• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 9

 

Hay personas por las que vale la pena derretirse

(Frozen)

 

Sintiendo que la nariz se me humedecía, respiré con fuerza y me la volví a empolvar. Con la mirada atenta, ladeé varias veces mi rostro frente al espejo y, retocándome con la brocha ancha, rocié un poco más de rubor.

Pasando mis dedos por sobre mi cabello, acomode mi pinche y saque algunos mechones a los lados. Luego de repasar mi maquillaje, me paré frente al espejo de cuerpo entero y volví a chaquear mi ropa, y quedé conforme: jeans oscuros, una blusa amarilla pato que me regaló mi hermano para navidad, mis queridas botas vaqueras café y mi chaqueta de mezclilla favorita.

Tratando de darme valor, me dije que esta cita no era nada trascendental. De hecho, de haber estado más alerta estaría ahora viendo mi peli favorita y en pijamas, sin embargo, Carlie me convenció de que fuera.

—Yo voy contigo —me dijo sonriendo con ganas—, y lo pasaremos genial.

Esta chica me estaba cayendo mejor, pues luego de compartir los días de castigo pudimos charlar de muchos temas, dándome cuenta que no era tan desagradable como yo pensaba, de hecho, teníamos muchas cosas en común de lo que creí, como las pelis románticas y la música.

Y ya llevábamos tres días almorzábamos juntas.

En cuanto a mi compañerito de trabajo parecía haberse vuelto invisible. Lo poco que lo veía era en clases se mostraba de lo más silencioso y muy concentrado en lo que escribía que casi no me dirigía la palabra.

No es que me importará lo que hiciera, de hecho, lo agradezco pues muchas veces Adam tiende a ser áspero como una lija o irreverente con sus opiniones, sin embargo, tenía que convenir que después del episodio del “no beso” parecía estar rehuyendo de mí; en un descanso me pidió el mail y, por las noches, nos mensajeábamos, compartiendo archivos para el trabajo.

Luego de leer sus escritos, tenía que admitir que el chico escribe muy bien: posee una excelente narrativa, describe bien los personajes y los ambientes de la obra y, aunque me dan ganas de ahorcarlo por lo pedante que me parece, sus palabras trasmiten tanta sensibilidad y calidez, que me sorprende lo diferente que es verlo en la vida real.

—Hermanita, ¿estás lista? —escuché preguntar a mi hermano quien sólo metió la cabeza por el borde la puerta de mi dormitorio.

—Sí. —Me pasé la mano por el pelo mientras estiraba mis labios.

—Estás muy linda —señaló Tom junto a su mirada cariñosa.

—Muchas gracias. —Y girándome hacía él, le hice una reverencia.

—Apresúrate damita, mira que tu galán parece un poco nervioso.

—¿Omar? —resople sin poder creerlo—. Eso sería en otra vida. Dile que no me tardo.

—De acuerdo. —Y bufando con algo de burla, agregó—: Trata de no maltratar a ese pobre chico.

Meneando la cabeza, mi hermano no estaba enterado que ese “pobre” tenía a media escuela de cabeza y que esta cita era, de seguro, la menos prometedora del infinito.

Ajustando mi chaqueta, me eché un vistazo y me dispuse a encontrarme con Omar, quien, por cierto, había entablado una animada charla con papá.

—Hola —lo saludé sacudiendo una mano con gentileza—. ¿Me demoré mucho?

—No. —Parándome muy derecho me sonrió como el profesional que es y añadió con suavidad—. Estás muy linda.

—¡Mi hija es muy hermosa! —exclamó papá abrazándome por el lado y dándome un beso en la cabeza.

—Creo que deberíamos irnos. —Omar indico su reloj—. El concierto es al aire libre. Si vamos muy justo no tendremos buenos asientos.

—De acuerdo. Recuerda que Carlie va con nosotros.

—Por supuesto —asintió—. No lo he olvidado.

Después de una breve despedida, Omar abrió la puerta de un Volkswagen cuatro puertas, color rojo, y aunque no soy muy conocedora de autos, estaba casi segura que era un coche del año.

—Me lo regaló mi abuelo para navidad —señaló mientras abría la puerta e indicaba con su mano que me sentara—. Fue un premio por mis excelentes calificaciones.

—¿Mejores que las de Adam?

Había escuchado muchos rumores sobre el rendimiento de esos dos, y la gran mayoría coincidía que Adam, aunque era un plomo, era el chico que se destacaba por su buen rendimiento.

No así Omar.

—Me defiendo bastante bien. —Sentándose en el asiento contiguo, añadió cerrándome un ojo—. Tú misma lo verás.

Asintiendo sin saber por qué, Omar emprendió viaje, primero, a recoger a Carlie en unas calles más abajo, para luego seguir rumbo al parque Real, al otro lado de la ciudad, el cual estaba rodeado de muchos árboles y explanadas, donde había un anfiteatro adecuado para 400 personas y una galería.

—¿Te gusta? —preguntó el chico luego de que nos sentáramos. Habíamos conseguido unos puestos en el costado derecho, en la parte central.

—Es precioso —confesé fascinada con la arquitectura, con acentos griegos en las columnas y el borde del escenario—. ¡Es un lugar increíble!

—Lo es. —Carlie se sentó a mi lado colocando una mano sobre mi brazo—. Es uno de los lugares más populares de la ciudad. Aquí tocan todos los conjuntos locales y algunos visitantes.

—Es fantástico —pronuncié embelesada mirando los espacios que parecían resguardar aquel lugar.

La última vez que había estado en un concierto en un lugar tan mágico como ese tenía como 12 años; mi madre me llevó a ver la obra musical “Cenicienta” en ciudad del Carmen. El viaje de 40 km fue sólo un suspiro frente a toda la magia que me envolvió cuando escuche las canciones y la puesta de escena de esa sublime presentación.

Nunca me había sentido tan emocionada y entusiasmada.

Poco a poco la gente comenzó a llenar las butacas del anfiteatro, llenándose completamente, y al llegar las 8 de la tarde, las luces comenzaron a bajar y unos suaves destellos se descolgaron de la cubierta del anfiteatro.

Omar y Carlie se sentaron, cada uno a un lado mío, y mientras comentábamos los pormenores del evento, sentí como la mano de ese chico se trepó por mi costado como si fueran dos tenazas intentando atraparme. Tratando de no molestarme, me volví hacía el lado de Carlie y apreté en todo momento su mano.

Luego, sonaron las fanfarrias anunciando el primer grupo en presentarse; eran unos chicos de una escuela secundaria de los suburbios de la ciudad: una chica vestida con ropa gótica y un par de muchachos que interpretaban música folk. Aun cuando no me agrada tanto esa música, tenía que admitir que la voz de la muchacha era muy dulce y los arreglos de la guitarra les daban un toque distinto a las canciones.

Un público entusiasta los aplaudió, para luego dar paso a un grupo de rock de cinco chicos, todos vestidos de azul y con distintos sombreros. El vocalista se deslizó por el escenario como si no pesara más que una pluma, mientras que el guitarrista y el bajista se acercaron a las personas, chocando las manos con ímpetu.

Había pasado media hora de presentación cuando otro grupo similar apareció en escena, con un estilo más metal y vestidos con colores más fosforescentes.

—Es el intermedio. —Omar se estiró cuan largo era—. Puedes aprovechar de ir al baño. Yo las espero aquí.

—¡Es una buena idea! —exclamó Carlie tomando una de mis manos y, sin poder negarme, me jaló por toda la escalera que daba al rellano del pasillo principal.

Nada más llegar al área de servicio, una cantidad descomunal de chicas también había tenido la misma idea, por lo que nos tocó hacer fila.

—¿Te ha gustado hasta ahora? —quiso saber Carlie sacudiéndose el cabello al tiempo que se sacaba el pañuelo rojo que traía atado al cuello.

—Estoy fascinada —asentí entusiasmada—. Son grupos muy buenos.

—¿Cierto? —Me guiñó el ojo con picardía—. Además, los chicos que se presentan en estos festivales cantan, tocan instrumentos ¡y son guapos a morir!

—¿Ah, sí? —preguntó una voz masculina muy cerca de mi oído, como si lo hubiera rozado.

—¡Adam! —gritó Carlie con alegría, colgándose de su cuello—. ¡Qué bueno que viniste!

Abrazando a la chica, este sostuvo mi mirada empequeñeciendo sus ojos como si verme no le cuadrara, en tanto, lo miré un tanto divertida pues fue la misma Carlie quien me comentó, dentro de una conversación en la hora de almuerzo, que ellos eran muy amigos desde la primaria, compartiendo campeonatos, fiestas y una que otra rodilla raspada.

—¿Y tú, Laia? ¿No vas a decir nada? —inquirió él luego de soltar a Carlie, torciendo el labio como si en verdad esperara algo de mí.

—No se me ocurre nada. —Y tocándome la frente, abrí los ojos como si me hubiera encontrado una idea brillante resoplando—. ¡Ah, sí! ¡Hola!

—No esperaba menos de ti —murmuró ladeando la cabeza para luego mirar a ambas con perplejidad— ¿Y ustedes? ¿Vinieron solas?

—Si hablas de Omar como una compañía, bueno si —Carlie se rio—, viene con nosotras.

—¿Y desde cuando Omar sale contigo? —repuso Adam mirando a la chica y con sorna repuso—. ¿No dijiste que tenía que congelarse el mar para que volvieras a salir con mi querido amigo después de lo de Argelia?

—Tuve que aguantarme. —Alzó los hombros con resignación—. Omar invitó a Laia.

Con una expresión aturdida, Adam se volvió hacia mí como si eso no fuera posible.

—¿Omar te invitó a salir? —me preguntó como si no pudiera salir de su sorpresa.

—La semana pasada —señalé un tanto incómoda y es que la forma en que me veía me hacían sentir como si fuera demasiado insignificante o fea como para que un tipo como Omar se tomara la molestia de invitarme.

—¿Y eso? —Aproximándose a mí, me pareció que invadió más de lo necesario mi espacio personal, casi como si me estuviera amenazando.

Una amenaza muy peligrosa.

—¿Eso qué? —resoplé retrocediendo en un pequeño intento de darme aire, pues sentí que me estaba sofocando y, por ningún motivo, me iba a dejar amedrentar.

A pesar de lo azul de sus ojitos.

—¿Por qué no conversan en el pasillo? —indicó Carlie con diplomacia empujándonos hacia un costado, apartándonos de la fila como si hubiera notado que muchas chicas nos miraban con demasiada curiosidad y chismorreaban a cada tanto lanzando risitas molestas.

—¡Pe… pero! —exclamé espantada con el pulso un tanto acelerado y es que no sabía si estar a solas con Adam fuera buena idea.

—No temas. —Él sonrió con un halo de misterio tomándome una mano como si hubiera adivinado mi pensamiento—. No muerdo.

Sin darme tiempo a nada, me llevó con rapidez por un pasillo angosto y luego por unos escalones hacia un segundo piso de la galería, donde se podía apreciar el anfiteatro desde las alturas. Si antes me había parecido hermoso, desde aquí se veía irreal.

—¿Te gusta? —preguntó Adam apegando su rostro al borde de mi cabeza acomodando una mano sobre mi espalda.

—Sí. —Ronqué como si estuviera refriada, por lo que tuve que aclararme la garganta y repetir con más seguridad—. Sí.

Tenía que confesar que estaba aterrada ante tanta proximidad, pues en mi vida un chico se me había acercado tanto; bueno, había dado mi primer beso a los 12 años, pero eso sólo fue un roce inocente con Robert, mi vecino, y luego, Ronald, quien había sido mi amigo desde siempre, y quien se convirtió, en la fiesta de los 16, en mi primer novio oficial.

Tengo que decir que esa etapa fue una de las más raras, pues, aunque quería mucho a Ronald, nunca mi corazón ardió con esa emoción que, intuyó, es propia de quien se enamora perdidamente de alguien.

Como las que describen las princesas en los cuentos.

Como si mi piel se hiciera extra fina, pude sentir el tacto tibio de ese chico por sobre la tela de mi chaqueta, provocando que un calor delicioso subiera y bajará a voluntad, acumulándose en mi pecho como si fuera un anticipo de algo por descubrir.

—Desde aquí todo se ve hermoso. —Ajustó su barbilla en el borde mi cabeza, muy cerca de mi oído—. Como si uno se encontrara en las nubes.

—Te creo. —Resoplé y, en un intento de apartarme de él, tosí con fuerza—. Es muy bonito.

Como el chico hubiera presagiado mi intensión, rodeó mis hombros e inclinó su rostro hacia un lado, incitando a que me quedara tiesa como una estatua, sin que pudiera mover una pestaña.

—Puede que este alucinando, pero ¿te doy miedo? —preguntó con voz queda.

—Claro que no —negué con suavidad mirando para todos lados, pero sin ver nada en realidad—. ¿Debería?

—No, por supuesto que no.

—¿Entonces? —quise saber un tanto ahogada en mis propios latidos y el aroma de ese chico que, repentinamente, mi nariz estaba percibiendo muy claramente: una mezcla a madera y frutos rojos, algo muy diferente del aftershave que usa papá y Tom.

—Nada. —Moviéndose apenas, presionó más su brazo sobre mí—. Aunque, ahora que me lo preguntas, me gustaría saber algo.

—¿Qué? —resoplé un tanto intrigada.

—¿Saldrías conmigo?

La pregunta resonó en mis oídos como si no fuera capaz de entenderla y, con la fuerza de un resorte, me aparté de él.

—¿Salir? —Pestañeando con rapidez, todavía no estaba segura si había escuchado bien y volviéndose hacía él, sostuve su mirada como si pudiera encontrar una pista del porqué de esa idea—. ¿Conmigo?

—¿Y por qué no?

Sin poder decir nada, me le quedé viendo sin entender qué se traía entre manos.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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