• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Noviembre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 12

 

El viaje hacia Gretna Green no fue agradable. Temiendo que Victoria cambiase de opinión, Martin se negó a parar más de lo estrictamente necesario. Y lo estrictamente necesario era muy poco. Tan solo se detenían para cambiar los caballos o para que su cochero estirase las piernas durante algunos minutos. En ese tiempo, Victoria debía atender a sus necesidades y buscar algo con lo que calentarse, pues el frío del invierno no remitía aun cuando faltaban solo unas semanas para que comenzase la primavera.

Sin embargo, por más que Martin desease poner cuanto antes un anillo en el dedo de la joven, el viaje era demasiado largo como para continuar sin detenerse. Así pues, entre airadas protestas, bufidos de exasperación y alguna que otra maldición de lo más imaginativa, Martin acabó accediendo a detenerse y pasar la noche en una posada. Dado que en aquellas fechas los amantes eran poco dados a huir de la comodidad de sus casas y preferían dejar sus dramáticas fugas para fechas más cálidas, no les resultó difícil encontrar donde alojarse.

Por supuesto, dada la situación, Martin prefirió no desvelar su identidad y mantuvo el rostro de Victoria convenientemente oculto bajo un velo que, si bien no era exactamente de misterio si no de algo mucho más tangible como era el crepé, sí que le confería una apariencia tremendamente misteriosa. O, al menos, eso fue de lo que intentó convencerse ella pues, si aceptaba la verdad, la integridad física de su futuro esposo correría grave peligro. Al fin y al cabo, Victoria era inocente pero no tonta y sabía perfectamente que, tanto el posadero como su mujer, pensaban que era la querida de aquel hombre.

Así, decidida a no asesinar a aquel individuo, al menos hasta que no tuviera la seguridad de su apellido, imaginó que era una enigmática mujer huyendo de un aciago destino y que el tipo que la acompañaba era, en realidad, su salvador. Siempre había sido una mujer de imaginación desbordante, pero en ese momento se percató de que, en realidad, esta vez aquella historia no era fruto de su fantasía. Ella era una dama en grave peligro y el sujeto que la acompañaba parecía su única tabla de salvación.

Con un suspiro, siguió a Martin que, en ese momento, comenzaba a subir las escaleras.

Tras despedirse de sus anfitriones, Martin se giró y se topo con la mirada airada de Victoria.

— No pretenderá que durmamos en la misma habitación, ¿verdad?

—En realidad, sí —contestó despreocupadamente—. Esa gente piensa que eres mi amante. Como comprenderás, no podía pedir habitaciones separadas.

— ¿Por qué? Muchos nobles lo hacen…

—No con sus amantes —interrumpió él, mirándola fijamente—. Duermen separados de sus esposas, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que la mayoría se casan por motivos que nada tienen que ver con la cama.

—Muchos se casan porque necesitan un heredero y para eso sí que es necesaria.

—Veo que tendré que corromperte un poco más —comentó, sonriéndole enigmáticamente—. De todos modos, concebir un heredero no conlleva demasiado trabajo y no es necesario dormir con la afortunada para llevar a cabo tan ardua tarea.

—Afortunada… —murmuró Victoria, entrecerrando los ojos—. A una la tratan como a una yegua de cría y debe sentirse dichosa.

Martin la observó sonriente durante unos instantes. Finalmente, rodeando su cintura con uno de sus fuertes brazos, la acercó a él.

—Tú no tendrás que preocuparte por eso, pequeña. Compartiré encantado mi cama contigo.

—Oh, que afortunada soy —replicó, irónicamente—. Pero, dado que los motivos de nuestro matrimonio nada tienen que ver tampoco con la cama, bien podríamos dormir separados. De hecho, estaría encantada de que así fuera.

—Tus motivos no tendrán nada que ver, pero, créeme, los míos sí.

—Dijo que lo único que quería era librarse del asedio al que se vería sometido si continuaba siendo un noble, rico y disponible.

—Sí, eso dije, ¿verdad? —y alzando irónicamente una ceja, añadió—. Deberás disculpar mi terrible transgresión. No sé cómo pudo olvidárseme proclamar lo mucho que te deseo cuando le explicaba los motivos de nuestro enlace a mi hermana, una joven e inocente dama, y a mi madre, una… Bueno, ¡es mi madre!

Victoria lo contempló exasperada y ruborizada durante unos instantes. Sin embargo, percatándose de que su reprobatoria mirada no surtía ningún efecto, comenzó a pasearse por la habitación.

—Podría haber dicho que era su hermana.

Martin, que había estado contemplando el balanceo de sus caderas con inusitada atención, alzó la vista.

—No.

— ¿No?, ¿cómo que no? ¡Claro que podría haberlo hecho!

—No. Nadie lo creería. No nos parecemos lo suficiente y…

— ¡Hay muchos hermanos que no se parecen!

— ¿Alguna vez vas a dejar que termine de hablar sin interrumpirme? Esto se está convirtiendo en costumbre —y dedicándole una desafiante mirada, prosiguió—. Nadie se creería que somos hermanos, no solo porque no nos parecemos, sino porque ningún hermano mira a ninguna fémina de su familia del modo en que yo te miro a ti —sin prestar la menor atención al bufido exasperado que Victoria le dedicó, prosiguió—. Además, prefiero no perderte de vista. Dado que cuando te encontré en la calle me dio la impresión de que estabas intentando escaparte de nuevo, no tengo pensado darte la menor oportunidad para que rompas tu promesa. Accediste a casarte conmigo y puedes estar segura de que te haré cumplir lo acordado.

—Y, de paso, intentará adelantar la noche de bodas —murmuró, aunque no lo suficientemente bajo como para que él no la escuchara.

—Si ese es el problema —replicó, tranquilamente—, puedes estar tranquila. No soy tan terrible como crees y no pretendo imponerte mis atenciones cuando no las desees.

— ¿Ni siquiera cuando estemos casados? —preguntó esperanzada.

Martin la observó durante algunos instantes. La joven lo miraba como si aquella respuesta supusiese el final de todos sus problemas, de todos sus miedos y temores. Maldiciéndose interiormente, se obligó a contestar:

—Ni siquiera cuando estemos casados —mas, molesto por la deslumbrante sonrisa que le dedicó, añadió—. Aunque eso no quiere decir que no vaya a intentar hacerte cambiar de opinión. No te obligaré a aceptarme, pero puedes estar segura de que me dedicaré fervientemente a hacerte cambiar de parecer.

Y sin más explicaciones, abandonó la habitación.

Victoria no sabía cuánto había permanecido en la misma posición, con la mirada clavada en la puerta por la que él acababa de salir y debatiéndose entre la alegría por haberse salido con la suya y la desesperación porque hubiese sido tan fácil. Era cierto que no quería que la presionara, ni siquiera estaba muy segura de lo que le depararía aquel matrimonio. Si bien había aceptado, con el paso de los años, que los enlaces entre los miembros de su círculo social muy pocas veces proporcionaban verdadera felicidad, había esperado un matrimonio cómodo, tranquilo, sin excesos ni emociones. Tras haber renunciado a aquellos sueños infantiles y haber aceptado que los príncipes azules se habían extinguido, probablemente devorados por algún fiero dragón cansado de ser siempre, a pesar de su clara superioridad física, el perdedor del cuento, había decidido que lo único que deseaba de un esposo era seguridad. Quería a alguien que la tratase con respeto, que le proporcionase el apoyo que necesitaba y que jamás le levantase la mano. Le daba exactamente igual que su marido tuviese alguna amante, pues no iba a cometer el error de enamorarse de él, o que fuese mucho mayor que ella. Estaba dispuesta a aceptar aquel destino y a conformarse con una vida gris y sin amor si, a cambio, conseguía un poco de paz.

Pero ahora, cuando ya se había resignado a aquello, Martin aparecía de nuevo y lo ponía todo patas arriba obligándola a sentir intensamente, arrastrándola a una vorágine de emociones que ella no se sentía capaz de dominar. Con él nada era comedido ni tranquilo. Cuando la enfadaba, Victoria sentía que podría explotar de rabia en cualquier momento. Cada vez que la ignoraba e intentaba imponerle sus deseos, ella sentía como todos sus nervios se crispaban y como su control amenazaba con irse al traste. Y cuando la tocaba o trataba de protegerla, sentía como algo se revolvía en su interior. Durante esos instantes, deseaba ser otro tipo de mujer, el tipo de mujer que podría permanecer al lado de un hombre como él, aquella clase de damas que lograban mantener el interés de un caballero. Pero la realidad siempre la golpeaba cuando comenzaba a soñar con aquello. De repente, recordaba las palabras de su padre, volvían a su mente todas aquellas veces en las que este le había dicho que no valía nada. Y le creía. Le creía porque tanto entonces como ahora se sentía como si, realmente, no valiese absolutamente nada.

Con un suspiro de resignación, se acercó a la palangana y vertió un poco de agua de la jarra que había al lado. Apartando los cabellos hacia atrás, se enjuagó la cara y comprobó que aquel líquido debía de haber sido traído directamente del Ártico. Estupendo, al menos el frío le aclararía las ideas. Al fin y al cabo, había comenzado a pensar en el beso. Y eso, sin duda, había sido lo peor de todo. Porque durante los instantes que había permanecido entre los brazos de Martin, había llegado a creer que cualquier cosa era posible.

Cuando Edmund Bradford regresó a su casa, descubrió que su pequeña esposa tenía un problema con los conceptos “prisa” y “liviano”. Y es que, si sus palabras nada más atravesar la puerta de entrada y toparse con ella en el vestíbulo habían sido “deprisa, prepárame un equipaje liviano que tengo que partir inmediatamente. Victoria se ha fugado con el duque y debo detenerla antes de que cometa una locura”, su amada Alice las había traducido a su lengua particular por algo así como “cariño, me voy a América por los próximos quince años, guarda todas mis pertenencias en baúles y no te preocupes por el tiempo que el país no se moverá del sitio” y había puesto manos a la obra.

Con la eficiencia que la caracterizaba había organizado a los pocos criados que todavía permanecían a su servicio, dándoles a cada uno una orden y dejando para ella misma la que consideraba más importante: dirigir las maniobras.

Así, en cuestión de segundos, la casa se había puesto en movimiento y las pertenencias de lord Bradford habían sido arrastradas de un lado para otro.

Una hora más tarde, Edmund perseguía, desesperado, a su esposa intentando convencerla de la urgencia del asunto y de la necesidad de darse prisa. Totalmente abstraída, ella asentía ligeramente con la cabeza y continuaba con lo que se traía entre manos.

Hora y media después, el Conde de Bradford, resignado, se dejaba caer en el sofá de la salita contigua a su cuarto y dejaba que su mirada se perdiera en el horizonte que se abría al otro lado de la ventana mientras se preguntaba dónde se hallaría en ese momento su hija.

Dos horas más tarde, la imagen de Edmund Felix Aidan Bradford era la de un hombre totalmente derrotado. Con los codos apoyados en sus rodillas, escondía la cabeza entre las manos mientras, con los ojos fuertemente apretados, recitaba una plegaria.

Y así fue como lo encontró lady Alice cuando, con una alegre sonrisa, entró en la habitación y le comunicó que su equipaje estaba preparado. Al igual que el carruaje que lo llevaría tras Victoria.

— ¿Carruaje? —repitió Edmund, desconcertado—. No puedo llevar un carruaje, Alice. ¡Es una persecución, no un paseo por Hyde Park!

— ¿Crees que voy a permitir que te vayas a caballo como si fueras un jovencito? Edmund, no tienes edad para andar persiguiendo a tu hija por caminos dejados de la mano de Dios a lomos de un caballo. No te dejaré que vayas a menos que aceptes llevarte el carruaje y que Sheldon te acompañe.

— ¿Y se puede saber para qué demonios necesito un mayordomo en estas circunstancias?

—Bueno, o te lo llevas a él o a Marcus. Son los dos únicos hombres, además del cochero, que quedan en el servicio —cruzándose de brazos, advirtió—. No te vas a ir solo.

Y así fue como el duro e intransigente lord Bradford se encontró sentado en un carruaje testigo de los días de esplendor de su apellido, en compañía de su hastiado y serio mayordomo, rodeado de baúles cuyo contenido desconocía y con un gordo y perezoso gato naranja en su regazo.

—Alice —murmuró instantes antes de que el cochero cerrase la puerta del carruaje—. ¿No olvidas algo?

Su esposa lo miró, desconcertada. Sin embargo, cuando reparó en que su esposo los miraba, alternativamente, a ella y al felino, sonrió.

—He pensado que podías llevarte a Ploffy contigo. El pobre está un poco deprimido últimamente y estoy segura de que se debe a que se pasa la vida encerrado en casa. Creo que salir un poco le vendrá bien.

Edmund la observó con la incredulidad reflejada en el rostro. Aquella situación era completamente absurda. ¿Realmente esperaba que, encima de cargar con el viejo mayordomo, hiciese de niñera de un gato? Además, aquel condenado animal tenía más de tres kilómetros de terreno para “animarse”, no había necesidad de que cruzara media Inglaterra con él.

— ¡No voy a llevarme al dichoso bicho conmigo! —bramó, exasperado—. Si está deprimido hazle una maldita fiesta pero no me cargues a mí con él.

Todavía no había terminado de hablar cuando reparó en que los enormes ojos de Alice comenzaban a llenarse de lágrimas. Maldiciendo a las mujeres, los gatos y el mundo en general, se recostó en el asiento y permitió que el cochero cerrase la puerta.

—Nos hará compañía —comentó, intentando parecer despreocupado.

—Por supuesto, milord —respondió Sheldon.

Aunque el rostro del mayordomo no mostró ninguna expresión, Edmund sintió que el hombre estaba haciendo un verdadero esfuerzo por no estallar en carcajadas. Resignado, cerró los ojos y se recostó en el asiento.

Ni una sola vez miró atrás. Ni siquiera por un instante intentó ver a su esposa a través de la ventana, mientras el carruaje se alejaba. Y eso fue lo que le impidió ver la sonrisa de satisfacción que lady Alice exhibía en su rostro.

Martin observó detenidamente a la joven que yacía a su lado. No había intentado tocarla. Tal vez hubiera sido fácil seducirla, pero ni siquiera se le había pasado por la cabeza. No en esas circunstancias. No cuando todavía no había logrado atravesar esa barrera que ella utilizaba para protegerse. La imaginaba de niña, toda sonrisas y rizos revoltosos. Le gustaría que todavía fuese así.

Intentó ver algún rasgo de aquella niña en la mujer que tenía delante. No halló nada. La joven con la que había lidiado era fría y distante. Tal vez fuera su modo de protegerse. Quizá aquellas características formaban parte de su carácter.

Martin rezaba porque no fuera así, porque aquel despliegue de indiferencia no fuera más que su modo de protegerse. Quería llegar a ella, conocerla, y, sorprendentemente, lo que más deseaba era saber si podía sentir algo por él. Algo de verdad, no un simple enamoramiento infantil.

Sonriendo, le apartó un mechón de cabello que había caído sobre su rostro relajado.

No tenía dudas en el tema del matrimonio, aunque ella le había dejado bien claro desde el mismo instante en el que se habían reencontrado que no deseaba semejante vínculo con él. Y, no obstante, ahí estaba, a punto de encadenarse a él para siempre. El miedo había logrado lo que su práctica propuesta no había conseguido anteriormente.

Frunció el ceño. No debería haber sido así, no debería haber permitido que lo aceptara sólo por temor a que la devolviera a su hogar. Debería saber que él no la hubiera abandonado aunque hubiese mantenido su rechazo. Claro que, en realidad, no tenía modo de saberlo a ciencia cierta. En los años que había pasado fuera del país, Martin había cambiado en muchos aspectos. En cierto modo, era un desconocido para su familia, cuanto más para Victoria. Pero él jamás hubiera dado la espalda a una dama en su situación. Ni entonces, ni ahora.

Sintiendo como los remordimientos comenzaban a hacer mella en su humor, cerró los ojos. Se estaba comportando como un bastardo y, en este caso, nada tenía que ver con las circunstancias de su nacimiento. Estaba obligando a aquella mujer a hacer algo que no quería hacer.

Suspirando cansadamente, se colocó de costado e intentó dormir. Al parecer, al día siguiente no proseguirían el camino hacia Gretna Green. La ansiada boda no se produciría tan pronto como había planeado. En su lugar, irían a un sitio mucho más cercano donde esperaba mantenerla a salvo y convencerla de que él era su mejor opción. Aunque había intentado evitarlo por todos los medios, finalmente no tendría más remedio que cortejarla como cualquier caballero enamorado. Aun cuando él, por supuesto, no lo estuviera.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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