• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 18

 

Al menos esta vez sabía dónde estaba. Había estado consciente durante todo el viaje, a bordo de un precario coche de alquiler que se sacudía como si estuviese a punto de desintegrarse. Había estado consciente cuando Edward la había arrastrado por los oscuros callejones que llevaban a aquel lugar. Había estado consciente cuando se había percatado de sus intenciones. Y casi en el mismo instante en el que ella había descubierto lo que pretendía, él le había golpeado y la noche había caído sobre ella.

No obstante, aun cuando no hubiese estado despierta, aun cuando no hubiera vivido conscientemente cada segundo del recorrido, sería capaz de reconocer esa estancia en cualquier situación. Al fin y al cabo, su destino había quedado sellado en esa misma habitación.

Cerrando los ojos, apoyó la cabeza contra la pared de madera situada a su espalda. Todavía le dolía el lugar donde la había golpeado. Aunque no podía moverse y no disponía de un espejo, estaba segura de que su aspecto sería lamentable. Al parecer estaba condenada a ser golpeada y arrastrada sin que pudiera hacer nada para defenderse.

Con mirada cansada, recorrió el camarote. Recordaba cada rincón de aquel lugar, aun cuando no hubiese pasado demasiado tiempo allí. La colcha que cubría la cama estaba arrugada y torcida, colocada de cualquier manera sobre el colchón. Los objetos del escritorio permanecían desperdigados sobre la madera, como si alguien los hubiera dejado caer despreocupadamente sobre la mesa. Una alfombra que comenzaba a deshilacharse se encontraba medio enroscada junto a la puerta, en vez de ocupar el lugar que debería. Por un instante se preguntó quién se encargaría de la limpieza y orden de aquel cuarto, pero pronto esa cuestión dejó de interesarle. De repente, se vio asaltada por los recuerdos.

La escasa luz de la tarde que iluminaba la estancia, le daba un aspecto oscuro, tenebroso, y trasladó su mente al sótano de la mansión de su padre y a las innumerables tardes de su infancia que había pasado en aquel lugar. Sola. Soñando que era una guerrera que se adentraba en las oscuridades del averno para luchar contra el mal. Imaginando que era una princesa a la que un apuesto príncipe rescataría. Deseando que alguien en el piso superior, quienquiera que fuese, se diese cuenta de su ausencia. Nadie lo había hecho jamás. Siempre había sido ella quien, cansada de soñar, de imaginar y de desear, se daba por vencida, subía las escaleras y regresaba al mundo real, a aquella parte de la casa donde su padre ejercía su tiranía con mano de hierro.

Suspiró. Edward le había contado sus planes mientras se dirigían a Londres. Le había comunicado que pensaba canjearla por Alice. Le había confesado quién era la condesa y lo que le había hecho. Le había dicho que, en realidad, no tenía nada en contra de ella ni del duque, que solo deseaba vengarse de la persona que le había destrozado la vida.

Sin embargo, cuando ella le había comunicado que ni su padre ni la propia Alice harían nada por ella, había parecido contrariado.

—Eres su hija.

—Una hija que nunca deseó.

Edward frunció el ceño.

—Sigues siendo su hija.

Victoria sonrió con tristeza.

—Eso nunca ha parecido importarle.

—Si lo que dices es cierto —murmuró él—, no me sirves de nada.

No habían vuelto a hablar desde entonces y Victoria no tenía ni idea de qué sucedería ahora con ella. Aunque Edward le había dicho que no deseaba hacerle daño, ella no sabía qué creer. Además, el hecho de hallarse sola, atada y amordazada en el camarote de un barco, no la tranquilizaba demasiado.

Con gesto compungido, observó las sogas que rodeaba sus muñecas y sus tobillos. Podía tratar de soltarse, pero sabía que no serviría de nada. La había atado a conciencia.

Dejándose caer contra la pared, cerró los ojos. Tarde o temprano alguien entraría allí y la soltaría. En cuanto lo hiciera les diría un par de cosas a los miembros de la tripulación. Era evidente que se encontraba ante una panda de incompetentes ya que para llegar hasta allí con ella a cuestas Edward tenía que haber cruzado el barco sin que nadie se diese cuenta. Frunció el ceño. Decirles un par de cosas no sería suficiente. Les echaría la reprimenda de su vida. Al fin y al cabo, el navío de su futuro esposo estaba en sus manos y era evidente que no lo estaban cuidando como deberían.

— ¡Señores! —gritó Martin, tratando de hacerse oír por encima de los berridos de aquellos dos energúmenos que llevaban ya un rato discutiendo sobre la legitimidad de sus respectivos matrimonios—¡Señores!

Ninguno de los dos hombres le dedicó siquiera una mirada. Ignorándolo por completo, aun cuando él era el aristócrata de mayor rango en aquella ajada habitación, continuaron con su disputa, alzando cada vez más la voz. Martin comenzó a pensar en retorcerle el cuello a alguno de aquellos idiotas para lograr que se callaran pero, antes de que se decidiese, un terrible estruendo logró que el cuarto se sumiera en el más absoluto silencio. Todas las miradas recayeron sobre los restos del enorme jarrón que aparecían desperdigados por el suelo. A continuación, los ojos de los ocupantes de la estancia se fijaron en la causante de semejante desaguisado quien, lejos de parecer avergonzada, miró a su hijo y murmuró:

—Y tú pretendías encerrarnos en el sótano —volviendo a su lugar junto al marco de la puerta, añadió—. Ahora ya puedes hablar. Y trata de ser breve, este lugar no me gusta. En cuanto recuperemos a la niña, nos volvemos a casa.

La mención de una niña hizo que todos, salvo el mayordomo, lo mirasen con el ceño fruncido.

—Victoria —aclaró Martin—, la niña es Victoria.

El conde de Bradford lo miró, exasperado.

—¿Dónde está mi hija?

—Eso es lo que he venido a preguntarle, milord —el duque lo fulminó con la mirada—. Quiero que me entregue a mi prometida inmediatamente. De lo contrario, no será necesario que siga discutiendo sobre quién es el esposo de Alice ya que usted estará muerto al amanecer.

—No me amenace —gruñó el conde.

—No me provoque. Después de ver lo que le ha hecho a Victoria me sobran alicientes para pegarle un tiro.

Edmund lo miró con furia, pero apretó la mandíbula y no dijo nada.

—¿Dónde está?

—Pregúntele a él —dijo, señalando con la cabeza hacia Edward—. Antes de que mi despacho fuese invadido por todos ustedes me estaba diciendo que él la tenía.

Todas las miradas, que habían seguido el intercambio atentamente, se giraron hacia Edward. Martin se adelantó un paso.

—Si le has hecho daño…

—Ella está bien —cortó el hombre—. En cuanto Alice se instale en el carruaje que me espera detrás de la casa, os diré dónde está la chica.

Edmund estalló en carcajadas.

—¿Esperas que mi esposa se vaya contigo?

—Es mi mujer, no la suya —gruñó Edward—. Y si quiere volver a ver a su hija, no pondrá impedimentos.

Las carcajadas del conde se intensificaron.

—Por si no se había dado cuenta, mi hija acababa de huir con este imbécil —señaló a Martin—. Para mí ya no existe.

—¡Gracias a Dios!—exclamó la duquesa desde la puerta—. No creo que eso la aflija demasiado.

—Edward—gruñó Martin ignorando a todos los demás ocupantes de la estancia—, no me obligues a hacerte daño.

—Voy a llevarme a Alice —afirmó rotundamente el aludido—, no puedes impedírmelo.

—¡Maldita sea! Por mí puedes llevarte a todos los ocupantes de esta habitación, lo único que quiero es que me devuelvas a mi prometida.

Las exclamaciones indignadas de su madre y hermana le hicieron soltar un bufido.

—No os preocupéis —dijo, sin mirarlas—, no os aguantaría demasiado tiempo, juntas, en el limitado espacio de un carruaje. Lo más probable es que acabase por abandonaros a un par de cuadras de aquí.

Daisy lo miró exasperada y su madre parecía a punto de estallar, pero la suave voz de lady Alice las interrumpió.

—Iré contigo —dijo, clavando sus ojos en Edward—, pero antes tengo que asegurarme de que Victoria está bien.

—No puedes…

—Es mi única condición —lo interrumpió Alice—. Lo tomas o lo dejas.

Evidentemente, Edward lo tomó.

Mientras Alice se instalaba en el destartalado carruaje que esperaba a Edward en la parte trasera de la mansión, Martin sujetó al que una vez había considerado su amigo por las solapas de la chaqueta.

—Quiero a mi prometida aquí en menos de media hora —gruñó—. De lo contrario, te juro por mi honor, que bien sabes que es sagrado, que no pararé hasta acabar contigo.

Edward lo miró, impasible.

—En cuanto pueda, la enviaré en un carruaje de alquiler.

El puñetazo de Martin lo lanzó contra la pared. Antes de que se recuperase, volvió a sujetarlo por las solapas.

—Media hora. Ese es el tiempo del que dispones —soltándolo bruscamente, añadió—. No me busques, Edward. Ahora mismo no hay nada que me apetezca más que meterte una paliza.

El otro hombre asintió, la indiferencia borrada completamente de su rostro. Sin decir nada más, subió al carruaje y este arrancó.

Inquieto, Martin se acercó a lord Bradford.

—¿Tiene algún sirviente que pueda seguirlos?

Consciente de que, por una vez, el duque y él compartían la misma inquietud, lord Bradford asintió.

—Marcus.

El joven serviría. Tenía que servir. Si Edward desaparecía, no volvería a ver a Alice. La preocupación por su hija se la dejó al duque. Al fin y al cabo, no parecía probable que él pudiese obtener ya nada de ella.

Solo unos instantes después de que el joven saliese tras el coche, un enorme pura sangre negro se paraba ante la puerta principal de la mansión.

—Tienes que venir inmediatamente —exigió Jeremy con el ceño fruncido.

Había llegado unos instantes antes a lomos de su caballo y había golpeado la puerta con tanta fuerza que todos los que se hallaban reunidos en la parte trasera de la mansión habían podido escucharlo.

—Sea lo que sea, resuélvelo tú. Ahora mismo no puedo irme de aquí.

—¡Yo no puedo hacer nada! —gruñó el joven.

—Pues vaya inútil.

Jeremy clavó sus ojos verdes en la descarada rubia que se había atrevido a hacer semejante comentario, pero ella ni se inmutó. Sin apartar la mirada, alzó una ceja, retándolo a que le respondiera. Y, por un momento, él estuvo tentado de seguirle el juego. Estaba seguro de que podría bajarle los humos con una sola frase.

Recorriéndola descaradamente con la mirada, sonrió pícaramente. Aquella insolente era una belleza. Lástima que tuviera la lengua tan larga.

—Es mi hermana.

El gruñido de Martin apartó sus mente, de golpe, de aquella joven. Cuando comprendió lo que él le había dicho, los miró alternativamente a ambos.

—Eso es peligroso —murmuró, negando con la cabeza.

—Claro que es peligroso —asintió, Martin—, si sigues mirándola así sabrás hasta qué punto.

Recordando, de pronto, el motivo por el que había ido hasta allí, Jeremy fijó la mirada en el duque.

—Si no haces algo pronto, es probable que tu tripulación se amotine y lance a esa mujer al río.

—¿A qué mujer? —preguntaron Martin y la duquesa a la vez.

Jeremy hizo una reverencia al reparar en la dama.

—Buenas tardes, milady. Usted debe ser la madre de este individuo.

La duquesa asintió.

—La acompaño en el sentimiento... —dijo Jeremy con aparente pesar.

La risilla de la joven que todavía lo miraba descaradamente, le hizo sonreír. Sin ser consciente de lo que hacía, le guiñó un ojo.

—¡Jeremy! —gruñó Martin, furioso—. ¿Qué mujer?

—La joven que Armond te regaló.

La duquesa miró a su hijo con desaprobación.

—Ni se te ocurra ir en busca de una de tus fulanas en un momento como este.

Pero Martin ya no la escuchaba, pues corría a toda prisa en busca de su prometida.

—Y quiero que tú —terminó Victoria, señalando al único hombre al que no le había asignado ninguna tarea todavía— te subas ahí arriba y vigiles constantemente quién se acerca, sale o entra de este barco.

El aludido miró hacia la cofa frunciendo el ceño. Finalmente, con gesto contrariado, negó con la cabeza y, con la clara intención de ignorar las órdenes de aquella mujer, se alejó por el alcázar.

Victoria observó con disgusto como ninguno de los hombres había hecho caso a sus órdenes.

Aproximadamente una hora antes, el tipo de ojos verdes que la había encerrado en el camarote de Martin aquella primera vez que ella se había hallado a bordo de ese navío, la había encontrado y la había soltado. Dado que llevaba un buen rato allí, atada y amordazada, y que en ese tiempo había estado dándole vueltas sin descanso al tema de la incompetencia de aquella tripulación, se había levantado, indignada, y sin darle al hombre ningún tipo de explicación, se había dirigido a la cubierta. Una vez allí, había comenzado a organizarlo todo tal y como ella creía que debía hacerse.

Lo primero que había hecho era formar el equipo de defensa. Para ello, había elegido a los hombres que parecían más fuertes y les había dado órdenes concretas sobre cómo debían atacar en caso de que algún enemigo osase acercarse. Ellos habían protestado durante un rato, pero ella los había hecho callar rápidamente. Al fin y al cabo, aunque cualquiera podría alegar que sus conocimientos sobre cómo dirigir un barco eran escasos, por no decir inexistentes, había leído lo suficiente como para sentirse perfectamente cualificada para realizar tan importante tarea.

Tras esto, había escogido como equipo de limpieza a los dos marineros que parecían más aseados. Evidentemente, el apuesto caballero de ojos verdes formaba parte de este grupo, aunque a él pareció no hacerle gracia su nueva responsabilidad ya que, tras soltar una sonora maldición, había abandonado el barco a grandes zancadas. Esto la había desconcertado pero, después de recuperarse de la sorpresa, había continuado con sus arreglos. Hasta ese instante.

Ahora que todo había quedado dispuesto parecía que los hombres no estaban por la labor de seguir sus órdenes.

—¡Señores! —llamó, pero los tipos siguieron con sus tareas, ignorándola completamente.

Frunciendo el ceño se cruzó de brazos y le dedicó su mirada más intimidatoria. Tal vez si alguien la hubiera mirado podría haberse sentido acobardado, pero dado que ninguno se dignó, siquiera, a dirigir la vista hacia ella, su táctica falló estrepitosamente.

Suspirando, comenzó a alejarse, pero algo en el muelle llamó su atención. Dos figuras se acercaban a grandes zancadas, una rubia de largos rizos, la otra morena de pelo corto. La cojera de una de ellas le dejó claro de quién se trataba. Edward había vuelto.

—¡Señores! —intentó, de nuevo, que la tripulación de Martin le prestara atención.

No sabía qué quería aquel tipo ahora, pero no estaba dispuesta a dejarse arrastrar de nuevo por las calles de Londres.

—¡Señores! —llamó más fuerte, pero la única respuesta que obtuvo fue el gruñido impaciente de algunos de los hombres.

Desesperada, decidió refugiarse dentro. Tal vez, esta vez, aquellos inútiles interceptaran a Edward antes de que entrase. Mas, cuando estaba a punto de salir corriendo, la figura rubia alzó la voz y pronunció su nombre.

—¿Alice?

—¡Lo siento! —la mujer la miraba desde tierra con expresión compungida—. No quería hacerte daño.

Victoria la miró con escepticismo. Para no haber querido hacerle daño, sus puñales siempre habían sido condenadamente certeros.

—Escucha —pidió Alice al ver que ella se apartaba de la barandilla—. Martin te está buscando.

Victoria se paró en seco y sintió como la opresión que había sentido en el pecho y el miedo que había experimentado se esfumaban. Cerrando los ojos por un instante, permitió que toda la tensión que había acumulado en los últimos tiempos abandonara sus músculos. Finalmente, intentando reprimir la sonrisa que tiraba de la comisura de sus labios, miró a su madrastra.

—Lo sé —le dijo, mostrando al fin la sonrisa que había reprimido.

Alice la miró fijamente durante unos segundos.

—¿Sabías que te buscaría?

—Sí —dijo ella sin dudar.

—Te quiere —dijo Alice, asintiendo—. No sé por qué lo sé, pero estoy segura de que es así.

Por un minuto, Victoria se quedó sin palabras. Aunque sabía que él la buscaría en ningún momento se había planteado el por qué. Ahora, buscando una razón coherente, se le ocurrían varias perfectamente razonables que nada tenían que ver con el amor. Tal vez él se sintiese responsable de ella. Quizá se había nombrado a sí mismo como su protector. A lo mejor, sencillamente, la apreciaba. Mas… ¿quererla? No había ninguna razón para que la amase. Habían discutido constantemente. Ella se había mantenido alejada de él y aunque en los últimos días, en aquel breve periodo de ensueño que habían pasado juntos, se habían acercado más, no creía que él la conociera realmente.

Frunció el ceño. Ella tampoco lo conocía demasiado cuando se le había declarado, con solo doce años, y eso no le había impedido pasarse los últimos seis años completamente obsesionada con él. Ella no lo sabía todo de él en ese momento y, sin embargo, sabía sin ningún tipo de duda que estaba perdidamente enamorada de él. Y no había ninguna razón lógica y coherente para ello. Simplemente era así. Sin razones. Sin presiones. Y, durante mucho tiempo, sin expectativas.

Miró de nuevo a Alice y, por primera vez, se atrevió a soñar con que Martin la quería. Aunque sólo fuera por unos minutos, se imaginaría que lo hacía. Soñaría con que llegaría corriendo, asustado por su seguridad, y le gritaría que la amaba. Era un sueño bonito. Tan bonito que casi podía escuchar a Martin llamándola desde la distancia. Las sonoras maldiciones de Edward la arrancaron de golpe de sus fantasías. Estaba pasando algo raro. En sus sueños jamás maldecía nadie.

—¡Victoria! —Martin la llamó, su mirada fija en la joven que lo miraba, fascinada, desde la cubierta.

Pasó junto a Edward y Alice ignorándolos por completo. Ajustaría cuentas con él, pero en ese instante había algo mucho más importante. Durante los últimos días había pasado más miedo que en el resto de su vida junto y ahora que, por fin, tenía a Victoria frente a él tenía que asegurarse de que estaba bien. Estaba seguro de que cuando la tocara, cuando la abrazara, ese desasosiego que lo había acompañado desde que desapareciera, se esfumaría.

Subió al barco y avanzó a grandes zancadas. Cuando estuvo frente a ella trató de hablar, de decir algo que la hiciese comprender lo que había sentido en su ausencia, mas las palabras se atascaron en su garganta y no llegaron a alcanzar sus labios. Incapaz de contenerse la abrazó, imprimiendo en ese abrazo todas las horas de preocupación y de angustia que había sentido, todos los recuerdos de ella, de ellos, que le habían asaltado, todos los sueños que había temido no poder cumplir.

—Te amo —murmuró, sin pensar, junto a su oído—. No sé cuándo, no sé cómo, pero te has convertido en lo más importante para mí.

Victoria se quedó rígida en sus brazos al escuchar aquello que, consciente o inconscientemente, siempre había deseado escuchar.

—No te encontraba —siguió susurrando él, con la voz rota—. Te busqué por todas partes y no estabas. Y ya nada tenía sentido. Sin ti, nada me importaba.

Por un momento, ella se quedó sin respiración. Parecía increíble que unas simples palabras pudieran hacer que su corazón se desbocara, que sus pulmones se quedaran sin aire y que las lágrimas amenazaran con asomar a sus ojos. Pero el temblor en la voz de Martin, el modo en que la abrazaba y le hacía sentir que todo lo que les rodeaba se había desvanecido y quedaban solo ellos dos, allí, en medio del Támesis, dejaban claro que, en esa ocasión, no eran solo palabras. Victoria sabía que en cada sílaba, en cada sonido que abandonaba los labios del duque, aquel hombre estaba dejando una parte de su alma. Y fue tal el miedo que sintió ante semejante situación, que fue incapaz de responder como debería. Porque debería haberle respondido con una sinceridad como la suya, dejando un poquito de ella en cada palabra. Mas no lo hizo. Y no supo por qué. Tal vez fuera miedo al futuro. Quizá fuera el recuerdo del pasado que todavía dolía.

Sin saber cómo salir de aquel atolladero, dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

—He organizado a tu estúpida tripulación —con mirada iracunda, observó por encima del hombro a los aludidos— y no me han hecho ni caso.

Por unos instantes Martin la miró, confuso, preguntándose porque ella había ignorado su declaración. No obstante, cuando la miró a los ojos pareció percibir el miedo que todavía acechaba en el fondo de sus pupilas y, en lugar de enfadarse, recorrió su mejilla con los dedos, como cerciorándose de que realmente era ella.

—Estáis todos despedidos—murmuró sin apartar la vista de Victoria.

El murmullo indignado de sus hombres no logró desviar su atención.

En el muelle la escena que se estaba desarrollando era totalmente diferente. El conde de Bradford, completamente incapaz de permanecer en casa de brazos cruzados mientras se llevaban a la que todavía consideraba su esposa, había seguido a Martin hasta allí. Se había acercado corriendo o, al menos, lo más rápido que su edad, constitución y excesos le habían permitido, y se había topado cara a cara con el tipo al que, desde hacía unas horas, odiaba con toda su alma. Antes de que Edward pudiese reaccionar y sin pararse a pensar en nada que no fuera la venganza contra aquel que le había arrebatado lo que era suyo, amartilló la pistola. El duque le había robado a su hija y, con ella, la oportunidad de salir del atolladero en el que se hallaba. No permitiría que aquel malnacido le arrebatara también a Alice.

Dos disparos consecutivos sonaron en la orilla del Támesis y dejaron el muelle en absoluto silencio. Un hombre cayó desplomado, con un certero disparo en el corazón. Frente a él, una mujer de increíble belleza se desplomaba en los brazos de un hombre que, mucho tiempo atrás, la había amado más que a su propia vida.

—Alice —susurró Edward sujetándola entre sus brazos—. Alice…

Pero al ver la sangre que empapaba su corpiño se dio cuenta que era demasiado tarde. Y, sorprendiéndose a sí mismo, deseó que no lo fuera.

Había regresado a Inglaterra con el único fin de vengarse de aquella mujer que, una vez, trató de asesinarlo. Ahora, cuando, aparentemente, había logrado que ella pagase por sus pecados, no sentía aquello que debería haber sentido. No se sentía satisfecho. No se sentía aliviado. No se sentía vengado. Al ver el dolor reflejado en sus ojos marrones, la palidez de su rostro y su trabajosa respiración, sintió que, cuando ella exhalara su último suspiro, un pedacito de él moriría también.

—Victoria.

El susurro fue apenas perceptible, pero Edward entendió qué quería. Iba a girarse para llamar a la joven, cuando se dio cuenta de que ella ya estaba allí, contemplando horrorizada la figura de su padre que yacía, sin vida, sobre el sucio pavimento.

Edward lo había visto llegar. Había visto como sacaba el arma y, para cuando el conde logró apuntarle, él ya estaba preparado para defenderse. Lamentablemente, no había sido lo suficientemente rápido. Había tardado demasiado y Alice había recibido un disparo que iba dirigido a él. Tal vez lord Bradford tuviese mala puntería. Quizá el destino se había tomado la justicia por su mano.

—Victoria.

Alice susurró de nuevo y esta vez su hija la escuchó. Edward vio como la joven palidecía y con los ojos llenos de lágrimas se agachaba junto a su madrastra.

Ese no era el final que Victoria esperaba. Aunque su padre y Alice no se habían portado bien con ella, no esperaba que sus vidas terminasen de esa forma. Había esperado que el destino los castigara de alguna manera, pero no de un modo tan drástico, no permitiendo que exhalaran su último suspiro en los mugrientos muelles de Londres.

Su mirada pasó de su padre a su madrastra y, no sin sorpresa, se dio cuenta de que le dolía más el final de la mujer que el de su propio progenitor. Por un momento, trató de recordar los motivos por los que le guardaba rencor, mas en ese instante nada de lo ocurrido parecía importante.

Alice le tomó la mano, sobresaltándola.

—Escúchame —rogó Alice, con voz apenas perceptible.

Victoria negó con la cabeza.

—No es necesario…

—Sí —aunque no era más que un susurro, sonó tajante—. Tengo que explicarte.

La mujer cerró los ojos y tomó aire.

—Nunca quise hacerte daño —comenzó—, pero parece que es inevitable. Siempre acabo lastimando a todos aquellos que se atreven a quererme.

Abriendo los ojos de nuevo, dejó que su mirada se perdiera entre las nubes grises que cubrían el cielo.

—No tuve una infancia especialmente difícil. Me crié como cualquier otra dama, entre costuras, acuarelas y preparándome para convertirme en una buena esposa algún día. En la recatada esposa de un aristócrata —suspiró—. Así pues, no puedo achacar mi comportamiento a un trauma infantil ni a un padre desnaturalizado.

De repente, sus ojos se clavaron en los de Victoria.

—Teniendo en cuenta tu infancia, tú tendrías muchos más motivos que yo para descarriarte y, no obstante, no lo has hecho —trató de levantar la mano para acariciarla, pero estaba demasiado débil y la dejó caer, de nuevo, junto a su cuerpo—. Fui educada para convertirme en una dama pero antes siquiera de que pudieran presentarme en sociedad, ya me había convertido en la reina del escándalo. No sé por qué lo hice. Supongo que al ser consciente de lo que podía conseguir con un simple coqueteo, decidí explotarlo al máximo. Pronto se me fue de las manos. De repente, no me importaba ni mi reputación, ni el buen nombre de mi familia, solo el poder que sentía cuando conseguía que un hombre poderoso hiciera lo que yo quería. Y siempre eran caballeros poderosos. Hasta que llegó Steve.

Victoria lo miró sin comprender nada. Edward, por su parte, se limitó a apretar la mandíbula, consciente de que aquello no iba a resultar agradable.

—Steve no era nadie pero, por alguna razón, me gustaba provocarlo. Era demasiado inocente para su propio bien. Supongo que por eso me llamaba tanto la atención. Sin embargo, aquella fue la gota que colmó el vaso. Mi padre estaba cansado de acallar rumores y sabía que, a pesar de sus esfuerzos, mi reputación se estaba yendo al garete. Aunque vivíamos en el campo, sabía que los rumores llegarían a la capital y no podría llevar a cabo, jamás, esa presentación en sociedad que había estado retrasando durante tanto tiempo —un violento acceso de tos interrumpió su explicación pero, aunque Edward le pidió que no continuase, Alice se negó—. Quiero contárselo.

Edward asintió.

—Cansado, mi padre aceptó la propuesta del único hombre que estaba dispuesto a casarse conmigo. Así pues, Edward es mi esposo.

Victoria los miró con los ojos como platos y la confusión reflejada en su rostro. Percatándose de que Alice no aguantaría mucho más, Martin le hizo un gesto a su prometida para que no la interrumpiera.

—Al igual que sucedió con tu padre, yo no tuve ni voz ni voto en el asunto —otro fuerte acceso de tos la interrumpió.

—¡Maldita sea! —tronó Edward—. No te esfuerces más.

—Yo no quería casarme con él —prosiguió Alice, ignorándolo—, pero no pude hacer nada. Al poco tiempo, aquel matrimonio se volvió insoportable.

Incapaz de escuchar nada más, Edward comenzó a apartarse.

—Mi esposo cometió un error monumental. Cometió el error de amarme. Y, sobre todo, cometió el error de tratar de que yo le correspondiera. Pero no sé querer, Victoria. Nadie me enseñó cómo hacerlo.

—Eso no es algo que se pueda enseñar —replicó la joven encogiéndose de hombros.

El semblante de Alice, cada vez más pálido, se entristeció.

—No sabía qué hacer. Me presionaba demasiado y yo no estaba acostumbrada a que me exigieran cosas. Seguía viendo a Steve a escondidas y un día le dije que me gustaría hacer que Edward desapareciera. Ni siquiera recuerdo si lo decía en serio pero, de repente, me encontré planeando el asesinato de mi propio marido —las convulsiones se hicieron más violentas y un fino hilillo de sangre resbaló de su boca—. Al día siguiente Edward desapareció y supe que había sido culpa mía.

Edward, que había permanecido de espaldas, a unos pasos de distancia, se enfrentó a ella.

—Tu amante me apuñaló por la espalda, como el cobarde que era —su tono era duro y su semblante era el de un hombre que se debatía entre la furia y el tormento—. Supongo que no le pareció suficiente y quiso asegurarse de que no volvía a caminar entre los vivos. Perdí el conocimiento y para cuando me desperté me encontraba en el fondo de un barranco y no sentía la mayor parte de mi cuerpo. Pero el diablo no me quiso en el infierno y logré recuperarme lo suficiente como para planear mi venganza. Desgraciadamente, nada salió como esperaba.

Alice sonrió y las convulsiones que la habían estado torturando cesaron de repente.

—Al final —murmuró—, has logrado lo que querías.

Y sin decir nada más, expiró, todavía con la sonrisa en los labios.

—No —negó Edward—, contigo nunca conseguí lo que quería.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

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