• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 11

 

 

—¿A dónde crees que vas? —preguntó Martin interceptando a Victoria cuando estaba a punto de echar a correr calle abajo.

Llevaba un rato parado en la acera, justo enfrente de su casa, charlando con lord y lady Dartmoor, una simpática pareja a la que conocía desde hacía años, cuando vio a Victoria salir de la mansión con paso apresurado. Con la mayor celeridad, se había despedido de sus amigos, evitando llamar la atención, y se había acercado rápidamente a la joven, deteniéndola un segundo antes de que empezase a correr.

Sujetándola firmemente por el brazo, la obligó a mirarlo.

— ¿Me quieres decir a dónde crees que vas? —susurró con tono amenazador.

—No.

— ¿No? ¿no, qué?

—Que no quiero decírselo.

Martin alzó los ojos al cielo.

—Por favor, era una pregunta retórica. Sé muy bien a dónde pretendías ir.

—Entonces no entiendo para qué me lo pregunta. Es una forma absurda de gastar saliva, Excelencia. Y ahora, si me disculpa, debo irme. Salvo que prefiera seguir reteniéndome contra mi voluntad. En ese caso, me vería obligada a montar un espectáculo aquí mismo y a gritar que soy una pobre dama indefensa a la que el duque de Sheffield, de acuerdo con el comportamiento bárbaro que le caracteriza desde que ha regresado, ha secuestrado.

La joven evitó mirarlo mientras profería aquella advertencia y rezó para que él creyese su amenaza. De ningún modo intentaría llamar la atención, pues aquello la perjudicaría más de lo que la ayudaría, pero eso no era algo que Martin debiese saber.

—No me he comportado como un bárbaro en ningún momento. Como un tirano tal vez, como un déspota quizá, pero no como un bárbaro.

—Eso ellos no lo saben. Desde que regresó, ha evitado todos los compromisos sociales y no se ha relacionado con casi nadie.

—Touché.

Victoria sonrió, convencida de su triunfo. Mas cuando intentó reanudar la marcha, Martin se lo impidió.

—No la voy a dejar irse, Victoria.

—Le he dicho que si me retiene en contra de mi voluntad gritaré.

—Y yo la besaré. Y, entonces, no tendrá más remedio que casarse conmigo ya que su reputación estará arruinada. Nadie querrá contratar a una mujer que va por ahí besuqueando a su señor.

— ¡Usted no es mi señor!

—Sí, pero eso ellos no lo saben —advirtió, repitiendo sus anteriores palabras y convirtiéndolas en una burla—. Todos darán por hecho que, dado que se aloja en mi casa, es mi criada.

Victoria le dedicó una mirada iracunda, desafiante. Poco dispuesta a obedecerlo, se zafó de su mano y dio un paso. Martin la sujetó de nuevo.

Entonces, Victoria gritó pero su grito no fue más que un ligero pitido porque antes de que el aire de sus pulmones hiciese vibrar sus cuerdas vocales, Martin la besó. Y fue maravilloso.

Él no tenía pensado besarla. Llevaba más de una semana evitándola, manteniéndose lejos de ella la mayor parte del tiempo. Se había dado cuenta de que ella jamás aceptaría su propuesta si se la imponía. Por lo que parecía, aquella mujer no soportaba las órdenes.

Así pues, convencido de que lo que había fallado en aquel negocio no había sido la proposición sino la forma en la que la había hecho, había decidido cambiar de táctica. De modo que la había dejado en casa de su madre, totalmente convencido de que allí estaría a salvo, y había regresado a su barco.

Lógicamente, no había podido quedarse allí, pues su familia desconocía la existencia del Midnight Shadow, afortunadamente, y su madre se oponía terminantemente a que pasase la noche en cualquier otro lugar que no fuese su propia cama.

—Me has pedido que te ayude a conquistar a la chica y he aceptado sin pedirte nada a cambio —había dicho—. Sin embargo, hay algo que no voy a permitir. No voy a dejar que juegues con ella, Martin. Si quieres casarte con Victoria hay algo que me vas a tener que prometer y, dado que soy tu madre, espero que cumplas esa promesa.

—Siempre que hago una promesa la cumplo, madre —había contestado él, airadamente—. Soy un caballero, aunque, a veces, parezca que no lo recuerdes.

—Lo recuerdo siempre, querido. El que pareces olvidarlo a menudo, eres tú. Precisamente por eso es por lo que necesito que te comprometas a cumplir lo que te voy a pedir —y, mirándolo fijamente a los ojos, había añadido—. Si quieres mi ayuda incondicional con esa joven tienes que jurarme que, desde el mismo instante en que pongas un anillo en su dedo, ella será la única mujer en tu vida. No quiero que te conviertas en tu padre, hijo —y tristemente, añadió—. Ni que ella acabe por convertirse en lo que soy yo.

Martin observó a su madre, sorprendido. ¿Cómo era posible que pensase de aquel modo? Entendía perfectamente que le pidiese que fuese fiel a su esposa, algo que todavía debía pensar detenidamente, pero el hecho de que no desease que Victoria se pareciese a ella carecía de toda lógica.

—Madre, eres la mujer más maravillosa que conozco. Si Victoria acabase por parecerse a ti me sentiría el hombre más afortunado del mundo.

—Sabes a lo que me refiero, Martin. No me siento orgullosa de algunas de las cosas que hice, pero tampoco me arrepiento. Siempre he pensado que cuando la vida te da un golpe lo mejor que puedes hacer es devolvérselo. Si te niegas a serle fiel a tu mujer no esperes que ella lo sea. Jamás exijas más de lo que estés dispuesto a dar porque las cosas no funcionan así. Tarde o temprano, tu matrimonio se vendría abajo, tal y como ocurrió con el mío, y te quiero demasiado como para ver como dejas que eso ocurra sin hacer nada. No me gustaría verte atrapado en una monotonía absurda y carente de sentido. No quiero que te levantes cada mañana con la certeza de que ese nuevo día que empieza no va a ser mejor que el anterior ni peor que el futuro. No deseo que experimentes en tu propia piel lo que es vivir por inercia, sin que haya nada ni nadie que te anime a seguir adelante, convirtiendo el odio y el rencor en el eje fundamental de tu vida —ante la mirada estupefacta de Martin, añadió—. Sí, hijo, yo odiaba al duque más que a ningún otro ser en el mundo. Lo aborrecía más que a mi propio padre que me condenó a un matrimonio sin amor por salvaguardar su estúpido orgullo. Lo odié desde la primera vez que lo tuve delante, cuando con una arrogancia repugnante me comunicó que había llegado a un acuerdo con mi padre.

—Sin embargo, te casaste con él.

— ¿Y qué otra cosa podía hacer?, ¿te das cuenta de la situación en la que me hallaba? Mi madre no estaba dispuesta a ayudarme. Para ella lo que yo había hecho era indigno, vergonzoso. Una noble no debía relacionarse más de lo estrictamente necesario con los sirvientes y, mucho menos, enamorarse de ellos. Mi padre, por su parte, estaba decidido a “endosarme” cuanto antes al primer infeliz dispuesto a aceptarme que encontrase. Y ese no fue otro que el duque, que se encontraba en el lugar indicado en el momento oportuno. En un par de semanas ya era la duquesa de Sheffield y me había alejado de todo aquello que conocía —suspirando, prosiguió—. Mi matrimonio fue un fracaso desde el primer día. El duque no deseaba una esposa, lo único que quería era un heredero. Si hubiese podido engendrarlo en una botella, jamás se habría casado. Disfrutaba demasiado de su vida de soltero, de sus juergas y amantes, y no estaba dispuesto a cambiar. Yo me convertí en un mueble más de su casa al que solo le prestaba atención cuando decidía “cumplir con sus obligaciones”. Hasta que se cansó, volvió a Londres y no quiso saber más de mí. Al menos, hasta que tu padre apareció en escena.

— ¿Qué le sucedió a mi padre? —preguntó Martin, aun cuando ya creía saber la respuesta.

—Eso es algo de lo que prefiero no hablar —contestó ella, acongojada. Y, mirándolo fijamente, añadió—. Por eso te pido que respetes a tu esposa. Tu padre no me respetó a mí, no solo por no serme fiel sino por el modo en que me trataba. Si las cosas hubiesen sido de otro modo, si me hubiese tratado como a una esposa y no como a una de sus posesiones, jamás hubiese intentado huir. Puede que no lo amase, pero yo también tengo honor. Podríamos haber tenido una relación cordial, un matrimonio tranquilo y cómodo, a pesar de que no nos quisiéramos. Pero las cosas no fueron así y no quiero que tú acabes en el mismo infierno en el que viví yo durante tantos años.

La explicación de su madre había logrado desconcertarlo y le había hecho ver las cosas desde otro punto de vista. Estaba convencido de que él jamás sería como el duque, pues trataría a Victoria como se merecía.

Sin embargo, aquella confesión no había logrado arrancarle la tan ansiada promesa. Martin no estaba seguro de querer serle fiel a una mujer, ni siquiera tenía claro si sería capaz de serlo. Había pasado la mayor parte de su existencia saltando de una cama a otra, sin explicaciones ni ataduras. Jamás se había ligado a ninguna amante ni había pasado demasiado tiempo con una dama en concreto. Para él, el compromiso siempre había sido algo a evitar, en todos los sentidos. En el pasado, había sido por miedo a la responsabilidad. Hablar de una amante “oficial” o de una esposa implicaba deberes, compromisos, preocupaciones y exigencias, cosas que él no estaba dispuesto a asumir.

Ahora, tantos años después, cuando ya había dejado atrás esa etapa de inmadurez e irresponsabilidad y se había convertido en un hombre serio, dispuesto a cumplir con sus deberes, se sentía capaz de comprometerse...

Hasta cierto punto.

Podía aceptar el matrimonio, atarse a una mujer para siempre, pero jurarle fidelidad era otra historia.

Incapaz de prometer algo que no sabía si podría cumplir, había huido de su madre. No se había negado en rotundo, pero tampoco había aceptado. Había decidido que necesitaba tiempo para pensarlo. Estaba seguro de que el tiempo que tardase en conquistar a Victoria sería suficiente para que tomase una decisión. Lo único que tenía que hacer, mientras tanto, era mantener las manos alejadas de ella.

Precisamente por eso se había pasado los últimos días evitándola. Aunque dormía en su casa como muestra de que, si bien no había aceptado la petición de su madre, tampoco la había rechazado, la mayor parte del día la pasaba fuera por lo que apenas tenía tiempo de cruzar más de dos palabras con su futura prometida.

Y, sin embargo, ahí estaba, besándola en plena calle, incapaz de soltarla aun cuando sabia que aquello no estaba bien.

Mientras sentía como la lengua de Martin avanzaba inexorablemente en su boca, Victoria se preguntaba cómo había llegado a aquella situación después de haberse jurado que jamás perdonaría a aquel hombre. Mas resultaba terriblemente difícil pensar cuando estabas experimentando la sensación más maravillosa de tu vida.

Aquello era muy diferente al desastroso encuentro con lord Albright. Las náuseas de entonces habían sido sustituidas por el agradable cosquilleo que sentía en el estómago. Por los ligeros temblores que la asaltaban. Por los tenues suspiros que escapaban de su pecho. También era diferente a aquel primer beso en el barco. Aunque, en ese caso, no era tan fácil establecer las diferencias. Tal vez se debiera a que ahora ya se había recobrado de la sorpresa de verlo después de tanto tiempo o a que se sentía más cerca de él que entonces.

Martin sabía tremendamente dulce. Sabía a seguridad, a esperanza, a sueños.

El beso había comenzado violentamente, como un saqueo de su boca que despertaba sus sentidos y la asustaba y excitaba en la misma medida. Mas, al percatarse de la inmovilidad de la joven, Martin había suavizado el contacto hasta convertirlo en un simple roce. Sus labios apenas se tocaban, pero Victoria seguía siendo consciente de cada suspiro, de cada estremecimiento, de cada gemido entrecortado que él emitía. Resultaba desconcertante sentirse tan cerca de alguien, experimentar sus sensaciones como si fueran las propias, olvidarse completamente del mundo que los rodeaba. En ese instante solo existían ellos dos, las manos de Martin sujetando firmemente su cintura mientras la acercaba todavía más a él como si quisiera fundirse con ella, absorberla, convertirla en una parte de sí mismo.

Poco a poco, el beso se fue volviendo más agresivo y Victoria sintió como la lengua del joven acariciaba sus labios instándolos a abrirse. Incapaz de detenerlo, cedió a sus exigencias permitiéndole la entrada de nuevo. Mas esta vez, la intrusión fue mucho más lenta, más suave, más una caricia que un asalto. Victoria notó como él recorría sus dientes, su paladar, y sintió la necesidad de responder a sus envites con caricias de su propia cosecha. Cuando, tímidamente, rozó la lengua de Martin con la suya percibió como él se estremecía y como un gemido escapaba de su boca. O de la de ella. Resultaba imposible distinguir a quién de los dos pertenecían los suspiros y jadeos que cargaban el aire como si de una dulce melodía se tratase.

El grito de un cochero amonestando a sus caballos pareció restablecer su circulación sanguínea de modo que el oxígeno comenzó a llegar de nuevo a su cerebro.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Con un fuerte empujón apartó a Martin que la miro desconcertado por unos instantes. Poco a poco, él pareció recobrar también el juicio y se separó completamente de ella. Tras examinar rápidamente los escandalizados rostros de los transeúntes, clavó sus ojos en los de Victoria.

—Creo que acabamos de dar pie a un terrible escándalo. Mañana todo Londres estará al tanto de nuestro pequeño... intercambio de impresiones. De hecho, creo que ni siquiera esperaran hasta mañana. Ahí mismo esta lady Langdon, una de las mayores chismosas de Londres, y apostaría toda la fortuna de mi familia a que no se ha perdido ni uno solo de nuestros movimientos —con mirada traviesa, añadió—. Tal vez le sirva para darle un poco de emoción a su matrimonio porque la lujuria del pobre Langdon se evaporó en el mismo instante en el que vio a esa mujer vestida de novia. Fui testigo de ello.

—Estará usted acostumbrado —respondió Victoria, mirándolo duramente.

— ¿A ser testigo de cómo mis amigos se convierten en aburridos monjes en cuanto se enfrentan a una dama con semejante atuendo? Lo cierto es que sí. Aunque no es de extrañar, yo también me asustaría si me uniera para siempre a una mujer como esa. Creo que con solo una mirada, esa mujer le bajaría la libido al mismísimo don Juan.

—No me refería a eso —masculló, malhumorada—. Me refería a que estará acostumbrado a los escándalos. Por lo que sé de usted, antes de desaparecer no bien había salido de uno cuando ya se había involucrado en el siguiente.

—Cuando yo me fui —contestó, mirándola fijamente—, tú no eras más que una niña.

—Era lo suficientemente adulta como para saber quién era usted, milord.

— ¿Ah, sí? —y con la expresión más dura que le había visto en el rostro desde que se habían conocido, añadió—. Y ahora, Victoria. ¿Sigues sabiendo quién soy?

—Por supuesto. Soy perfectamente consciente de la clase de hombre que es usted.

— ¿Y te gusta?

—No.

Sonriendo maliciosamente, Martin clavó sus hermosos ojos en los de ella y susurró:

—Pues lo siento, milady, pero este es el hombre con el que tendrás que pasar el resto de tu vida.

—No es necesario...

Pero no pudo terminar la frase porque se percato de que sí era realmente necesario que se casara con el duque ya que sus posibilidades de huir acababan de evaporarse. Desde el otro lado de la calle, Edward Buxton, IV conde de Bradford, la observaba con expresión asesina.

—Oh, Dios mío —susurró, mientras su rostro iba adquiriendo un tono ceniciento bastante preocupante—. No podemos quedarnos aquí.

— ¿Te encuentras mal? —inquirió Martin, preocupado ante su súbita palidez—. Sé que mi reputación no es gran cosa, pero tampoco es como para que te desmayes ante la perspectiva de casarte conmigo. Tendrás todo lo que desees, podrás moverte libremente, frecuentarás los círculos más selectos de la ciudad. Y, aunque sé que me he comportado de un modo un tanto autoritario desde que nos conocimos, no tendrás que preocuparte porque...

— ¡Cállese! —siseó—. ¡Maldita sea, cállese y sáqueme de aquí! Le prometo que si me ayuda a esconderme ahora mismo, me casaré con usted.

Martin la observó perplejo durante unos instantes. Finalmente, con una malévola sonrisa, la sujetó del brazo y casi la arrastró hasta el carruaje de los Sheffield que en ese mismo instante se detenía en la entrada de la casa.

Sin ningún miramiento, abrió la portezuela y ayudó a su sorprendida madre a apearse. Tras esto, sujetó a Victoria de la cintura y la arrojó sobre uno de los cómodos asientos de terciopelo granate del vehículo. Después de darle algunas indicaciones al cochero, se dispuso a acompañarla.

Antes de entrar, sin embargo, se giró y le dedicó a su madre, que todavía los observaba con la boca abierta, un guiño travieso.

—Nos vemos en una semana.

— ¿Qué?, ¡no puedes pasar tanto tiempo a solas con Victoria! Su reputación...

—Una semana, madre. Dame una semana con ella. Para entonces su reputación ya no tendrá relevancia y tu tendrás una nuera a la que atormentar.

Tras esto, montó en el carruaje y este comenzó a alejarse, dejando a lady Sheffield con una sonrisa embobada en el rostro. Una nuera. Nietos. Tuvo que contenerse para no dar un salto en el aire mientras se dirigía hacia la entrada.

Edward no podía creer lo que veían sus ojos. Aquella descarada había huido con el duque ante sus propias narices y la “respetable” lady Sheffield no había hecho absolutamente nada para detenerlos. Por el contrario, se había quedado parada en la calle, observando cómo se alejaba el carruaje, con la sonrisa más boba que jamás había cruzado el rostro de una mujer.

Era absurdo. Aquella dama debería haber puesto el grito en el cielo ante aquella completa falta de decoro. ¡Estaban solos en el maldito carruaje! ¿Es que no se daba cuenta de lo inapropiado que era aquello? La reputación de su hija caería en picado y lord Albright no querría saber nada del compromiso. Le pediría que le devolviera el dinero que le había dado cuando le había concedido la mano de Victoria y él no podría hacerlo ya que no lo tenía. Había saldado algunas de sus deudas y había perdido el resto en las mesas de juego. Al igual que el resto de su fortuna.

Maldiciendo en voz alta, se acercó a la dama que en ese momento se dirigía hacia la puerta de su mansión. Había pensado que podría seguir adelante con sus planes, que los Sheffield llevarían con discreción el tema de su hija. Inocentemente, había pensado que, en realidad, no se había convertido en la amante del duque, sino que la familia la había acogido en su seno por compasión. De haber sido así, él se hubiera mantenido alejado y hubiera esperado a que Steve hiciese su trabajo.

Pero las cosas no habían resultado como él esperaba. Al parecer, lady Sheffield seguía presumiendo de la misma inmoralidad que la había arrastrado a la cama de un cochero para engendrar a su hijo y no se había preocupado por las acciones de este. No solo había permitido que su hijo deshonrase a una noble, sino que había dejado que lo hiciera en su propia casa. Pero él no estaba dispuesto a perder la única oportunidad que tenía de solucionar sus problemas económicos.

—Lady Sheffield —llamó cuando ya casi la había alcanzado—, permítame un momento.

— ¿Que desea? —preguntó amablemente la mujer, mas cuando se percató de quién era su interlocutor, su rostro se endureció—. Lord Bradford, espero que se encuentre usted bien.

—Me encuentro perfectamente, milady. No he venido aquí a hablar de mi salud y me agrada tan poco su compañía como a usted la mía.

—Lo dudo, milord. Mi desagrado por usted alcanza cada vez cotas más elevadas.

—Me lo imagino, sobre todo a raíz de los últimos acontecimientos.

— ¿Qué últimos acontecimientos? —ella lo observaba, perpleja—. No sé de qué me está hablando, milord.

—De mi hija.

— ¡Ah! —exclamó, sorprendida—. Así que es eso.

— ¿Eso? —gritó con fingido enojo—. ¿Cómo osa hablar de mi hija de ese modo? Ella es lo más preciado que tengo, lo único que me queda de mi amada y difunta esposa, la estrella más brillante de mi universo...

—Bonito discurso, milord, pero puede ahorrárselo —cortó la dama dirigiéndole una mirada despectiva—. Su brillante estrella llegó a mi casa como si, efectivamente, se hubiese caído del cielo. Y, por lo que yo vi, el aterrizaje no debió resultarle nada agradable. Estaba magullada, lastimada y aterrorizada. Tenía más moratones de los que he visto jamás en un solo cuerpo y tenía tanto miedo que ni siquiera era capaz de mirarme a los ojos. Si esa es la idea que tiene usted de cuidar de “lo más preciado que tiene” no me quiero ni imaginar en qué condiciones se hallarán aquellos a los que no quiere.

— ¿Victoria le dijo que yo le había pegado? —preguntó, furioso.

—No, milord. Ella no dijo absolutamente nada al respecto. Ni siquiera nos dijo quién era realmente. Se presentó como la hija de una institutriz que había huido de su patrón. Por lo que parece, no sabía que yo jamás olvido una cara. Sobre todo si esa cara pertenece a una persona que me agrada. Y su hija me agrada, milord. Esa chica me gusta mucho. Y cuando alguien me gusta soy capaz de cualquier cosa con tal de protegerla. No sé si me entiende.

— ¿Me está amenazando?

—No, milord. Yo nunca amenazo. Considero que las amenazas no son más que un recurso que usan los cobardes con el fin de que alguien los detenga antes de que se vean obligados a actuar realmente. Pero yo no soy ninguna cobarde. Si algo no me gusta, actúo. Si lo advierto es por simple consideración hacia Victoria.

—Oh, por supuesto. Todos conocemos su consideración —y, en un intento de herirla, agregó—. Sobre todo el anterior duque. Su esposo. ¿Verdad?

—Por supuesto —reconoció, sorprendiéndolo—. Él mejor que nadie. De no haber sido tan considerada lo habría matado la primera vez que me levantó la mano.

Lord Bradford la observó, asombrado. Aquella mujer parecía estar hablando en serio y aquello no le gustó. No es que se sorprendiera de que su esposo la hubiera maltratado, para él eso era algo completamente normal. La mujer estaba sometida al hombre y si no obedecía era lógico que la enseñaran a hacerlo. Lo que lo asustó fue la mirada que le dedicó mientras hablaba.

—Mire —dijo, finalmente, intentando cambiar de tema—, lo único que quiero es que su hijo me compense por haber deshonrado a mi hija. Victoria estaba prometida a lord Albright antes de que ese bastardo se cruzara en su camino, pero ahora que está perdida él no la querrá y yo tengo gastos a los que hacer frente. Dígame cuándo volverán y yo mismo hablaré con él y le expondré mis condiciones. Soy consciente de que mi hija no es gran cosa y de que no puedo pedirle que repare su error casándose con ella, pero confío en que podamos llegar a un acuerdo.

Cuando lady Sheffield lo sujetó de las solapas de su abrigo, lord Bradford se asustó. Jamás hubiese pensado que una mujer como ella pudiese tener un agarre tan brutal y la mirada asesina que le dedicó no contribuyó a sosegarlo.

—Si fuera un hombre, lo retaría a duelo. No me gusta que le llamen bastardo a mi hijo, pero, sobre todo, no me agrada la gente que reniega de los de su propia sangre. Su hija vale más que usted y toda su estúpida aristocracia junta y Martin responderá ante ella, no ante usted.

—Victoria es menor de edad, milady. Ella está bajo mi protección.

—Protección —escupió ella—. Si eso es protegerla, sería mejor que la hubiese abandonado a su suerte. No obstante, sólo durará hasta que se case, ¿verdad? En ese momento, su esposo será el responsable de ella.

—No puede casarse sin mi consentimiento.

—Por supuesto, por supuesto. Al menos, no aquí. En Inglaterra son bastante intransigentes con las normas. Una lástima, la verdad. Parece que las reglas son más importantes que los sentimientos. Pero bueno, me alegra pensar que nuestros hermanos, los escoceses, son bastante más tolerantes. Buenas tardes, milord.

Y sin más explicaciones entró en la casa y le cerró la puerta en las narices.

Edmund frunció el ceño. ¿Qué había querido decir? Cuando la verdad lo golpeó, estuvo a punto de sufrir una apoplejía. ¡Maldita harpía! ¡Maldita ella y toda su familia! Si no detenía al duque antes de que llegara a Gretna Green perdería todo el poder sobre su hija, pero, sobre todo, perdería la única carta que le quedaba para salir de aquella situación. Sin Victoria estaba arruinado. No tendría nada con lo que negociar, ninguna moneda de cambio. Los acreedores se le echarían encima y la sociedad lo rechazaría. No era un hombre apreciado entre sus semejantes por lo que su ruina económica supondría su fin. Todos se alegrarían de poder librarse de él, finalmente. Tenía que hacer algo antes de que fuera demasiado tarde.

Apretando los puños hasta que sintió que se quedaba sin sensibilidad, se dirigió a su casa. Si partía inmediatamente, tal vez podría detenerlos. Si no llegaba a tiempo...

Si no llegaba a tiempo tanto el duque como Victoria deberían empezar a preocuparse.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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