• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 3

 

 

Cuando subió a bordo del Midnight Shadow, Martin estaba cansado, frustrado y terriblemente contrariado. No le gustaba que las cosas no salieran tal y como él las tenía planeadas. No soportaba que le dijesen lo que tenía que hacer ni que le diesen órdenes. Y le sacaba de quicio que intentaran manipularlo y organizar su vida. Suspiró. Todo eso era, exactamente, lo que lady Sheffield había hecho esa tarde en cuestión de minutos.

—Buenos días, capitán —saludó, jovialmente, Jeremy McDowell, el primer oficial de la nave y su mejor amigo—. Parece que el reencuentro con tu familia te ha retenido más de lo que esperabas.

—Sí —contestó mesándose los cabellos con expresión cansada—. En realidad, he tenido que ocuparme de algunos asuntos que requerían mi atención. El título, ya sabes. Hay que poner muchas cosas en orden.

Lo último que necesitaba era que su amigo comenzase a hacerle preguntas sobre lo ocurrido. Jeremy era muy joven. Por lo que Martin sabía no debía de tener más de veinticuatro años aunque jamás le había preguntado su edad. Pero, a pesar de su juventud, era extremadamente inteligente y sagaz, características que resultaban bastante molestas cuando alguien quería ocultarle algo. Sobre todo si ese alguien era su mejor amigo al que conocía casi tan bien como a sí mismo y si el “algo” en cuestión era el bochornoso encuentro que este había tenido con su señora madre.

Jeremy clavó sus claros ojos verdes en los de Martin y sonrió.

—Has pasado toda la noche fuera así que me imagino que no querrás partir inmediatamente, ¿no es cierto? Supongo que estarás cansado de... —le dedicó una mueca burlona— arreglar los asuntos que conlleva tu nueva posición, así que podríamos esperar a mañana para emprender el viaje. Por cierto, la última vez que estuve en Londres este tipo de cosas había que solucionarlas de día.

—No tengo por qué darte explicaciones, ¿lo sabes, no? Pero, por si te interesa, pasé por White's antes de venir aquí y me entretuve. Y, en cuanto al viaje, lo cierto es que tendremos que retrasar la partida unos días. Hay algunos asuntos que debo resolver antes de irme.

—¡Ah, claro! El título, ¿verdad? —su sonrisa se acentuó—. Me imagino que ahora que eres duque debes tener muchas responsabilidades.

—Sí, muchas —no le gustaba mentirle pero no tenía otra opción. Bien, quizá sí. La otra alternativa era contarle que al capitán Alec, el hombre que durante casi seis años había servido a la corona británica, se había enfrentado a terribles peligros y se había convertido en uno de los individuos más temidos y respetados de Europa, acababa de ser amonestado y manipulado por su propia madre. Si a eso le añadía el hecho de que, mientras lo hacía, lo asía por una oreja sin ningún tipo de consideración...

No, lo mejor sería que nadie se enterase del asunto. Ni siquiera su mejor amigo.

Sumido en sus pensamientos como estaba, no se percató de que Jeremy lo observaba con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Cuándo? —preguntó, alegremente.

Martin lo miró perplejo.

—¿Cuándo qué?

—Pues cuándo empezarás a buscarla.

Ante la expresión confundida del capitán, el muchacho no pudo aguantar más y estalló en carcajadas.

—Amigo mío, acabas de convertirte en un aristócrata y todos sabemos cuál es la principal aspiración de los de tu clase.

—También es la tuya...

—Bah —le interrumpió irritado—, yo no pertenezco a ese mundo —la sonrisa regresó a su rostro—. Bien, entonces ¿cuándo empezarás a buscar esposa? Ya sabes que, a partir de ahora, tendrás que dedicarte a la ardua tarea de engendrar un heredero. De hecho, estoy casi seguro de que la duquesa se ha encargado de recordártelo esta tarde.

—Maldita sea, ¿es que nadie entiende que no tengo ninguna intención de heredar el título? —dado que era inútil intentar engañar a Jeremy, decidió contárselo todo—. Yo sólo quería explicarles mi punto de vista. No merezco el título. ¡Ni siquiera lo quiero! Pero nadie parece comprenderlo. Devlin no tiene el menor deseo de convertirse en el cabeza de familia y mi madre no quiere ni oír hablar del asunto. Está convencida de que me corresponden a mí las obligaciones que conlleva y que sólo estoy buscando excusas para evadir mis responsabilidades.

—¿Acaso no tiene razón?

Martin lo miró perplejo.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que, en gran parte, tu madre está en lo cierto. Quizá las circunstancias de tu nacimiento te hagan sentir indigno pero lo que realmente te preocupa es tener que establecerte aquí de nuevo y recuperar la vida que tenías antes. Sabes que ahora eres responsable de tu familia y no podrás desentenderte de todo como hacías hace seis años. Tu padre ya no está, Martin. Ya no tienes que seguir huyendo.

—¡Yo jamás huí! Fue él quien se encargó de hacerme desaparecer.

—No me refiero a los últimos años. Sé que lo pasaste mal y que todavía no lo has superado. De lo que te estoy hablando es de cómo te comportabas antes de que intentara deshacerse de ti. No puedes negar que jamás aceptaste ninguna responsabilidad. El objetivo de tu vida era hacer rabiar al duque y, para ello, te convertiste en un libertino irresponsable, en un vividor incorregible. Ese también es un modo de huir, ¿sabes? Hacer como que todo te da igual y desentenderte del mundo.

Martin trató de recordar por qué demonios se había hecho amigo de aquel hombre. Lo que él necesitaba era a alguien que le dijese lo que quería oír, que le diese una palmadita en la espalda y le dijera lo injusto que había sido el destino con él. No a un tipo que adivinase sus pensamientos, le espetase lo que pensaba a la cara y atacase sus puntos débiles cuando lo descubría autocompadeciéndose. Suspiró. En el fondo sabía que Jeremy era, exactamente, el amigo que precisaba. Sólo que, a veces, podía resultar terriblemente molesto.

—No huía, sólo intentaba disfrutar de la vida y demostrarle a mi padre que no necesitaba su aprobación.

—Y en el camino te olvidaste de que tenías una madre que se preocupaba por ti, una hermana que te adoraba y dos energúmenos que imitaban todo lo que hacías.

—No me olvidé de ellos, sólo me alejé un poco. Pensé que sería mejor para todos.

—Era mejor para ti —Jeremy ya no sonreía, por el contrario, lo observaba con una seriedad impropia de él—. Te mantenías alejado de ellos porque así no te sentías tan culpable cuando te comportabas como un canalla.

Martin se preguntó si su amigo tendría razón. Nunca se había planteado las cosas desde ese punto de vista. Había aceptado que era diferente a sus hermanos, que jamás encajaría en su familia como ellos, y por eso había preferido mantener las distancias. Se había dicho que era mejor así, a pesar de que ellos siempre lo habían aceptado como uno más. Por primera vez se preguntó si no habría estado equivocado.

Viendo la confusión en el rostro de su amigo, Jeremy cambió de tema.

—Por cierto, esta noche, mientras tú estabas fuera, Armond nos trajo un regalito —sonrió perversamente—. Los chicos querían quedarse con él pero yo pensé que a ti te gustaría ser el primero en disfrutarlo.

El capitán lo miró perplejo. ¿Un regalo? ¿desde cuándo su contramaestre, uno de los hombres más avaros que conocía, se dedicaba a llevar presentes al barco?

Ante su expresión, su amigo estalló en carcajadas.

—Creo que deberías bajar y comprobarlo con tus propios ojos. Está en tu camarote —suspiró—. Fue el único lugar medianamente seguro en el que pude encerrarlo.

—¿Encerrarlo? —Martin lo miró irritado—. Si a ese desgraciado se le ocurrió subir algún animal a mi barco ya se puede ir preparando.

—Será mejor que lo veas antes de tomar ninguna decisión.

Suspirando, resignado, se dirigió a su camarote. Jeremy tenía razón. Iría a ver de qué se trataba. Y, por el camino, podría pensar en algún terrible castigo para Armond.

Debía de haberse quedado dormida. Mientras miraba amanecer desde la ventana, Victoria intentaba recordar lo que había sucedido. Sabía que se había desmayado y que había despertado en una cama que, por supuesto, no era la suya. En cuanto había alzado la vista se había encontrado con unos hermosos ojos que la observaban.

¡Y con el culpable de su desmayo!

Había estado a punto de perder la consciencia de nuevo pero, finalmente, había conseguido reponerse del susto. Aunque no lo suficiente. Aquel hombre, no el feo sino el otro, la había obligado a beber una sustancia que sabía a rayos y, al cabo de unos minutos, se había quedado dormida.

Asustada, miró hacia la puerta. Habían pasado horas desde entonces, horas que ella no recordaba en absoluto. No tenía ni idea de lo que le habían hecho, ni de dónde estaba.

El sonido de una llave al entrar en la cerradura la arrancó de sus pensamientos. Desesperada, recorrió la habitación con la mirada. Tal vez podría escapar o esconderse...

La puerta se abrió ligeramente y un hombre moreno entró en la habitación...

Siendo derribado, inmediatamente, por un ejemplar de La Odisea.

Victoria observó el cuerpo tendido en el suelo preocupada. ¿Y si lo había matado? Soltando un bufido nada femenino se acercó. Sería un verdadero contratiempo que a aquel individuo se le hubiese ocurrido morirse en ese momento. Al fin y al cabo, el golpe tampoco había sido para tanto. Se detuvo junto a él y lo observó durante unos instantes. Yacía de espaldas por lo que no le podía ver el rostro pero parecía ser un tipo bastante joven y fuerte. Con la punta del zapato lo empujó ligeramente, esperando alguna reacción, pero no sucedió nada. Bien, parecía que el hombre sí había decidido morirse en aquel preciso instante y ahora ella tenía dos problemas. No sólo debía escapar de aquel lugar cuanto antes sino que, además, acababa de convertirse en una asesina.

Se le hizo un nudo en el estómago. ¿Cómo era posible? Ella jamás le había hecho daño a nadie. ¡Por el amor de Dios, si cuando se cruzaba con una fila de hormigas se detenía y esperaba a que pasaran todas! Sin embargo, acababa de cargarse a un hombre, a uno muy grande, por cierto, y no tenía ni la más remota idea de qué debía hacer a continuación.

Frustrada y confusa, se sentó en el diván forrado de terciopelo azul situado a los pies de la cama, decidida a encontrar una solución. Podría ponerse a gritar hasta que llegaran los otros dos tipos y decirles que ella no había tenido nada que ver en el asunto, que aquel hombre se había muerto por voluntad propia. Pero con eso se arriesgaba a que no la creyeran y la denunciaran a las autoridades. O, aún peor, a que se tomaran la justicia por su cuenta. Además, si los avisaba, tendría que ver de nuevo la cara, nada agraciada, de su secuestrador. Otra opción sería tenderles una trampa de modo que, cuando entrasen en la habitación, ella pudiese salir corriendo.

Ensimismada como estaba en sus pensamientos, no se dio cuenta de que el cadáver comenzaba a moverse...

Hasta que se encontró tendida en el suelo mirando directamente a los hermosos ojos de un hombre al que juró no perdonar jamás.

Martin no sabía muy bien qué era lo que estaba haciendo, pero lo que tenía claro era que debía inmovilizar a aquella mujer. Había entrado en el camarote con cuidado, preguntándose qué clase de animal encontraría allí escondido, y había hallado una auténtica fiera. Todavía le dolía la cabeza por el golpe pero su principal preocupación era que aquella bestia despiadada no se moviera.

¡Maldición! ¿Cómo era posible que tuviese tanta fuerza? Aún tendida en el suelo, debajo de su cuerpo y con las manos sujetas sobre la cabeza no se estaba quieta.

En un par de ocasiones estuvo a punto de soltarse, pero él no estaba dispuesto a liberarla. Al menos mientras no la tuviese convenientemente atada y amordazada.

Con la mirada recorrió la habitación, en busca de algo que le sirviese para inmovilizarla. Dado que apenas podía moverse sin soltarla, asió un extremo de la cortina de seda azul que se encontraba recogida en torno a los postes de la enorme cama del camarote y sujetó con ella las manos de aquella mujer. Terminando su obra con un fuerte nudo, se levantó y se alisó el traje, sin ni siquiera dedicarle una mirada al cuerpo que seguía forcejeando en el piso. Martin pensó que era una suerte que aquel mueble estuviese bien sujeto al suelo del barco porque, de lo contrario, aquella criatura sin civilizar probablemente ya lo habría destrozado.

Tranquilamente, se sentó en el mismo diván que había ocupado, unos minutos antes, su agresora y se dedicó a observar su manicura como si le fuese la vida en ello. Sin embargo, sus uñas estaban perfectamente cortadas por lo que, al cabo de unos minutos y aburrido ya de tan emocionante tarea, comenzó a pasearse por la habitación, dedicando, de vez en cuando, alguna mirada compasiva a la mujer que seguía forcejeando en el suelo.

—Bueno, está bien. ¿Puede decirme que demonios quiere de mí?

Martin la miró sorprendido. Parecía que, después de un largo rato luchando, había comprendido que no podría escapar.

Tranquilamente se acercó y, por primera vez, la observó con detenimiento. Iba vestida con ropas masculinas pero, aún así, se distinguía perfectamente que era una mujer. Era difícil saberlo con exactitud en la posición en la que se encontraba, pero no parecía muy alta. Su cuerpo, aunque delgado, poseía unas hermosas curvas que ni siquiera el horrible y gastado atuendo que llevaba lograba disimular. Y su cara...

Su cara era la de un ángel, con aquellos enormes ojos verdes que, en ese momento, lo miraban con furia y algo más. Martin distinguió el terror con que lo observaba y se preguntó qué le habían hecho antes de que él la encontrara. Incomprensiblemente, sintió unas ganas terribles de partirle la cara a cualquiera que le hubiese hecho daño. Aquella muchacha no podía ser mayor que su hermana y, no obstante, en sus ojos no brillaba la alegría e inocencia que Daisy poseía.

—No quiero hacerle daño, lo único que intento es evitar que sea usted la que me ataque a mí.

—¡Suélteme! Deje que me vaya y no tendrá que preocuparse más por su seguridad, Excelencia.

Martin la miró sorprendido. Aquella joven envuelta en harapos, con el pelo desgreñado y la cara llena de golpes hablaba como una dama. Quizá fuese la hija bastarda de algún noble que la había criado como una señorita durante algún tiempo y después se había desentendido de ella. Quizá la muchacha hubiese aprendido a hablar como la aristocracia trabajando en casa de alguno de ellos.

Un momento. Había algo que no encajaba. Aquella mujer acababa de llamarlo por su título sin que ni siquiera se hubiese presentado. La miró detenidamente durante algunos segundos. Era imposible que se conocieran. De haber conocido alguna vez a una mujer con esos ojos estaba seguro de que jamás la olvidaría. Y, aún así, había algo vagamente familiar en ella, algo que le decía que se habían visto antes.

—¿Nos conocemos? —preguntó, clavando su mirada en la de ella.

—En absoluto —contestó ella sin ni siquiera pestañear.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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