• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 14

 

—¿Qué demonios ha sido eso? —bramó Martin asomándose a la puerta de su estudio y recorriendo el pasillo con la mirada.

La criada que, en ese momento, pasaba por allí lo miró, confusa y asustada.

—No lo sé, Excelencia. Ha venido de…

No continuó la frase ya que Martin se alejaba a grandes zancadas por el corredor.

Gruñendo una maldición, el duque se dirigió a la última puerta, la puerta de doble hoja tras la que, durante toda esa semana, se había librado una auténtica batalla. Una guerra de la que, si no se equivocaba, alguien acababa de declararse vencedor.

Debatiéndose entre la angustia por lo que podría toparse y la furia por…

Reflexionó un momento. ¿Por qué estaba furioso?

Suspiró. Bien, también la furia tenía que ver con lo que temía encontrarse al otro lado.

Con mano firme asió la manija y abrió la puerta. Inmediatamente la volvió a cerrar.

Apoyó la frente contra la madera y cerró los ojos. No podía ser. Aquello no le podía estar pasando a él. Había vuelto a Inglaterra para tranquilizar a su familia, arreglar todo lo referente al ducado y regresar, sin demora, a su errante vida como espía. Y, en cambio, llevaba semanas en aquel país, persiguiendo algo que no sabía si deseaba, pero a lo que, incomprensiblemente, se sentía incapaz de renunciar, y el objeto de su persecución se hallaba ahora al otro lado de esa puerta. Ordenando su biblioteca.

Abrió la puerta de nuevo con la absurda esperanza de que algo hubiese cambiado. No lo había hecho. Al otro lado, una de sus estanterías se había derrumbado y otra permanecía precariamente apoyada contra el saliente de la ventana, mientras Victoria lo contemplaba todo subida en una escalera, con un libro en la mano, como si justo en ese instante fuese a colocarlo en su estante correspondiente, y expresión desconcertada.

—No he hecho nada —se defendió ella en cuanto lo vio.

Martin suspiró. No había hecho nada. Tampoco lo había hecho el día anterior cuando la cocina había comenzado a arder mientras ella intentaba preparar galletas. Ni el martes, cuando la mitad de sus caballos habían huido mientras ella decidía cuál iba a montar para dar una vuelta por los alrededores.

—Victoria…

— ¡De verdad que no le he tocado a nada! —se defendió la joven sin darle tiempo a terminar de hablar—. Estaba aquí, intentando colocar esto…

Dudando, leyó el título del libro. Se sonrojó inmediatamente y sin mirarlo prosiguió:

—Iba a poner esto en el estante cuando todo se vino abajo. Sólo me apoyé un momento contra la estantería, lo prometo —lo fulminó con la mirada—. Su biblioteca es un peligro, Excelencia. Podría haber ocurrido una desgracia.

Su biblioteca era un peligro. Aparentemente, esa era toda la explicación que ella iba a darle. Aquellas estanterías llevaban más de un siglo allí, inamovibles. Sus hermanos y él habían correteado entre ellas y jamás había sucedido nada. Estaba seguro de que sus antepasados se habían movido con seguridad por aquella estancia y nunca habían detectado nada preocupante. Pero, de repente, su biblioteca era un peligro. Y a él le valía esa explicación.

¿Qué más daba?

Durante los últimos días se había dado cuenta de que no le importaban los desastres que Victoria ocasionaba. Siempre y cuando saliese ilesa de ellos, no le preocupaban en absoluto. Le daba igual pasarse horas persiguiendo caballos o estropear su mejor camisa tratando de apagar un horno en llamas. Le daría lo mismo gastarse una fortuna en rehabilitar la biblioteca. Y todo por una razón muy simple. Mientras causaba todos aquellos desastres involuntarios, Victoria olvidaba los muros que había erigido a su alrededor y la mirada traviesa que había lucido aquella vez, tantos años atrás, en que le había pedido matrimonio volvía a sus ojos. Incluso reía, algo que no le había visto hacer nunca antes. Así que a él no le quedaba más remedio que sentarse tras su escritorio, pluma en mano, y ocuparse de todos los papeles que se había encontrado al llegar con sólo la mitad de sus capacidades mentales, ya que la otra estaba demasiado ocupada pensando en la joven, en su sonrisa y en el siguiente desastre que desencadenaría.

Clavando su mirada en ella, se dirigió a la escalera. Aunque no le importasen las estanterías, había algo que había despertado su curiosidad.

Sin mediar palabra, tendió la mano y esperó a que ella le diera el libro. Victoria enrojeció de nuevo. Él esperó. Ella bufó y se lo entregó.

En cuanto leyó el título, Martin no pudo evitar reírse.

—Este libro me persigue —comentó, ayudándola a bajar—. Al menos esta vez no me lo has lanzado a la cabeza.

—He estado tentada —contestó ella, sonriendo.

Cuando sus miradas se cruzaron, el duque se dio cuenta de que le gustaba aquella situación, de que la última semana había estado muy cerca de ser la mejor de su vida. Le gustaba la camaradería que se había establecido entre ellos. Le gustaba saber que ella estaba allí. Incluso cuando no estaba con él podía sentir su presencia en alguna parte de la casa. Le gustaba ayudarla cuando se veía envuelta en una nueva catástrofe. Y le gustaba saber que él, sólo él, la estaba protegiendo.

Sin soltar su mano, la arrastró hacia el pasillo antes de que fuera demasiado tarde y aquel desastre no tuviera arreglo.

Le gustaba aquello. Le gustaba Victoria. Le gustaba mucho más de lo que podría haberse imaginado jamás. Y no había ninguna lógica en la que apoyarse. No le gustaba porque fuera la mujer más atractiva que hubiese visto nunca, ni la más dulce, ni, mucho menos, la más segura de sí misma que hubiera conocido. No le gustaba porque fuera un ángel ni porque fuera una seductora.

Dejando vagar su mirada por sus rasgos, dejó que se gravara en su mente la longitud de sus pestañas, el brillo de sus ojos y la suavidad de sus labios. Gravó esa media sonrisa que todavía lucía y el pequeño lunar detrás de su oreja. Lo gravó todo y suspiró.

Ella no era “la más” nada. Simplemente era ella. Un poco hermosa, un poco dulce y, con su ayuda, un poco segura de sí misma. Un poco ángel e, inconscientemente, un poco seductora. Un poco misteriosa y un poco traviesa. Un poco de todo y eso la convertía en un todo perfecto para él. Un todo que, mucho se temía, lo había hechizado por completo.

Las palabras de su madre volvieron a su mente. Si se casaba con ella debía serle fiel. Debería haberle hecho aquella promesa a la duquesa en el mismo instante en el que se la había exigido. Al fin y al cabo, había estado perdido desde el principio. No había pensado en otra mujer desde que la había encontrado en su camarote. Había ocupado sus pensamientos incluso de niña, con aquella absurda proposición.

—Vayamos al jardín —susurró.

Ella lo miró un tanto desconcertada, pero asintió. Todavía meditabundo, la condujo hacia la puerta. No podían pasar mucho más tiempo en Newfield Park sin arriesgarse a que su madre descubriese su paradero y lo asesinase. No obstante, no iba a abandonar aquel lugar sin conseguir que ella lo aceptara. Y no porque temiese que las jovencitas y sus madres se abalanzaran sobre él en busca de un compromiso ni porque lord Bradford tuviese todavía la tutela de Victoria. Iba a conseguir que ella le dijese que sí porque ni quería ni podía ya alejarse de ella. Si algún día abandonaba Inglaterra, algo que veía cada vez más difícil, tenía que llevársela con él.

— ¡Maldición! —tronó lord Bradford cerrando la puerta de la sala con un sonoro portazo.

En una sala privada de una de las posadas de la pintoresca Gretna Green, Sheldon contempló a su enfurecido señor que, tras lanzar su sombrero sobre una silla, comenzó a pasearse de un lado a otro.

—Hemos buscado por todas partes —informó el hombre, enfurecido, como si su mayordomo no hubiera sido quien lo había acompañado en su búsqueda—. Hemos peinado todo este maldito pueblucho y no hemos encontrado ni rastro. ¿A dónde demonios pueden haber ido?

Sheldon imaginó que se trataba de una pregunta retórica por lo que ni se molestó en intentar responder. Habían pasado más de una semana de un lado para otro. Habían visitado todas las posadas del pueblo y alrededores. Tras su primera inspección, habían vuelto atrás por si a los dos fugitivos les había sucedido algo que los hubiese retrasado. Después de una infructuosa búsqueda por aquellos desastrosos caminos habían regresado a Gretna y repetido el proceso de la primera vez. Los resultados habían sido los mismos. Ni rastro de Victoria ni del duque.

Aparentemente ahora, después de todas aquellas idas y venidas y de haber perdido tanto tiempo para no obtener ningún resultado, parecía que lord Bradford comenzaba a aceptar que había fracasado. Era evidente que el cansancio había hecho mella en él y que el conde no aguantaría mucho más aquel nivel de actividad. Su esposa había estado en lo cierto. No tenía edad para andar correteando de un lado para otro por el país adelante.

Con rostro imperturbable, el mayordomo se levantó del asiento que ocupaba y se dirigió al conde.

—Tal vez sea mejor que volvamos a casa, milord —la furiosa mirada que el hombre le dedicó no lo amedrentó en absoluto—. A estas alturas poco puede hacer ya con respecto a esos dos.

Lord Bradford mantuvo su expresión airada durante unos instantes, pero, finalmente, esta fue sustituida por otra de terrible angustia. Sin duda, debía de estar desesperado. Había puesto un ímpetu fuera de lo normal en la búsqueda. Había pasado noches sin dormir y días sin apenas comer para poder recorrer palmo a palmo cada rincón en el que ellos se pudieran haber escondido. Sheldon lo había seguido, por supuesto, pero más como observador que como verdadera ayuda ya que, en realidad, él no deseaba encontrar a la joven dama. Conocía al duque de Sheffield. Lo había visto a menudo antes de que abandonara el país, durante las frecuentes fiestas que lady Bradford había celebrado, y estaba convencido de que Victoria estaría mucho mejor con él que con su padre. Y no porque se fiase de Sheffield. Años atrás había sido un libertino de primer orden y no tenía demasiadas esperanzas de que hubiese cambiado. Pero, calavera o no, el duque nunca había sido una persona malvada ni violenta y estaba seguro de que trataría a la joven mejor de lo que lo había hecho su familia.

Así pues, decidido a ayudar a Victoria en lo que pudiese, había tratado de entorpecer su búsqueda siempre que había podido. Una imperceptible sonrisa tiró de las comisuras de sus labios. Bien, no sólo él había estorbado a lord Bradford.

Observando al felino que se había acomodado sobre el sombrero del conde y que lamía sus patas completamente ajeno a los otros dos ocupantes de la habitación, se dirigió a la puerta.

—Prepararé el equipaje.

Sin más explicaciones, abandonó la sala. Lord Bradford había estado condenado a no encontrar a su hija desde el principio. Él no iba a permitir que volviese a hacerle daño y la burlona sonrisa de Alice cuando se había despedido de ellos había dejado claro que ella tampoco.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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