• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 19

 

Se casaron solo una semana después. Si por Martin hubiese sido, se habrían dado el “sí, quiero” aquel mismo día, ya fuera en los mugrientos muelles del Támesis o en la primera capilla con la que se hubieran cruzado. Pero Victoria estaba demasiado cansada, lady Sheffield, quien había llegado solo unos minutos después de que Alice hubiera exhalado su último aliento, demasiado alterada y Daisy…

Bueno, Daisy seguía estando como siempre lo cual, dadas las circunstancias, tampoco era una buena noticia.

Así pues, teniendo en cuenta el estado de las féminas que lo rodeaban, el duque decidió posponer la ceremonia hasta el día siguiente. Evidentemente, una vez repuestas, todas ellas se habían negado en rotundo a tan precipitado enlace y habían exigido un periodo de tiempo para planear tan ilustre evento. No obstante, Martin no estaba dispuesto a aceptar uno de esos compromisos de meses y meses. Aunque había desistido ya de abandonar aquel país, al fin y al cabo, en el tiempo que llevaba en Londres el fantasma de su padre no se le había aparecido ni una sola vez, no estaba dispuesto a arriesgarse a perder de nuevo a Victoria. Así pues, tras recurrir a la extorsión, a la lástima, a los ruegos y, finalmente, a las amenazas, había conseguido que el plazo de espera se redujera a una semana.

Precisamente por eso se hallaba, en ese mismo instante, abandonando la pequeña capilla de su mansión de Sheffield, llevando a Victoria del brazo y luciendo esa estúpida sonrisa de los tipos perdidamente enamorados que él jamás pensó que pudiera esbozar. Y aunque intentó encontrar algún rastro de ese rechazo o temor que un hombre como él, que durante años se había opuesto terminantemente al compromiso, debería sentir en un momento como ese, no encontró más que…

Tranquilidad.

Y se dio cuenta de que le gustaba esa sensación. Le gustaba eso de saber exactamente quién era, dónde estaba y lo que buscaba. Le gustaba saber, por fin, cuál era su papel en la vida. Y su papel, al parecer, no era otro que amar a aquella mujer y cuidar de una familia a la que había olvidado en algún momento de su juventud. Su rol era, simplemente, ser Martin Alexander Caxton, el VII Duque de Sheffield.

Valeria cepilló con cuidado el cabello de Victoria. La había ayudado poco antes a desabrocharse el delicado vestido de seda que había empleado para sus nupcias y probablemente consciente de los nervios que su señora sentía, se había mantenido en silencio desde entonces. No sabía qué decir para tranquilizarla o qué hacer para calmar sus nervios, así que se había limitado a pasar el cepillo sobre los rizos dorados, tratando de transmitirle ese sosiego que necesitaba.

Pocos minutos después, con los nervios a flor de piel, Victoria pidió a su doncella que se retirara, asegurándole que podía ocuparse ella misma de lo que faltaba. Durante unos instantes, Valeria había dudado mas, finalmente, había asentido con la cabeza y se había retirado.

Acariciando el suave camisón de batista que, sobre la cama, esperaba a que se lo pusiera, Victoria pensó en cómo había cambiado su vida en solo unas semanas. De ser una mujer solitaria que se pasaba los días leyendo y fantaseando con un hombre del que no sabía nada desde hacía años, había pasado a convertirse en una joven casada con aquel duque con el que soñaba siendo poco más que una niña. De ser una dama condenada a la miseria y los malos tratos de su padre, había pasado a formar parte de unas de las familias más poderosas y cariñosas de Inglaterra.

De repente, sintió como se le erizaba la piel y todas sus terminaciones nerviosas se agudizaban. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, un fuerte brazo rodeó su cintura y la atrajo contra el pecho musculoso de un hombre.

—Pensé que ya habías terminado —susurró Martin junto a su oído.

Victoria cerró los ojos y se concentró en su olor, en la sensación de tenerlo tan cerca, en la seguridad que sentía al estar entre sus brazos.

Los labios del duque recorrieron su cuello, haciéndola estremecerse. Con un gemido ahogado se relajó contra él y dejó que trazara un sendero de besos hasta su hombro. Una de las manos de Martin acarició su brazo y arrastró a su paso la manga de la delicada camisola que Victoria todavía llevaba puesta.

—Aún me debes una explicación —murmuró ella con los ojos cerrados.

—¿Una explicación? —aunque no detuvo sus caricias, el duque la miró extrañado—. ¿Sobre qué?

Una lenta sonrisa se instaló en el rostro de Victoria que, finalmente, abrió los ojos y lo miró, risueña.

—Sobre lo que va a pasar entre nosotros esta noche.

Durante unos instantes, Martin no dijo nada. Finalmente, se echó a reír.

—Supongo que no soy muy buen maestro.

Victoria negó con la cabeza, la sonrisa todavía bailando en sus labios.

Poniéndose serio de nuevo, el duque le alzó la barbilla y la miró a los ojos.

—¿De verdad quieres que te lo explique?

Por un instante, Victoria dudó, tentada de ponerlo en un aprieto de nuevo. Mas, al darse cuenta del modo en que la miraba y de la dulzura con la que la acariciaba, decidió que aquel no era un buen momento para bromear.

—No —murmuró—, quiero que me lo muestres.

Una lenta sonrisa se instauró en los labios de Martin.

—Sus deseos son órdenes para mí, Excelencia.

Y mostrando la veracidad de sus palabras la camisola cayó al suelo en un revoltijo de seda a sus pies.

Victoria sintió como el oxígeno abandonaba sus pulmones y se le erizaba la piel. Las manos de Martin parecían estar en todas partes y sus terminaciones nerviosas sentían cada caricia con una intensidad que nunca antes había experimentado.

El duque la apretó más contra su cuerpo y recorrió su oreja con la lengua, rematando la caricia con un suave mordisco.

—Te he esperado tanto —susurró—. De hecho, creo que te he esperado desde siempre.

Victoria suspiró.

—Desapareciste de la noche a la mañana —replicó ella con la voz entrecortada—. Estoy segura de que en todo ese tiempo no pensaste en mí ni una sola vez.

Él recorrió su cuello con los labios y besó su clavícula.

—Cada día. Cada maldito día que pasé sin verte me acordaba de los enormes ojos de aquella niña que todavía creía en mí cuando ya nadie lo hacía.

Sin apenas concederle un instante para asimilar sus palabras, el duque la giró hacia él y la besó apasionadamente. A diferencia de lo que había sucedido en anteriores ocasiones, esta vez él no se contuvo para no asustarla. Saqueó su boca, sin piedad, y Victoria le respondió con todo el ardor que su inexperiencia le permitía.

Los brazos del duque la alzaron, sin que su boca se despegara de la de ella, y la llevó hacia la enorme cama con dosel que presidía la habitación. Con infinita dulzura, la dejó sobre los cobertores, que ya habían sido retirados por la eficiente Valeria mucho antes de que él entrase en la habitación.

Separándose unos instantes recorrió su cuerpo con mirada codiciosa y Victoria sintió cómo comenzaba a ruborizarse. Incapaz de permanecer quieta ante tan descarado escrutinio, trató de cubrirse con las mantas, pero Martin se lo impidió, riendo suavemente.

—Eso es trampa —susurró con mirada divertida—. Nada de esconderse. Conmigo no debes sentirte avergonzada.

La joven clavó sus ojos verdes en los de él y supo que lo que decía era cierto. La timidez, con él, sobraba. No obstante, casi al instante, sus ojos bajaron al pañuelo que todavía permanecía perfectamente anudado en su cuello. Recorrió con la mirada al hombre, completamente vestido que se hallaba ante ella, desde la elegante chaqueta abotonada hasta las brillantes botas. Frunció el ceño.

—No estás en posición de criticar mi pudor —dijo, cruzándose de brazos en una postura que, si bien pretendía resultar intimidatoria, parecía completamente ridícula.

La diversión del duque pareció aumentar y la deslumbrante sonrisa que le dedicó la dejó sin respiración. Sin apartar sus ojos de los de ella, comenzó a deshacer el nudo del pañuelo, con desesperante parsimonia.

Victoria siguió los movimientos de sus manos, tratando de no perderse ningún detalle. A medida que la ropa de Martin iba desapareciendo, el rubor de su rostro se intensificaba y para cuando él comenzó a desabotonar sus pantalones, la joven pensó que ardería por combustión espontánea.

—Nunca pensé que alguien pudiese ruborizarse de esa manera —dijo Martin, deshaciéndose del resto de su ropa y reuniéndose con ella en la cama—. Yo diría que te has sonrojado desde la cabeza —acarició su cuello y dejó que sus dedos bajasen por su cuerpo— hasta la punta de los pies.

Sus labios comenzaron a trazar el mismo sendero que instantes antes habían recorrido sus dedos. Con ternura, trazó un collar de besos en su cuello, deteniéndose en el hueco tras su oreja, lo que arrancó de Victoria un suspiro desvalido. Poco a poco descendió hasta sus pechos y sin darle tregua trazó un pezón con la lengua para, posteriormente, introducirlo en su boca y chupar con fuerza.

Victoria se arqueó, incapaz de mantenerse quieta. Quería alejarlo ya que aquello no parecía decoroso, pero, al mismo tiempo, se sentía tan bien que le resultaba completamente imposible hacer otra cosa que no fuera dejarse llevar por las sensaciones que él despertaba en su interior.

Una de las manos de Martin comenzó a subir por su pierna, acariciando sus suaves pantorrillas y ascendiendo hasta sus muslos. Y, entonces, cuando la joven estaba ya convencida de que iba a estallar de un momento a otro, él la tocó. Justo ahí. En un lugar en el que ella nunca pensó que alguien pudiese tocarla. Sus dedos juguetearon con su sexo y sintió como el poco control que tenía sobre su cuerpo comenzaba a desmoronarse.

Los ojos de Martin se clavaron en los suyos, justo en el momento en el que uno de sus dedos se introducía en su interior. Y el final fue inevitable. Con un gemido de rendición, estalló en mil pedazos.

Cuando Victoria se recuperó se encontró con los ojos del duque, que todavía la observaban con intensidad.

—Necesito estar dentro de ti —murmuró con la respiración agitada—. No puedo contenerme más.

Y sin darle tiempo a arrepentirse, entró en ella con un suave empujón.

Aunque sabía que dolería, Victoria se tensó ante el punzante dolor que sintió y clavó sus uñas en los hombros de Martin.

—Lo siento —susurró él, secando sus lágrimas con sus labios—. Intenta relajarte.

Durante unos instantes, el duque permaneció sin moverse, esperando a que ella se relajase y lo aceptase en su interior. Victoria sintió como, poco a poco, su cuerpo se aflojaba y el agudo dolor inicial se convertía en una leve molestia.

Aunque el dolor no remitió del todo se hizo tolerable y, para cuando Martin comenzó a moverse, ella ya había empezado a acostumbrarse a la sensación. Aún así, se hacía extraño tener a alguien tan cerca, sentir dentro de sí a otra persona, y era tan extraordinario que, de repente, nada más importaba. Sólo él. Sólo ella. Sólo aquella sensación que crecía en su interior a cada embestida del duque.

De pronto, Martin cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre la almohada con un gruñido. Tras un último embate se estremeció violentamente y se desplomó sobre ella, aplastándola contra el colchón.

Victoria suspiró, disfrutando de la sensación de tenerlo tan cerca, de aquella conexión que se había instaurado entre los dos. Con los dedos recorrió la espalda del hombre que, murmurando algo entre dientes, se hizo a un lado para no aplastarla.

—¿Estás bien? —susurró Martin, recorriéndole las sienes con sus labios.

Victoria asintió y le acarició suavemente el rostro. Con los dedos recorrió su mejilla y la comisura de su boca. El duque sonrió y rozó su nariz con la de la joven.

—La próxima vez será mejor, te lo prometo.

Viendo como los ojos de ella comenzaban a cerrarse, la abrazó.

—Duérmete. Mañana tendrás que enfrentarte a tu primer día como duquesa.

Ella lo miró preocupada.

—¿Tan duro crees que me resultará?

—Sólo tus obligaciones como esposa —sonrió ampliamente—. Recuerda que estás casada con un libertino.

—Pensaba que eras un libertino reformado —murmuró ella, alzando una ceja.

—No, cariño —su mano comenzó a ascender por una de las piernas de Victoria—, un libertino nunca se reforma. Simplemente, he concentrado todas mis técnicas amatorias en una sola mujer.

La luz del amanecer se colaba por la ventana y sumía la habitación ducal en una tenue luz naranja. Victoria yacía, boca abajo, sobre la cama, sus brazos bajo la almohada y su cabello desparramado en un nido de rizos alborotados. Martin sonrió al contemplar aquella postura tan poco delicada. Se había imaginado que su esposa dormiría en posición fetal, con las manos dulcemente entrelazadas bajo su mejilla y una expresión tranquila en el rostro, pero era evidente que ni siquiera en eso ella era una mujer convencional. Durante la noche se había apoderado de la ropa de cama y había conquistado la mayor parte del colchón, obligándolo a dormir en el borde del mismo, temiendo por su integridad física cada vez que sentía la necesidad de darse la vuelta. Le había costado mucho dormirse mientras que ella no había tardado ni un minuto en caer fulminada por Morfeo. No obstante, a pesar de la incomodidad y de las ojeras que lucía bajo sus ojos azules, no cambiaría esa noche por ninguna otra. No cambiaría esa noche por nada. Y es que, hasta el momento en el que ella había aparecido, su vida no había tenido sentido. Había sido necesario que aquellos ojos verdes llenos de inocencia se encontraran con los suyos para que él se sintiera vivo. Se corrigió. Había sido necesario que los ojos de Victoria se clavaran en los suyos para que él estuviera vivo.

Con una sonrisa repleta de ternura, miró a su esposa de nuevo. La luz del sol iluminaba su cabello, despertando destellos de oro de entre sus rizos. Los rayos acariciaban su piel, tal y como, pocas horas antes, había hecho él.

Repentinamente, la sonrisa se congeló en su rostro. Con cuidado de no despertarla, retiró el pelo de Victoria hacia un lado, dejando su espalda al descubierto, mientras rezaba porque lo que había visto hubiera sido sólo una mala jugada de la luz. El aire que había contenido abandonó, de golpe, sus pulmones y sus puños se apretaron con rabia. Sobre la suave piel de la joven, las inconfundibles marcas de un látigo dejaban constancia de algo que él no había llegado a comprender por completo. Todos sus músculos se tensaron al ser consciente de lo que aquello significaba y una ira atroz e irracional se apoderó de él.

—Voy a matarlo.

Una somnolienta Victoria lo miró, confundida. Al percatarse de a qué se refería, frunció el ceño.

—Ya está muerto.

—Bien —murmuró Martin—, pues lo mataré otra vez.

La joven sonrió y acarició los rizos de su pecho.

—Fue hace mucho tiempo. Ya no duelen.

El duque la miró con intensidad durante unos instantes.

—¿Qué sucedió?

Ella se encogió de hombros.

—Ya ni siquiera me acuerdo. Sólo sé que me llamó a su despacho, algo que hacía siempre que se enfadaba por algo —el miedo y la tristeza que sentía se reflejaron en su rostro—. Me había pegado antes, pero esa noche estaba más disgustado de lo normal. No me dio tiempo a decir nada. Antes de que me diera cuenta estaba tirada sobre la alfombra, con la espalda ensangrentada y el ama de llaves tratando de aliviarme.

Martin la abrazó con fuerza y ella sonrió.

—Ya no importa —dijo con sinceridad—, hace tiempo que no pienso en nada de eso.

El duque la contempló con admiración. Incapaz de hacer otra cosa, la besó profundamente. Ella suspiró y se relajó contra él. Sus caricias fueron ganando en intensidad, sus respiraciones acelerándose irremediablemente. Mas, cuando los labios de él comenzaron a descender por su cuello, Victoria lo detuvo.

—Tú ya lo sabes todo.

Martin la miró, confuso.

—¿Todo?

—Lo sabes todo de mí —aclaró ella—. Yo, en cambio…

El duque sonrió y la besó de nuevo, mientras el dorso de su mano recorría su mejilla.

—¿Qué quieres saber? —preguntó contra sus labios.

—¿Dónde estuviste? Me pasé seis años preguntándome… —se detuvo, avergonzada.

Había pasado su adolescencia pensando en aquel hombre, recordando cada una de sus sonrisas, cada una de sus palabras. Se había pasado la vida obsesionada con él mientras que, por lo que ella sabía, él se había estado divirtiendo.

Martin la miró con intensidad, adivinando sus pensamientos. Con un bufido de resignación se dejó caer a su lado, renunciando, al menos durante un buen rato, a cualquier aspiración amatoria que pudiera haber albergado.

—Su Excelencia, el duque, se cansó de ser el hazmerreír de la sociedad —comenzó—. Aunque nadie osaba decírselo a la cara, sabía que mi origen bastardo era un tema comentado entre susurros en todos los salones. Supongo que, al principio, pudo tolerarlo porque pensaba que los rumores se desvanecerían con el paso del tiempo. En lugar de eso, sin embargo, fueron agrandándose a cada año que pasaba. Llegó un momento en el que su orgullo se antepuso al sentido común y tomó una decisión.

Fijando sus ojos en el techo, apoyó una de sus fuertes antebrazos en la frente.

—Una noche, cuando regresaba de una de mis juergas habituales, me atacaron —una sonrisa irónica se instaló en su rostro—. Tal vez en otras condiciones habría podido ofrecer resistencia, pero tal y como estaba no les resultó difícil dejarme inconsciente. De hecho, ni siquiera tengo claro que tuvieran que hacer nada para lograrlo. Me desperté algunas horas después, a bordo de un barco, con las manos y los pies atados. Fiel a mi sentido de la oportunidad, recobré el sentido justo en el momento en el que me iban a lanzar al agua.

Victoria puso unos ojos como platos.

—Querían…

—Sí —interrumpió él—, justo eso. Pretendían que me ahogara y dejara el título a mi hermano, hijo legítimo del duque. No es necesario que te explique quién había dado las órdenes, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza.

—No recuerdo qué les dije ni que promesas hice. Estaba aterrorizado, por poco varonil que eso parezca, y hubiera prometido cualquier cosa con tal de que me desataran. Fuera lo que fuera lo que dije, logré que uno de los hombres se pusiese de mi lado.

—¿Jeremy?

Martin estalló en carcajadas.

—No, cariño. Ese charlatán irlandés apareció en escena mucho después —negando con la cabeza, aclaró—. El hombre que me salvó la vida murió poco después. A él pertenecía el Midnight Shadow. Él fue el que me enseñó todo lo que sé sobre navegación y….

Victoria lo miró, interrogante. Al percatarse de a qué se refería, sonrió.

—Piratería —dijo, asintiendo—. No soy tonta, Excelencia. Me imaginé a qué te dedicabas desde el momento en que te vi en aquel barco.

Martin suspiró.

—Durante un tiempo la piratería me sirvió para salir adelante. No podía volver a Londres, pues mi padre todavía seguía vivo y era evidente que no se alegraría de verme —mirándola a los ojos, murmuró—. Tampoco yo tenía claro que quisiera estar aquí. Durante años había sentido que estaba viviendo una vida que no me correspondía. Aunque nadie se atrevía a decírmelo abiertamente, sabía que todos aquellos que se hacían pasar por mis amigos, me despreciaban.

Girándose, quedó frente a ella.

—Me sentía solo —susurró, enroscando uno de sus rizos en sus dedos—, aunque estaba rodeado de gente, me sentía solo.

Entendiéndolo mejor de lo que él podía imaginar, Victoria rozó sus labios con los suyos. Martin trató de profundizar el beso, pero ella se apartó riendo.

—No trate de distraerme, Excelencia. Tiene que terminar de contarme su historia.

El duque volvió a dejarse caer sobre la almohada, resignado.

—No hay mucho más que contar. Cuando Connor, el hombre que me salvó, murió, me puse a las órdenes del gobierno británico. Fui corsario y espía a la vez. Pasé tanto tiempo en el mar como escuchando tras las paredes de Napoleón. Finalmente, cuando mi tapadera comenzó a desmoronarse, decidí alejarme del juego y volví a casa. Sólo iba a pasar aquí un tiempo, el necesario para poner todo en orden. Después volvería a la que ha sido mi vida todo este tiempo —la miró a los ojos con intensidad—. Pero entonces apareciste tú y mis planes se fueron al garete.

Entonces la besó, la dulzura y la pasión mezclándose en cada caricia, y ya no hubo más explicaciones que dar. No eran necesarias. Entre ellos, todo estaba claro.

O casi todo…

—Tengo que decirte algo —espetó Victoria, apartándose de repente.

Martin la miró, perplejo. Sin darle tiempo a decir nada, la joven confesó:

—Te amo.

El duque sonrió, sus ojos brillando divertidos.

—Lo sé.

Victoria frunció el ceño.

—¿Cómo que lo sabes?

—Sí —asintió él—, me lo confesaste cuando tenías doce años.

Los ojos de Victoria se agrandaron por la sorpresa, pues recordó que, finalmente, no le había dicho quién era ella. Aunque imaginó que habían sido los acontecimientos de los últimos días los que le habían revelado su identidad, la curiosidad pudo con ella.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde el principio —su sonrisa se amplió todavía más—. Tuve un momento revelador cuando te encontré en mi camarote.

—¿Cuándo te aticé con La Odisea?

Martin estalló en carcajadas.

—No, cuando empezaste a usar palabras de las que desconoces el significado.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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