• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 15

 

En Newfield Park los días pasaban entre intentos de seducción y desastres absolutos. El seductor era, evidentemente, el duque. El desastre era Victoria en sí misma.

El lunes…

Martin había recogido rosas en el invernadero, nada más despuntar el alba, y las había dejado junto a la bandeja del desayuno que, poco después, una criada llevó a la habitación de la joven.

Ese mismo día, Victoria, entusiasmada por aquellas hermosas flores había decidido ayudar al jardinero en sus labores. Este, tras comprobar los escasos conocimientos de jardinería que la dama poseía, le había sugerido que arrancase las hojas dañadas de los rosales. Era una tarea sencilla que no podría generar demasiados problemas. Lamentablemente, siendo Victoria la encargada de llevar a cabo aquella labor la catástrofe era inevitable. En algún momento había decidido que debía arrancar también las hierbas que crecían en torno a aquellas plantas y, una vez hecho esto, era, sin duda, necesario podarlas.

Evidentemente, las rosas del invernadero eran, ahora, un mero recuerdo en la memoria de los habitantes de la mansión.

El martes…

Sabiendo que debía alejar a Victoria todo lo posible del invernadero si no quería que Angus la asesinase, Martin llevó a la joven dama a dar un paseo por la propiedad.

Pasaron horas recorriendo los campos y saludando a los lugareños que parecían alegrarse inmensamente del regreso del duque. Y si bien esto no extrañó en absoluto a Victoria, que imaginaba que el regreso de su señor supondría un alivio para sus arrendatarios, dejó a Martin completamente estupefacto, pues no esperaba que, tras la muerte de su padre, aquella gente siguiese aceptándolo. Al menos, sabiendo, como todos sabían, quién era realmente.

No obstante, antes del mediodía, después de las muestras de alegría de los que lo habían visto crecer en aquellas tierras, sus buenos deseos y, sobre todo, su reconocimiento como su nuevo señor, Martin no tenía ninguna duda de que, en realidad, el único que se oponía a que heredase el título era él mismo. Y su padre. Pero como este había muerto pensó que su opinión tampoco importaría demasiado.

Con la alegría y la confusión debatiéndose en su interior, llevó a Victoria de vuelta. En el camino, se pararon a comer junto a un pequeño lago que se hallaba no muy lejos de la casa. Fue entonces cuando sobrevino el desastre.

—Deberíamos volver a Londres —comentó Martin después de engullir el último bocadillo de la cesta que la cocinera, encantada de alejar a Victoria de su cocina, les había preparado esa mañana.

Victoria, quien había estado tumbada sobre la colcha contemplando el cielo despejado, se levantó de golpe.

— ¡No puedo volver!

—Tampoco puedes quedarte aquí, conmigo, eternamente —con un suspiro se levantó y comenzó a pasearse—. Créeme que no hay nada que me apetezca más que quedarme en Newfield Park para siempre. Pero, tarde o temprano, mi madre aparecerá, como alma que lleva el diablo, y me matará.

—Eres un exagerado.

Martin la miró, ofendido. No obstante, tras reflexionar unos instantes, aceptó.

—Está bien. Tal vez no me mate, pero me hará algo doloroso como tirarme de las orejas o clavarme agujas en los pies.

Victoria arqueó una ceja y se cruzó de brazos, mirándolo con escepticismo.

—Tú no conoces a mi madre.

Ella ni siquiera se dignó a contestar.

Martin soltó un bufido.

—Tal vez esté exagerando, pero sabes de sobra cuáles serán las consecuencias para ti, ¿verdad?

— ¿Qué mi reputación se verá dañada? —inquirió la joven—. Eso ya es inevitable.

—No —el duque clavó los ojos en los de ella—. Que ya no tendrás libertad de elección. Puede que la duquesa sea muy comprensiva, pero no permitirá que, después de esto, sigas soltera. Antes de que te des cuenta te convertirás en lady Sheffield y no habrás podido decir absolutamente nada al respecto.

Incómoda por la situación, Victoria se acercó al lago. Recorrió la superficie con la mirada y trató de recordar algún momento de su vida en el que se le hubiese concedido la oportunidad de elegir. No encontró ninguno. Tal vez por eso le resultaba tan difícil tomar una decisión ahora, aun cuando solo había dos opciones posibles.

Agachándose para coger una pequeña piedra, tomó una decisión.

—Me casaré contigo —murmuró.

Él la miró incrédulo.

Ella adelantó un pie, se apoyó y lanzó la piedra.

Antes de que el guijarro tocase el agua, la pequeña bota de Victoria se hundió en el barro y ella cayó de cabeza dentro del lago, mientras Martin estallaba en carcajadas y se exponía a convertirse en el hombre con el compromiso matrimonial más corto de la historia.

El miércoles…

Martin se levantó, por primera vez en su vida, como un hombre prometido.

Se despertó temprano, recordó su acuerdo con Victoria y, con cierto recelo, abrió los ojos. Contrariamente a lo que cualquiera que lo conociese hubiese pensado, de hecho, contrariamente a lo que él mismo hubiera creído, el cielo no se desplomó sobre Inglaterra ni el mundo dejó de girar ante tan extraordinario suceso.

Al otro lado de la ventana, los sonidos de una mañana habitual en Newfield Park le decían que, en realidad, nada había cambiado.

La entrada de Peter, el sirviente que se había empeñado en convertirse en su ayuda de cámara tras su llegada a la mansión, para preguntarle por la vestimenta que utilizaría ese día, fue otro testimonio claro de la normalidad de aquella jornada.

Sin embargo, él se sentía completamente distinto. Y no porque, de repente, se hubiese convertido en un hombre diferente. No porque hubiese mutado en un monstruo con tres ojos. Sencillamente, no se sentía como lo hacía habitualmente. Se sentía bien. Extremadamente bien.

Durante el tiempo que habían pasado en aquella casa, había notado que la soledad patológica que lo había acompañado durante, prácticamente, la totalidad de su vida se disipaba. Por algún motivo que escapaba completamente a su comprensión, se sentía más cerca de Victoria que de ninguna otra persona a la que hubiese conocido nunca. Tal vez fuese por aquel recuerdo de una niña que, viéndolo como un hombre y no como un duque, había creído en él. Quizá se debiera al día a día junto a una mujer a la que su título no parecía intimidarla ni un ápice. Era cierto que al principio había parecido asustada, pero no por quién era él sino por algo que le había sucedido antes de conocerlo.

Maldiciendo al desgraciado de su padre, se levantó y comenzó a vestirse, rechazando la ayuda de Peter. En cuanto cogiera a aquel indeseable iba a hacer que se arrepintiese de haber nacido. Fuera lo que fuera lo que le hubiera hecho a Victoria, pagaría por ello.

Aquel arranque de cólera lo sorprendió y se dio cuenta de que aquella mujer no solo había alejado su soledad. Aquellos ojos verdes se le habían metido tan adentro que había despertado emociones en su interior que no había sentido antes. Deseo de protegerla. Deseo de hacerla feliz.

Frunciendo el ceño, miró a Peter que, discretamente, había apartado la mirada. Suspiró. Bien, había un deseo en concreto que ella despertaba y que era más difícil de disimular. Aunque no era algo nuevo para él, no recordaba haberlo experimentado jamás con tal intensidad.

—Necesito una licencia especial —dijo, todavía sin mirar a Peter.

—Eso parece, Excelencia —respondió el hombre, aparentemente imperturbable.

—No podemos seguir así mucho más tiempo.

El hombre carraspeó.

—No parece muy cómodo, no.

Esta vez Martin sí que lo miró y le dedicó una mirada exasperada.

—Me refería a que no podemos seguir aquí, alejados de la civilización, y viviendo juntos, sin hacer nada al respecto.

El hombre asintió.

—No, eso no parece una buena idea, tampoco.

—Tendré que recurrir a George —suspiró el duque, dirigiéndose al escritorio que se hallaba junto a la ventana—. Espero que recuerde los favores que me debe. Y es seguro que a él no le negarán nada.

El sirviente asintió y esperó pacientemente a que Martin terminase de escribir la nota que, posteriormente, le entregó.

—Entrégala cuanto antes.

En cuanto el hombre abandonó el cuarto, Martin se dirigió a la puerta que comunicaba su habitación con la de Victoria y asió el pomo. Fue entonces cuando recordó que le había entregado la llave.

Suspirando, golpeó suavemente con los nudillos. Al otro lado no se oía absolutamente nada, por lo que pensó que, tal vez, ella todavía estuviera durmiendo. Estaba a punto de alejarse, cuando oyó el sonido de la cerradura y la puerta se abrió lentamente. Una Victoria somnolienta, envuelta en una bata de franela, le miró con el ceño fruncido.

—Espero que te estés muriendo —gruñó, con la voz ronca por el sueño— o que la casa esté ardiendo. Si no es así, es probable que perezcas entre terribles sufrimientos en un futuro cercano.

Martin sonrió. Verla así, despeinada, adormilada y con cara de fastidio, parecía algo tan íntimo que sintió como algo se contraía en sus entrañas. Así la vería cada mañana, cuando despertase a su lado. La vería así y le haría el amor. Fue una decisión espontánea, pero parecía, sin duda, una muy buena idea. Le daría placer hasta borrar el ceño de su frente y para cuando terminasen su malhumor habría sido sustituido por una sonrisa satisfecha.

Acercándose, la asió por la cintura. Quizá, antes de decidir algo como eso, debería hacer una pequeña prueba. Tal vez debería besarla ahora y ver si lograba borrar el fastidio de su cara.

Dejó que sus labios rozaran suavemente los de la joven. Con ternura, tocó su mejilla con los dedos. Recorrió su rostro con sus labios y, finalmente, tomó posesión de su boca. Intentó ser suave para no asustarla, pero pronto perdió la batalla. Victoria seguía sus movimientos tímidamente, contribuía con sus propias caricias inexpertas al juego que él había comenzado y Martin vio como, sin ni siquiera darse cuenta, perdía el control de la situación.

Pronto se encontró profundizando sus besos, saqueando la boca de la joven como si se le fuera la vida en ello. Su lengua rozó la de Victoria, que se sobresaltó durante un instante, pero acabó relajándose contra él.

Incapaz de apartarse, aun cuando sabía que debería hacerlo, la apretó contra su cuerpo, haciéndola sentir su deseo. Debería detenerse antes de asustarla, alejarse de ella y comportarse como un caballero. Debería, pero no podía hacerlo. No cuando ella participaba con tanta dulzura y se dejaba arrastrar sin protestas hacia aquella vorágine de deseo que parecía que iba a consumirlos. No cuando, en unos días, ella sería suya.

Con un gemido entrecortado, se alejó de sus labios y recorrió el cuello de la joven, dejando un sendero de besos hasta su escote. Sin ningún remordimiento, acarició su cuerpo, permitiendo que sus manos abandonaran su segura posición en la cintura de la joven y ascendieran por su torso. Recorrió sus costados, subiendo y acercándose cada vez más a su objetivo. Un objetivo con el que había soñado durante más noches de las que cualquier hombre podría soportar sin perder el juicio. Y cuando lo alcanzó, cuando acarició aquellos pechos que empujaban contra la tela de su bata, supo que, definitivamente, aquella era una buena idea. Victoria había borrado el fastidio de su rostro hacía un buen rato y él se sentía en el cielo.

Sin despegarse de ella, atravesó aquella puerta, cuya llave permanecía olvidada en la mesilla de noche. Y allí se quedaría, pues a partir de esa mañana no volvería a ser necesaria. Ninguna puerta se interpondría entre ellos.

Un ronco gemido escapó de su pecho. Temblando, como no recordaba haber temblado nunca antes en las mismas circunstancias, tendió a la joven sobre la cama, entre los mullidos cojines y las sábanas que todavía conservaban su calor.

Se separó un instante, recorriéndola con la mirada. Los enormes ojos verdes de Victoria lo miraban con una mezcla de deseo y turbación. Ella no sabía qué era lo que estaba haciendo.

Por un momento, intentó recordar cómo se había sentido él durante su primera vez, pero había transcurrido tanto tiempo que apenas recordaba nada. Además, su situación era diferente. Él era un hombre y todos los tipos de su edad habían aspirado a lo mismo, habían buscado dar ese paso para demostrar al mundo que ya habían dejado atrás la época de los pantalones cortos.

Ella, sin embargo, era una mujer, uno de esos seres a los que las madres, las tías solteronas y todas aquellas matronas a las que se les presentaba la oportunidad, advertían de lo dolorosas, incómodas y terribles eran aquellas relaciones, aquellas “obligaciones conyugales”, pues sólo debían practicarse en la intimidad de la alcoba, con la luz apagada y un contrato matrimonial convenientemente firmado.

Martin suspiró y se alejó de ella. Victoria lo miró apartarse y su expresión se tornó todavía más confusa.

—Es mejor que pare ahora.

—Comprendo —murmuró Victoria bajando la mirada.

—No, no comprendes nada —dijo con tono risueño y, contra su buen juicio, se sentó a su lado— y es por eso por lo que debo detenerme.

Ella volvió a clavar sus ojos en los de él, pero no dijo nada. Martin suspiró de nuevo.

— ¿Sabes qué pasaría si no me hubiese detenido?

—Que me hubieras deshonrado.

El bufido del duque la sobresaltó.

—Sí, eso es lo que todas las damas de buena familia debéis tener claro. Ahora, olvidándonos de las cuestiones de honra, ya que el tema del matrimonio está solucionado, ¿sabes qué hubiera pasado?

Ella tardó unos instantes en responder, mas, finalmente, negó con la cabeza.

—Eso me parecía —suspiró.

Y levantándose de la cama, todavía excitado, comenzó a pasearse por la habitación. No tenía ni idea de cómo enfrentarse a aquello. Se sentía como una madre avergonzada preparando a su hija para la noche de bodas. Porque estaba avergonzado. Él, que había hecho eso tantas veces antes, se sentía incapaz de ponerlo en palabras, de explicarle a Victoria qué era lo que iba a suceder cuando por fin la hiciese suya.

—Verás…

Victoria lo miró, expectante. Martin carraspeó.

—Es bastante sencillo —comentó, intentando parecer despreocupado—. En tu noche de bodas tu marido… es decir, yo, porque te vas a casar conmigo, querrá… bueno, querré…

Los ojos de Victoria no se apartaban de su rostro y Martin empezó a pensar que, pese a su avanzada edad, no tardaría en ruborizarse.

—Tu querrás… —animó la joven, con interés.

—Bien, yo querré… —carraspeó de nuevo—. Es un poco complicado.

Ella frunció el ceño.

—Era sencillo hasta hace un momento.

—Sí, bueno, puede serlo también…

Victoria lo miró sin comprender nada.

—Puede ser sencillo —repitió, confusa—, pero también puede ser complicado.

Él asintió.

—No me estás sirviendo de mucha ayuda —murmuró—. ¿Crees que tendrás algún libro en la biblioteca sobre el tema?

Martin la miró asustado.

— ¡No! —negó, agitando bruscamente la cabeza—. A nadie se le ocurriría incluir algo así en una biblioteca familiar.

Pero, al recordar que Devlin formaba parte de su familia, se prometió revisar la biblioteca en cuanto tuviera ocasión.

— ¿Entonces? —interrogó Victoria, ajena a su turbación.

Él la miró, tratando de recordar qué era lo último que le había dicho, antes de comenzar a divagar.

—Tú querrás… —le ayudó la joven.

—Bien, yo querré… hacer cosas íntimas contigo.

Ella asintió, pero la expresión de su rostro seguía siendo interrogante, por lo que se imaginó que quería alguna explicación más.

—Y, claro, después puede aparecer un bebé…

Victoria puso unos ojos como platos.

—Haremos cosas íntimas y aparecerá un bebé —repitió más para sí misma que para él—, parece cosa de magia.

Martin bufó. Era evidente que no se estaba explicando bien.

—No —lo intentó de nuevo—, el bebé no aparecerá.

Victoria lo miró exasperada.

—Puede ser fácil, pero también puede ser difícil. Hay un bebé que aparece y desaparece y tengo que hacer contigo unas cosas íntimas que ni siquiera sé en qué consisten —lo fulminó con la mirada—. Excelencia, ¿está explicándome lo que ocurrirá en nuestra noche de bodas o está jugando conmigo a las adivinanzas?

Martin negó con la cabeza. Aquello no estaba saliendo bien.

—Será mejor que te lo explique cuando llegue el momento —comentó, con nerviosismo, mientras se dirigía a la puerta—. Ahora es mejor que te vistas y bajes. El desayuno debe de estar listo.

Y sin más explicaciones se batió en retirada.

—Excelencia, es usted un cobarde —murmuró para sí Victoria, con una sonrisa burlona—. Después de esto, si alguna vez paso penurias económicas, es evidente que Drury Lane es una clara posibilidad.

El jueves…

Victoria desapareció.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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