• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 7

 

Edward Windham, segundo hijo del Barón Greenville, era consciente de que su apariencia no era, exactamente, la de un caballero. Sabía que el parche que cubría su ojo izquierdo le daba un aspecto peligroso que concordaba perfectamente con su personalidad y que la ligera cojera que padecía provocaba reacciones adversas entre los que le rodeaban.

Algunos, sobre todo las damas, pensaban románticamente que se había quedado lisiado en alguna acción heroica y no dudaban en mostrarle su compasión en cualquier acto público al que asistiera.

Otros, los más desconfiados, estaban seguros de que no era más que la consecuencia de la vida disipada y despreocupada que había llevado. Ambos grupos estaban equivocados pero él, desde luego, prefería alimentar las sospechas de los segundos. No soportaba las muestras de lástima, aún cuando estas le hacían mucho más fácil conseguir la atención de las damas, ni los continuos interrogatorios a los que lo sometían para intentar descubrir su secreto. Prefería mil veces que lo juzgaran y lo condenaran sin ofrecerle la oportunidad de defenderse ya que podría estar tentado de aprovecharla. Para él no había justificación alguna. Jamás desvelaría el motivo por el que se encontraba en esa situación. Sería demasiado humillante, por lo que sólo le quedaba resignarse a ser el hombre que ellos creían que era. Y, de momento, lo estaba cumpliendo a la perfección. Por todos los salones de Londres corrían rumores sobre él. Rumores que, desde luego, Edward se había ocupado de alimentar. Las madres con hijas solteras usaban todas sus armas para alejarlas de él mientras que ellas intentaban por todos los medios pasar el mayor tiempo posible en su compañía. Las damas viudas o insatisfechas con sus aburridos matrimonios, por su parte, buscaban sus atenciones desesperadamente. El aura de peligro que lo rodeaba sólo contribuía a aumentar su interés. Así pues, las mujeres solían acercársele como las moscas a la miel y por eso la reacción de aquella jovencita lo había dejado totalmente confuso.

Entrando en el camarote, estrechó la mano que Martin le ofrecía.

—Buenos días —saludó, y la reacción de su amigo lo dejó totalmente anonadado. Y es que, sin ningún motivo aparente, el duque había estallado en carcajadas.

—Buenos días, Ed —respondió, entrecortadamente—. Lo siento —se disculpó viendo la expresión ofendida del hombre—, no me río de ti, es sólo que los piratas...

Y, sin más explicaciones, volvió a reírse jovialmente.

Edward se preguntó si su amigo no se habría vuelto loco después de lo que su padre le había hecho. Quizás el rechazo de su progenitor lo había dañado psicológicamente o no había logrado superar lo vivido antes de abandonar el país. Fuera por el motivo que fuera, lo que estaba claro era que aquel hombre no era el mismo que, con expresión feroz, le había jurado que no volvería jamás a Inglaterra.

Recordando lo que le había dicho cuando, algunos años antes, habían coincidido en Francia, comentó abruptamente.

—¿Qué demonios haces aquí? Pensé que no ibas a volver.

—Bueno, un hombre no siempre puede huir de su destino —contestó, risueño—. Tengo que arreglar algunos asuntos concernientes al título. Después, podré irme —viendo la decepción en el rostro de Victoria, agregó—. O no.

¿Por qué demonios había dicho eso? Por supuesto que se iría. Hacía años que lo había decidido y, sin embargo...

Miró a la joven que se escondía tras él. Quizás no fuera tan terrible, al fin y al cabo, quedarse en el país. Podría estar cerca de su familia a los que, debía reconocerlo, había echado terriblemente de menos. Y podría tener a esa mujer.

Sonriendo ampliamente cayó en la cuenta de que, en realidad, la aparición de aquella muchacha no suponía un incordio sino todo lo contrario. Victoria Jefferson era la solución a todos sus problemas. Sí, en cuanto lograra librarse de Edward le comunicaría la decisión que acababa de tomar respecto al futuro. Era un poco impulsiva, pero estaba seguro de que no se arrepentiría. Casi no podía esperar a ver su expresión maravillada cuando se lo dijera.

— ¿Y a qué debo el honor de tu visita? —preguntó con la esperanza de que no le llevase mucho tiempo despacharlo—. Por cierto, se te ve bastante bien. Ya apenas se nota que cojeas.

—Gracias... —murmuró, incómodo— Nunca recuperaré del todo la movilidad pero, al menos, ya puedo desplazarme sin bastón. Quería pedirte un favor —comentó, cambiando de tema bruscamente—. No te lo pediría si no fuera importante.

—No es necesario que me des explicaciones. Dime de qué se trata y, si está en mi mano, está hecho.

—Necesito que me presentes en sociedad.

—¿Que te presente en sociedad? —Martin lo observó, incrédulo—. ¿Cómo a una señorita? —a pesar de sus esfuerzos por contenerla, una sonrisa asomó a sus labios—. ¿Tú también quieres pescar un esposo rico y con título?

—Maldita sea, Sheffield, no es una broma. Necesito que me ayudes a infiltrarme en ese mundillo tuyo. Tengo que conseguir que me acepten entre la flor y nata de la alta sociedad. Y tengo que conseguirlo cuanto antes.

—Ed, sabes que ese no es mi mundillo. Hace años que no frecuento a esa gente. De hecho, lo más probable es que ya nadie se acuerde de mí. Y, la verdad, no me importa en lo más mínimo. No tengo la menor intención de volver a formar parte de esa panda de hipócritas —mientras decía esas palabras, sintió como la mujer que permanecía a su espalda se estremecía—. Sinceramente, no sé cómo quieres que te ayude.

—Martin, aunque no te guste, ahora eres un duque y, como tal, formas parte de ese grupo. Da igual que la gente te recuerde o no, en cuanto se sepa que has vuelto a Londres te lloverán las invitaciones. Todas las grandes damas te querrán en sus bailes, a poder ser, bien cerca de sus hijas —ante la expresión de horror que cruzó la cara de su amigo, sonrió ampliamente—. ¿Qué esperabas? Eres uno de los mejores partidos del momento. Prepara las armas, hermano, porque no te dejarán escapar tan fácilmente. Y, por si no lo recuerdas, una madre empeñada en casar a su hija se convierte en una rival terrible. A su lado, las tropas de Napoleón no son más que niñas recién salidas del colegio.

Edward tenía razón. Le gustase o no, su título y su fortuna lo convertían en el esposo perfecto. Si a eso le añadía que era uno de los duques más jóvenes y, para que negarlo, más atractivos del panorama...

Bien, menos mal que ya había ideado un plan porque sino su estancia en la ciudad podría ser todavía peor de lo que había imaginado.

—Bueno, ese problema ya lo tengo solucionado. No voy a ser un buen partido durante demasiado tiempo, al menos un buen partido disponible —ante la expresión confusa de su amigo, sonrió—. No te preocupes por mí. En cuanto a lo de presentarte en sociedad, me temo que no lo entiendo. Eres el segundo hijo de un Barón, no tienes ninguna necesidad de que yo te presente. Habla con tu padre y seguro que él estará encantado de hacerlo.

—¡No! Él no puede ayudarme, verás... —se interrumpió de repente y miró fríamente a Victoria—. Es un asunto privado.

Martin observó a Victoria y a Edward alternativamente, sin comprender qué era aquello que su amigo no quería que ella supiera. Al fin y al cabo, parecía que se trataba de un asunto relacionado con la aristocracia y ella no tenía nada que ver con ellos... ¿no?

Una fugaz sonrisa asomó a sus labios cuando recordó la cantidad de mentiras que ella le había contado en el poco tiempo que llevaban juntos. Estaba seguro de que aquella mujer no era una embustera. No había más que ver el modo en que se tensaban sus facciones cada vez que le hacía una pregunta comprometida para la que tenía que improvisar una respuesta o el temblor de su voz cuando la expresaba en voz alta. Y, no obstante, no había dudado en inventarse una vida con tal de no contarle la verdad.

Suspirando sonoramente, se dirigió a la puerta. Algún día conseguiría que confiase en él, estaba completamente decidido a lograrlo, pero, mientras tanto, tendría que fingir que creía que era, realmente, Victoria Jefferson, la desdichada hija de una institutriz.

—Vamos, Ed. Hablaremos fuera.

En cuanto abandonaron el camarote, su expresión cambió totalmente. La jovialidad que había reflejado su rostro tan sólo unos segundos antes fue sustituida por preocupación y algo parecido a la alarma.

—Se trata de algo grave, ¿verdad? ¿Algún asunto de Bow Street?

—No, como te he dicho, esta vez es algo personal.

—¿Cómo de personal?

—He encontrado a mi asesino.

La había encerrado. Aquel malnacido la había dejado sola de nuevo en la habitación y había cerrado la puerta con llave. Bien, no había nada que hacer. Había comprobado que era inútil intentar escapar por la ventana y forzar la cerradura no tenía mucho sentido ya que desconocía el paradero de Martin y su amigo y bien podrían estar al otro lado. Así pues, sólo le quedaba esperar a que el señor duque se dignase a regresar y la dejase libre de una dichosa vez.

Sin embargo, que hubiese aceptado su lamentable situación no quería decir que le pareciese bien ni que fuera a esperar sentada a que él volviese. No, aprovecharía su ausencia para descubrir todo lo que pudiera de aquel individuo.

Con paso decidido se dirigió al enorme escritorio de caoba que se hallaba junto a la ventana y, sin ningún tipo de remordimiento, abrió el primer cajón e inspeccionó el interior.

Tras soltar un bufido con el que pretendía dejar bien claro lo disgustada que estaba, lo volvió a cerrar de golpe. Lo único que había allí dentro eran papeles en blanco y un par de cartas de las que, conociendo la fama de libertino y mujeriego que tenía aquel hombre, prefería no saber el contenido.

Frunciendo el ceño asió el tirador del siguiente cajón y tiró suavemente...

Sólo para descubrir que estaba cerrado.

Bajando la vista se percató de que, tan sólo unos milímetros por debajo de sus dedos, se encontraba una diminuta cerradura. Sonriendo para sus adentros se dispuso a abrirla. Había leído lo suficiente como para deducir que allí dentro sería donde Martin guardaría todos sus oscuros secretos. En todas las novelas de misterio que había devorado en su cuarto, a la luz de las velas, mientras todos los demás dormían, hablaban de puertas o cajones cerrados tras los que se encontraban los documentos o pruebas que inculpaban a los villanos en los asuntos más turbios. Y, dado que estaba convencida de que aquel hombre era precisamente eso, un villano, hizo caso omiso a su conciencia que le gritaba que se alejase de aquel mueble y, tras arrancarse una horquilla del nido de pájaros en el que se había convertido su pelo, puso manos a la obra.

No le llevó demasiado tiempo forzar la cerradura. Desde luego, nadie con sentido común guardaría nada importante bajo un cierre tan precario pero Victoria confiaba en que el duque careciera de aquel sentido en concreto.

Tras un ligero giro a la derecha, sonó el “clic” que delataba que aquel sistema de seguridad había sido burlado. Esperanzada, asió el tirador y tiró. Esta vez, al descubrir lo que contenía, no suspiró. No, simplemente empujó el cajón con todas sus fuerzas haciéndolo estrellarse con más ruido del que esperaba. Asustada, clavó sus ojos en la puerta, esperando que se abriera de un momento a otro para permitir la entrada de los hombres de Martin que, armados hasta los dientes, irrumpirían en el camarote en busca del culpable de semejante estruendo.

Sin embargo, nadie apareció en el umbral ni se preocupó por ir a comprobar lo que sucedía en aquella habitación. O bien el golpe no había sido tan terrible como ella había pensado, o bien aquel barco estaba tripulado por una panda de incompetentes.

Decantándose por la opción que le daba más seguridad en su situación, decidió que aquellos individuos eran un atajo de inútiles y que quizá, en el fondo, no sería tan difícil burlarlos como había pensado en un principio.

Tan sumida estaba en sus pensamientos que no se percató de que la puerta del camarote se había abierto y cerrado a su espalda y que un hombre miraba su trasero con suma atención mientras permanecía indolentemente apoyado contra la jamba. Tan distraída estaba que cuando el individuo en cuestión carraspeó, a punto estuvo sufrir un ataque al corazón.

—¿No le enseñaron a llamar a la puerta cuando entra en una habitación ajena, Excelencia? —preguntó con sarcasmo y fulminándolo con la mirada en un vano intento de hacerlo sentir culpable.

—Sí —dedicándole una sonrisa que cualquier mujer, fuera de la edad, cultura o religión que fuera, calificaría como irresistible, continuó—, cuando entro en una habitación ajena, sí. Pero la última vez que estuve por aquí, que si no recuerdo mal fue hace unos minutos, este era mi camarote, este era mi barco y usted era... ¿quién demonios era usted?

—Eh... se lo dije ya un millón de veces, Excelencia...

—Noto en su carácter una cierta tendencia a la exageración, ¿no es así?

—¡Es insufrible! Jamás exagero, ¿me oye? ¡Pero usted saca lo peor de mí!

—Vaya, así que esto es lo peor. Es bueno saberlo.

—¿Y se puede saber para qué narices es bueno?

—Pues para saber lo que sucederá si la enfado demasiado. Pero ya veo que es inofensiva.

—¿Inofensiva? ¡No soy inofensiva! —gritó sin saber qué la ofendía más, si el aire de superioridad con el que la miraba o el hecho de que la considerase una damita incapaz de defenderse—. No me subestime, Excelencia. No le gustaría nada verme realmente enfadada.

—Pensé que ya había sacado lo peor de usted... —ante la mirada de odio que le dirigió, cambió de tema—. Esta tarde me gustaría que me acompañara.

—¿Acompañarle? ¿Yo? ¿Y se puede saber a dónde?

—Mmm... Sí, acompañarme. Sí, usted y... es una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Esta le gustará.

— ¿Por qué está tan seguro?

—Porque voy a presentarle a una de las damas más importantes de la alta sociedad londinense —esbozando una arrogante sonrisa, agregó—. Y porque va a conseguir lo que todas las jóvenes desean.

—¿Ah, sí? —preguntó, perpleja—. ¿Y qué le hace pensar que yo lo deseo también?

—Usted es una mujer.

—Pero no soy una mujer como las demás.

—De eso ya me he dado cuenta —aceptó con resignación, recordando que ninguna lo había recibido jamás atizándole con una Odisea—. Pero sigue siendo una dama y, a la hora de la verdad, todas aspiran a lo mismo.

—¿Sí? Y, exactamente... ¿A qué aspiramos?

—A contraer matrimonio con un hombre rico y con título. Y, a poder ser, con el cincuenta por ciento de los dientes todavía en su sitio. Aunque este no es un requisito imprescindible.

—No entiendo qué es lo que me quiere decir. ¿Qué tiene que ver el matrimonio conmigo? Lo único que yo deseo en este momento es que me deje libre para poder coger el primer barco que zarpe rumbo a América.

—¿A América? ¿Y qué se le ha perdido a usted en América?

Soltando un bufido nada femenino, Victoria comenzó a pasearse por el camarote. Aquel hombre era el individuo más idiota que había conocido en su vida. ¿Cómo había podido creerse enamorada de él? Le había explicado que deseaba abandonar Inglaterra, que estaba huyendo, y el muy estúpido le preguntaba a qué quería ir a América.

—Patatas.

—¿Qué?

—A América, quiero ir a buscar patatas. Me han dicho que son de una calidad superior.

—Me está tomando el pelo —aseveró Martin, clavando sus ojos aguamarina en los de ella—. Y eso es algo que no me gusta nada. Si no quiere decirme a qué quiere ir a América, simplemente, no me lo diga, pero no juegue conmigo.

—Quiero ir a América para evitar que mi padr... —percatándose de lo que estaba a punto de decir, se corrigió— mi patrón me encuentre. No hay nada en el mundo que me pueda obligar a volver a aquel lugar.

—¿Cree que su señor se tomará la molestia de buscarla? —preguntó, arqueando una ceja—. Lo más probable es que contrate a otra sirvienta, mucho más dócil que usted desde luego, y se olvide de que alguna vez tuvo una criada llamada Victoria Jefferson.

—No me olvidará. No descansará hasta tenerme de nuevo bajo su tutela. No parará hasta quebrarme totalmente.

—Victoria, sé que lo que le voy a decir suena atroz pero así son las cosas entre la aristocracia —mirándola a los ojos, prosiguió—. Verá, a ningún aristócrata le importa lo más mínimo que una de sus sirvientas desaparezca. De hecho, estoy convencido de que a la gran mayoría no les importaría ni siquiera si fuese su propia madre la que se esfumase sin decir nada. Lo único que les preocuparía serían los problemas que les acarrearía su desaparición. La alta sociedad es así. Egoísta. Egocéntrica. Así pues, lo más probable es que, en este momento, su señor conde se esté lamentando por el incordio que le supondrá buscar a otra persona para que ocupe su puesto pero no porque usted se haya ido. No se tomará la molestia de buscarla, de eso puede estar segura —dirigiéndole una sonrisa socarrona, advirtió—. Lo que sí hará será acordarse de todos sus antepasados cuando descubra que se ha llevado su caballo. No aprecian demasiado a las personas pero sus animales son intocables.

Él la había desarmado. Aquel discurso acababa de echar abajo todos sus argumentos. ¿Qué podía alegar para que él la creyera? Sabía que lo que Martin había dicho era cierto. Ningún aristócrata se molestaría en buscar a un miembro del servicio salvo que tuviese un motivo muy poderoso, algo lo suficientemente importante como para hacerlo renunciar a su diversión, a la comodidad de su casa, a la decadencia de su club. Y a ella no se le ocurría ninguna causa lo suficientemente poderosa como para justificar su desasosiego. Lo único que podía hacer para que Martin la creyese era reconocer que el conde era su padre y que ella suponía la solución a todos sus problemas económicos por lo que no estaba dispuesto a dejarla marchar tan fácilmente. Pero eso era algo que no podía hacer sin exponerse a que él recordara el lamentable incidente que había tenido lugar en su casa seis años atrás.

Percatándose de que se encontraba ante un callejón sin salida, optó por la única solución que se le ocurrió en ese momento. Cruzándose de brazos ante el duque, cambió de tema.

—Todavía no me ha dicho eso que, según usted, me va a hacer tan feliz.

—Sí que se lo he dicho. El matrimonio. El sueño de cualquier mujer, como ya le he dicho, es casarse con un hombre rico y con título. En su caso, además, supondrá la solución a todos sus problemas. Su seguridad estará garantizada por lo que no deberá seguir huyendo. Tendrá un techo y una familia, algo de lo que en este momento, según parece, no dispone. Conseguirá respeto y estabilidad, así como una posición social nada desdeñable.

—¿Ha pensado en casarme? —preguntó, incrédula. Estaba claro que aquel hombre había perdido totalmente el juicio—. Usted no me conoce, no sabe nada de mí pero, aún así, pretende casarme. Y… ¿se puede saber con quién?

—Conmigo, por supuesto.

Si a Victoria le hubiesen dicho en ese momento que la tierra era cuadrada no se hubiese sorprendido tanto. Si le hubiesen preguntado si quería pasar a engrosar las filas del ejército que luchaba contra Napoleón no la hubiesen pillado tan desprevenida. Pero, desde luego, le dijeran lo que le dijeran estaba completamente segura de que nada la hubiese enfadado tanto como aquellas palabras. Años atrás hubiese saltado de alegría, se hubiese sentido estallar de felicidad. Pero en ese momento de lo que estaba a punto de explotar era de ira. Se sentía humillada, anulada y terriblemente ultrajada. Aquel individuo estaba completamente seguro de que ella se lanzaría a sus pies, terriblemente agradecida por su oferta, y aceptaría sin pestañear una petición tan denigrante.

¿Una petición? No, en absoluto. Él no le había pedido nada. Le había comunicado un hecho, seguro de que sus atenciones serían bien recibidas. Él sabía que era uno de los mejores partidos del momento, no sólo por su fortuna y posición, sino también por su formidable físico.

Siendo una niña, Victoria lo había considerado el hombre perfecto. Con el paso del tiempo se había percatado de que la perfección no era más que un espejismo con el que se engañaban los soñadores, aquellos que se negaban a vivir con los pies en la tierra y hacer frente a un mundo imperfecto e injusto en el que las ilusiones no tenían cabida. Ella había sido una ilusa pero ya no lo era. La inocencia y la alegría que la caracterizaban habían sido tan concienzudamente apagadas que estaba segura de que ya no quedaban ni siquiera las brasas. En su vida no había lugar para los sueños ni para los príncipes azules. El hombre perfecto no existía y Martin acababa de demostrárselo.

—Excelencia... —comenzó, solemnemente— No sé qué es lo que le ha llevado a pensar que yo podría tener el menor interés en usted, en su dinero o en su título pero, desde luego, está completamente equivocado. Lo único que deseo es mi libertad. Quiero que abra esa maldita puerta y me deje ir de una vez por todas. Me está haciendo perder demasiado tiempo y de tiempo, precisamente, es de lo que no dispongo. Así pues, le ruego que me deje partir en paz y centre sus atenciones en esas damas que, según usted, están tan desesperadas por conseguir un buen matrimonio. Le aseguro que a cualquiera de ellas le agradarán más que a mí.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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