. Si cree que en cuanto pise suelo americano todos sus problemas se solucionarán y se encontrará a salvo está muy equivocada ya que será precisamente en ese momento cuando descubra lo que es el peligro de verdad. En Londres es peligroso que una dama camine sola por la calle. En las colonias lo es hasta que respire sin nadie que la proteja a su lado.

—Ya no son las...

— ¡No me interrumpa! En cuanto embarque, su vida cambiará para siempre. Da igual que sea una dama, la hija de una institutriz o una actriz del Drury Lane. En el momento en que ponga uno de sus hermosos pies en la pasarela del barco se convertirá en una mujer cualquiera. Nadie se fijará en sus correctos modales ni en su sofisticación. Cuando posen sus ojos en usted lo único que verán será a una mujer que viaja sola, sin acompañante, y entenderán que eso sólo puede significar una cosa: que está usted disponible para cualquiera y que su reputación y su virtud no tienen ningún valor. ¿Es eso lo que busca, Victoria? ¿caer en desgracia? Porque si eso es lo que quiere yo estaré encantado de ayudarla. Incluso le ahorraré el viaje. Le pedí que se convirtiera en mi esposa porque pensé que su reputación le importaba y que desearía vivir como una dama respetable. Pero si lo que quiere es convertirse en una prostituta sólo tiene que decírmelo...

El tortazo que recibió no le permitió seguir con su discurso. Incapaz de creer que ella se hubiera atrevido a pegarle de nuevo, alzó la mirada y, furioso, clavó sus ojos en los de la joven. Pensó que la intimidaría, pero en lugar de miedo lo que vio en su expresión lo dejó atónito. De hecho, estaba seguro de que, de no ser un hombre con una reputación como la suya, retrocedería en busca de algún lugar seguro.

Poco a poco, como sucede con el mar tras una noche de tormenta, el rostro de Victoria se fue suavizando y en sus labios apareció una sonrisa irónica que terminó de desconcertarlo.

— ¿Y qué le hace pensar que no lo soy ya, Excelencia? —el brillo de sus ojos dejaba claro que empezaba a divertirse de lo lindo—. Lo único que sabe de mí es lo que yo le he contado. ¿Y quién le dice a usted que no lo he estado engañando desde el principio? Quizá, en realidad, sea una prostituta en busca de nuevos horizontes que explorar. Tal vez sea la amante de algún aristócrata que desea cambiar de protector. Usted no sabe nada de mí y, aún así, me ha pedido que me case con usted. ¿Sabe lo que podría suponerle que yo aceptara? Pero, como usted mismo ha dicho, soy yo la que actúa sin pensar.

—Cariño... —replicó con voz sedosa—. Estoy completamente seguro de que no eres una ramera. De hecho, podría jurar...

No se molestó en terminar su explicación. Sin previo aviso, la sujetó por la cintura, la pegó a su cuerpo y tomó su boca con un beso feroz, totalmente exento de ternura, cuya única finalidad era demostrar un hecho.

El hecho de que ella ni siquiera sabía besar en condiciones. Su intuición le decía que ella era inocente y, como siempre, estaba en lo cierto. Lo percibió en el temblor de su cuerpo cuando lo rozó con el suyo. Lo sintió en su respiración entrecortada y en su pulso acelerado. Lo supo en cuanto rozó su boca con la suya. Ella no sabía qué hacer, desconocía su papel en aquella función y eso, contra todo pronóstico, lo excitó todavía más.

Desde sus primeros contactos con el bello sexo, siempre había preferido a las mujeres experimentadas. Jamás había sentido la necesidad de ser el primero con ninguna. Estaba lo suficientemente seguro de sus aptitudes sexuales como para no temer las críticas y el que ellas conocieran el juego al que jugaban le facilitaba tremendamente las cosas. Y, sin embargo, ahí estaba, mucho más caliente de lo que recordaba haber estado en su vida y, aún así, conteniéndose para no asustarla. Deseaba profundizar el beso, abrir su boca con la suya y explorar aquellas profundidades que jamás habían sido sondeadas. Quería sentir su sabor y explorar cada centímetro de su cuerpo. Con sus manos. Con su boca...

Percatándose de que sería totalmente absurdo, a la par que imposible, soltarla en ese momento, suavizó el contacto y acariciando su mejilla con los dedos intentó tranquilizarla. Todavía temblaba y notaba como su pulso latía a más velocidad de la normal. Poco a poco su cuerpo se fue relajando, cosa que Martin agradeció terriblemente pues su control pendía de un hilo y dudaba que pudiera aguantar mucho más. Aprovechó su rendición para acariciar sus labios con la lengua, instándola a abrirlos para él. Sabía que era precipitado, que se arriesgaba a asustarla y a que ella pusiese fin a aquel dulce castigo pero se sentía incapaz de alejarse, de renunciar a algo por lo que parecía haber estado esperando toda su vida. Mas por esa vez Dios pareció estar de su parte ya que, tras tensarse en un primer momento, Victoria se relajó en sus brazos y le permitió continuar.

Saqueó su boca con toda la ternura de la que fue capaz, recordando sus años de juventud, aquella época en la que aún podía permitirse dedicar horas a seducir a una mujer sólo con sus besos. Aquellos años en los que todavía era lo suficiente inocente como para soñar con que alguna de ellas lo querría por lo que era y no por su título. Empleó con ella una dulzura de la que hacía ya mucho tiempo que no se creía capaz.

Muy pronto aquel contacto dejó de ser suficiente e, intentando contenerse para no arrastrarla directamente hacia la cama y hacerla suya, comenzó a acariciar suavemente su cuerpo. Bajando la mano que hasta ese momento había sujetado su mejilla, acarició la suave piel de su clavícula que la holgada camisa que llevaba dejaba al descubierto. Martin se preguntó quién sería el culpable de que las mujeres no vistieran así normalmente. Desde luego, debía de ser un completo imbécil pues estaba claro que ese atuendo favorecía a ambos sexos por igual. A ellas les permitía mayor libertad de movimientos y a ellos...

Contemplando como su mano se iba acercando cada vez más peligrosamente al pecho de Victoria sintió como una sonrisa tiraba de la comisura de sus labios. Bien, a ellos también.

¿Qué demonios estaba haciendo? Victoria no alcanzaba a entender qué extraña fuerza la había convertido en la mujer débil y necesitada que era en ese momento. Desde el mismo instante en el que Martin había puesto los labios sobre los suyos la había convertido en un ser sin voluntad, en una persona a la que no reconocía. Aquello era completamente diferente a lo que le había hecho lord Albright. Con él un beso parecía algo maravilloso.

Se había sentido incapaz de apartarlo, aún cuando era totalmente consciente de que lo que le estaba haciendo no era correcto. Y no sólo porque iba totalmente en contra de las normas del decoro. No, lo que lo hacía realmente erróneo era el hecho de que era peligroso para su propia estabilidad emocional. Le había llevado demasiado tiempo convencerse de que aquel hombre no significaba nada para ella y, sin embargo, nada más ver sus profundos ojos aguamarina, los mismos que la habían atormentado durante tantos años, había caído en la cuenta de que nada de lo que creía era cierto.

Si su simple presencia la había desestabilizado por completo, la había hecho dudar de sus sentimientos y casi la había empujado a abandonar sus deseos de huir, ¿qué podría conseguir si la besaba?

En cuanto sintió su aliento sobre su rostro supo la respuesta. Todo, en cuanto la besara podría conseguir cualquier cosa de ella. Y siendo él nada menos que Martin Alexander Caxton, séptimo Duque de Sheffield, el mismo hombre que no había temido destrozar un matrimonio por el simple hecho de desear a una mujer ajena, el mismo sujeto que había desaparecido durante seis años sin dar explicaciones a nadie y sin preocuparse por su familia o amigos, aquello era realmente peligroso. Mas a pesar de las señales de alarma que su adormecido cerebro intentaba enviarle se sentía incapaz de separarse de él.

En un primer momento había sido desconcertante pues no sabía qué hacer. Cuando él había rozado sus labios con los suyos se había sentido aturdida, perdida, pero, al mismo tiempo, había sido la sensación más maravillosa que había sentido en su vida. Había sido como...

Como...

Como comerse todas las galletas que la señora Davis preparaba de una sola asentada. Como bañarse desnuda en el lago en un día de verano.

Como...

Como subir al cielo y...

Un fuerte tirón la despertó de su ensoñación. Y es que, ocupada como estaba intentando describir mentalmente lo que sentía, no se había dado cuenta de que Martin, incapaz de conformarse con todo lo que le había permitido hasta ese momento, había comenzado a desabrochar los botones de su camisa con manos temblorosas. Quizá el brusco movimiento le hubiera devuelto el sentido o, tal vez, en ese momento la sangre había vuelto a llegar a su cerebro normalmente, pero, de repente, se dio cuenta de lo que le estaba dejando hacer y, sin perder un minuto, lo apartó de un manotazo.

Lo que había hecho cayó sobre ella como un jarro de agua fría. Bien, aquello había sido como subir al cielo, sí. Para, a continuación, caer en picado y empotrarse contra el suelo.

— ¿Se puede saber qué demonios pretendía, Excelencia?

Martin la observó durante unos instantes, sus ojos todavía nublados por la pasión. Tardó unos segundos en caer en la cuenta de que ella ya no estaba en sus brazos y unos cuantos más en asimilar que le acababa de hacer una pregunta. Poco a poco la pasión que reflejaba su rostro se fue tornando en exasperación para, finalmente, acabar con un suspiro de resignación.

—Pues hasta hace un momento la estaba besando —respondió simulando una tranquilidad que no sentía—. Y, por lo que parecía, a usted no le disgustaba en absoluto.

— ¿Cómo que no me disgustaba? Es usted un... ¡un pervertido! Soy una dama y, como tal, no disfruto de sus besos.

—Mmm... pues lo cierto es que la mayoría de las damas suelen disfrutar mucho con mis besos. Y con lo que viene después, por supuesto.

Martin estuvo a punto de estallar en carcajadas ante su cara de consternación. Por mucho que ella afirmase tener experiencia había demostrado de sobra que era mentira. Con sólo mirarle la expresión en ese instante cualquier hombre con un mínimo de perspicacia se percataría de que era virgen.

— ¡Escúcheme bien! Yo...

—Ya he escuchado suficiente, pequeña. Ahora me vas a escuchar tú a mí.

— ¡Pero si ha sido usted el que ha hablado todo el tiempo! —replicó, ceñuda—. Y no me tutee.

—No recuerdo haber hablado demasiado —la sonrisa traviesa que le dedicó la hizo sonrojarse hasta la raíz del cabello—. Y creo que tengo todo el derecho del mundo a tutearte. Al fin y al cabo, voy a ser tu esposo.

Victoria observó a aquel hombre con incredulidad.

—Usted no atiende a nada de lo que digo, ¿verdad?

—Sólo a lo que me conviene, cielo. Llámale atención selectiva.

—Pues no use su atención selectiva conmigo. No me voy a casar con usted, no voy a salir de este estúpido barco con usted, no... ¡No voy a hacer absolutamente nada con usted! ¡Déjeme en paz! ¿Es que no lo entiende? No quiero que me ayude ni me proteja, no lo necesito...

—Voy a ver si consigo algo de ropa decente para que te pongas. No puedo presentarte a mi familia con ese aspecto.

—¿A su familia? ¿Pero es que no me ha escuchado? —gritó, perdiendo definitivamente los papeles— No quiero...

No pudo terminar lo que iba a decir pues descubrió que se había quedado sola en la habitación. Aquel hombre acabaría por volverla completamente loca.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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