• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 4

 

Él no la había reconocido. Si había albergado alguna duda sobre la importancia de la embarazosa escena que había protagonizado seis años atrás, ahora acababa de despejarse. Para Martin Alexander Caxton, séptimo duque de Sheffield, aquello no había sido más que un ridículo episodio en el que una cría se había creído capaz de domesticar al mayor libertino de Londres.

Victoria apretó los labios. Había estado convencida de que no sentiría nada cuando lo viese, tanto tiempo después. Se había convencido de que aquel hombre no volvería a hacerla llorar jamás. Y ahí estaba, parpadeando sin parar para no demostrarle lo que le dolía que ni siquiera se acordase de ella.

Cerró los ojos y contó hasta diez. Cuando los abrió lo miró con una furia renovada.

— ¿Tiene pensado soltarme algún día? Porque, si no, podría ir poniéndome cómoda...

—Primero tendrá que contestar a unas cuantas preguntas —respondió, tranquilamente—. En primer lugar, tendrá que explicarme quién es, de dónde viene y cómo demonios llegó a mi barco.

—Victoria, de mi casa y arrastrada —respondió rápidamente.

— ¿Qué?

Victoria lo miró impaciente.

— ¿Es usted tonto, Excelencia? Acaba de decirme que debo responder a sus preguntas para que me suelte y yo ya lo he hecho. Ahora cumpla su parte del trato y desáteme.

—No tan deprisa. No he dicho que la fuera a soltar inmediatamente. Además, sus respuestas no terminan de convencerme.

Soltando un bufido nada femenino, lo miró malhumorada.

—Y, por supuesto, su Excelencia no puede aceptar unas respuestas que no le satisfacen... —mirándolo exasperada, añadió—. Está bien, empecemos de nuevo. Soy la reina María Luisa de Parma y he venido directamente desde Francia para visitar vuestro encantador país. Como no quería llamar la atención decidí hacer el viaje sin más compañía que la de mi doncella y un lacayo. Pero tuve mala suerte y me perdí al poco tiempo de desembarcar. Por fortuna, uno de vuestros encantadores marinos debió de reconocerme porque se acercó a mí y me ofreció amablemente su ayuda, guiándome hasta aquí para que os conociera. Dado que cuando llegamos su Excelencia no se encontraba en el barco, me instalaron en lo que parece ser su propio camarote e, incluso, me facilitaron un delicioso brebaje para que pudiese descansar mejor.

Martin la observó, confuso, durante unos instantes. Poco a poco, su expresión desconcertada se fue tornando airada para acabar estallando en sonoras carcajadas.

—Aunque se me considere un duque, no espero que se me trate de modo diferente a los demás y no espero que las respuestas que me dé a mí sean diferentes a las que le daría a cualquier otra persona. Además entre usted y la, ahora mismo discutible, reina existe una notable diferencia de edad. De todas formas, acaba de demostrarme que, aparte de poseer un agudo ingenio, es usted una dama o, al menos, habla como tal —mirándola fijamente, prosiguió—. Así pues, ¿le importaría decirme su nombre completo y por qué se encuentra en tan lamentable estado?

Incapaz de sostenerle la mirada mientras pensaba en una nueva mentira que contarle, a poder ser menos evidente que la anterior, fijó sus ojos en el suelo.

De pronto, recordó lo que él había dicho.

“Aunque se me considere un duque...”

¿Por qué habría hablado como si, en realidad, ese título no fuese de él? ¿Como si los demás estuvieran equivocados? Quizá hubiese ocurrido algo en el pasado que le había impedido heredarlo. No, eso era imposible, él era el primogénito por lo que le correspondía el ducado. A lo mejor tenía algo que ver con esos años que había pasado desaparecido.

Victoria sintió como algo se removía dentro de ella. Durante mucho tiempo se había repetido que no le importaba lo más mínimo lo que le ocurriese a aquel hombre. Se lo había dicho tantas veces que, finalmente, había acabado por creérselo. Pero ahora, teniéndolo enfrente, se percató de que se había estado engañando, de que todo aquello de lo que se había convencido no eran más que excusas para no afrontar una realidad que siempre había estado ahí. Por mucho que lo intentara, por más que se lo repitiera y se engañara, nunca olvidaría a aquel hombre. Pero eso era algo que, desde luego, él no sabría jamás.

—¿Va a contestarme algún día para que, así, pueda desatarla o prefiere seguir soñando en esa cómoda posición en la que se encuentra? —con una amplia sonrisa prosiguió—. Le advierto que no tengo pensado prescindir de mi camarote ni de mi cama aunque usted se quede ahí el resto de su vida.

Victoria lo miró confusa. Había estado tan ensimismada en sus propios pensamientos que, en ese momento, no tenía ni la más remota idea de cuál era la pregunta que le había formulado. Martin pareció entender su situación porque, todavía sonriendo, repitió lo que le había dicho instantes antes.

—¿Me podría decir su nombre y por qué se encuentra en tan lamentable estado?

—¡Pero si ya se lo he dicho! Me llamo Victoria.

—¿Qué más?

—Jefferson —mintió—. Y en cuanto a lo otro... —intentando ocultar el dolor que le producía hablar de aquel tema, bajó la mirada—. Tuve un pequeño percance antes de que su hombre me encontrara.

—¿Pequeño? ¿percance? —Martin la examinó, a medio camino entre la incredulidad y la ira—. Señorita, tiene usted moratones en la cara, un labio partido y cada vez que se mueve aprieta los dientes por lo que deduzco que el resto de su cuerpo se encuentra en la misma lamentable situación que su rostro, ¿y pretende que me crea que ha sufrido un “pequeño percance”? ¿acaso cree que soy idiota?

—Pues ahora que lo dice... —temiendo su reacción si terminaba lo que iba a decir, cambió de tema—. Bonito camarote, ¿es suyo?

—Maldita sea, sabe perfectamente que el camarote es mío. ¿Es que no puede contestar a mis preguntas sin irse por las ramas? ¿ha hecho algo que tenga que ocultar?

— ¡No!

Victoria pensó un momento. Era perfecto. Si le decía que había hecho algo terrible probablemente no quisiera volver a verla cerca de él. La dejaría marchar y ella podría seguir con sus planes. Claro que siempre cabía la posibilidad de que decidiera entregarla a las autoridades, lo que supondría un problema mayor que estar atada a aquella cama.

—En realidad, sí —dijo, sin meditar demasiado el asunto—. He hecho algo terrible y, ahora, debo escapar de Inglaterra cuanto antes.

Martin la observó atentamente durante unos instantes. Lentamente, fue acercándose a ella, todavía sin decir nada, y Victoria pensó que, finalmente, la desataría y la dejaría marchar sin pedirle más explicaciones. Al fin y al cabo, era un duque y, como tal, debía mantenerse alejado de cualquier escándalo. Sin embargo, aquel no era un aristócrata cualquiera y ella se equivocaba una vez más.

—Así que ha hecho algo terrible. Algo que la obliga a dejar el país inmediatamente —clavando sus hermosos ojos aguamarina en los de ella, preguntó—. ¿Puedo saber cuál es ese delito tan horrible que ha cometido? ¿ha paseado por Hyde Park sin sombrero? ¿ha bailado más de lo que permiten las normas del decoro con algún caballero? ¿o, simplemente, ha desairado a alguna de las grandes damas de la alta sociedad?

Estaba perdida. Definitivamente. No tenía ni la más remota idea de cuáles eran los delitos que podían llevar a una dama a abandonar el país. Aunque aquel hombre parecía estar burlándose de ella, Victoria se preguntó si faltar a las normas del decoro supondría, realmente, el exilio. Jamás se lo había planteado.

Sacudiendo suavemente la cabeza, intentó centrar sus pensamientos en el problema que se le venía encima. Si no le daba una respuesta rápidamente, aquel individuo sacaría sus propias conclusiones. Algo que podía ser realmente peligroso para ella.

—He robado un caballo —respondió, intentando no mentir más de lo necesario—. Se lo he robado a mi señor esta mañana, cuando he abandonado su casa.

Antes de que terminase de hablar, Martin ya había estallado en carcajadas.

—Así que ese es el terrible delito que ha cometido y que la obliga a abandonar el país. ¿La vio alguien robarlo?

—No, pero...

—¿Se ha deshecho ya de él?

—Sí, lo he dejado en el muelle pero...

—¿Tiene alguien, en la casa donde trabajaba, motivos para pensar que usted se ha llevado el caballo? ¿que es una ladrona?

—¡Por supuesto que no! ¿por quién me toma? —olvidando por completo su farsa, explotó—. Yo no he robado nada en mi vida, Excelencia. ¿Me ve acaso cara de delincuente? Desde niña me han enseñado a ser honrada y a cumplir con mis obligaciones, a ser una dam... —dándose cuenta, repentinamente, de lo que había hecho, intentó solucionarlo—. Mi madre era institutriz y me educó como a una dama, no como una vulgar ratera.

—Pero ha robado un caballo.

—No, la verdad... —dudó—. Bueno, no creo que se le pueda llamar robar. En realidad, sería más correcto decir que lo tomé prestado para poder llegar aquí antes de que amaneciera.

Victoria se dio cuenta de que, aunque su vida dependiera de ello, jamás podría ganarse la vida sobre los escenarios. Era evidente que era una pésima mentirosa por lo que el tiempo que pasara cerca de aquel hombre corría en su contra. En cualquier momento su disfraz se vendría abajo. Si no había sido capaz de mantener una mentirijilla sobre el robo de un caballo, mucho menos iba a lograr sostener una identidad completamente falsa.
Percatándose de que había estado mirando al suelo mientras hablaba, levantó la vista lentamente y descubrió que Martin la observaba con una enorme sonrisa.

—Vaya, señorita. Al final, creo que no es usted la peligrosa delincuente que pretende ser.

A Victoria se le formó un nudo en la garganta. Hasta ahí había llegado su farsa. Al parecer, tendría que buscar otro modo de que la dejase marchar. Lo que, desde luego, no podía permitir era que descubriera quién era. Por mucho que le costase, no podía dejar que descubriera la verdad. Sería humillante, degradante. Si aquel aristócrata engreído descubría que estaba ante la misma niña que, con sólo doce años, bebía los vientos por él, Victoria sería incapaz de volver a mirarlo a la cara. Estaba completamente segura de que se burlaría de ella por haber sido lo suficientemente estúpida como para creer que alguien como él podía pensar, si quiera, en casarse con un ser insignificante como ella. La humillación sería terrible, pero lo que realmente la hundiría definitivamente sería el recuerdo, el dolor y el sentimiento de derrota que la había embargado al descubrir que todo lo que decían de él era cierto.

Así pues, aún sin sostenerle la mirada, decidió contarle parte de la verdad.

—Excelencia, contestaré a lo que me ha preguntado si promete que, en cuanto termine, me soltará y me dejará ir sin pedir más explicaciones.

—Señorita —interrumpió, con una sonrisa que desmentía sus siguientes palabras—, lamento profundamente comunicarle que no se encuentra en una situación que le permita exigir absolutamente nada. Le recuerdo que se halla atada a una cama, totalmente a mi merced, en mi barco y rodeada por mis hombres que no dudarán en perseguirla hasta donde sea si yo se lo ordeno. Así pues, le agradecería que comenzase a decirme lo que quiero saber porque ya me estoy cansando de este juego —sonriendo perversamente, continuó—. Empiezo a plantearme algunos otros modos de sonsacarle la información que deseo.

Victoria lo observó, confusa, durante unos instantes.

¿De qué demonios hablaba aquel hombre?

¿Qué otros medios podía usar para sonsacarle información?

De pronto, dándose cuenta de a qué se refería, palideció. Con el cuerpo en tensión y voz temblorosa hizo la pregunta que tanto temía.

—¿Se... sería capaz de... de p...p... pegarme?

—Bueno —contestó, con la mirada fija en algún punto más allá de la ventana y voz distraída—, si fuera el único modo de conseguir lo que quiero... —se interrumpió bruscamente cuando, fijando de nuevo la vista en su rostro, reparó en su expresión aterrorizada—. No, por Dios, ¿cómo puede pensar eso? Estaba bromeando...

Sin que pudiera evitarlo, una solitaria lágrima rodó por la mejilla de la joven.

—Demonios —exclamó Martin—, no quería asustarla —dándose cuenta de lo absurdas que sonaban aquellas palabras tras su anterior amenaza, añadió—. Tal vez un poco, pero sólo porque se niega a colaborar.

Victoria apretó los labios y parpadeó rápidamente. No estaba dispuesta a mostrarle a aquel hombre su debilidad. Jamás permitiría que la viera llorar. Aunque en ese momento, cansada, dolorida, con la autoestima por los suelos y atada a una cama como si no fuera más que un animal sometido a aquel individuo, resultaba bastante difícil evitarlo.

—Mire, sólo quiero que colabore —ajeno a los esfuerzos de su prisionera, él seguía con su discurso—. En realidad, y aunque usted esté convencida de lo contrario, no me aporta la menor satisfacción tenerla ahí sujeta. En el estado en que se encuentra debería estar sobre la cama no en el suelo y deberíamos atender esas heridas. Pero comprenderá que necesite saber a quién estoy escondiendo aunque sólo sea para poder protegerla si alguien la está persiguiendo.

—No me persigue nadie, al menos, de momento. Me llamó Victoria... —dudó, preguntándose cómo diablos le había dicho que se llamaba —Jefferson, como ya le he dicho antes —aliviada por haber recordado a tiempo su farsa, continuó—. Mi madre fue institutriz y me enseñó a hablar y comportarme como una dama. Cuando ella murió me quedé en la casa en la que trabajaba aunque las cosas allí no me fueron demasiado fáciles y, finalmente, opté por marcharme, llevándome el caballo del conde para poder alejarme de allí lo antes posible. Esa es toda la información que le voy a dar y creo que es suficiente para que me suelte de una maldita vez.

—Vaya, así que se crió usted como una dama —con sonrisa socarrona, prosiguió—. Y yo que pensaba que a las damas no se les permitía maldecir ni vestir ropa de hombre —reparando en la mirada asesina que le dirigía, cambió de tema—. Así que su señor era un conde.

—¿Cómo sabe eso?

—Me lo acaba de decir —respondió sonriendo de oreja a oreja—. ¿Qué tareas desempeñaba en su casa? ¿fue él quien la agredió? ¿lo hacía a me...?

—También le dije que no le diría nada más —interrumpió, furiosa—. No le pido que me atienda, ni que me proteja, ni que me esconda. No quiero absolutamente nada de usted. Si me desata me iré y no volverá a verme jamás.

—Ese, pequeña, es el problema —dijo, suavemente, mientras comenzaba a desatarle las manos—. Soy yo el que no está dispuesto a perderte de vista.

Era extraño que aquella muchacha despertase en él aquellos instintos protectores. Nunca había sentido esas ganas de encerrar a una mujer en su camarote y no dejar que nadie más la tocase, ni esas ansias por saberlo todo de ella. Pero, sobre todo, jamás, en sus treinta y un años de vida, había experimentado la necesidad de matar a alguien que sentía en esos momentos. Y es que, cada vez que contemplaba la cara golpeada de la joven, su labio partido y los estremecimientos que la recorrían cuando se movía, deseaba abrazarla y consolarla, quería curarla...

Pero, por encima de cualquier otra cosa, quería asesinar al bastardo que la había dejado en aquel lamentable estado.

Sin embargo, y por mucho que le doliera dejarla en el suelo y atada a la cama, no podía soltarla ya que ese parecía ser el único modo de sonsacarle la información que necesitaba.

—¿Quién le ha hecho eso? —insistió.

—¿Y a usted qué le importa?

—Si no me importase no perdería el tiempo preguntándoselo —respondió, irritado—. Por Dios, ¿es que no le duelen esas heridas? En cuanto me diga lo que quiero saber, la soltaré y podrá levantarse...

—No creo en sus promesas, Excelencia. Ya me ha demostrado de sobra que no es un hombre de palabra.

—¿De qué habla? —preguntó, confuso— ¿Cómo ha comprobado que no soy un hombre de palabra?

Ella no respondió.

Endureciendo el semblante, clavó sus hermosos ojos en los suyos.

—Mire, he tenido una paciencia infinita con usted. En el poco tiempo que hace que nos conocemos, me ha golpeado, insultado, contestado y desairado y se lo he permitido por encontrarse en las condiciones en las que se encuentra. Sin embargo, no piense que dejo que los demás me traten como lo ha hecho usted ni que se lo consentiría en cualquier otra situación. Pero, por muy lastimada y asustada que esté, no le consiento que dude de mi honor ni de mi palabra. Así pues, espero que se disculpe por lo que ha dicho ya que, de lo contrario, le podría ir muy mal conmigo.

—L...l...lo sien... —se detuvo bruscamente. Estaba cansada de que la humillaran y la obligaran a hacer lo que no quería. Deseaba rebelarse, decir lo que pensaba, decidir por sí misma, en lugar de dejarse llevar por lo que los demás esperaban de ella. Lo miró a los ojos, dispuesta a decirle exactamente lo que pensaba.

—No pien... —la mirada dura de aquel hombre la aterrorizó—. Lo... lo siento.

Bien, ya se rebelaría en otro momento. Por lo pronto estaba demasiado dolorida como para recibir una nueva paliza por expresarse libremente.

Martin la miró sorprendido. En realidad no esperaba que se disculpara. Parecía tan orgullosa, tan obstinada, que la simple posibilidad de someterla era impensable. Y, sin embargo, acababa de pedirle perdón como si...

Como si temiera su reacción si no lo hacía. ¿Sería posible que le tuviese miedo? ¿De verdad lo creería capaz de lastimarla? Incapaz de mantenerse inmóvil, comenzó a pasearse por la habitación mientras intentaba recordar todo lo que había sucedido desde el momento en el que había abierto la puerta.

Ella lo había golpeado, cierto, pero después...

Recordó el modo en que lo había mirado cuando la había inmovilizado en el suelo, con reconocimiento, como si supiese quién era. Y con dolor, una expresión de dolor que había sido substituida rápidamente con una máscara de indiferencia y desprecio. ¿Era posible que se conocieran? No, definitivamente. Hacía muchos años que él había abandonado el país y estaba seguro de que si hubiera conocido a esa mujer antes no la habría podido olvidar. Además, era demasiado joven. Aunque estaba sucia, herida y vestida de hombre no aparentaba más de veinte años por lo que no debía de ser más que una niña cuando él se fue de Inglaterra.

Sacudiendo ligeramente la cabeza, abandonó esa posibilidad. De pronto, recordó el terror que había visto en la cara de Victoria cuando amenazó con pegarle. En realidad no la había amenazado. Sólo había dicho que podría recurrir a la violencia si ella no colaboraba.

¡Y ni siquiera lo había dicho en serio!

Por Dios, ¿qué clase de monstruo creía ella que era? Sin embargo, cuando volvió su mirada hacia la figura que permanecía encogida en el suelo, se abofeteó mentalmente. Un demonio, un tirano, un... un... ¡Un bastardo! Eso era, exactamente, lo que era y, desde luego, no por las circunstancias de su nacimiento. Aquella mujer había sido maltratada, humillada y quién sabía cuántas cosas más y él, en lugar de ayudarla, la había atado como a un animal y la había interrogado aun cuando ella no quería hablar del tema. ¡Maldita sea! En cuanto se recuperase le permitiría que le diese una buena paliza por comportarse como una bestia insensible.

Incapaz de dejarla en aquella posición durante más tiempo, se acercó a ella rápidamente, sobresaltándola con esa inesperada reacción. Estupendo. Acababa de asustarla de nuevo. Si no necesitase mantener su integridad física para enfrentar la dura batalla que le esperaba esa tarde, se golpearía la cabeza contra una pared.

—Tranquila, sólo quiero desatarla —dijo, suavemente—. No debería haberse disculpado —ante la furiosa mirada que ella le dedicó, aclaró—. En realidad, soy yo el que debería pedirle perdón por tratarla como lo he hecho.

Victoria lo miró fijamente a los ojos, con aspecto ansioso, como si esperase algo. Dándose cuenta de que todavía seguía atada, se apresuró a soltarla. Sin embargo, una vez libre de todas las ataduras, ella no se movió. En lugar de eso permaneció sentada en el suelo, sin apartar la mirada de la suya y con la misma expresión en el rostro.

—Será mejor que se levante para que podamos curar esas heridas —aconsejó, tendiéndole una mano para ayudarla, mas la mujer no movió ni un solo músculo.

Preocupado, se agachó para quedar al mismo nivel que ella. No parecía sentirse indispuesta ni haberse quedado sin voz de repente pero su absoluta inmovilidad le hizo sentirse alarmado.

— ¿Se encuentra bien? ¿quiere que llame al doctor?

—No, me encuentro perfectamente.

Aunque dudaba mucho que “perfectamente” fuese el término más adecuado para definir cómo se encontraba, decidió creerla.

—Entonces, ¿qué ocurre? ¿por qué no se levanta?

—Estoy esperando.

—¿Esperando? —su escasa paciencia tenía un límite—. ¿se puede saber qué demonios está esperando ahí tirada, medio muerta y con esa cara de ansiedad? Le informo de que por mi camarote no pasa ninguna diligencia, por lo que su espera es inútil.

Victoria le dedicó un ceño tan profundo que Martin se dio cuenta de que el sentido del humor era otra de las muchas cosas que parecían no compartir.

—En realidad, Su Excelencia dijo que debería ser él quién se disculpara. Y yo estoy esperando a que lo haga.

Martin la observó con una mezcla de incredulidad y diversión. Aquella mocosa se había tomado al pie de la letra sus palabras y esperaba una disculpa de su parte. Por favor. Martin Alexander Caxton jamás se disculpaba. Estaba a punto de echarse a reír pero, de repente, frunció el ceño. Maldita fuera. Él jamás pedía perdón, por lo que le sorprendió lo dispuesto que estaba a hacerlo esta vez.

¿Dispuesto? No, en realidad...

¡En realidad quería hacerlo! Deseaba complacer a aquella desconocida, cumplir con sus expectativas. Observando, de nuevo, su expresión ansiosa sintió un nudo en el estómago. Para ella su disculpa parecía de suma importancia. Sin poder evitarlo, Martin se imaginó cómo habría sido su vida anteriormente.

¿La habrían tratado bien? A juzgar por su aspecto, lo dudaba.

¿Habría sido feliz? La tristeza que inundaba sus hermosos ojos verdes lo desmentía. ¿Le habrían pedido perdón alguna vez? Él sabía la respuesta sin necesidad de mirarla de nuevo.

A aquella niña, porque eso era, exactamente, lo que era, nadie le había pedido disculpas jamás. De hecho, estaba casi seguro de que ni siquiera la habían tratado nunca con una mínima consideración. Deseando poder ser, al menos en eso, especial para ella, Martin hizo algo que iba totalmente en contra de sus principios.

—Lo siento —susurró, arrodillándose para ponerse a su altura—. Siento mucho haberla tratado mal. Lamento haberla amenazado. No sabe cuánto me pesa haberme comportado como un cerdo insensible. Pero lo que más me aflige es que estoy seguro de que ha habido otros que la han tratado todavía peor que yo.

La reacción de ella lo tomó totalmente desprevenido. Se había imaginado que lloraría, que le miraría con agradecimiento, que...

Bueno, se había imaginado muchas reacciones pero, desde luego, no que sonreiría, por primera vez desde que se habían conocido, y, mirándolo directamente a los ojos, sentenciaría:

—Hacía años que necesitaba que alguien le bajase los humos.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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