• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 13

 

Cuando Victoria descendió del carruaje, comprendió que la habían engañado. Ante ella se alzaba una imponente mansión de tres plantas y enormes ventanales, no un pueblito escocés lleno de prófugos.

Debatiéndose entre la furia porque le hubiera mentido y el alivio por haberse librado de un matrimonio que no tenía claro si deseaba, contempló la construcción que se alzaba ante ella. De estilo clásico, su majestuosidad quitaba el aliento y dejaba claro el poder de la familia que allí vivía.

—Newfield Park, me imagino —comentó Victoria sin ni siquiera mirar al duque.

—En efecto —respondió Martin—. Espero que te encuentres a gusto.

Ella lo miró, impasible.

—Creí que viajaríamos directamente a Gretna. Parecía impaciente cuando abandonamos Londres.

Él no respondió al momento. En su lugar, la observó detenidamente, estudiándola, y Victoria comenzó a sentirse incómoda. Finalmente, cuando el escrutinio comenzaba a resultarle insoportable, él murmuró:

—Al parecer, todavía queda algo de caballerosidad en mí. No puedo obligarte a que me aceptes ni aprovecharme de tus circunstancias para lograr lo que quiero.

Sus ojos se encontraron y Victoria reparó en la gravedad de su semblante, una seriedad que jamás había visto en él. Todos los recuerdos que tenía de aquel hombre eran los de un joven indolente y alegre, aparentemente incapaz de preocuparse por nada, y esa nueva faceta la desconcertó. De pronto, el recuerdo de aquella noche, tantos años atrás, regresó a su mente y con él el instante en el que Martin la había mirado con la expresión más triste que había visto nunca.

—Acompáñame —ordenó él, arrancándola de sus cavilaciones.

Viendo que se dirigía a la puerta principal, Victoria lo siguió. Al parecer ella no era la única que se ocultaba tras una máscara en aquella historia. El insigne duque de Sheffield también era un farsante.

Entre los árboles que rodeaban la mansión, alguien observaba a la recién llegada pareja con una cínica sonrisa en los labios. Finalmente, su decisión no había sido tan mala idea.

Había decidido seguirlos el día en que abandonaron el barco. Le había sorprendido descubrir a dónde se dirigían. Aunque sabía perfectamente cuál era la casa del duque, jamás se hubiera imaginado que osase llevar a su querida ante su familia. Pero lo había hecho y, en aquel momento, él había empezado a comprender que aquello era serio. Se había percatado de que, tal vez, las intenciones de Sheffield no eran tan despreciables como él había esperado. Y eso no le gustaba. No porque tuviera nada en contra de aquella mujer ya que ni siquiera la conocía. Simplemente, no le agradaba la falta de previsión, la pérdida del control sobre lo que estaba sucediendo.

Por eso había pasado tantas horas merodeando la casa, aun cuando corría el riesgo de que lo descubrieran. Por eso había interrogado a uno de los hermanos del duque aprovechando que estaba borracho como una cuba.

Al recordar al despreocupado dandi rubio, frunció el ceño. Aquel idiota no le había servido de ayuda. Al parecer, sus únicas preocupaciones eran las apuestas y las mujeres y ni siquiera parecía estar al corriente de lo que sucedía en su propia casa.

Había supuesto una completa pérdida de tiempo y le había obligado a tomar medidas drásticas. Había sido tras hablar con él cuando había decidido colarse en la mansión de los Sheffield. Afortunadamente, no había sido necesario.

Había presenciado la función desde un lugar privilegiado. Se hallaba a pocos pasos de los actores cuando estos habían comenzado su discusión. Había escuchado al duque despidiéndose de su madre y no había dudado un instante en montarse en su caballo y seguirlos como alma que lleva el diablo a través de media Inglaterra. Había sido una decisión impulsiva, pero en ese momento se alegraba de haberlo hecho. En el mismo instante en el que había reconocido a aquella mujer, había sabido que no podía perderla de vista. Así, mientras el conde de Bradford acudía a toda pastilla en la dirección equivocada, él se hallaba ante la puerta tras la que se escondía la llave de su venganza.

Por muy decente que fuese una dama, por muy impoluta que estuviese su reputación, de hallarse en sus circunstancias podría considerarse perdida.

Alojada en la mansión de campo de un noble, con la única compañía de este y de un puñado de criados, Victoria sabía de sobra que jamás sería aceptada de nuevo entre sus pares a no ser que el título de duquesa apareciese junto a su nombre.

Aquel pensamiento cruzó su mente mientras contemplaba el jardín desde la ventana del enorme cuarto que le habían asignado. Una habitación que no era otra que la destinada a la señora de la casa.

Con un bufido de exasperación, abandonó su posición y se dirigió a la majestuosa cama con dosel que presidía la habitación.

Había sido Martin quien había elegido su ubicación. En cuanto cruzaron la puerta de entrada, había comunicado a sus criados que debían prepararle aquel cuarto. Nadie había preguntado nada. Tampoco había sido necesario. Por sus miradas de desaprobación, Victoria se imaginaba lo que pensaban de ella. Y también se imaginaba la razón por la que el duque la había alojado allí. Él sabía que después de eso estaría perdida sin él. Lo que parecía no comprender todavía era que a ella su reputación empezaba a darle completamente igual. Su preocupación más inmediata no era ser recibida en los salones de más renombre de Londres. De hecho, ni siquiera estaba segura de que le importase no volver jamás.

Nunca había sido una dama socialmente activa. Había pasado mucho más tiempo leyendo en su habitación que bailando en una pista de baile. A su padre no le había importado que evitara los acontecimientos sociales y ella no se había sentido demasiado a gusto en aquellos eventos. Le gustaba hablar, pero ninguna de aquellas conversaciones insustanciales había llamado su atención. Le encantaba bailar, pero jamás había encontrado una pareja de baile apropiada.

Con un suspiro, se dejó caer sobre la cama. Interactuar con sus pares nunca se le había dado bien. No compartía aquel gusto tan común por todo lo superficial que predominaba en los salones de Londres. Además, era una persona extremadamente tímida. Aun así, jamás había imaginado que acabaría por arruinarse socialmente, por ser considerada una paria entre aquellos con los que se había criado.

Por un momento se planteó aceptar al duque, tal y como había hecho antes de que a él le asaltasen los remordimientos. Al fin y al cabo, Martin estaba en lo cierto.

Casarse con él supondría solucionar todos sus problemas. Pero también supondría condenarse para siempre. Porque, por muy conveniente que fuese, Martin seguía siendo el hombre por el que había suspirado durante los últimos diez años. Un hombre que, mucho se temía, jamás suspiraría por ella. Y eso era lo que le impedía cruzar aquella puerta, lanzarse a sus brazos y quitar, por fin, de sus hombros todo ese peso que comenzaba a aplastarla.

Unos fuertes golpes la arrancaron de sus cavilaciones. Sin darle tiempo a contestar, el objeto de sus pensamientos abrió la puerta y asomó la cabeza. Al verla frunció el ceño y entró en la habitación.

—Esperaba ver algo un poco más escandaloso —comentó, despreocupadamente, mientras se acercaba a ella.

Ante lo inapropiado de la situación, Victoria se levantó de la cama de un salto.

—No le he dado permiso para entrar, Excelencia —riñó, cruzándose de brazos.

—Pero ibas a hacerlo —contestó él con una sonrisa, sentándose en el mismo lugar que ella había ocupado unos segundos antes—, yo sólo te he facilitado el trabajo.

— ¿Y si no le hubiese permitido pasar?

—Hubiera entrado igual —respondió, encogiéndose de hombros.

— ¡Pero podría estar vistiéndome!

El duque sonrió de oreja a oreja.

—Podrías, ¿verdad? —negó con la cabeza, como si sintiese un tremendo pesar—. Por desgracia, nunca he sido un tipo oportuno. La próxima vez que te cambies, avísame y así sabré cuándo debo interrumpir.

Victoria lo observó, incrédula. Muy a su pesar, sintió como se elevaban las comisuras de sus labios.

—Es un libertino.

Martin suspiró y la sonrisa se borró de su rostro. Poniéndose de pie, hurgó en el bolsillo hasta dar con lo que buscaba.

—Parece que ya no soy ni siquiera eso —murmuró—. Venía a darte la llave de la puerta que comunica nuestras habitaciones.

Victoria recogió la llave que le ofrecía.

—Algún día la abrirás por voluntad propia —dijo Martin, mirándola a los ojos—. Espero que, para entonces, no sea tan viejo como para no poder cruzarla.

Dirigiéndose a la puerta que se encontraba en el lado contrario del cuarto y que conducía al pasillo, invitó:

— ¿Te apetece dar una vuelta por los jardines? Después puedo enseñarte la casa, si quieres.

Ella lo miró durante unos instantes, dudando. Finalmente, dejó la llave en la mesilla y se dirigió junto a él.

¿Por qué no?

Ya que estaban juntos en aquel lugar podían intentar llevarse bien.

— ¿Sigues queriendo cruzar el charco?

Victoria observó al hombre que permanecía tumbado perezosamente a su lado sobre una desgastada manta que habían tendido en el jardín. Sin tener muy claro qué responder, fijó su mirada en el horizonte.

En los días que llevaban en aquel lugar habían firmado una especie de tregua y habían logrado establecer una relación cordial entre ellos. Sorprendentemente, había descubierto que podía sentirse cómoda al lado de Martin cuando este relajaba su carácter autoritario y ella abandonaba esa actitud defensiva que se había ido arraigando en su personalidad con el paso de los años. Los dos habían tenido que ceder. Inconscientemente. Era como si ambos estuvieran haciendo un esfuerzo por ver si una relación entre ellos podía llegar a algún sitio. Tal vez, si lograban convivir cordialmente durante algún tiempo descubriesen que les gustaba aquella situación. O quizá no.

—No lo sé —murmuró, finalmente, sin mirarlo—. Es la solución más sencilla.

—La solución más fácil es que te cases conmigo —contestó él, despreocupadamente, en una actitud tan diferente a la que había mostrado pocos días antes que Victoria se sorprendió—. Sabes que no dejaría que te pasase nada.

—Lo sé —no dudó, realmente lo sabía, lo había sabido, probablemente, desde que se habían encontrado.

—Te daría un hogar y la seguridad de mi apellido y no te pediría demasiado a cambio.

—Eso también lo sé.

—Podrías tener todo lo que quisieses.

Victoria lo miró. Recorrió su perfil, sus rasgos relajados. Reparó en lo largas que eran esas pestañas que rodeaban sus ojos, en ese instante cerrados. Se fijó en sus labios y recordó cómo los había sentido sobre los suyos. Recordó lo que había sentido, el hormigueo de su piel cuando la tocaba, los temblores de su cuerpo y las mariposas en el estómago. Y supo que él estaba mintiendo. No podría tener todo lo que quisiese. No podría tener lo que quería de aquel hombre, lo que había querido desde que lo había conocido.

Ante su silencio, Martin abrió los ojos y la miró. Sus miradas se encontraron y Victoria sintió como algo se contraía en su interior. Él no dijo nada, pero pareció comprender su intranquilidad.

—Ven aquí —susurró Martin, cogiéndole la mano y tumbándola junto a él.

Aun sabiendo lo inapropiado que era aquello, Victoria se relajó. Estaba completamente comprometida. A esas alturas su reputación ya daba igual.

Apoyando la cabeza en su hombro, dejó que la abrazara. Era extraño sentirse tan cómoda en brazos de alguien a quien apenas conocía. Un tipo del que sólo unos días antes había querido escapar.

—No voy a obligarte —dijo él, acariciando su pelo con los labios—. Espero que me digas que sí tarde o temprano, pero si decides rechazarme te ayudaré igualmente.

Victoria se acurrucó todavía más contra él.

—No voy a dejar que lord Bradford te haga daño.

Ella cerró los ojos y sintió como, por primera vez en mucho tiempo, la abandonaba esa sensación de intranquilidad que, tan a menudo, le oprimía el pecho.

Relajada, se fue quedando dormida con el sonido de los pájaros de fondo y el retumbar del corazón de Martin en su oído. Ni una sola vez pensó en lo que él había dicho. Y por eso no se preguntó ni por un momento cómo sabía él el nombre de su perseguidor. Lord Bradford. Su padre. Un nombre que ella jamás había pronunciado en presencia del duque. 

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

Página anterior / Página siguiente

Página anterior / Página siguiente

Índice de capítulos

Sueños cumplidos

 

 

Otros contenidos de la web

Copyright © 2002 - 2020 rnovelaromantica.com y elrinconromantico.com

| Aviso legal | Política de privacidad | Política de Cookies |