• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 16

 

Después de casi dos semanas merodeando la zona, sin apenas comer y durmiendo escondido junto a las caballerizas las escasas horas que el ir y venir de los mozos le permitían, cualquier hombre hubiese alcanzado el límite de su paciencia. Cuanto más un hombre como él.

Así pues, cansado de la espera, entumecido por el frío, agarrotado por la falta de actividad y extremadamente irritado por la falta de descanso, decidió que había llegado el momento de actuar. Los habitantes de Newfield Park parecían haber olvidado completamente los problemas que habían dejado en Londres y llevaban una relajada existencia en aquel idílico entorno. A ninguno de ellos, y de eso estaba seguro, se le había pasado por la cabeza que hubiera alguien vigilando la mansión, a la espera de su oportunidad para actuar. Ninguno de ellos, desde luego, se imaginaría quién podría ser ese alguien que, ya fuera escondido entre los árboles u oculto entre las paredes de su propia casa, vigilaba día y noche cada paso que daban. Y, evidentemente, nadie adivinaría sus razones para actuar de aquel modo. Al fin y al cabo, ¿qué interés podría tener alguien como él en el duque y su querida?

Con los ojos entrecerrados, siguió los movimientos de la joven que, en ese instante, paseaba pensativa por el jardín. Durante los últimos días había pasado tanto tiempo en compañía del duque que resultaba casi un milagro encontrarla sola. Y precisamente por eso, él había decidido que aquel era el momento de actuar. Si no llevaba a cabo sus planes inmediatamente, tal vez no dispusiera de otra oportunidad para hacerlo.

Oculto entre los setos vio como ella se acercaba al lugar en el que él se hallaba, completamente ajena al peligro que corría. La expresión tranquila que lucía en su rostro parecía una burla a la tensión que él sentía en ese instante en cada uno de los músculos de su cuerpo. La transpiración comenzaba a cubrir sus sienes, su labio superior y sus grandes manos, que mantenía apretadas en sendos puños.

Los pequeños pies de ella mantuvieron el ritmo, sin desviarse de su camino. Un paso. Dos pasos. Tres pasos.

No necesitó pensar en lo que iba a hacer. Ningún plan fue necesario para llevar a cabo aquello que tantas veces había imaginado durante los últimos días. Su cerebro y sus músculos estaban perfectamente sincronizados y sabían cuál era su papel en aquella función. Nada podía fallar…

Y, efectivamente, nada falló.

Con los párpados todavía cerrados, Victoria se palpó la cabeza. El punzante dolor que sintió en el mismo instante en que sus dedos tocaron el bulto que se había formado, la hizo soltar un gemido ahogado. Apretando los dientes abrió los ojos y contempló el cuarto en el que se hallaba.

Vio una ventana parcialmente tapiada por la que solo se filtraba un tenue rayo de luz. Junto a ella, una silla medio destartalada se apoyaba precariamente sobre tres de sus patas, pues la cuarta permanecía en el suelo, rodeada de polvo, como si hubiera caído allí mucho tiempo atrás y nadie se hubiese molestado en levantarla. Fue al ver la suciedad agolpada junto a la silla cuando reparó en los cristales casi opacos por la mugre acumulada que cubrían la ventana, en las telarañas que colgaban de las esquinas de la habitación y de la partículas de polvo que se percibían en el aire gracias a aquel pequeño rayo. Fue entonces cuando se percató de que yacía sobre una cama tan limpia como se podría esperar de un lugar como aquel, cubierta por lo que, tal vez en otro siglo, hubiera sido una colcha. También su metabolismo pareció percatarse en ese instante de la calamitosa situación en la que se encontraba ya que, justo cuando ella terminó de analizar aquel cuarto inmundo, estornudó sonoramente.

Frunciendo el ceño, trató de recordar qué había sucedido, pero el dolor de cabeza dificultaba considerablemente semejante acción. Tardó un rato en evocar lo sucedido en el jardín de Newfield Park y, para cuando lo hizo, sintió como un escalofrío recorría su espalda. Inspirando profundamente, apoyó los pies en el suelo e intentó levantarse, mas se dio cuenta de que temblaba tanto que mantenerse en pie era poco menos que una tarea imposible.

—Vamos —murmuró con la mirada clavada en sus pies—, tenemos que salir de aquí.

Sujetándose al borde de la cama, logró ponerse de pie. Tardó algunos minutos en calmarse lo suficiente como para caminar. En cuanto lo consiguió, se dirigió a la ventana y trató de ver algo a través de las rendijas que se abrían entre las tablas que tapaban el hueco desde el exterior. Entrecerrando los ojos intentó situarse, hacerse una idea de dónde estaba, pero lo único que podía ver eran las ramas de los árboles y a algún pájaro distraído que se paseaba por las mismas, completamente ajeno al drama que ella estaba viviendo.

¿Dónde demonios estaba?

La sensación de completa falta de control sobre la situación comenzó a agobiarla. No le gustaba encontrarse perdida, perder el dominio de aquello que la rodeaba. No le gustaba la inseguridad que eso le causaba. Y, en ese momento, no tenía ningún poder sobre nada.

No sabía dónde estaba. No sabía qué querían de ella. No sabía qué le deparaba su futuro más inmediato. No sabía absolutamente nada.

Frunció el ceño. Sí sabía algo, se corrigió. Sabía quién estaba detrás de aquello, pero, en lugar de aclararle las cosas, aquello solo la confundía más, ya que no tenía ni la más remota idea de los motivos que aquel tipo podía tener para secuestrarla.

Tal vez fuera una cuestión de dinero. Quizá pudiera negociar con él para que la dejase ir prometiéndole una gran suma.

Su ceño se intensificó cuando recordó que no tenía nada más que lo que Sheldon le había entregado la noche de su huída y lo poco que ella misma había podido reunir en los últimos años. Y, para más inri, ni siquiera lo llevaba encima. El pequeño monedero en el que guardaba lo que constituía toda su dote se hallaba escondido bajo el colchón de la cama en la que había pasado las últimas dos semanas.

Las dos semanas más maravillosas de su vida.

Recordar a Martin hizo que las lágrimas se agolparan tras sus párpados.

Durante años, había pasado días enteros con la mirada perdida tras la ventana de su cuarto, imaginándose que era alguien diferente, una de esas damas para las que los hombres componían sonetos, una mujer capaz de despertar el interés del duque. Había pasado años preguntándose dónde estaría él en ese instante y si estaría bien, sintiendo el puño de los celos apretando su pecho mientras pensaba en él con otra mujer. Había pasado tanto tiempo pensando en él que ya se había convertido en una parte de sí misma. Sin embargo, jamás, entre todos esos pensamientos, se había imaginado que podría tener una vida a su lado. Tal vez, en los sueños infantiles de aquella niña de doce años que se plantó en camisón en una biblioteca desierta y le pidió matrimonio a un hombre que, en aquel momento, casi le doblaba la edad pudiese darse aquella posibilidad. Mas, en los sueños de aquella joven cuya autoestima y seguridad en sí misma yacían en el suelo de un estudio en el que, una tarde de invierno, habían sido arrojadas de golpe por su propio padre, la cosa cambiaba considerablemente.

Y, no obstante, había estado a punto de hacerse realidad, había estado al borde de conseguir aquello con lo que no se había atrevido a soñar. Había estado tan cerca…

Pero, ahora, en las circunstancias en las que se encontraba, todo aquello parecía ya muy lejano. Martin no sabría qué había sucedido con ella. Tal vez creyera que había seguido adelante con sus planes de cruzar el Atlántico.

¿La buscaría?

Aquella posibilidad cruzó su mente por un instante, pero el recuerdo de las palabras del duque, tanto tiempo atrás, arrancaron cualquier brote de esperanza antes, incluso, de que naciera.

“A ningún aristócrata le importa lo más mínimo que una de sus

sirvientas desaparezca. De hecho, estoy convencido de que a la gran mayoría no les importaría ni siquiera si fuese su propia madre la que se esfumase sin decir nada. Lo único que les preocuparía serían los problemas que les acarrearía su desaparición. La alta sociedad es así. Egoísta. Egocéntrica.”

Victoria suspiró y apoyó la cabeza sobre el sucio cristal de la ventana. Aunque hubiese pasado tanto tiempo alejado de Londres, Martin formaba parte de esa alta sociedad y ella no era su madre. Ni siquiera era su sirvienta. No había ningún motivo para que la buscara. Lo más probable era que se lamentara por los contratiempos que su desaparición le causaría, que maldijera el haber perdido de golpe su oportunidad de evitar el acoso de las madres casamenteras y que buscara otra salida para su situación. Tal vez un rápido compromiso con otra mujer.

Pensó en todas esas bellezas que se presentaban cada año en los salones de la ciudad. Jóvenes hermosas con desproporcionadas dotes que tentarían a cualquiera. Pensó en todas ellas y sonrió. Martin no iría tras ninguna. No tenía ni idea de cómo, pero sabía que él no pararía hasta encontrarla. A ella. A Victoria Bradford. No, se corrigió. A Victoria Jefferson.

Recordar que él no sabía quién era la entristeció de repente. Tendría que contarle la verdad. Si lograba salir de ese lugar, lo haría. Olvidaría la humillación que suponía haber sido aquella niña alocada y confesaría.

Un golpe en la puerta la arrancó de sus cavilaciones y eliminó cualquier posibilidad que hubiera tenido de huir.

Sin esperar una respuesta, la puerta se abrió y un hombre apareció en el vano. La recorrió con mirada desapasionada y el rostro completamente inexpresivo.

—Ya era hora de que despertara, milady —murmuró—. Pongámonos en marcha.

La buscó por toda la mansión. La buscó por toda la propiedad. La buscó en el bosque, en el lago y en las casas de sus arrendatarios. La buscó por todas partes y no halló ni rastro de ella. Y al final, después de haber dado mil vueltas en su busca, empezó a notarlo. Comenzó poco a poco, como un hormigueo que recorría cada una de sus terminaciones. Fue ganando intensidad, apoderándose de cada músculo y quitándole el aliento. Finalmente, cuando pensó que no podría ir a más, le apretó las entrañas y le robó la respiración. Y, después de tantos años, Martin recordó lo terrible que era el miedo. Porque, aunque no sabía por qué, estaba completamente seguro de que Victoria no se había ido por su propia voluntad. No después de los últimos días. No después de haberle dado su palabra.

Inspirando profundamente, trató de tranquilizarse. Tenía que encontrarla. Solo tenía qué pensar por dónde demonios empezar a buscar.

Por alguna razón, solo un lugar apareció en su mente. Londres. Tenía que regresar allí. Tal vez su madre…

Sin ser consciente de haber abierto la boca, su voz retumbó en el vestíbulo. No se dio tiempo a dudar de su decisión y comenzó a prepararlo todo.

Diez minutos más tarde partía a caballo hacia la capital inglesa. Iba a encontrar a Victoria. Aunque tuviese que registrar cada rincón del país. Aunque tuviese que levantar cada piedra. Iba a encontrarla y se aseguraría de no perderla de vista nunca más.

Con el miedo todavía oprimiéndole el pecho, sujetó más fuerte las riendas y espoleó al caballo. El viaje de regreso a la ciudad fue muy diferente al que lo había alejado de ella. Al fin y al cabo, esta vez Victoria no iba a su lado.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

Página anterior / Página siguiente

Página anterior / Página siguiente

Índice de capítulos

Sueños cumplidos

 

 

Otros contenidos de la web

Copyright © 2002 - 2020 rnovelaromantica.com y elrinconromantico.com

| Aviso legal | Política de privacidad | Política de Cookies |