• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 6

 

A veces un hombre tenía que tomar medidas drásticas para hacer pagar a una mujer por sus pecados. A veces, incluso, tenía que cambiar de vida, de identidad y convertirse en un ser despreciable que no se detenía ante nada. Eso había sido, precisamente, lo que le había sucedido a Steve.

Apenas tenía diecisiete años cuando la conoció. Él no era más que un jovencito inocente que había creído que cuando Cupido lanzaba una de sus flechas cualquiera podía caer, sin importar su posición ni su poder, y que en aquella ocasión la suerte le había sonreído a él al ser correspondido por la joven de la que se había enamorado perdidamente, aunque la mujer en cuestión fuese la hija de su señor.

No había sido su posición ni su dinero lo que lo habían atraído. No, en absoluto. Steve nunca había sido una persona ambiciosa, al contrario, solía conformarse con lo que la vida tuviera a bien concederle. Hasta que ella había aparecido en su vida con sus rizos dorados y sus enormes ojos castaños y había puesto su mundo patas arriba.

Todo había sucedido muy deprisa. Tras la muerte de Lord Castlemaine, sus herederos habían decidido prescindir de gran parte de sus empleados dado que la propiedad no era excesivamente grande y la fortuna familiar había mermado considerablemente gracias a la afición del lord por el juego y las mujeres de vida alegre. Así pues, Steve se había visto obligado a buscarse otro empleo sin más referencias que sus ganas de trabajar. Después de varias semanas de búsqueda y sin haber comido más que aquello que algunos de sus conocidos le habían dado por compasión, se había presentado en la mansión de los Monkfield y había rogado que lo contrataran.

Quizá habían sido sus ganas de trabajar lo que la había convencido o, simplemente, había sentido compasión pero lo importante era que Lady Silverwood lo había contratado como mozo de cuadras. Lo cierto era que no se trataba del mejor empleo del mundo pero le proporcionaba un techo donde resguardarse, una cama donde dormir y comida en la mesa diariamente, mucho más de lo que había tenido en los últimos días. Así pues, el joven se sentía feliz en aquel lugar donde no tardó mucho en ganarse el cariño de los que le rodeaban. Su carácter alegre y extrovertido y su naturaleza activa y trabajadora le granjearon fácilmente el cariño de sus compañeros que no tardaron en considerarlo parte de la familia.

Sin embargo, todo había cambiado cuando, al cabo de unas semanas, la hija de sus señores había llegado a la casa, tras su paso por una prestigiosa escuela para señoritas.

A Steve le había bastado con una simple mirada para caer rendido a sus pies. Había sido como un rayo, como una fuerza sobrenatural que lo había sacudido y lo había vuelto extremadamente sensible a todo aquello que tuviese que ver con ella. Por muy lejos que ella estuviera podía sentir su presencia, su olor, la dulzura de su voz. De un día para otro se había convertido en su musa, en la razón por la que se levantaba cada mañana y se acostaba cada noche con una sonrisa en los labios. Nunca había esperado ser correspondido, ni siquiera pensaba que ella hubiese reparado en él alguna vez. Para él era como un ángel inalcanzable que iluminaba su mundo con su mera presencia. Pero la suerte le había sonreído y ella se había fijado en él. O, al menos, eso había pensado.

Cuando, una mañana, Lady Alice Monkfield se había presentado en las caballerizas, Steve había creído que estaba soñando. No era posible que fuera a verlo a él, a un insignificante mozo de cuadra, mas se había equivocado. Con paso decidido, la joven se había acercado y había clavado sus hermosos ojos castaños en los de él.

—Así que tú eres el nuevo mozo —había comentado alegremente

—. Madre me dijo que habías llegado hace poco.

—A... así es, milady... —aclarándose la garganta, había intentado hablar con ella sin tartamudear y había fracasado estrepitosamente.

—Pues para ser nuevo por aquí ya te has tomado muchas libertades, ¿no es así? —sonriendo ante su expresión confusa, había continuado coquetamente—. Me has estado observando desde que llegué. No importa la hora del día que sea, con quien esté o que esté haciendo, siempre siento tu mirada sobre mí.

—N... no es... no es cierto, milady —ruborizándose como un chiquillo había intentado mentirle, pero tampoco eso lo había logrado.

—¡No trates de engañarme! No soy ninguna idiota ¿sabes? Sé cuando un hombre me desea —abandonando el tono duro con el que le había hablado, había explicado—. Aunque mis padres crean que soy inocente no lo soy en absoluto. Hace mucho tiempo que he descubierto lo que significa desear a alguien… Y que te deseen.

Steve la había contemplado estupefacto. Era, a la vez, escandaloso y fascinante que una joven, sobre todo una de su clase, hablase tan abiertamente de deseo. Las estrictas normas de la sociedad en la que vivían defendían que una dama soltera no debería conocer siquiera lo que esa palabra significaba y, sin embargo, ella no sólo parecía saber de qué hablaba sino también haberlo experimentado en primera persona.

—No... no debería hablar de esas cosas, milady...no... no es apropiado

— ¿Y quién eres tú para decirme lo que es o no es apropiado? —le había dicho, fulminándolo con la mirada—. Tampoco es apropiado que un mozo de cuadra mire así a la hija de un vizconde.

Incapaz de responder a aquel reproche, Steve había bajado la mirada. Tenía razón, jamás debería haber puesto sus ojos en ella. Sin embargo, aún siendo consciente de lo incorrecto de la situación, no había podido evitar recorrerla con la mirada una última vez.

Todavía en ese momento, tantos años después, recordaba perfectamente el hermoso vestido azul celeste que llevaba puesto y que resaltaba, discretamente, cada curva de su cuerpo. El corpiño se le ajustaba al talle como si de una segunda piel se tratase resaltando, así, la estrechez de su cintura. La falda, adornada con flores amarillas, caía hasta el suelo y ocultaba, parcialmente, sus pequeños pies enfundados en unas diminutas botas de paseo. No había podido olvidar tampoco como el sol se reflejaba en su cabello que caía en suaves rizos hasta la mitad de su espalda. Era hermosa, muy hermosa, y ella lo sabía.

Aquel encuentro en las caballerizas había sido sólo el primero de muchos. Aquella mujer no había tardado en embrujar a Steve completamente y convertirlo en un pelele que se movía a su voluntad sin ni siquiera darse cuenta. Ella lo había seducido, lo había llevado al límite, lo había utilizado y, finalmente, lo había abandonado. Sin contemplaciones. Sin remordimientos. Se había dado la vuelta y se había ido sin preocuparse de que, tras de sí, dejaba a un joven de diecisiete años sin corazón, sin alma y con más pecados de los que podría expiar jamás.

Pero ahora había llegado el momento de devolverle la jugada. Su oportunidad de vengarse había llegado en forma de jovencita caprichosa. No conocía a la hija de Lord Bradford, mas estaba completamente seguro de que no era más que otra de esas damitas coquetas e insulsas que abarrotaban los salones de baile. No creía que la tal Victoria hubiese tenido la inteligencia suficiente para esconderse bien. Probablemente se alojaría en la casa de algún conocido o incluso podría estar escondida en su propia mansión.

Daba igual. Estuviese donde estuviese él la encontraría y no sentiría ningún reparo en arrastrarla hacia su padre. Los problemas de aquella mocosa nada tenían que ver con él. Lo único que a Steve le importaba era estar cerca de la mujer que le había arruinado la vida y lo había convertido en lo que era. Un forajido. Un delincuente. Un asesino.

Estaba atrapada. Por más que lo intentara no podía moverse. Y no es que lo hubiese intentado, estaba demasiado asustada para comprobarlo, pero, sencillamente, lo sabía. Aquel hombre la tenía acorralada. Acostado a su espalda, utilizaba uno de sus enormes brazos para atraerla contra su pecho mientras que sus piernas permanecían enredadas en las de ella. Victoria estaba segura de que, por mucho que forcejease, jamás lograría desasirse de aquel abrazo y tenía tanto miedo que ni siquiera se atrevía a respirar. Bueno, daba igual si se atrevía o no, tenía que hacerlo ya que no tenía ningún deseo de morir asfixiada, pero intentaba hacerlo lo más suavemente posible. No obstante, el terror que la embargaba no se lo permitía y la obligaba a respirar cada vez más rápido y entrecortadamente.

Frunció el ceño. En realidad no se sentía asustada. ¿Entonces, por qué demonios no se movía? Sabía que sería imposible librarse de aquella jaula de músculos que la rodeaba pero, al menos, lo despertaría y quizá él la soltase por voluntad propia. Sin embargo, ahí estaba ella, más quieta que una estatua para no molestar al hombre que dormía a su lado.

Soltando un gemido, cerró los ojos. Estaba claro. No serviría de nada engañarse. Le gustaba estar allí. Se sentía protegida, relajada...

Y querida.

Con un estremecimiento se apretujó más contra aquel hombre. No le importaría quedarse así para siempre, pero tendrían que torturarla para que lo reconociese en voz alta.

— ¿Quieres levantarte? —susurró una voz somnolienta a su espalda.

—Eh... sí, claro —y de un manotazo apartó su brazo de ella.

Bien, no había sido tan difícil. Quizás, en el fondo, no hubiese estado tan acorralada como pensaba.

Sin embargo, una vez de pie se sintió estúpida. No tenía nada que hacer en aquel lugar por lo que no le servía de nada que la hubiera soltado. Sin hacerle el menor caso, Martin se había dado la vuelta y se había vuelto a dormir tranquilamente.

Sintió ganas de lanzarle algo a la cabeza. ¿Qué clase de anfitrión era ese? Aunque, en realidad, ella no era una invitada.

¿O sí?

Victoria suspiró sonoramente. Aquella era la situación más extraña que había vivido nunca. Aquel individuo la había alojado en su camarote pero, dado que la estaba reteniendo contra su voluntad, no podía considerarse que fuera una invitada. Tampoco se trataba de un secuestro.

O, quizá, sí.

¡Maldición, debería dejar de preocuparse por esas tonterías y buscar un lugar por donde escapar!

Dirigiendo una última mirada hacia la cama y tras comprobar que el hombre que la ocupaba seguía profundamente dormido, se acercó a la puerta y giró el pomo. Asombrada contempló cómo se abría sin ninguna dificultad. ¡Estupendo! Parecía que, con las prisas, a aquel idiota se le había olvidado cerrarla.

Sin perder un segundo salió del camarote, se dirigió a las escaleras y las subió apresuradamente. Cuanto antes abandonara el barco, mejor. Pero, entonces, ¿por qué se sentía tan triste? Fuera de allí estaba su libertad, su nueva vida y, sin embargo, todo aquello había perdido brillo de repente. No estaba segura de querer irse para siempre de Inglaterra aunque era muy consciente de que si se quedaba Lord Bradford la encontraría y la haría pagar por haberse escapado.

No, no debía pensar en lo que dejaba atrás sino en lo que la esperaba. Debía partir para América cuanto antes y olvidarse de su país, de su familia...

Y de Martin.

Apretando la mandíbula subió los pocos peldaños que le quedaban y salió al exterior. Casi inmediatamente se dio la vuelta, bajó corriendo las escaleras y se encerró de un portazo en el camarote del capitán.

—Ya te dije que era inútil que intentaras escapar —murmuró una risueña voz desde la cama—. Mis hombres no dejarán que te vayas a no ser que yo se lo ordene. Y no tengo la menor intención de hacerlo.

Todavía temblando, Victoria se dejó caer al suelo.

—Pi... piratas —susurró, clavando sus asustados ojos verdes en los de Martin—. Nos han ata... atacado los pi... piratas.

— ¿Cómo demonios nos van a atacar los piratas cuando estamos atracados? —estallando en carcajadas, prosiguió—. ¿Crees que son idiotas? Los piratas no se acercan a la costa, pequeña. Y no atacan mi barco.

— ¿Có... cómo... cómo puede estar tan seguro? ¡Yo los vi! —el modo en que apretaba las manos dejaba claro que creía en lo que decía—. Al menos a uno... era un pirata, estoy segura. ¡Incluso llevaba un parche en el ojo!

Comprendiendo, de repente, lo que había sucedido, Martin se levantó y se acercó a ella. Sin embargo, en cuanto intentó abrazarla, ella se apartó.

—Creo que ya sé lo que ha pasado —comentó, resignándose a su rechazo—. A quien viste fue a...

Su aclaración fue interrumpida por un fuerte golpe en la puerta. Levantándose de un salto, Victoria se escondió detrás de él.

— ¿Lo ve? ¡Ahí están! —aterrorizada, lo zarandeó o al menos intentó hacerlo ya que la fuerte constitución de aquel hombre no hacía fácil que nadie pudiese moverlo—. ¡No puede abrir! ¡Nos matarán!

—Sí, claro, por supuesto —su sonrisa desmentía su preocupación—. Ya estoy totalmente convencido de que son piratas, unos muy educados, por cierto, que incluso llaman a la puerta. De hecho, no me extrañaría que en cuanto les abriera se atrevieran a darme los buenos días.

Y sin prestar atención a lo que ella tenía que añadir, giró el pomo y se apartó para que el hombre que se encontraba al otro lado pudiese pasar.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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