• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 10

 

En Londres, los días pasaban en nostálgica monotonía. El invierno se encontraba en todo su apogeo y las bajas temperaturas no invitaban a salir al exterior. En la calle, los carruajes se desplazaban con dificultad por la nieve, poniendo a prueba la pericia de sus conductores y la paciencia de sus pasajeros. Los transeúntes avanzaban a trompicones, intentando no resbalarse, aunque no siempre lo conseguían. Si alguien fijaba la mirada en un mismo punto de la acera, probablemente, en uno u otro momento, vería como alguna acicalada dama o algún elegante caballero, aterrizaba sobre su trasero en medio de aquel manto blanco. A veces sonreían, en un desesperado intento por mantener un poco de su dignidad intacta. Otras intentaban levantarse, malhumorados, lanzando imprecaciones contra el tiempo, la nieve o el mundo en general. En ocasiones, lograban ponerse en pie y continuar su camino, con gesto adusto, como si eso fuese a salvarlos de un nuevo resbalón. Sin embargo, a menudo eran necesarios varios intentos antes de lograr incorporarse completamente y unos cuantos más para poder recuperar la dignidad perdida en la batalla.

Con la nariz pegada al helado cristal, Victoria observaba el trajín de la ciudad mientras un suave suspiro abandonaba sus labios. Desde hacía días, esa era la única conexión que tenia con el exterior, pues sus “anfitriones” se habían tomado muy en serio su tarea como guardianes. Y es que, si bien Martin se había burlado en su momento de sus miedos, había acabado por tomárselos en serio. Muy en serio. Al igual que su familia, que no había permitido que cruzase la puerta más que con la mirada.

—Maldita sea —murmuró, apretando tanto los puños que no tardó en sentir como las uñas se clavaban en su piel—, más me hubiera valido resignarme a ser la esposa de lord Albright. Puede que no encontrase agradables sus atenciones, pero, al menos, sería una mujer libre.

No obstante, aún no había terminado de pronunciar estas palabras cuando ya se estaba arrepintiendo de ellas. Estaba segura de que, al convertirse en vizcondesa, disfrutaría de una vida bastante independiente. Lo que no tenía tan claro era cuánto permitiría su esposo que durase esa vida.

Sumida en aquellos inquietantes pensamientos, comenzó a pasearse por la salita en la que se hallaba. A esas alturas, su padre y el que, hasta donde ella sabía, seguía siendo su prometido debían estar buscándola desesperadamente. Sin embargo, había pasado más de una semana desde que abandonara su hogar y, de momento, nadie había anunciado su desaparición.

Cada día esperaba angustiada, en su cuarto, a que alguno de los miembros del servicio trajese noticias de la calle. Estaba convencida de que solo era cuestión de tiempo que los Sheffield se enterasen de que la hija de lord Bradford había desaparecido en mitad de la noche, llevándose el caballo de su padre. A partir de ahí, no les resultaría muy difícil atar cabos y descubrir su identidad. En cuestión de minutos estaría en la puerta de su casa, sin ninguna opción de escapar. Su padre no le daría la oportunidad de huir de nuevo. Estaba segura de que si lograba encontrarla la encerraría bajo siete llaves durante el tiempo que tardase en preparar su boda, que sería muy poco.

De repente, sintió como le faltaba el aire. No podía resignarse a aquello. No podía permitir que arruinaran su vida de esa manera. No ahora, cuando casi había acariciado la libertad.

Insegura, miró hacia la puerta abierta. El pasillo parecía desierto. Tal vez Petterson estuviese ocupado en otra parte. Suspiró. ¿A quien quería engañar? Lady Sheffield le había pedido a aquel hombre que “velase por la seguridad y comodidad de su invitada” lo que se podía traducir como “no permitas que salga a la calle ni que haga ninguna tontería” y el viejo mayordomo lo había cumplido a rajatabla. En cuanto Victoria se acercaba a la puerta, algún sonido la advertía de la presencia del hombre a su espalda. Un carraspeo, algún objeto al caerse, el estallido de una frenética actividad de limpieza a su alrededor. Sin necesidad de abrir la boca, Petterson le dejaba muy claro que no le quitaba el ojo de encima.

Por una parte, sabía que debía agradecer al hombre su sutileza ya que, al menos, intentaba no hacerla sentir como una delincuente a la que había que perseguir y vigilar. Pero por otra...

Por otra, sentía ganas de arrojarle algo a la cabeza y gritarle que la dejase en paz. Sabía que aquel individuo no hacía más que cumplir con sus obligaciones, mas eso no servía para aplacar la ira que se apoderaba de ella cada vez que recordaba la situación en la que se hallaba. Impotente, a merced de aquella familia que parecía haber tomado las riendas de su vida sin tener ningún derecho.

Con un pesaroso suspiro, se dejó caer sobre el sofá de terciopelo azul claro, estilo Bergere, que dominaba la estancia y hundió la cabeza entre las manos.

En realidad, no estaba siendo justa con los Sheffield. Si bien era cierto que se habían tomado muy en serio la tarea de protegerla, la habían tratado desde el principio con una tremenda generosidad y, prácticamente, la habían adoptado ya en la familia.

Daisy le hablaba como si de una hermana se tratase, lady Sheffield la cuidaba como si fuese su propia hija y Devlin intentaba seducirla en cuanto la tenía delante.

Bueno, puede que el comportamiento de este último no fuese muy fraternal que digamos, pero siendo Devlin había que pasárselo por alto ya que el miembro más encantador de la familia era totalmente incapaz de permanecer en la misma habitación que una mujer sin intentar seducirla.

Daba igual que esta fuese guapa o fea, joven o vieja, casada o soltera, Dev empleaba todas las armas de seducción que poseía para que cayese rendida a sus pies instantáneamente. Lamentablemente, siempre lo conseguía. En cuestión de segundos, la damita en cuestión bebía los vientos por aquel dios rubio de ojos pícaros. Con la misma rapidez, él perdía completamente el interés en ella.

Y así, mientras las jovencitas casaderas se desmayaban a su paso y las no tan jovencitas suspiraban sin cesar, Devlin vivía en una vorágine de conquistas, seducciones y, sobre todo, duelos completamente absurdos que, de seguir tentando a la suerte, acabarían por conducirlo a la muerte.

Levantándose súbitamente, la joven se dirigió a la puerta. No podía permanecer allí ni un día más, pues ya se estaba encariñando demasiado con aquella gente. Ella, que jamás había tenido a nadie que velase por su seguridad ni por su bienestar, podría acostumbrarse demasiado deprisa a aquella vida. Y eso era algo que sabía que no debía hacer ya que, tarde o temprano, tendría que abandonarla.

Así pues, con paso decidido, avanzó por el pasillo, intentando localizar a su guardián. El corredor estaba desierto, al igual que el vestíbulo, pero eso no engañó ni por un momento a Victoria. Ella sabía que, desde algún lugar, aquel hombre estaba vigilándola, esperando, impaciente, el momento oportuno para revelarle su presencia. Escondiéndose en el hueco de la escalera, atisbó la entrada, buscando algún movimiento sospechoso que delatara que tenía compañía.

—¡Seño Victoria!, ¿qué hace usté ahí escondida? —exclamó una cantarina voz a su espalda que a punto estuvo de matarla del susto—. ¿Se encuentra usté bien?

Girándose lentamente, Victoria se encontró cara a cara con Valeria, la joven a la que habían nombrado su doncella personal.

Morena y de oscuros ojos verdes, aquella mujer era la persona más atolondrada que Victoria había conocido jamás. Se pasaba el día hablando sin parar, haciendo mil cosas a la vez y corriendo de un lado para otro lo que, por norma general, dejaba a Victoria en un estado de completo aturdimiento. Cuando Valeria entraba en su cuarto, las piernas le empezaban a temblar y una oración asomaba involuntariamente a sus labios. A partir de ese momento era como si un huracán hubiese hecho acto de presencia en la estancia.

De repente, sus vestidos comenzaban a volar de un lado a otro, su cabello experimentaba extrañas mutaciones y su apariencia cambiaba completamente. En un tiempo que muchos considerarían imbatible, aquella mujer salía a grandes zancadas de la habitación, completamente satisfecha consigo misma y con su trabajo y dejando a Victoria totalmente confundida. Y hermosa. Y es que Valeria debía de ser la doncella ms eficiente de toda Inglaterra.

—Valeria... —murmuró, observando fijamente a su doncella con expresión conspiradora—. Necesito que me hagas un favor. Un favor muy grande.

—Por supuesto —canturreó la joven—, pa eso estamos. Su Excelencia me ha ordenao que la sirva así que no tiene más que pedirme lo que quiera. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla, seño Victoria?

—Necesito... —vaciló, pensando en el modo de encomendarle aquella tarea sin que sospechase nada—. Necesito que busques a Petterson para... esto... Bueno, necesito que lo lleves a la despensa. Quiero... tengo que pedirle que... ¡me ayude a coger una cosa!

—Pero, seño, Petterson es el mayordomo, él no se ocupa de esas cosas, no querrá acompañarme. Si quiere yo puedo ayudarla...

— ¡No! —cortó, Victoria—. No eres lo suficientemente alta.

—Podemos buscar una escalera...

— ¡Tampoco! Esto... en donde se encuentra esa cosa no se puede poner una escalera.

—Pero...

— ¡Por Dios, haz lo que te pido! —exclamó la joven a punto de perder la paciencia—. Necesito a Petterson, solo me vale él. De verdad —susurró clavando su mirada desesperada en la de ella—, solo puede ser él.

Valeria la observó atentamente durante unos instantes, dudando. Sin embargo, tras dirigir una mirada a la transitada calle a través de la ventana, sonrió enigmáticamente y aceptó el encargo.

—No se preocupe, seño. Llevaré a Petterson a donde me ha pedido sea como sea.

Y, de repente, empezó a saltar y a correr por el pasillo, gritando:

— ¡Oh, Dios mío, qué torpe soy!, ¡Petterson, necesito su ayuda!, ¡por favor, venga inmediatamente, es un caso de vida o muerte!, ¡Pettersooooon!

Desde su escondite, Victoria observó fascinada las extrañas acciones de aquella mujer. Mientras corría, alzaba las manos al cielo o se las llevaba al corazón dramáticamente ofreciendo un espectáculo totalmente desconcertante. Y, entonces, como salido de la nada, apareció el mayordomo en el recibidor exhibiendo en el rostro una expresión de pánico absoluto.

—Valeria, ¿se puede saber qué le pasa?

—Hay, Dios mío, Petterson, tiene que venir conmigo a la despensa. Ha ocurrido algo terrible.

—Pero, ¿qué...?

—Vamos, vamos, no hay tiempo que perder —lo interrumpió la joven doncella sujetándolo por la manga y empujándolo por el corredor—. Necesito que venga inmediatamente.

Cuando ambas figuras hubieron desaparecido de su campo de visión, Victoria suspiró. Sin concederse tiempo suficiente para cambiar de idea, salió corriendo hacia la puerta. En solo unos instantes sería libre y podría llevar a cabo sus planes. A pesar de la sensación de zozobra que la inundó, obligó a sus piernas a seguir adelante. Ya tendría tiempo más tarde para analizar el por qué de esa angustia que le oprimía el corazón.

—Sheffield ha vuelto.

Edmund observó al individuo que se apoyaba despreocupadamente en la jamba de la puerta de su despacho.

—No veo qué interés puede tener eso para mí. Apenas conozco a ese bastardo y no puedo decir que sienta deseos de profundizar nuestra relación.

— ¿Le cae mal porque es ilegítimo?

—No, me cae mal porque es un idiota —murmuró—. Me trae sin cuidado que sea o no sea hijo del duque. Al fin y al cabo, el hecho de que haya heredado el título demuestra que lord Sheffield era un inútil incapaz de solucionar sus propios problemas, por lo que dudo mucho que fuese quien de engendrar un vástago que valiese la pena. Si no me cree, fíjese en el otro, ¿cómo se llama? El tarambana que siempre está haciendo el payaso...

—Devlin, milord.

— ¡Ese! ¿Cree que ese individuo lo hubiese hecho mejor de lo que lo hará su hermano? —sin esperar una respuesta, continuó—. En esa familia no hay ninguno que se salve. De hecho, creo que lo mejor hubiese sido que el título se extinguiese o pasase a manos de algún primo lejano que, probablemente, tendría más sentido común que todos ellos juntos. Es lamentable que los miembros de la flor y nata de este país tengamos que soportar a sujetos como esos.

—No era eso de lo que lo quería informar —interrumpió su interlocutor, percatándose de lo cómodo que se sentía el conde despotricando contra sus semejantes y temiendo el largo discurso que podría venir a continuación—. Sabía que su regreso no le importaría demasiado, pero pensé que le interesaría saber a quién ha acogido bajo su protección.

— ¿Bajo su protección? ¿a qué se refiere? ¿a una amante?

—Sí, bajo su protección y no, no es su amante. Al menos, de momento.

— ¿Y por qué cree que podría interesarme la identidad de esa mujer? Porque estamos hablando de una mujer, ¿no es cierto?

El otro hombre lo observó con gesto impasible durante unos instantes hasta que, finalmente, un rictus irónico se formó en sus labios.

—Es su hija.

— ¿Qué?

—La dama que acompaña al duque, es su hija.

Horas más tarde, Edmund Buxton, Conde de Bradford, seguía paseándose por su despacho con expresión feroz y sintiéndose como un tigre enjaulado. Había tardado en creer lo que aquel hombre le contaba. No entendía cómo Victoria había acabado con aquel sujeto, pero lo que tenía claro era que tenía que hacer algo al respecto. No se iba a quedar de brazos cruzados mientras aquella mocosa echaba a perder su reputación, ponía en entredicho el nombre de la familia y acababa con toda posibilidad de solucionar sus problemas económicos. Victoria Buxton sería la próxima vizcondesa de Albright y nadie podría hacer nada por evitarlo. Ni siquiera aquel duque arrogante y malcriado acostumbrado a salirse siempre con la suya.

Apretando los puños con todas sus fuerzas, se dirigió hacia la puerta. Abriéndola con un fuerte tirón, llamó a su mayordomo.

—Sheldon, envíe a un lacayo a mi despacho cuanto antes. Necesito enviar un recado urgente.

—Inmediatamente, milord —murmuró el anciano—. Intentaré que alguien venga lo antes posible.

—No quiero que lo intente, maldita sea. Lo quiero aquí ya. No sé por qué demonios no lo está buscando todavía. No le pago para que me mire, ¿sabe?

—Por supuesto, milord —dijo mientras se alejaba y, en un susurro, añadió—. Me paga para que lo soporte. Bien sabe Dios que nadie lo haría gratis.

Observando el reloj que desde la repisa de la chimenea parecía querer burlarse de él, Edmund maldecía a su mayordomo. Hacía más de veinte minutos que le había dado la orden y, sin embargo, ningún lacayo se había dignado a presentarse. Estaba a punto de salir en su busca él mismo cuando un joven de unos quince años entró en su despacho sin ni siquiera molestarse en llamar a la puerta.

—Sheldon me ha dicho que me necesitaba, milord. ¿En qué puedo servirlo?

— ¿Quién diantres eres tú? —preguntó, malhumorado—. ¿No te han enseñado a llamar a la puerta cuando entras en una habitación ocupada?

—Yo... lo siento, milord. La vi abierta y pensé que no sería necesario golpear.

— ¡Siempre es necesario golpear! ¿Y me puedes decir quién demonios eres?

—Soy Marcus. El hijo de Davis y...

— ¡Maldita sea! —interrumpió lord Bradford—. ¿Quién narices es Davis?

—Su cocinera señor —aclaró el joven, azorado—. Lleva más de veinte años trabajando para usted.

Edmund bufó despectivamente y comenzó a pasearse por la habitación.

—No tengo por costumbre relacionarme con mis criados más allá de lo que sea estrictamente necesario. No necesito saber quién es tu madre, solo quién eres tú. Y, por lo que parece, eres el criado al que decidió enviar Sheldon. Con el tiempo que se ha tomado para ir a buscarte casi esperaba ver a un indio o alguna otra criatura exótica aparecer por esa puerta.

—El señor Sheldon tenía cosas importantes que hacer, milord. Estaba discutiendo con mi madre. Pero no se preocupe, en cuanto terminó me envió a su despacho. Lo que no tengo claro —comentó con extrañeza— es por qué no me mandó justo cuando entró en la cocina.

El bufido de lord Bradford esta vez fue de ira. ¿Es que estaba rodeado de inútiles o, simplemente, aquella gente se había confabulado para hacerle la vida un infierno? Imposible. Al fin y al cabo, era él quien pagaba sus sueldos. Jamás se expondrían de esa manera a que los echara a la calle.

—Quiero que vayas inmediatamente a esta dirección —comentó, entregándole un papel doblado—. Necesito que le digas al hombre que vive en ese lugar que venga a mi despacho urgentemente.

—No se preocupe, milord —dijo Marcus y, con una altivez y arrogancia impropia de alguien de su clase, añadió—. Yo soy su hombre.

—No seas insolente, chico —reprendió Edmund, dejando muy claro su desprecio—. Para ser “mi hombre” tendrías que ser bastante menos petulante y tener mucho más cerebro.

Durante unos segundos, el joven criado clavó sus ojos negros en los del conde, dispuesto a desafiarlo. Sin embargo, al recordar que aquel individuo era su señor, el que pagaba la comida con la que su familia y él se alimentaban, bajó la cabeza sumisamente y se dirigió a la puerta.

—Si tardas más de quince minutos en volver —advirtió Edmund, poco dispuesto a cometer dos veces el mismo error—, será mejor que tus padres y tú hagáis las maletas porque os echaré sin contemplaciones.

—Maldita sea —masculló el joven. Aquel tipo no le iba a permitir ni siquiera aquella pequeña satisfacción.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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