• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 2

 

Las calles de Londres estaban desiertas a esas horas y Victoria se sintió extraña. No había luz en las ventanas ni gente paseando. El West End parecía más un pueblo fantasma que una de las zonas más lujosas de la ciudad. A lomos de Bevan, se dirigió al puerto. Su padre montaría en cólera cuando se enterase de que había cogido su caballo pero ella ya no estaría allí. Con un poco de suerte zarparía rumbo a América antes de que se enterase de su desaparición.

El camino fue más duro de lo que pensaba. Las magulladuras y la debilidad que sentía hacían que se convirtiese en una hazaña. La boca le dolía y la cabeza amenazaba con estallar de un momento a otro. Cuando llegó a los muelles estaba mareada, cansada y se sentía a punto de desfallecer. Sabiendo que le sería imposible pasar desapercibida a lomos de aquel caballo, desmontó.

En cuanto puso los pies en el suelo sintió como si miles de agujas se clavaran en sus piernas y tuvo que sujetarse al animal para no caer de bruces. Tardó unos minutos en recuperar las fuerzas y organizar los siguientes pasos que debía dar. Lo primero que tendría que hacer era deshacerse de Bevan. Sonrió. Lo mejor sería dejarlo allí mismo para que cualquiera que pasase pudiera quedarse con él. Estaba claro que en aquel lugar no iba a ser, precisamente, un aristócrata quien lo hallara y dado el valor del animal no tardarían demasiado en llevárselo. Lo único que la apenaba era no poder ver la cara de lord Bradford cuando descubriera que su caballo había desaparecido.

Con una determinación que desconocía poseer, emprendió la búsqueda. El dinero que llevaba no era mucho por lo que lo mejor sería pedir trabajo en alguno de los barcos que partieran hacia América. Pero para eso debía encontrar el navío en cuestión. Además, como jamás había viajado no tenía ni idea de lo que debía hacer. Ni siquiera estaba segura de que pudiera embarcarse en Londres. Quizá tendría que ir a Bristol o a Portsmouth…

Con paso inseguro avanzó por los muelles intentando pasar desapercibida. A pesar de su disfraz, estaba segura de que si alguien se fijaba demasiado en ella acabaría descubriendo su verdadero sexo. Sumida en sus pensamientos dobló la esquina...

Y tropezó con el hombre más feo que había visto nunca.

Lo miró con los ojos desorbitados por el terror y, a continuación, decidió hacer lo que le parecía más sensato en ese momento. Poniendo los ojos en blanco, se desmayó.

Desde el alcázar, Martin contempló Londres por última vez. Si todo iba bien, en un par de horas abandonaría de nuevo aquel país y esperaba que esta vez fuese para siempre.

Había tardado seis años en volver a aquella ciudad que lo había visto nacer, seis años que habían cambiado su vida por completo. Sólo la muerte de su padre había conseguido hacerlo regresar y no porque quisiese despedirse de él.

No, por él aquel bastardo podía irse al infierno. De hecho, estaba completamente seguro de que ahí se hallaba en ese mismo instante. En el infierno, tal y como se merecía, seguramente donde se verían las caras de nuevo.

No, Martin no había vuelto por él sino por su familia. Él era el heredero, aunque su progenitor hubiese hecho todo lo posible por evitarlo, y debía velar por ellos.

Había llegado a la ciudad casi un mes antes, dispuesto a deshacerse del título y de la herencia que le correspondía lo antes posible. No quería nada que lo atara a Inglaterra, nada que le recordara al país que tanto había amado y que tanto daño le había hecho. Pero nada había salido como él pensaba. No había sido fácil reunir el valor para visitar a su familia después de tantos años. Incluso escribirles una carta había sido toda una hazaña. Pero lo había conseguido y, ahora, tenía que presentarse ante ellos. No sabía cómo les explicaría su plan ni si lo aceptarían. Temía su reacción cuando lo vieran, sano y salvo, tanto tiempo después...

Bueno, en realidad sólo le asustaba la reacción de una persona.

Cuando llegó a la casa de Picadilly en la que la familia Sheffield pasaba la temporada estaba más nervioso de lo que, según recordaba, había estado nunca. No sabía cómo lo recibirían, si lo rechazarían o lo creerían muerto. Había pasado demasiado tiempo. Había desaparecido sin decir nada a nadie aunque bien sabía Dios que eso no había sido culpa suya.

Fue Petterson quien abrió. El viejo Petterson que había soportado sus bromas y travesuras sin perder la compostura. Martin sonrió con esa sonrisa ladeada que lo hacía parecer un niño de nuevo. Siempre le había servido para salir airoso cuando hacía una trastada. Y no porque fuera angelical. No, la suya era una sonrisa perversa, la de un verdadero diablo...

Pero la de uno encantador, eso sí.

Su madre solía decir que, en su caso, las apariencias no engañaban. Parecía un niño travieso y eso era, exactamente, lo que era.

El mayordomo lo observó detenidamente durante unos instantes. Lo examinó tan minuciosamente que Martin casi esperaba que le colocase el pañuelo o le dijese que tenía los pantalones sucios. Pero, en lugar de reprenderlo, el hombre sonrió.

—Bienvenido a casa, Excelencia —y con la confianza que le daban los años, añadió—. Le ha llevado bastante tiempo encontrar el camino de vuelta, ¿no cree?

Si hubiera sido cualquier otro se habría preguntado si había participado en el perverso plan de su padre, pero este era Petterson, el hombre que los había encubierto miles de veces para que la niñera no los castigara. El mismo que les llevaba el postre a escondidas a su cuarto cuando estaban castigados. Por eso y porque para él era más un amigo que un sirviente, confesó:

—Nunca pensé que diría esto y espero que no se lo repitas a nadie jamás porque lo negaré eternamente pero... —bajó la voz para que sólo él pudiera escucharlo— creo que te he echado de menos.

—Puede estar tranquilo, Excelencia. Aunque intentara contárselo a alguien, nadie me creería —con mirada cómplice, continuó—. Ha llegado en un buen momento, su madre y sus hermanos están tomando el té.

Tras darle las gracias y, asegurándose de que nadie más presenciaba la escena, un breve abrazo, Martin se dirigió a la gran escalinata que conducía al primer piso. Toda ella en mármol blanco, se encontraba custodiada por un par de ángeles a cada lado que sostenían un candelabro de cinco brazos. De niño, había pasado mucho tiempo observando a aquellas criaturas tan extrañas. A menudo se preguntaba por qué él no tenía alas como ellos. Pero cuando se lo preguntaba a la niñera, siempre obtenía la misma respuesta.

—Pequeño, son ángeles. Niños que se han ganado el cielo y las alas.

Él no tenía ni idea de cómo alguien se podía ganar el cielo pero tampoco le importaba. Lo que él quería eran las alas y, como no veía otro modo de conseguirlas, había decidido hacerse unas con sus propias manos. No había sido fácil, pero con la ayuda de uno de los mozos que se ocupaban de las cuadras había conseguido fabricarse unas más bonitas que las de las estatuas. Las de él estaban hechas con plumas de colores y podía moverlas porque iban sujetas con cordones a los brazos y a las muñecas. Había sido muy feliz con ellas durante unas horas...

El tiempo que tardó su madre en necesitar uno de sus sombreros.

Sonriendo por aquel recuerdo, avanzó por el pasillo y se encontró frente a la puerta del salón donde la familia tomaba el té desde hacía años. Adelantó la mano, pero, de repente, se quedó quieto, sin atreverse a llamar, escuchando aquellas voces que tanto había echado de menos.

—Madre, no tengo la menor intención de casarme, por lo que es absurdo que vayas secuestrando a todos los caballeros solteros que conoces para presentármelos.

—Daisy, aún eres una niña, no sabes lo que quieres. Cuando tus amigas empiecen a prometerse y te quedes sola verás como cambias de opinión. Espero que para entonces no sea demasiado tarde para encontrar un buen partido.

Margueritte Caxton a la que, tras declararse la guerra contra Francia, todos habían decidido llamar Daisy en un acto de rebeldía contra los franceses, soltó un bufido nada femenino.

—No soy una niña... ¡tengo dieciocho años! Y no tengo ningún miedo a quedarme sola porque Devlin se va a quedar conmigo, ¿verdad, Dev?

Martin tuvo que contenerse para no soltar una carcajada. Le gustaría escuchar cómo salía su hermano de esta pero no tenía tiempo. Tenía que volver al barco cuanto antes. Debía abandonar Londres antes de que se le hiciera demasiado difícil.

—Buenos días —dijo, entrando en la habitación—, espero no interrumpir nada importante.

—¿Qué demonios haces tú aquí? —preguntó Daisy, levantándose tan repentinamente que casi vuelca la taza de té.

—Sí, yo también te he echado de menos —contestó irónicamente—. Y con respecto a lo otro, corrígeme si me equivoco pero creo que yo vivía aquí.

En cuanto terminó de hablar se dio cuenta de que cuatro pares de ojos lo miraban fijamente. Sus hermanos lo observaban con expresión divertida, su hermana parecía perpleja y su madre...

Su madre tenía los labios apretados y pestañeaba sin parar. De pronto, sin previo aviso, se abalanzó sobre él y lo abrazó.

—Mi pequeño... —le temblaba la voz, las lágrimas inundaban su rostro y, por primera vez en seis años, Martin se dio cuenta de cuánto la había echado de menos—. Mi niño, no sabes cuánto miedo he pasado... —separándose de él bruscamente, gritó— ¿Se puede saber dónde has estado metido durante tanto tiempo? ¿Sabes lo mal que lo hemos pasado al no saber dónde estabas? Ah, pero seguro que tú te estabas divirtiendo de lo lindo y por eso ni siquiera te molestaste en escribirnos.

—Ma... madre yo... —en ese instante se dio cuenta de lo duro que era para un hijo enfrentarse a su madre, sobre todo a una madre tan furiosa como la que tenía delante—. Yo te escribí hace meses...

—¿Me estás diciendo que aquello era una carta? —exclamó, poniendo los brazos en jarras, de aquella forma que atemorizaba a sus cuatro hijos por igual ya que indicaba el principio de una de sus reprimendas.

Pidió ayuda a sus hermanos con la mirada pero, de repente, todos parecían muy ocupados. Devlin se miraba las uñas atentamente, como si aquella fuese la tarea más fascinante que había hecho nunca. Miles parecía haber encontrado algo muy interesante en la calle ya que no apartaba la vista de la ventana y Daisy...

Martin se preguntó si su hermana sabría leer los posos del té porque contemplaba el fondo de su taza con desmesurada concentración.

Nadie parecía querer ayudarlo, por lo que se rindió. Resignado, bajó la mirada y esperó...

esperó...

esperó...

Pasados unos segundos, levantó la vista. Su madre seguía en la misma postura pero su expresión parecía haberse suavizado. Animado por su cambio de actitud, intentó explicarse.

—Madre...yo...

—¡Martin Alexander Caxton! —no, parecía que no se había calmado, más bien era como si hubiese estado reuniendo todo el aire que necesitaría—. ¿Pretendes decirme que aquel “Madre estoy bien, no te preocupes” era una carta? ¿supones que con una frase, con una maldita frase, puedes justificar el haber estado seis años desaparecido?

—En realidad eran tres frases —murmuró, aún sabiendo que no serviría de nada, pero sintiendo la necesidad de aclarar aquella injusticia.

La carta, porque era claramente una carta, había tenido tres líneas. ¡Tres líneas! Y, según recordaba, en ella había tocado los temas que consideraba más importantes.

“Madre estoy bien, no te preocupes. Dile a Dev que saque a Prince al menos tres veces a la semana y que lo cepille él mismo porque los mozos no lo hacen bien. ¡Ah! Que no le dé demasiado azúcar, le produce gases.”

—¡Tres frases! ¿Tres frases? Le dedicaste dos de ellas a tu caballo. ¡Maldita sea, te preocupaban más los gases del animal que los nervios de tu madre!

Martin se encogió. Jamás había oído maldecir a la duquesa y en los pocos minutos que llevaba en la habitación ya lo había hecho dos veces y eso no indicaba nada bueno. Bien, tardaría más en partir de lo que esperaba.

—Madre, no podía escribir, estaba...

—¡Estabas de juerga, como siempre! Estabas demasiado ocupado contigo mismo como para darte cuenta de que tenías una familia que estaba preocupada porque no dabas señales de vida. Siempre haces lo mismo, Martin. Desapareces sin decir nada y cuando vuelves esperas que todo siga igual. Pero esta vez te has pasado de la raya. No puedes pretender que todo siga como estaba cuando no te hemos importado durante los años que has estado fuera —en lugar de ira, lo que se percibía en la voz de su madre era dolor por haber sido olvidada por su hijo—. Ahora, ¿me vas a decir qué es eso tan importante que te impidió volver e, incluso, comunicarte con nosotros?

—¡Es lo que llevo intentando decirte desde que llegué! No te puedo contar lo que pasó pero no desaparecí por elección propia. No me estaba divirtiendo —jamás había estado tan lejos de la diversión como durante esos años— y si no volví fue porque no pude. Había alguien aquí que me lo impedía.

—Si lo que pretendes decirme es que te fuiste para no estar cerca de tu padre, no te creo. Sobreviviste perfectamente durante veinticinco años. De hecho, hacía siglos que no os hablabais y ni siquiera coincidíais demasiado a menudo —el tono de lady Sheffield se suavizó—. Sé que no fue un buen padre para ti, que jamás te trató bien y no sabes lo que me duele. Nunca quise que tú sufrieras, hijo, pero no me arrepiento de lo que pasó. Tu padre y tu abuelo se encargaron de quitarme todo lo que tenía, todo lo que quería... Sólo tú lograste sacarme de la depresión y la soledad en la que estaba sumida. Me siento tan orgullosa de ti como de cualquiera de tus hermanos y te quiero tanto como a ellos, pero tú llegaste justo en el momento en el que más te necesitaba.

Su origen bastardo ya no era ningún secreto. La alta sociedad había comentado a gritos su secreto y sus hermanos habían aceptado mucho tiempo atrás su ilegitimidad. Excepto su hermana, a la que habían logrado mantener en la ignorancia, todos los demás miembros de la familia Caxton lo sabían y, salvo el propio Martin y el duque, ninguno lo había considerado nunca indigno del título. Todos defendían su valía y su derecho, alegando que él no era culpable de las circunstancias de su nacimiento. Lo más sorprendente era que nadie culpaba tampoco a su madre. Sus hermanos la adoraban, los sirvientes, a los que consideraban parte de la familia, la idolatraban y la aristocracia, aun habiendo murmurado durante años sobre su infidelidad, parecía haberla perdonado hacía mucho.

—Madre, no es eso, yo no tuve elección. No me fui porque quisiera, sino porque me vi obligado.

—¿Te obligaron? ¿quién? ¿tu última amante? ¿alguno de esos tipos sin cerebro a los que sueles llamar amigos?

No había nada que hacer. Su madre no lo creería a menos que le contase la historia completa algo que, desde luego, él no estaba dispuesto a hacer. Sería demasiado humillante y, además, no le podría decir toda la verdad, pues había hecho cosas que una madre no debería saber nunca.

—Deberás confiar en mí. No soy el Martin despreocupado de hace seis años. He cambiado. Mi vida ha cambiado. Sé que mi pasado es un poco vergonzoso...

—Cariño, tu pasado no es un poco vergonzoso, es una cloaca. Te has comportado como un libertino, un calavera, un vividor y un irresponsable. Has sido incapaz de encontrar una buena esposa. En lugar de eso, te has dedicado a perseguir a todas las mujeres de mala reputación que se han cruzado en tu camino. Has librado más duelos estúpidos de los que puedo contar. Has provocado innumerables escándalos...

—Vale, vale, tienes toda la razón. Sé que he sido un impresentable y todo eso. De hecho, hay muchos aspectos en los que no estoy muy seguro de haber cambiado, pero, a pesar de todo, nunca te he mentido. Por eso espero que me creas si te digo que fueron las circunstancias las que me obligaron a dejaros. Pasó algo que me forzó a desaparecer y por eso no me podía poner en contacto con vosotros. No podía dejar que nadie supiera dónde estaba.

Lady Sheffield miró a su hijo a los ojos y decidió que, como él mismo había dicho, no tenía motivos para no creerle. Aún así, era su madre y estaba dispuesta a descubrir la verdad como fuera.

—Te creo, pero espero que algún día confíes lo suficientemente en mí como para contarme lo ocurrido.

Martin suspiró. Al menos había conseguido una tregua. Estaba seguro de que su madre le creía, pero también sabía que ella no descansaría hasta descubrir qué le había sucedido. Si quería mantener sus secretos debía andar con pies de plomo.

—Bueno —comentó Devlin despreocupadamente—, una vez que hemos decidido aceptar de nuevo al hermano descarriado en nuestra encantadora familia, ¿podemos hablar de temas más importantes?

— ¿Qué temas consideras más importantes que el regreso de tu hermano?

— ¡Ah, no! Si su regreso me parece muy bien, es un acontecimiento muy conmovedor. De hecho, estaría llorando de la emoción de no ser porque, en este momento, mi mayor preocupación es que una mocosa de dieciocho años acaba de amenazarme con perseguirme y vivir conmigo el resto de su vida.

—¡No soy una niña!

—Por supuesto que lo eres —replicó Devlin—. Y yo me niego a convertirme en tu niñera. Si no te quieres casar pídele a Martin que se haga cargo de ti. Al fin y al cabo, él es el cabeza de familia.

Martin decidió que había llegado el momento de hablar del asunto que lo había llevado de vuelta a casa.

—Veréis, de eso quería hablaros. Ahora que el duque ha muerto me correspondería a mí hacerme cargo de todas sus obligaciones y heredar el título. No obstante, todos sabéis que eso es algo que yo nunca he querido hacer...

—¡¡Ni hablar!! ¡Olvídalo! —lady Sheffield miró a su hijo con el ceño fruncido—. ¡Martin Alexander Caxton, tú eres el heredero, tú has sido educado para convertirte en el séptimo duque de Sheffield y como que me llamó Lizzie que ocuparás el papel que te corresponde!

—Madre —interrumpió Daisy—, en realidad no te llamas Lizzie...

—¡Cállate, Daisy! ¿No ves que estoy intentado hacer entrar en razón a tu hermano?

—¡Pero yo aún no te he dicho lo que quiero hacer! —replicó Martin—. Si me dejas explicarte...

—¡De eso nada! Y no es necesario que digas nada porque sé perfectamente lo que quieres. Ahora nos explicarás que te gusta tu vida, que no quieres aceptar los deberes que implica el título y que convertirte en el cabeza de familia es una responsabilidad demasiado grande. Cuando yo rechace todos tus argumentos intentarás hacerme creer que las circunstancias en que naciste te hacen indigno del ducado y que sería mejor que pasase a manos de Devlin.

—No, en absoluto, no era eso lo que quería decir —aseguró Martin, preguntándose de dónde habría sacado su madre sus poderes adivinatorios—. Bueno, quizá sí era eso exactamente lo que os quería explicar... Pensé que, ya que había pasado tanto tiempo desaparecido, podríamos hacer creer a todos que estoy muerto y así el título sería de Dev...

—Martin —el tono de lady Sheffield parecía tranquilo, mas el brillo de sus ojos advertía del peligro que se aproximaba—, espero estar equivocada y haber sacado conclusiones precipitadas, pero me parece que lo que nos estás dando a entender es que desaparecerás para siempre porque, una vez digamos que has fallecido, no podrás volver a aparecer por aquí. Me equivoco, ¿verdad? En realidad no era eso lo que estabas insinuando.

—Yo... claro, tendría que esconderme. No podría visitaros, pero os enviaría cartas y, por supuesto, escribiría muy a menudo. Cada tres meses, quizá —ante la fulminante mirada de su madre se corrigió—. Cada mes, lo prometo. ¡Y no mencionaré a mi caballo!

Treinta y un años. Esa era, exactamente, la edad de Martin. Y a esa avanzada edad, a la que muchos hombres se encontraban ya al frente de una familia, el séptimo duque de Sheffield fue agarrado por una oreja y obligado a mirar a su progenitora a los ojos mientras esta lo sentenciaba.

—A partir de este momento vas a abandonar esa costumbre tuya de evadir responsabilidades y vas a cumplir con tus obligaciones. Olvídate de deshacerte del título. A partir de ahora te vas a comportar como quien eres y a adoptar tu papel en la sociedad. Ya has hecho el gandul durante demasiado tiempo.

Martin suspiró. No había manera de hacer entrar en razón a aquella mujer. No podía contarle la verdad y, aunque lo hiciera, estaba seguro de que sólo serviría para que se obstinara más. No podría volver al mar inmediatamente, como había pensado. Hacía un año que su padre había muerto y el ducado estaba descuidado. Tendría que esforzarse por poner todo al día lo antes posible. Después pondría a Devlin al frente y él no tendría que volver a Inglaterra.

—¡Ah, por cierto! —por lo visto lady Sheffield no había terminado de organizar la vida de su hijo—. Deberías ir pensando en casarte. Quiero tener un nieto y tú necesitarás un heredero.

Martin tragó saliva. Bien, esa tarea no la podía dejar a cargo de Devlin. Bueno, tal vez sí, pero, probablemente, la duquesa no estaría de acuerdo.

—Madre, no veo a qué viene tanta prisa. No soy tan mayor y no creo que debamos precipitarnos.

—¿Precipitarnos? A tu edad, la mayoría de los aristócratas ya tienen un par de niños correteando por la casa. Además, quiero un nieto y tus hermanos no parecen estar muy entusiasmados con la idea.

—¿Y yo sí?

—Tú necesitas un heredero cuanto antes. Quizá formar una familia sea exactamente lo que precisas para dejar de comportarte como un adolescente rebelde.

—Yo no me... —negó con la cabeza, sería mejor abandonar las protestas por el momento—. Da igual, tengo que irme. Volveré mañana.

Lady Sheffield lo miró sorprendida.

— ¿Acabas de regresar y ya te vas? ¿y dónde piensas dormir? Seguro que antes de venir a vernos ya has visitado a alguna de esas amiguitas que tienes por Londres.

—Quiero ver a mis amigos, madre. Hasta mañana.

Martin abandonó la habitación apresuradamente, dejando a su madre con miles de preguntas que formular y a sus hermanos sonriendo tontamente. Lo último que necesitaba era que su familia descubriera dónde pasaría la noche.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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