• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 17

 

Londres, una mañana de primavera.

—Tú irás a los muelles. Espero que no haya sido tan irresponsable como para volver a aquel lugar, pero no podemos descartar ninguna posibilidad —señalando a Miles, lady Elizabeth, agregó—. Recuerda que puede haber vuelto a disfrazarse de hombre.

Miles asintió y sin decir una palabra abandonó la habitación para cumplir con su parte del rastreo.

—Tú recorrerás las posadas y tratarás de descubrir si alguien recuerda haberla visto en alguna diligencia —clavó sus ojos perspicaces en los de su hijo—. Es importante, Dev. Trata de no entretenerte con cualquier tabernera, viuda o dama de moral distraída que se cruce en tu camino.

Un músculo se tensó en la mandíbula del aludido y, por un momento, se quedó rígido. Sólo duró un instante y nadie en la habitación pareció percatarse. Finalmente, relajando los hombros, adoptó de nuevo esa pose indolente que lo caracterizaba y sonriendo despreocupadamente hizo una reverencia burlona ante su madre.

—Haré lo que pueda, milady. Aunque supondrá un gran esfuerzo resistirme a los placeres mundanos que cualquiera de esas damas que mencionas pueda ofrecerme, trataré de recodar que la estabilidad de nuestra familia depende de que esa muchacha aparezca —con mirada burlona, añadió—. Espero que no me falle la memoria en el último momento.

Ignorando la mirada indignada de su progenitora y la confusión en el rostro de sus hermanos, se dirigió a la puerta. No obstante, incapaz de resistirse, se giró en el último momento.

—Victoria me cae bien —su mirada se tornó desapasionada al mirar a los ocupantes de la habitación—. Tal vez algún día deberíais tratar de recordar que, aun siendo el peor de los hombres como tan a menudo me recordáis, no recuerdo haberos fallado, a ninguno, jamás.

Y sin más explicaciones, abandonó la estancia, cerrando la puerta suavemente al salir. Durante unos instantes, el silencio reinó en la habitación. Al final fue Martin quien habló.

—Tiene razón —asintió—. No recuerdo que nos haya fallado nunca.

Su madre suspiró.

—Tenemos que encontrar a esa muchacha. Hablaré con Devlin después.

De repente, pareció recordar algo.

—Sabes quién es ella, ¿verdad?

—Sí.

— ¿Lo sabías cuando la trajiste?

Martin sonrió.

—Por supuesto.

—Me la presentaste como Victoria Jefferson —su madre frunció el ceño—. No deberías mentirle a tu madre.

—Era cuestión de tiempo que lo descubrieras. Y ella parecía sentirse más segura bajo esa identidad.

Lady Elizabeth asintió.

—Creo que no es necesario que te diga por dónde comenzaremos a investigar tú y yo.

—No, no es necesario —aceptó Martin—. Yo iré a casa de los Bradford mientras tú te quedas aquí con Daisy.

— ¡Ni hablar! —exclamaron madre e hija al unísono.

Martin las miró ceñudo.

—No necesito escolta. Mis batallas las peleo solo.

— ¡Pero puede ser peligroso! —exclamó su madre—. ¿Qué sucederá si, efectivamente, lord Bradford tiene a su hija y se niega a dejarla ir?

—Me la llevaré igual.

Su madre soltó un bufido muy poco propio de una dama de su clase.

— ¡Qué fácil! —lo miró a los ojos—. Estará esperando tu llegada, ¿sabes? Tal vez, incluso, te haya tendido una emboscada. No te dará a Victoria por las buenas y no creo que dude en atacarte si es necesario.

Martin sonrió.

—Espero que lo haga —recuperando la seriedad de repente, añadió—. Eso será como firmar su propia sentencia de muerte.

Lord Bradford contemplaba las llamas que ardían en la chimenea de su despacho con la mirada perdida. Había regresado sólo unas horas antes, sin haber encontrado ningún rastro de su hija ni del duque. Había entrado con la apariencia de un hombre completamente derrotado, sabiendo que su destino había sido sentenciado. Ignorando a su esposa que había acudido rápidamente a recibirlo, más pendiente de su gato que de él mismo, se había arrastrado hasta el sillón en el que ahora se encontraba y se había dejado caer sin ninguna ceremonia. Había llenado una copa de brandy y había fijado su mirada en el fuego. Y así había permanecido desde entonces. Cansado. Hastiado. Hundido. Y después de haber rellenado la copa unas cuantas veces, más que un poco ebrio.

Echando la cabeza hacia atrás, contempló las pinturas del techo que comenzaban a desconcharse, las raídas cortinas que cubrían las ventanas y la escasa luz que alumbraba la habitación. Había llegado al límite. Su casa, su apellido y su título estaban en las últimas. Y en el momento en que lord Albright se enterase de que su prometida había huido con otro, le ensartaría la estocada final.

Un fuerte golpe en la puerta lo arrancó de sus cavilaciones. Sin darle tiempo a responder, esta se abrió y un hombre furioso se dirigió a él.

—Si iba a mandar a alguien más en busca de su hija podía haberme avisado. No me gusta perder el tiempo.

Edmund miró a Steve con la confusión reflejada en su rostro.

—No sé de qué me está hablando.

—Le estoy hablando del tipo que tiene a su hija.

— ¿El duque?

— ¡No, maldita sea! —Steve lo miró exasperado—. Su hija ya no está con Sheffield.

Sin entender nada, lord Bradford se levantó y comenzó a pasearse por la habitación.

— ¿Con quién está entonces? —preguntó, aún sabiendo que su interlocutor no podría responderle.

—Conmigo.

La voz, procedente de algún lugar a su espalda, los sobresaltó a ambos. Sin dar crédito, Edmund se giró y se encontró cara a cara con un hombre al que no había visto en su vida.

Al ver la estupefacción en el rostro del conde no pudo evitar reírse. Aquel tipo era patético.

Con paso relajado y una sonrisa bailando todavía en sus labios, salió de las sombras en las que había estado oculto desde que aquel imbécil entrara en la habitación. Había permanecido allí, contemplando cómo se hundía poco a poco, como su copa se vaciaba y volvía a llenarse, dejando claro que él mismo era consciente de su inminente caída. Lo había visto sujetarse las sienes con las manos, con aspecto derrotado. Lo había oído suspirar y se había alegrado. Pero no era el declive del conde lo que le provocaba aquella terrible satisfacción. Hasta aquella misma noche no había visto nunca al aristócrata. Lo que le agradaba tanto, lo que le hacía sentir que su miserable existencia había valido la pena, era saber que con él caería la persona a la que más odiaba en el mundo.

Sonriendo ampliamente se acercó a los dos hombres que todavía permanecían inmóviles. Uno estupefacto. El otro confuso. Su andar relajado logró lo que se proponía. Ninguno de ellos se movió. Y cuando él mostró el arma que sujetaba en una mano y apuntó al pecho del gigante, nadie pudo reaccionar. Antes de que tuviera tiempo de emitir un solo quejido, amartilló la pistola y un estruendo mortal retumbó en la habitación. En cuestión de segundos, Steve yacía en el suelo, cubierto de sangre y con el terror del último momento de vida reflejado en sus ojos abiertos.

El conde palideció al ver a su hombre desplomado sobre el suelo de su despacho. Su respiración se agitó y él pudo percibir como comenzaba a temblar. Tardó tanto en recuperarse del shock que supo, sin el menor asomo de duda, que no era rival para él. Aquel hombre era un pusilánime acostumbrado a que otros lucharan sus batallas. Apostaría su mano derecha, la misma que todavía empuñaba el arma, a que jamás había tenido que enfrentarse a la muerte.

La sonrisa que no había abandonado su rostro en ningún momento, se ensanchó. Alzó la pistola y apuntó al conde a la altura del corazón.

—Esperadme aquí.

— ¡Ni hablar! —exclamaron dos voces al unísono.

Martin fulminó a su madre y a su hermana con la mirada.

—En contra de mi buen juicio, os he permitido venir. No pongáis a prueba mi paciencia o pediré a David que os lleve de vuelta a casa.

—No te atreverías —su madre frunció el ceño—. ¡Soy tu madre!

—Le pediré que os lleve de regreso y os encierre en el sótano —mirándola a los ojos, aclaró—. Con llave.

Su madre apretó los labios y volvió a sentarse en el asiento del que ya se había levantado. Daisy, por su parte, se arrellanó, adoptando de nuevo esa posición completamente masculina que había perfeccionado en las últimas semanas. Sorprendiéndolos a ambos, alzó los pies, los apoyó en el asiento contrario y los cruzó por los tobillos. Finalmente sonrió al ver sus caras estupefactas.

—He pensado que, tal vez, deba ir más allá. Una postura masculina sin más puede no ser suficiente, creo que será mejor adoptar una actitud completamente vulgar —frunció el ceño—. Quizá, incluso, debería sujetar una ramita entre los dientes…

— ¡Ni hablar! —advirtieron su madre y su hermano al mismo tiempo.

—Daisy, cariño… —comenzó la duquesa—. ¿No crees que ya has llegado demasiado lejos con esto?

Su hija la miró exasperada.

—En absoluto. Todavía estoy ensayando. Comenzaré a ponerlo en práctica la próxima semana en Almack’s —sin reparar en la expresión estupefacta de sus dos compañeros de carruaje, sonrió—. Estoy deseando ver la cara de lady Jersey cuando me vea.

—Margueritte no harás tal cosa.

El uso de su nombre francés debería haberla advertido, no obstante, decidió ignorar aquella señal.

—Estoy segura de que me prohibirá volver a pisar sus nobles salones.

El hecho de que los labios de su madre no fuesen más que una fina línea en el rostro de la duquesa debería haberla acobardado, mas ni siquiera reparó en ellos.

—Y las demás damas la seguirán porque, ¿quién querrá en sus fiestas a semejante engendro del demonio? Sus hijas, Dios no lo quiera, podrían tomarme como ejemplo y comenzar una revolución en las pistas de baile. Docenas de jovencitas despatarradas por los sofás, con sus delicados escarpines sobre la mesa —frunció el ceño—. Debería comprarme una cajita de rapé. Sería el golpe de gracia.

— ¡Margueritte Sophie Caxton! —estalló la duquesa—. No harás tal cosa.

—Pero…

—La próxima semana, cuando pongas tus piececitos en Almack’s te comportarás como una dama.

—Pero…

—Y procurarás convertirte en todo un ejemplo de dama elegante y recatada…

Las carcajadas de su hija interrumpieron su sermón.

—Creo que eso está completamente fuera de mi alcance, madre. Es como si le pidieras a Dev que se convirtiese en… —dudó—. En el nuevo pastor de Sheffield y estuviese despierto cada domingo para sermonear a las pobres ovejas descarriadas. Acéptalo, tus hijos somos... —miró a su hermano que había descendido ya del carruaje— peculiares.

Antes de que su madre diera con una réplica adecuada, Martin murmuró:

—Tengo una esposa a la que rescatar. No puedo perder el tiempo con estas tonterías.

—Aún no es tu esposa —recordó su hermana con una sonrisa.

—Lo será —replicó—. No voy a perderla de nuevo.

La duquesa y Daisy se miraron, confusas, sin comprender a qué se refería, pero antes de que pudiesen preguntar nada, la puerta del carruaje se cerró y él desapareció de su vista.

—Ha dicho que no iba a perderla de nuevo —más que una afirmación, las palabras de la duquesa sonaron a pregunta.

—Eso ha dicho, sí.

—Tendrá que aclararme un par de cosas cuando encontremos a esa muchacha.

Daisy suspiró.

— ¿No has pensado que, tal vez, no sea de tu incumbencia?

La duquesa la miró, exasperada.

— ¡Soy su madre!

—Sí —murmuró la joven—. Esa parece ser una buena excusa para todo. No entiendo por qué a Wellington no se le habrá ocurrido. La guerra hubiera terminado mucho antes si se hubiera limitado a presentarse en Francia y gritarle a Napoleón: “Soy tu madre, recoge tus soldaditos y vete a tu cuarto”.

Lady Elizabeth cruzó los brazos, enfadada.

—No tiene gracia.

Pero las carcajadas de su hija ahogaron sus palabras.

En el mismo instante en el que el mayordomo le abrió la puerta, un disparo resonó en la mansión. Ambos hombres se miraron, estupefactos, y el sirviente podría asegurar que vio como la sangre abandonaba el rostro del duque de Sheffield.

—En el estudio —murmuró Sheldon.

Antes de que terminase de hablar, el aristócrata se dirigía ya a aquella parte de la casa. Al mayordomo no le sorprendió que conociese la estancia. No le sorprendería, de hecho, que conociese cada uno de los rincones de aquel lugar. Durante años, el duque había sido uno de los invitados habituales de la condesa. Uno de sus amigos personales. Y, aun así, aun cuando la relación clandestina entre él y su señora era conocida por todos los miembros del servicio, el duque le caía bien. Tal vez fuera porque jamás lo había visto tratar a nadie con condescendencia. Quizá fuera, simplemente, porque no era uno de esos libertinos egoístas, capaces de cualquier cosa por conseguir su siguiente capricho. Todo el mundo sabía, al menos aquellos que eran capaces de ver más allá de su propias narices, que lo de aquel hombre era pura fachada, un modo de revelarse contra las habladurías sobre su linaje. Todos lo sabían, menos el propio duque, que había pasado años creyendo que engañaba a los que le rodeaban con sus cautivadoras sonrisas y sus descaradas miradas.

Negando con la cabeza, siguió al aristócrata. Debería estar preocupado por la seguridad de su señor que, en ese mismo instante, podría estar desangrándose sobre el suelo de sus despacho. Mas al pensar en el malvado conde en su lecho de muerte no pudo sentir más que indiferencia. Aquel tipo no había logrado granjearse la simpatía de nadie. Ni sus pares ni sus sirvientes lo apreciaban. Parecía lógico, pues, que acabase muriendo solo, entre las sombras de su estudio, víctima de la ira de alguno de aquellos a los que había ultrajado.

Considerando que era su obligación como sirviente, siguió los pasos del duque. Cuando llegó a la estancia, vio que este ya estaba allí, contemplando la escena desde la puerta con cara de incredulidad. Sólo un instante después, el duque se adentró en el despacho.

No había decidido todavía si debía seguirlo o irse por donde había venido, cuando una figura rodeada de seda pasó a su lado como una exhalación. Desde su privilegiada posición, pudo ver como la condesa entraba en el estudio. Sonrió para sí. Al final iba a tener que entrar. Al fin y al cabo, por nada del mundo se perdería el reencuentro de la condesa con su amante, en presencia de su marido… O de lo que quedara de él.

Martin observaba desconcertado la escena que tenía ante sí. Cualquier otro hombre, alguno que no hubiera pasado seis años eludiendo a la muerte y enfrentándose a asesinos sin nombre, se habría sentido sobrecogido al ver al tipo que yacía extendido sobre la madera. Pero él, que estaba bastante acostumbrado a escenas como esa, solo pudo fijarse en los dos hombres que se hallaban en el centro de la habitación. El hecho de que uno de ellos apuntase directamente al pecho del otro tampoco aclaraba demasiado la escena. Sobre todo, teniendo en cuenta quiénes eran esos dos individuos.

— ¡Déjalo en paz!

Aquel grito proveniente de la puerta, le hizo girar la cabeza rápidamente. Allí, completamente pálida, se hallaba una mujer que, algún tiempo atrás, era el reflejo femenino de él mismo.

—Déjalo —repitió Alice.

—Mira a quién tenemos aquí —comentó el hombre que sujetaba el arma con tono burlón—Nada más y nada menos que a la condesa. No me dirás que estás encariñada con este carcamal.

—No —respondió ella sin dudar un instante—, pero él no tiene nada que ver contigo.

El tipo sonrió y asintió. Finalmente, muy despacio, bajó el arma. La tensión que se respiraba en el cuarto pareció disminuir en el mismo momento en el que la pistola apuntó hacia el suelo. Al mismo tiempo, el oxígeno pareció regresar a los pulmones del conde, quien inspiró profundamente y se alejó de su oponente.

Fue Martin quien acabó rompiendo el silencio que se había instaurado de repente.

—Edward, ¿qué demonios estás haciendo?

El aludido clavó sus ojos en los de él.

—Te dije que lo había encontrado.

—Me dijiste que habías encontrado a tu… —se interrumpió, dirigiendo su mirada hacia el conde—. No puede ser él.

—No —aceptó Edward—. El hombre que trató de asesinarme no fue Bradford, sino el sujeto que tienes a tus pies.

El duque negó con la cabeza.

—No entiendo nada.

Edward sonrió irónicamente.

—Te presento a lady Alice —dijo, acercándose a ella y rodeando sus rígidos hombros con un brazo—. Mi esposa.

Todos contuvieron el aliento de pronto. Alice palideció, su piel, ya blanca de por sí, adquirió un matiz ceniciento y tragó con dificultad. El mayordomo, que se había unido al espectáculo en algún momento, carraspeó. Dos exclamaciones sorprendidas llegaron desde la puerta, y Martin se percató de que sus órdenes habían sido ignoradas completamente. Ante las miradas interrogantes de su madre y hermana solo pudo encogerse de hombros, dejando claro que, aun siendo el único, además de la condesa, que conocía al individuo de la pistola en aquel cuarto, no tenía ni la más remota idea de qué era lo que estaba sucediendo. Finalmente, fue lord Bradford quien, airado, dio un paso adelante y se encaró con Edward.

—Alice es mi esposa.

Edward ensanchó la sonrisa y negó con la cabeza.

—No, milord. Su matrimonio solo habría sido válido si yo estuviera muerto. Y es evidente que no lo estoy —mirando con desprecio a la mujer, añadió—. Aunque bien sabe Dios que ella empleó todos los medios que tenía a su alcance para conseguirlo.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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