• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 5

 

Edmund Buxton, conde de Bradford, se debatía entre la furia y la desesperación. Aquella mocosa se había burlado de él, había pasado por encima de sus deseos y había desobedecido sus órdenes. Maldita fuera. Hacía mucho que le había demostrado de lo que era capaz y se había encargado de recordárselo bastante a menudo. Pero, aún así, la pequeña bruja se había rebelado y había huido.

Bien, aquello no iba a quedar así. Era mucho lo que había en juego y no estaba dispuesto a perderlo por los caprichos de una chiquilla malcriada. La encontraría, por supuesto que la encontraría, y se encargaría de que no le quedasen ganas de huir nuevamente.

Sin previo aviso, la puerta del despacho se abrió y una intimidante figura ocupó el vano casi completamente. Lord Bradford ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba leyendo. No era necesario. Sabía perfectamente quién era aquel hombre.

—Cierre la puerta, Steve. A no ser que desee que toda la servidumbre conozca nuestros negocios.

El gigante entró pesadamente en la habitación e hizo lo que le pedía. Era un ser extraño y no sólo por su estatura. Su cabeza era pequeña lo que contrastaba con su enorme cuerpo. Sus ojos, de un azul extremadamente claro, casi blanco, parecían ver más allá de lo normal y poseían un brillo sobrenatural, un brillo que delataba que aquel era un individuo peligroso, un hombre que no se detendría ante nada para conseguir lo que quería.

Sin mediar palabra, se dejó caer pesadamente en uno de los sillones situados frente al escritorio de Edmund y dirigió una fría mirada al aristócrata.

—No tengo todo el día así que dígame lo que quiere cuanto antes.

—Con lo que le pago bien puede esperar a que...

Antes de que lord Bradford terminase de hablar, Steve soltó una carcajada.

—En circunstancias normales, por lo que me paga no me hubiera molestado ni en venir hasta aquí. Así que le recomiendo que suelte ya lo que me tenga que decir, antes de que mi buena voluntad se vaya al garete y lo mande al infierno —clavando sus ojos en los de Edmund, prosiguió—. Tengo negocios mucho más provechosos y apasionantes que este, así que no intente comportarse como si fuera usted el que me está haciendo un favor.

Viendo que aquel hombre hablaba en serio y que estaba dispuesto a dejarlo plantado sin miramientos y sin haber hecho el trabajo, lord Bradford se apresuró a explicarle en qué consistía el encargo.

—Quiero que encuentre a mi hija y me la traiga. Me da igual cómo lo haga pero la quiero aquí cuanto antes. Esa desgraciada va a cumplir con su compromiso aunque la tenga que llevar arrastrada hasta el altar.

El gigante lo observó atentamente durante unos instantes. Lentamente, como si le costase lo indecible aquella mueca, una irónica sonrisa cruzó su rostro.

—Así que todo esto es por el capricho de una de sus damitas malcriadas. ¿Sabe? No mentía cuando le dije que tenía mejores negocios que este —ante la expresión preocupada del conde, su sonrisa se ensanchó—. No se preocupe, he venido para ayudarle y no lo voy a dejar en la estacada ahora. Esa mocosa vendrá a usted antes de lo que imagina. Me encargaré personalmente de ello.

— ¿Por qué lo hace? —a pesar de lo intimidante que era aquel individuo, lord Bradford no pudo contener su curiosidad.

—No es asunto suyo, conde. No quiera saber más de lo que le corresponde porque podría tener problemas. Muchos problemas.

Tras levantarse bruscamente se dirigió a la salida y sin ningún tipo de despedida, abandonó la habitación.

—Apostaría mi alma a que este hombre no se detiene ante nada —murmuró Edmund, todavía con la mirada fija en la puerta abierta.

— ¡Maldito sea! Sáqueme las manos de encima, malnacido. ¡Suélteme, desgraciado! Es usted, es usted... ¡Es usted un maldito haregán arrogante y prepotente!

Tras diez minutos luchando con aquella mujer para que le permitiese curarle las heridas, cualquiera diría que ya se habría acostumbrado a sus insultos. De hecho, el propio Martin había estado convencido de ello hasta que ella había empleado aquel término. Haregán. Curiosa palabra. Le encantaría descubrir qué narices significaba para aquella marisabidilla.

—¿Haregán? ¿me puede decir a qué demonios ha venido eso?

—Sólo estaba intentando describirlo lo mejor posible, Excelencia —respondió con suficiencia—. ¿O es que no le han gustado mis apelativos?

—En realidad, me estaba preguntando por el significado de ese vocablo. ¿Podría explicármelo?

—Dios mío, es un ignorante. ¿Cómo es posible que lo hayan educado como a un duque y no sepa cosas tan simples como esa? —soltando un bufido de exasperación, prosiguió—. Un haregán es, ni más ni menos, que el poseedor de un harén.

—¿El poseedor de un harén? —repitió, entre incrédulo y divertido—. ¿Y se puede saber qué demonios cree usted que es un harén?

—No tengo ni la más remota idea —contestó, tranquilamente—. Pero hace años escuché a alguien decir que tenía usted tantas mujeres que parecía que quisiese crear su propio harén. Supongo que, a estas alturas, ya lo habrá conseguido, ¿no?

—¡Por el amor de Dios, deje de usar palabras que no conoce! —intentando contener las carcajadas, explicó—. No se dice haregán sino haragán y no es el poseedor de un harén sino un gandul, un holgazán. Y un harén... Bueno, un harén es un conjunto de mujeres que pertenecen a un mismo hombre, que se esfuerzan por satisfacer sus necesidades y están a su servicio. Y no, yo no tengo ninguno.

— ¿Qué pertenecen a un mismo hombre?, ¿cómo un caballo o una casa?

—Bueno, sí, algo así.

—Estupendo —con una mueca de disgusto, prosiguió—. Yo jamás le perteneceré a nadie.

—Le pertenecerá a su esposo.

—No le perteneceré a nadie —repitió, convencida—. Nunca me casaré ni permitiré que me den órdenes o decidan por mí. Jamás volveré a obedecer a ningún hombre.

Martin la miró perplejo, percatándose de lo mal que lo debía haber pasado aquella chiquilla. No sólo la habían lastimado físicamente, sino que, a juzgar por sus palabras, le habían dejado unas secuelas mucho más profundas. Parecía increíble que aquella pequeña que se había atrevido a contestarle y desafiarlo temiera a alguien tanto como para dejarse dominar. Su lengua mordaz y el fuego que brillaba en sus ojos cada vez que se enfadaba dejaban claro que no era una mujer sin carácter a la que se pudiera manipular y, sin embargo...

Sin embargo, alguien había logrado doblegar su espíritu y someterla. Aunque, a juzgar por su aspecto, todavía no lo había logrado completamente.

Recordando, repentinamente, la tarea que se traía entre manos antes de la interrupción, volvió al trabajo. Empapando de nuevo el paño que sostenía, lo acercó con cuidado a la cara de Victoria para poder limpiarle las heridas. Todavía no había tocado su rostro cuando ella lo apartó de un manotazo.

— ¡Le he dicho que no me toque! Puedo ocuparme de mi misma, no necesito su ayuda.

—Sí, salta a la vista que es perfectamente capaz de valerse por sí misma.

Aquello le dolió. Vaya si le dolió. Sobre todo porque tenía razón. Pero, ¿qué podía haber hecho ella? En su cabeza, una vocecita le respondió. “Podrías haber huido mucho antes”.

Recostándose de nuevo en la cama, se rindió, no sin antes dirigirle a aquel demonio arrogante una mirada furiosa. Cerrando los ojos, sintió como él limpiaba suavemente la sangre que todavía manchaba su labio partido, intentando no lastimarla. Apretó los puños. Maldito fuera, sería más fácil odiarlo si se comportaba como un monstruo.

—Lo siento —susurró Martin, malinterpretando la tensión de su cuerpo—, pero si no limpiamos las heridas pueden infectarse.

—Termine pronto —dándose cuenta de la dureza con que estaba respondiendo a sus cuidados, agregó—. Por favor.

—Lo intentaré. Aunque no se lo crea, no me gusta lastimarla.

—Cualquiera lo diría —susurró.

—¿Qué ha dicho?

—Que... —maldición, debería cortarse la lengua—. Qué suerte la mía. Por lo de que no me quiere lastimar y eso.

Martin asintió y se giró para enjuagar de nuevo el paño...

Y para que ella no pudiese ver su sonrisa. Durante años, había dependido, en gran parte, de su oído para poder sobrevivir. Su trabajo había consistido, básicamente, en escuchar aquello que nadie más debía oír. En su caso, eso de que las paredes tenían oídos era totalmente cierto. Los susurros y cuchicheos habían constituido su rutina por lo que estaba demasiado acostumbrado a esos sonidos en voz baja como para no haber entendido lo que aquella pequeña mentirosa había murmurado.

—Será mejor que se quite la ropa.

De no haber estado de espaldas, probablemente, no habría podido contener las carcajadas ante el sobresalto de Victoria que casi la hizo caer de la cama. La joven tardó unos segundos en contestar y cuando lo hizo su voz sonaba cortante como el acero.

—Disculpe, pero creo que no le he escuchado bien.

—Me ha escuchado perfectamente —su tono risueño mostraba que se estaba divirtiendo de lo lindo—, no pretenderá que le cure las demás heridas con la ropa puesta.

—No pretendo que me cure las heridas de ningún modo, ya se lo he dicho. Y no tengo la menor intención de desnudarme delante de usted.

Martin se dio la vuelta para poder mirarla a los ojos.

— ¿Está segura de eso? —preguntó, recorriéndola con la mirada—. Si quiere puedo intentar convencerla a mi manera.

— ¡Ni se le ocurra tocarme! —poniéndose en pie de un salto, clavó en él una mirada furiosa—. Si me pone las manos encima le juro que lo mataré y esta vez me aseguraré de que esté muerto de verdad.

—Tranquila, gatita, sólo bromeaba.

— ¿Gatita? ¿se puede saber quién se cree que es para tomarse esas libertades conmigo?

—Bueno, en el poco tiempo que hace que nos conocemos, ya la he tenido debajo de mí y atada a mi cama. Creo que eso es suficiente para que cualquier hombre se tome libertades, ¿no cree? —viendo que estaba a punto de ser asesinado por una mujer que no le llegaba al hombro, sonrió y, tras dejar el paño en la palangana, se dirigió a la puerta—. Le doy veinte minutos para que se encargue de esas heridas y se prepare para irse a la cama. Puede usar alguna de mis camisas aunque, sinceramente, tampoco me importaría que se acostase desnuda. De hecho, estoy seguro de que ambos dormiríamos mucho más a gusto. De todas formas, si cuando vuelva no ha hecho lo que le he dicho, le juro que yo mismo me encargaré de desvestirla y me ocuparé de usted.

Y, sin más explicaciones, abandonó el camarote.

¿Irse a la cama? Definitivamente, aquel hombre estaba loco. Ya había amanecido, en la cubierta se oían los pasos y gritos de los marineros que había empezado ya su jornada. ¿Quién narices se acostaba a esas horas? No le llevó más que media hora descubrirlo.

Martin no estaba de buen humor. O, quizás, sí. En realidad, no tenía ni idea de cuál era su estado de ánimo pero de lo que era muy consciente era de que estaba cansado, muy cansado, y el bicho que su contramaestre había encerrado en su camarote le impedía solucionar su problema. Al menos, durante los próximos veinte minutos. ¿Y qué demonios debía hacer él en ese tiempo? No podía subir a cubierta o Jeremy se burlaría de él hasta el día del juicio final por no poder controlar a aquella chiquilla. No podía buscar otro camarote ya que todos los demás estaban ocupados. Además, él no tenía porque renunciar a su comodidad por aquella harpía.

¿Harpía?

Sintió deseos de subir y arrojarse por la borda. Aquella mujer lo confundía, lo sacaba de quicio, lo anulaba como persona. Hacía un momento se había sentido capaz de matar por ella y ahora...

Ahora pensaba en ella como la harpía que había llegado a complicarle, todavía más, la existencia.

Incapaz de permanecer más tiempo ante la puerta, como si estuviese ansioso por que ella lo aceptase en su propia habitación, se dirigió a la cocina. Al menos allí nadie lo molestaría.

—Así que ha sido una noche larga. ¿No es así, capitán?

—Más de lo que imaginas, Trent, más de lo que imaginas.

El cocinero sonrió ampliamente y le dio una suave palmada en la espalda.

—Ya veo que echaba de menos Inglaterra. Es una lástima que vayamos a pasar tan poco tiempo aquí.

—En realidad, será más del que esperaba. Tengo que poner al día los asuntos del ducado así que no podremos partir hasta dentro de algún tiempo. Pensé que Jeremy ya os habría informado.

— ¡Bah! Ese mocoso no sirve para nada. No sé cómo lo aguanta, capitán. En serio, debería darle una patada en el culo y arrojarlo por la borda. A poder ser cuando nos encontremos en medio del océano.

Martin suspiró. Jeremy y Trent nunca se habían caído bien, pero, en lugar de irse aceptando con el paso del tiempo, cada vez se llevaban peor. El primero no aceptaba al cocinero porque lo consideraba un bárbaro sin conciencia.

Su opinión no se alejaba demasiado de la realidad. Lo cierto era que Trent era un hombre bastante especial. Había formado parte de su tripulación desde el principio pero había tardado mucho en adaptarse y relacionarse con sus compañeros. Durante los primeros meses se había encerrado en su cocina y se había limitado a realizar su trabajo sin hablar con nadie, ni siquiera con Martin. Su carácter huraño y su apariencia de pirata no le habían ayudado mucho a la hora de hacer amigos. Aún así, poco a poco, había empezado a bajar la guardia y a cruzar algunas palabras con el resto de la tripulación aunque siempre a regañadientes y sin desvelar más de lo necesario sobre sí mismo. Con el único con el que solía entablar conversación era con el capitán al que parecía haberle tomado cariño con el paso de los años. Sin embargo, a Jeremy le había cogido manía desde que había subido a la nave por primera vez. Nada más verlo había decidido que era un escocés arrogante y consentido que no sabía lo que era trabajar duro para poder tener algo que llevarse a la boca.

Tampoco el cocinero se equivocaba. Por mucho que apreciase a su amigo, había que reconocer que cuando llegó a su barco, Jeremy no era más que un aristócrata mimado y acostumbrado a vivir sin privaciones. Pero también era un hombre que intentaba escapar de una pesadilla. Por eso Martin lo había aceptado al instante, porque sabía lo difícil que era huir del destino sin la ayuda de nadie. Además, ambos habían sido compañeros de juerga mientras había vivido en Londres y, aunque en aquel momento no se podía considerar que fueran amigos, se había sentido obligado a echarle una mano. Con el paso del tiempo, había descubierto que, en realidad, aquel hombre no era lo que aparentaba y que, bajo aquella fachada de fría indiferencia, escondía toda una vida de secretos. Martin sospechaba que otro de los motivos por los que Trent no soportaba a Jeremy era que, aunque este se había incorporado bastante más tarde que él al grupo, sólo había tardado unos cuantos días en ganarse la simpatía y lealtad de los demás miembros de la tripulación, mientras que él no había logrado integrarse completamente ni siquiera después de varios años.

Volviendo su atención al hombre que tenía enfrente, replicó.

—Sabes que Jeremy no es ningún mocoso y que es uno de los mejores hombres de la tripulación.

—Un idiota, es lo que es —gruñó—. No entiendo cómo puede soportarlo. Cada vez que abre la boca es para decir alguna tontería.

Sin poder evitarlo, Martin estalló en carcajadas.

—Así que eso es lo que tanto te molesta de él.

—No entiendo a que se refiere, capitán.

—Sí, sí que lo entiendes. No soportas que Jeremy sea tan inteligente y que te corrija siempre que metes la pata. Pero tienes que aceptarlo, amigo. Ese hombre es un genio y ninguno de nosotros puede hacerle sombra. Por mucho que nos fastidie, tenemos que admitirlo.

—No es más listo que usted.

—Sí que lo es, Trent —murmuró, recordando las palabras que su amigo le había dicho en cubierta—, y se encarga de recordármelo cada maldito día —encogiéndose de hombros, se dirigió a la puerta—. Creo que me voy a acostar un rato. No he dormido desde ayer y esta tarde tengo asuntos importantes que atender, debo estar descansado.

—Pero, capitán... —el cocinero lo miró perplejo—. ¿A qué ha venido a la cocina?

Martin lo miró sorprendido y negó suavemente con la cabeza. Como no tenía ni la más remota idea de qué contestar se decantó por la opción más simple.

Antes de que Trent repitiera la pregunta, salió huyendo. Con un poco de suerte podría dormir un rato de una maldita vez. Si sus hombres habían empezado ya a pedirle explicaciones por sus acciones quería decir que la falta de sueño estaba afectando terriblemente a su capacidad de mando.

No se escuchaba absolutamente nada. Y eso era preocupante, muy preocupante. Sobre todo, teniendo en cuenta que ELLA estaba encerrada allí dentro.

Había cumplido su palabra y le había dado los veinte minutos que le había prometido. Probablemente, incluso más pero, al no llevar el reloj encima, no podía saberlo con certeza. Aún así, allí estaba él, con la oreja pegada a la puerta a la espera de algún sonido que le indicara que era seguro entrar en la habitación.

Maldiciéndose por ser tan cobarde en lo que a aquella mujer se refería, giró el pomo y, conteniendo el aliento, entró en la habitación...

Para encontrársela completamente vacía. Se quedó perplejo. ¿Por dónde demonios había salido? La puerta había estado cerrada con llave, él mismo se había encargado de eso, y no había ninguna otra salida, a no ser...

Martin giró la cabeza a la izquierda a tal velocidad que fue una suerte que no se le separara del cuerpo. Como temía, la ventana estaba abierta de par en par. Acercándose a toda prisa, descorrió las cortinas de seda azul. Definitivamente, aquella mujer era una suicida. Lanzarse al agua desde aquella altura era de idiotas, al menos, si no tenías práctica en tales menesteres. Lo más probable era que hubiera caído en plancha y se hubiera hecho más daño de lo que había pensado. Quizá, incluso, hubiera perdido el sentido con el golpe y se hubiera ahogado. Ante tal pensamiento, Martin palideció. ¿Por qué narices aquella mujer no se podía comportar como las demás? Una dama habría obedecido sus órdenes y se habría quedado tranquilamente en el camarote hasta que él regresara. Una dama...

Un extraño sonido lo sacó bruscamente de sus cavilaciones. ¿Aquello había sido un quejido? Soltando la cortina, se dio la vuelta. Recorrió de nuevo la estancia con la mirada, en busca del autor de aquel lloriqueo, pero el camarote seguía completamente vacío.

Estaba a punto de acusar a su imaginación de haberle jugado una mala pasada, cuando lo escuchó de nuevo. No era posible. ¡En aquella habitación no había nadie! Con paso firme se dirigió a la puerta que comunicaba con una pequeña estancia que hacía las veces de cuarto de baño. Como temía, estaba desierto. Desesperado, apretó los puños. Definitivamente, Victoria Jefferson iba a acabar con él. Justo en ese momento, un pensamiento fugaz pasó por su mente. No, imposible, no podía ser tan estúpida. Pero mientras lo pensaba, se dirigía ya a la ventana. Pidiéndole a Dios estar equivocado, se asomó...

Y se encontró con la escena que tanto había temido. Victoria se encontraba colgada de lo que parecía ser una cuerda improvisada con...

¿Aquello eran sus sábanas de seda?

Bien, en cuanto pudiera subirla y ponerla a salvo, la mataría.

—Veo que ha salido a tomar el aire —comentó con una tranquilidad que no sentía en absoluto—. ¿Acaso no se encontraba cómoda en mi camarote?

—Por supuesto que sí, sólo quería comprobar las vistas —fulminándolo con la mirada, espetó—. ¿No tiene pensado ayudarme a subir?

—¿Por qué había de hacerlo? La verdad es que parece muy cómoda en esa posición. Además, con el trabajo que le debió de costar bajar hasta ahí no voy a ser tan desconsiderado como para echarlo a perder.

— ¡Pero si soy yo quien se lo pide, no será desconsiderado!

— ¡Por supuesto que sí! De todas formas, corríjame si me equivoco, pero me parece que tenía la intención de tirarse al agua para poder escapar de mí. No veo por qué va a cambiar de opinión cuando ya casi lo ha conseguido.

—Aunque me tire al agua ahora —comentó, con pesar—, mandará a sus hombres a buscarme y me encerrará de nuevo.

—Cierto, pero podría haberlo hecho antes de que yo entrara en el camarote y, entonces, para cuando enviara a mis hombres, usted ya podría estar camino de Escocia.

—¿Y qué narices se me ha perdido a mí en Escocia?

—Por Dios —replicó, exasperado—, era una forma de hablar.

—¡Pues déjese de hablar y súbame de una maldita vez!

— ¿Se ha dado cuenta de lo oscuro que se está poniendo el cielo? Probablemente llueva esta tarde.

Victoria lo miró, incrédula, mientras intentaba alcanzar el casco del barco con el pie.

—Estoy a punto de caer al Támesis... ¿Y a su Excelencia lo único que le preocupa es el tiempo?

— ¿Pero no era eso lo que quería cuando salió por esta ventana?

—Sí, cuando salí, sí, pero ahora ya no. Lo que quiero ahora es volver arriba.

—¡Mujeres! —exclamó, meneando la cabeza—. ¿Y hay algún motivo por el que haya cambiado de idea?

—Por supuesto —comentó, tranquilamente—. He recordado que no sé nadar.

Victoria pensó que si aquel hombre abría un milímetro más la boca, se le desencajaría la mandíbula. ¿Qué demonios le pasaba? En lugar de ayudarla a subir, allí estaba, mirándola embobado como si, de repente, le hubiesen salido dos cabezas.

—Dos cabezas no —murmuró—, pero como no se dé prisa en subirme lo que me van a salir van a ser escamas.

—¿Qué ha dicho?

La joven suspiró sonoramente. Al menos aquel idiota había dejado sus cavilaciones para otro momento y volvía a prestarle atención.

—He dicho que, si no me ayuda de una dichosa vez, me saldrán escamas.

—¿Me puede explicar cómo alguien se puede olvidar de que no sabe nadar? ¿qué hubiera pasado si no se hubiese acordado a tiempo?

—Pues que ahora mismo estaría flotando en el Támesis —respondió, despreocupadamente—. Un problema menos para usted. Y ahora, si fuera tan amable, podría echarme una mano de una vez porque, créame, no falta mucho para que me caiga de verdad.

Antes de que terminara de hablar, Martin ya le había sujetado las muñecas y, dando un fuerte tirón, la introdujo en la habitación. Al menos, en su mayor parte.

Acababa de morir, estaba convencida de ello. El tirón que le había dado aquel hombre la había cogido desprevenida y no había podido evitar que sus pies chocaran contra el alféizar de la ventana, haciendo que ambos perdieran el equilibrio. Gracias a Dios, había caído dentro del camarote. Aún así, el porrazo había sido tremendo y se preguntó cuántos golpes más podrían aguantar sus huesos antes de romperse. Soltando un gemido ahogado, abrió los ojos lentamente. Sólo para volverlos a cerrar de inmediato. Maldición, aquello no podía ser...

Abriendo, de nuevo, uno de sus ojos se cercioró. Pues bien, sí, sí que era. Acababa de caer encima de aquel individuo y su cara estaba inquietantemente cerca de su... de su...

Victoria intentó ponerse en pie de un salto pero sus pies, todavía resentidos, no lograron sostenerla por lo que volvió a caer pesadamente sobre Martin, quien emitió un quejido estrangulado. Alzando la cabeza, observó de cerca al hombre tendido debajo de ella. Yacía sobre su espalda, con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Respiraba entrecortadamente y mantenía los labios apretados como si estuviese realizando un gran esfuerzo. Preocupada, le tocó la cara. ¿Y si lo había lastimado?

—No me toque.

El tono rudo con el que le habló la hizo retroceder instantáneamente. ¿Qué le pasaba ahora?

—Mire, Excelencia —escupió su título con desdén—, yo no tengo la culpa de haber caído sobre usted. Si no me hubiera atacado de esa manera...

—¿Atacado? —más que una pregunta, fue un gruñido—. ¡Yo no la ataqué! La salvé de ahogarse en el Támesis. Y, de todos modos, nada de esto hubiera pasado si usted no hubiese sido tan estúpida como para intentar escapar nadando cuando, en realidad, no sabe nadar. Y ahora, si fuera tan amable, podría levantarse.

Percatándose de que todavía estaba sobre él se apresuró a echarse a un lado. Aún no se había separado totalmente cuando el duque se levantó tan repentinamente que casi la hace caer de nuevo. Estaba claro que a aquel hombre le pasaba algo raro. Victoria lo observó preocupada. Quizás le había sucedido algo terrible en el pasado que lo había dejado un poco...

¿Cómo decirlo? Bueno, un poco tonto. Acercándose a él, le acarició compasivamente la mejilla.

—No se preocupe, Excelencia, yo cuidaré de usted —suspirando sonoramente, agregó—. Y puede quedarse tranquilo que no se lo diré a nadie.

Martin la miró como si se hubiese vuelto loca.

—¿De qué demonios está hablando? —separándose bruscamente de su mano, exclamó—. ¡Es usted la mujer más... más... disparatada que he conocido nunca!

—¿Disparatada? —gritó, enfadada—. ¡Lo único que yo quería era ayudarle! Pero ya veo que con usted es inútil, es demasiado orgulloso y demasiado... demasiado prepotente para aceptar la ayuda de nadie.

— ¿Prepotente? ¿me ha llamado prepotente? —tronó, malhumorado. Fulminándola con la mirada se acercó de forma amenazadora, obligándola a retroceder. Alarmada, Victoria intentó escapar pero aquel individuo bloqueaba la salida. La única opción que quedaba era...

Tras observar de nuevo su expresión airada, tomó una decisión y, sin pararse a pensar, corrió de nuevo hacia la ventana y se lanzó al agua. Al menos, lo intentó ya que unas fuertes manos la sujetaron por la cintura y la arrastraron hacia el otro lado de la habitación.

—¿Qué demonios le pasa? ¿se ha vuelto loca? —gritó Martin, lanzándola sin más contemplaciones sobre la cama, sólo para que ella se levantase inmediatamente—. ¿Se le ha vuelto a olvidar que no sabe nadar o esta vez le apetecía saber qué se siente al morir ahogada? Mire, estoy cansado de ocuparme de usted como si fuera su niñera. Tengo muchísimos problemas que resolver, multitud de cosas que hacer y no he dormido nada desde ayer. Créame que lo último que necesito en este momento es cuidar de una niña desquiciada que hace lo que le da la gana sin pensar en las consecuencias. ¿Me ha oído? —viendo que la joven permanecía con la mirada fija en el regazo, la sujetó suavemente por el hombro—. No intente hacerse la víctima ahora, ¿me oye? No tengo pensado disculparme de nue... —cuando ella levantó la vista hacia él, no pudo continuar—. ¿Pero qué le pasa? ¿por qué llora?

Victoria se sentía incapaz de contestar. Había intentado no llorar delante de él, lo había intentado de verdad y casi lo había logrado. Casi. Pero al final no había podido. Cuando él había empezado a gritar había temido que le fuera a pegar de nuevo, como habían hecho la mayoría de los hombres a los que había conocido, y había preferido lanzarse al río antes que permitir que aquel tipo la lastimara.

Sin embargo, la preocupación con la que la miraba ahora le indicaba que no tenía intención de hacerlo. Y, aún así, ella ya no era capaz de contener las lágrimas. Habían sido demasiadas cosas para un sólo día. Estaba cansada, deprimida y tenía demasiado miedo acumulado. Para su eterna humillación, lo único que deseaba era que aquel hombre la abrazara y la dejara dormir para siempre. A pesar de que había intentado mantener el optimismo y la alegría que la caracterizaban, hacía mucho que había perdido la batalla. Nada quedaba ya de aquella niña que estaba convencida de que podría conseguir lo que se propusiera, incluso a un duque libertino y mujeriego. Había perdido la partida contra el destino y, por más que le pesara reconocerlo, lo cierto era que no deseaba jugar más.

Así que, ahí estaba, empapada en llanto mientras Martin Alexander Caxton, séptimo duque de Sheffield y espía de la corona, la miraba sin tener ni la más remota idea de qué narices tenía que hacer para que se calmara.

—Pequeña, por Dios, no llores —suplicó—. Mira, si no me cuentas qué te pasa no puedo hacer nada...

—No podría hacer nada igual, Excelencia —susurró con voz entrecortada por las lágrimas—. Además, no necesito su ayuda. No necesito la ayuda de nadie.

Martin la observó durante unos segundos y, finalmente, la atrajo hacia sí y la abrazó.

—Sí que la necesitas, cariño —murmuró—. Sólo que no tienes el valor de pedirla.

Sin decir nada más la cogió en sus brazos y la llevó a la cama de nuevo. Tumbándose a su lado, la estrechó contra su cuerpo y la besó en la frente.

—Duerme un rato y verás cómo después te encuentras mejor —notando como se estremecía, le acarició la espalda—. Tranquila, no te preocupes por nada. Ahora estoy yo aquí para cuidarte.

El duque sonrió satisfecho. Seguro que ahora se calmaría. Al fin y al cabo, esas eran las palabras que toda dama deseaba escuchar de un caballero. Contento consigo mismo dirigió una mirada confiada a la mujer que sostenía en sus brazos...

Y la sonrisa se le congeló en el rostro. Maldición, debería tener en cuenta que aquella era la joven más extraña que había conocido nunca y que sus reacciones no tenían nada que ver con las de las demás féminas con las que estaba acostumbrado a tratar. Así, en lugar de tranquilizarla, sus dulces promesas sólo habían conseguido que llorase cada vez más desconsoladamente. Viendo que todos sus esfuerzos por calmarla eran inútiles, suspiró cansadamente y cerró los ojos.

Estaba claro que aquella mujer y él eran totalmente incompatibles. Era obvio que, por mucho que se esforzara, jamás lograría actuar acertadamente con ella y que nunca llegarían a entenderse. Y aún así... Dios santo, como la deseaba. Cuando había caído sobre él había tenido que apretar los dientes para no darle la vuelta y...

¡Maldición! No debería estar pensando en esas cosas. Al menos no en ese momento, encontrándose en la cama con el suave cuerpo de ella acurrucado contra el de él tras haber pasado más de un día sin dormir. Si pretendía descansar al menos un par de horas necesitaba apartar la mente de ella, de su cuerpo que se acoplaba a la perfección con el de él, del dulce olor a rosas que emanaba de su pelo y le emborrachaba los sentidos, del suave tacto de su piel que lo incitaba a acariciarla durante horas, días, meses...

¡Imbécil! Si no estuviese tan cansado subiría y le pediría a uno de sus hombres que le diese una buena paliza a ver si así recobraba el sentido. Por Dios, antes de que esa mujer entrase en su vida incluso se consideraba un hombre inteligente. Y, sin embargo, desde que ella había aparecido había perdido toda capacidad de razonamiento y se había convertido en un completo idiota. Él, que se enorgullecía de actuar siempre usando el sentido común. Él, a quien todo el mundo consideraba un hombre frío, controlado e, incluso, en ocasiones, insensible. Él, cuya inteligencia había sido, a menudo, su única arma contra sus enemigos, se estaba comportando como si fuese un muchachito imberbe.

Suspirando sonoramente, se arrellanó más cómodamente contra los almohadones. Por lo que parecía, aquella iba a ser una mañana muy larga. No obstante, cuando dirigió de nuevo la mirada hacia su compañera de cama se percató de que estaba totalmente inmóvil. Y es que, sumido en sus pensamientos como estaba, no se había dado cuenta de que ella ya se había quedado dormida. Bien, un incordio menos. Quizás ahora incluso pudiera descansar un rato...

En cuanto la prueba de su excitación, que tensaba dolorosamente sus pantalones, se lo permitiese.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

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