• Autor/a: Fani Jenner
  • Actualización: Octubre 2019

Sueños cumplidos

Capítulo 1

 

Londres, una tarde de invierno.

 

Hacía años que no estaba tan nerviosa. De hecho, estaba casi segura de que jamás había estado tan fuera de sí. Las doncellas corrían a su alrededor, dando los últimos retoques a su atuendo, aunque Victoria estaba convencida de que no serviría de nada.

—De donde no hay no se puede quitar —murmuró, recordando las innumerables ocasiones en las que su padre le había dicho, claramente, lo que pensaba de ella.

—No eres más que una mocosa sin gracia. ¿Quién querrá por esposa a un saco de huesos como tú? Por Dios, cuando tu marido te llevara a la cama tendría que rezar para que no te rompieses. Y si, al menos, tuvieses una cara bonita —mirándola con desprecio, había murmurado—. No eres más que una réplica de la bruja de tu madre. Espero que por lo menos tú seas un poco más útil que ella. La muy estúpida ni siquiera fue capaz de darme un heredero. En lugar de un futuro conde me dejó a una chiquilla gritona. Creo que lo único bueno que hizo en su vida fue morir antes de que me hiciera demasiado viejo para buscar otra condesa.

Esas palabras le habían dolido más que cualquier otra cosa en el mundo, y no porque la hubiese insultado a ella sino porque había mancillado la memoria de su adorada madre.

En realidad, Victoria no había llegado a conocer a lady Teresse ya que esta había muerto al dar a luz pero, aún así, la consideraba la mujer más maravillosa que había existido jamás…

Al menos desde que, a los seis años, se había plantado delante del ama de llaves y le había dicho muy enfadada que le parecía una falta de respeto que su mamá se hubiese muerto antes de que pudiera conocerla.

La señora Priestley, con la paciencia característica de alguien que ha criado a ocho hijos sin perder el juicio en el intento, le había explicado que lady Bradford no se había querido ir al cielo, sino que había sido Dios quien la había reclamado porque la necesitaba allá arriba.

La pequeña se había sentido satisfecha con aquella explicación ya que eso indicaba que su madre era la mujer más buena del mundo y por eso la necesitaban en el cielo.

Desde entonces, su madre se había convertido en la persona más importante de su vida. Hablaba con ella, le preguntaba su opinión sobre todo lo que hacía y le pedía ayuda cuando estaba en problemas.

Durante su infancia había pasado muchas horas en el balcón de su habitación, mirando al cielo y esperando a que le respondiera. Se había preguntado muchas veces cuál de aquellas estrellas sería su madre y si se sentiría orgullosa de ella.

Ahora, siendo casi una mujer, seguía preguntándose exactamente lo mismo.

Victoria suspiró, deseando con todas sus fuerzas poder quedarse en casa con un buen libro. Estaba cansada de que le tirasen del pelo, le apretasen el corsé y la envolvieran en aquella cosa que, según aseguraba madame Étiemble, no sólo era un vestido sino que era la última moda en París.

En realidad, la creación de la modista era realmente hermosa, a la vez que sencilla. Confeccionado en terciopelo verde, su único adorno era la puntilla que adornaba las mangas y el escote cuadrado y, aún así, ella se sentía como un elefante envuelto en papel de regalo. Notaba que la tela se ceñía demasiado al pecho y marcaba excesivamente sus caderas, que el dobladillo se le enredaba en los zapatos y que el escote parecía estar a punto de dejar al descubierto todos sus secretos. Sabía que estaba equivocada y que el traje era magnífico pero, aún así, rezaba para que sucediera algo que le impidiese asistir a la fiesta.

Mirándose en el espejo de cuerpo entero de su cuarto, descubrió que el vestido no sólo era hermoso sino que podría resultar bastante provocativo…

En cualquier otra persona.

Suspirando de nuevo, se dirigió a la puerta. Faltaban unos minutos para que llegase el carruaje pero prefería estar en el vestíbulo cuanto antes. A su padre no le gustaba esperar y Victoria sabía perfectamente cuáles eran las consecuencias de enfadar a lord Bradford.

El pasillo estaba a oscuras pero ella ya se había aprendido el camino. Hacía meses que aquella enorme mansión estaba en penumbra. Meses desde que habían vendido la mayor parte de los objetos de valor para pagar los vicios de lord Bradford.

Habían tenido que prescindir de gran parte del servicio, empeñar las joyas de su madre y hasta vender a White, su preciosa yegua. Todos habían tenido que renunciar a algo, todos excepto su querido padre.

El conde seguía llevando la misma vida. Sus trajes los confeccionaban los mejores sastres de Londres, jugaba en todos los locales en los que se le seguía permitiendo la entrada, su bodega sólo contenía el mejor brandy y paseaba por la ciudad a lomos de Bevan, un purasangre que despertaba la envidia de la mayoría de sus conocidos.

Rechinando los dientes, bajó las escaleras. Alguien debería pararle los pies antes de que dilapidara totalmente la fortuna familiar. Alguien que, por supuesto, no sería ella. Victoria le temía demasiado. Desde su más tierna infancia había sido despreciada, ignorada y humillada por aquel hombre. Sin embargo, no era aquello lo que la había llevado a temerle más que a la muerte misma. No, sus insultos no tenían el menor efecto sobre ella. Sus palabras no le afectaban en absoluto. Quizá la costumbre la había hecho inmune. Lo que había desatado el pánico que sentía hacia su progenitor había sido aquel enfrentamiento, hacía ya tres años, en el que había descubierto quién era realmente el conde de Bradford.

El vestíbulo estaba totalmente desierto. Lo más probable era que Alice todavía se estuviese arreglando y que Edmund ya hubiese empezado a beber en la biblioteca. Estaba segura de que, antes de que acabara la noche, su padre estaría totalmente borracho. Así pues, sólo le quedaba rezar para que esta vez no la tomara con ella.

Sabía que era egoísta pero no podía evitarlo. Hacía demasiado tiempo que la víctima de todos sus arrebatos era ella. Desde los quince años. Desde la pelea. Desde el día en que se juró que le haría pagar por todo lo que le había hecho.

La voz del mayordomo la sobresaltó y la hizo volver a la realidad.

—Milady, lord Bradford desea hablar con usted. La está esperando en la biblioteca.

Victoria sintió como el pánico se apoderaba de ella. Era imposible. Había permanecido en su habitación todo el día. Ni siquiera había bajado a comer. No había hecho absolutamente nada que pudiera enfadarlo.

—Gra…gracias, Sheldon —aclarándose la garganta, prosiguió—. Iré enseguida.

El anciano le dedicó una mirada compasiva y la dejó sola. Hacía más de cuarenta años que trabajaba para la familia y sabía todos sus secretos. Como todos los demás habitantes de Bradford House, conocía el mal carácter de su señor y el modo en que desahogaba sus frustraciones.

La biblioteca estaba en el primer piso, algo bastante insólito ya que, en la mayoría de las mansiones que conocía, solía encontrarse en la planta baja. Quizá el hecho de que ninguno de los antepasados de su padre hubiese sido demasiado erudito tuviese algo que ver.

Intentó subir las escaleras rápidamente pero el dichoso vestido se le enredaba en las piernas y apenas la dejaba avanzar. Victoria se preguntó si madame Étiemble no sería una francesa resentida que había decidido luchar contra Inglaterra por su cuenta, torturando a las mujeres inglesas con sus creaciones.

Suspiró. Resentida o no, estaba claro que la ropa femenina era un estupendo sistema de tortura.

Parándose ante la puerta tomó aire y, con mano temblorosa, asió el picaporte.

Lo que vio al entrar en la biblioteca la dejó de piedra. Lord Bradford estaba de pie, en medio de la estancia, con una copa de brandy en la mano y una inquietante sonrisa en el rostro.

—Cierra la puerta.

La tranquilidad con la que su padre le dio la orden la inquietó todavía más.

Con manos temblorosas, se giró y arrimó la puerta sin llegar a cerrarla del todo. En caso de tener que huir, lo mejor era no encontrar obstáculos.

Seguía de espaldas cuando el hombre comenzó a explicarle el motivo de su alegría.

—He encontrado la solución a nuestros problemas económicos.

—De los que sólo usted es culpable, milord —murmuró, girándose para enfrentarlo.

—¿Has dicho algo? —la expresión del conde se endureció pero no esperó su respuesta—. Aunque no comprendo por qué, hay alguien interesado en ti. Lord Albright me ha visitado esta tarde y ha solicitado tu mano. Has tenido suerte ya que estaba a punto de entregarte a Andrew Carlton a cambio de una buena suma. Lógicamente, él no tenía la menor intención de casarse contigo pero, dada la difícil situación en la que nos hallamos, no podemos permitirnos exigir demasiado.

—Lord Albright tiene casi sesenta años —dijo Victoria, aún sabiendo que no serviría de nada protestar.

Su padre había tomado una decisión y ella no tenía ni voz ni voto en el asunto aunque lo que estuvieran discutiendo fuese el resto de su vida.

—Eso es lo de menos. Deberías estar agradecida porque alguien como él te quiera como esposa. Además, es un vizconde y se ha comprometido a saldar todas nuestras deudas y a recuperar lo que hemos tenido que vender.

Victoria sabía que eso no serviría de nada pues no tardaría en endeudarse de nuevo. Lo más probable era que, en unos meses, volviese a encontrarse en el mismo callejón sin salida en el que se hallaba ahora.

Suspiró. Al menos ella ya no estaría allí. Su padre seguía hablando por lo que se obligó a prestarle atención.

—Él se encargará de meterte en cintura y yo me desharé de ti. Nunca fuiste más que un estorbo para mí, una carga y el recuerdo constante de lo inútil que fue tu madre. Este matrimonio no será más que el pago por mis sacrificios. Todo el mundo sabe que lord Albright tiene los bolsillos bien llenos y, dado que carece de hijos, nosotros dispondremos de toda su fortuna.

Victoria comprendió al instante lo que insinuaba. No le gustaba la idea de casarse con aquel hombre pero si tenía que hacerlo esperaba no volver a ver al conde de Bradford nunca más. No tenía la menor intención de poner la fortuna de su esposo a su disposición pero, de momento, sería mejor que él no lo supiera.

Viéndolo acercarse, temió que hubiera adivinado sus pensamientos.

—Apártate. Seguramente Alice ya estará esperando en el vestíbulo. Ya he perdido demasiado tiempo contigo.

Sólo entonces se dio cuenta de que seguía agarrando el pomo. Lo soltó rápidamente y abandonó la habitación.

Alice Bradford seguía siendo una mujer hermosa. A sus treinta y cinco años seguía pareciendo una debutante. Victoria la observó atentamente. Su hermosa cabellera rubia había sido recogida en un complicado moño del que caían algunos rizos perfectamente descuidados. Su vestido era sencillo, sin volantes ni adornos que pudiesen desviar la atención del hermoso cuerpo que cubría. En un azul medianoche que contrastaba con la blancura de su piel, tenía las mangas largas y ceñidas y un escote cuadrado que casi rozaba lo indecente. Fiel a la moda del momento, carecía de cintura y caía desde debajo del pecho hasta el suelo. Sus enormes ojos castaños desprendían una dulzura y candidez que despertaban los instintos protectores de todos los que conocía, sobre todo de la población masculina. Sí, Alice era una mujer singularmente hermosa…

Y Victoria sabía que no dudaba en emplear esa belleza para conseguir lo que quería.

Habían pasado seis años desde que la había sorprendido con Martin, con lord Sheffield. Seis años desde que había decidido no volver a confiar en nadie jamás, algo que había cumplido a la perfección. No estaba dispuesta a dejar que le rompieran el corazón de nuevo, le arrebataran sus sueños y se burlaran de su inocencia. No iba a permitir que nadie volviera a tomarla por imbécil.

Quizá el incidente no fuera tan grave. Tal vez, cualquier otra persona no le hubiera dado tanta importancia a aquel asunto. Pero tampoco ella era como cualquier otra persona.

Victoria había crecido sola. Sin madre. Sin un verdadero padre. Sin nadie en quien pudiera confiar o con quien pudiera hablar abiertamente. Nadie había escuchado jamás sus sueños ni la había abrazado cuando tenía una pesadilla. Nadie le había dado un beso de buenas noches o la había regañado por portarse mal. Lo más parecido a una familia que había tenido eran los criados y, aún así, sabía que no podía acercarse a ellos pues estaban a las órdenes del conde.

Hasta que llegó Alice.

Al principio no fue fácil. Ninguna de las dos se atrevía a acercarse a la otra. Victoria desconfiaba de aquella mujer que acababa de instalarse en su casa sin que nadie le hubiese dicho nada. Alice, por su parte, había estado demasiado ocupada autocompadeciéndose por su triste destino. Cierto que jamás se quejaba en voz alta pero eso no quería decir que se conformase con lo que le había tocado. Aún así, había conseguido dominar a su esposo y llevarlo por donde ella quería. Victoria la había admirado profundamente por eso. Había querido parecerse a ella y ser capaz de someter a cualquiera a sus deseos. Hasta aquel día.

La noche en la que la encontró con Martin no sólo descubrió que la había traicionado, sino que también se dio cuenta del tipo de mujer que era. Había jugado con ella. Se había reído de sus sueños infantiles y no se arrepentía de ello. Recordaba, palabra por palabra, lo que le había dicho al día siguiente. Eso había sido lo más duro, aceptar que la única persona en quien había confiado se había estado burlando de ella.

—Buenos días, pequeña —comentó Alice al entrar en el salón del desayuno—. ¿Has dormido bien?

El tenedor de Victoria se detuvo antes de llegar a su boca. No sabía cómo responder. No entendía cómo podía actuar como si no hubiera pasado nada cuando, en realidad, había destrozado todo aquello en lo que ella creía.

Dado que no podía mirarla sin echarse a llorar, mantuvo la mirada fija en su plato. Pero no fue suficiente. Aquella mujer no la iba a dejar en paz tan fácilmente.

—Supongo que estarás enfadada por lo de anoche. Bueno, en realidad no creerías de verdad que un hombre como Martin que, además de ser mucho mayor que tú, puede elegir a las mujeres más bellas de Londres, se iba a fijar en una niña —su tono era suave, como el que adoptaría una madre para explicarle a su hijo que no puede conseguir el juguete que desea.

Ahora Victoria sabía que tenía razón, que lo de ella no era más que la fantasía de una niña que todavía creía en que aparecería un príncipe azul que cambiaría su vida. Estaba segura de que si algún día volviera a ver al duque de Sheffield no sentiría absolutamente nada. Pero, por aquel entonces, sólo era una chiquilla a la que le acababan de destrozar el corazón.

Su madrastra no se había detenido. Le había explicado que ella y Martin mantenían una relación desde hacía algún tiempo pero que no debía decírselo a su padre puesto que no la creería y se enfadaría con ella. Victoria sabía que era cierto. Alice dominaba a su esposo y él sólo creería lo que su mujer le contara.

Alice no le pidió perdón. No se arrepintió por haber traicionado su confianza, por haber alimentado sus fantasías en lugar de decirle la verdad.

Como la niña no respondía, su tono se endureció.

—Mira, algún día te darás cuenta de que no era más que un capricho. Por Dios, eres una niña. Deberías olvidarte de esas tonterías románticas y limitarte a jugar con tus muñecas, como todas las demás.

Era cierto y lo sabía pero, en aquel momento, no había podido contenerse y le había contado lo que él le había dicho en la biblioteca.

—Me dijo que si algún día se casaba, sólo lo haría conmigo.

Aquello había sido demasiado. Alice no se había podido contener durante más tiempo y había estallado en carcajadas, exactamente igual que el día en que le confesó que se había enamorado. Y entonces Victoria lo había comprendido.

—Sólo me presta atención porque le hago gracia, ¿verdad?

—Pequeña, durante años me aburrí lo indecible en esta casa. Hasta que me acerqué a ti. Eres la niña más divertida que he conocido nunca.

Todavía dolida por aquellas palabras, se acercó a Alice.

—Buenas noches —la frialdad de su tono dejaba bien claro que no lo eran en absoluto.

—Buenas noches, pequeña. ¿Tu padre te ha contado ya sus planes?

Su gesto engreído hizo que le rechinasen los dientes.

—Sí, me ha dicho que voy a casarme con lord Albright —su tono se endureció—. Doy gracias a Dios porque, al menos así, no tendré que volver a verla nunca más, milady.

Alice la observó durante unos instantes y le dedicó una sonrisa burlona.

—Créeme, en cuanto conozcas las depravaciones de ese hombre desearás haberte quedado en esta casa, aunque eso te obligara a soportar mis burlas. Incluso la propuesta de Andrew sería mejor para ti. Dejarías de ser respetable pero, quién sabe, quizá vivieras durante más tiempo.

Victoria se estremeció recordando las habladurías que había surgido tras la muerte de la segunda esposa del vizconde. Había sido asesinada en su propia casa y, a pesar de que su muerte había sido investigada durante meses, jamás se había hallado al culpable. Durante algún tiempo habían surgido rumores que apuntaban hacia su esposo. Unos decían que había sido un crimen pasional porque él la había encontrado con otro.

Otros aseguraban que se debía a la incapacidad de la mujer para concebir el heredero que lord Albright tanto ansiaba.

Los más siniestros, los que se contaban en susurros y una niña sólo podía escuchar si, casualmente, se encontraba escondida tras el enorme helecho que decoraba el salón de lady Jersey, afirmaban que al vizconde, de quien se decía que tenía un carácter violento, se le había ido la mano. El carácter frío y misterioso del hombre contribuía a que los rumores fueran cada vez más oscuros pero, dado que tenía coartada, jamás se supo si alguna de aquellas habladurías era cierta. Había pasado ya muchos años y la alta sociedad había olvidado lo ocurrido. Se había aceptado la inocencia del hombre y todo había vuelto a la normalidad.

Ahora, cuando su vida estaba en juego, Victoria se preguntó si realmente se habría hecho justicia.

Aceptando la ayuda de Sheldon, se colocó la capa. Ya era demasiado tarde, nada podría poner fin a aquel compromiso.

Un par de horas después, asustada, cansada y deprimida, Victoria bailaba el vals con su prometido.

Jamás se hubiera imaginado que fuese así. Nunca hubiera pensado que un beso pudiese provocar tantas sensaciones.

Por el amor de Dios, ¿cómo era posible que tantas mujeres echaran a perder su reputación por aquello?

Victoria estaba demasiado ocupada intentando contener las arcadas para buscar una respuesta convincente.

Los labios de lord Albright estaban húmedos y aplastaban los suyos con tal fuerza que tuvo que apretar los puños para no soltarse de un empujón. Cuando, finalmente, logró separarse tomó una decisión. No podía casarse con aquel hombre. No podía pasarse el resto de su existencia temiendo por la salud de su estómago.

Y por su vida.

Separándose de él, tomó aire y firmó su sentencia.

—Milord, no quiero casarme con usted.

Aquel hombre la observó atentamente durante unos segundos y, a continuación, sonrió.

—Pequeña, me temo que no tienes otra opción. Tu padre y yo hemos llegado a un acuerdo. Ya he saldado sus deudas y él debe cumplir con su parte —mirándola a los ojos, susurró—. No creo que quieras desobedecerlo. Sabes lo mal que te iría si lo haces, ¿verdad?

Victoria no contestó. Tenía un nudo en el estómago y le faltaba el aire. Aquel hombre sabía lo que su padre le hacía. Su futuro esposo estaba al corriente y parecía aceptarlo como algo normal. Aquello sólo podía significar una cosa y ella no estaba dispuesta a aceptarlo. No iba a casarse para cambiar de verdugo.

Por una vez en su vida, decidió ser valiente.

—Usted y lord Bradford pueden irse al infierno. Quizá allí encuentren una esposa adecuada.

No sabía de dónde había sacado el valor para rebelarse pero lo había hecho. Le había plantado cara a aquel hombre y se sentía orgullosa. Alzó la barbilla y sonrió.

La primera bofetada de aquel miserable la tiró al suelo, junto a su autoestima.

Victoria necesitó algunos minutos para recordar dónde estaba pero, cuando lo logró, deseó haberlos dedicado a otra cosa.

Estaba en su cuarto, en su cama, como cualquier otra noche. Sin embargo, el fuerte dolor de cabeza que sentía y el sabor a sangre que tenía en la boca desmentía esa normalidad.

Después de que su prometido, porque seguía siendo su prometido, se hubiera desahogado con ella, su padre la había llevado a casa y había dedicado aproximadamente media hora a explicarle por qué debía casarse con el vizconde. Sus argumentos habían resultado muy convincentes.

Un labio partido y más moratones de los que podía contar solían hacer que una mujer aceptara cualquier cosa, aunque en realidad no estuviese dispuesta a cumplir su palabra.

Apoyándose en uno de los postes de la cama, logró ponerse de pie. Era el momento. Lo había planeado todo en unos minutos, justo el tiempo que le había llevado arrastrarse hasta su habitación.

Le dolía la cara, las piernas y, sobre todo, el orgullo. Se sentía cansada, humillada y miserable. No sabía por qué le había tocado a ella soportar aquella vida. Quizá fuera un castigo por algo que había hecho en el pasado. Quizá, simplemente, a Dios no le caía bien. Fuera como fuera, no podía seguir así durante más tiempo. Había llegado el momento de cambiar su destino, aunque eso supusiera dejar atrás todo aquello que conocía.

Lentamente se acercó a la puerta. Justo al lado se encontraba el enorme jarrón de porcelana donde guardaba uno de sus bienes más preciados. Introdujo la mano y sacó los gastados pantalones que su primo le había regalado antes de partir hacia Francia con su regimiento. Él era el único que sabía lo mucho que a Victoria le gustaba montar a horcajadas y había decidido facilitarle un poco las cosas. Ahora le serían útiles para su excursión nocturna. Al fin y al cabo, no podía pasearse por Londres a altas horas de la madrugada vestida de señorita.

No sin esfuerzo, logró vestirse y recogerse el cabello bajo una vieja gorra. No podía perder el tiempo mirándose al espejo por lo que confió en que su apariencia sería la de un muchacho. De no serlo, pronto se encontraría en problemas.

Recogió algunas joyas y el poco dinero que guardaba bajo el colchón y se dirigió a la puerta. Dio gracias a cielo porque no chirrió al abrirla. Con paso inseguro avanzó por el pasillo y bajó las escaleras. Le dolían las piernas, estaba temblando y, aún así, no hizo el menor ruido. El vestíbulo estaba oscuro pero conocía el camino.

Casi había llegado a la puerta cuando esta se abrió. Durante unos instantes su corazón dejó de latir. La habían descubierto. La iban a encerrar de nuevo y, mucho se temía, esta vez sería para siempre.

Cerró los ojos con fuerza, esperando el golpe. No pasó nada. Los abrió de nuevo y, con el poco valor que le quedaba, alzó la mirada. La luz de la calle iluminaba al hombre que sujetaba la puerta abierta.

—Sheldon, yo...

El mayordomo sonrió. Era la primera vez que lo hacía desde que ella tenía memoria.

—Ha tardado en decidirse, milady. Casi habíamos perdido la esperanza.

Con la mano libre le tendió un paquete.

—Hace tiempo que esperábamos que se fuera y, entre todos, hemos reunido algún dinero. No es mucho pero esperamos que le sirva de ayuda... —bajó la vista, avergonzado—. Es lo único que hemos podido hacer por usted.

Con los ojos llenos de lágrimas aceptó lo que le entregaba. Aquella había sido su única familia y, probablemente, jamás volvería a verlos. Impulsivamente, se acercó y le dio un beso.

—Gra...gracias yo... —las palabras se le atascaban en la garganta pero se obligó a continuar—. Lo siento —ante la mirada perpleja del hombre continuó—. Siento abandonaros pero si sigo aquí...

Las lágrimas le impidieron continuar pero el mayordomo ya sabía lo que quería decir.

—Mucha suerte, milady. Espero volver a verla algún día, a poder ser cuando regrese a darle su merecido a lord Bradford.

Victoria asintió y mientras salía a la calle se juró, por segunda vez en su vida, que su padre pagaría por todo lo que había hecho.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

Página anterior / Página siguiente

Página anterior / Página siguiente

Índice de capítulos

Sueños cumplidos

 

 

Otros contenidos de la web

Copyright © 2002 - 2020 rnovelaromantica.com y elrinconromantico.com

| Aviso legal | Política de privacidad | Política de Cookies |