• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 8

 

La vida me regaló un instante a tu lado

(La Sirenita)

 

—Muy bien. Esto está muy bien.

Adam leía los apuntes en que había escrito algunas notas sobre “Romeo y Julieta” mientras engullía un pan con queso. Lejos de parecerme algo incorrecto, pues hablaba con la boca llena, me parecía divertida la expresión despreocupada e infantil que demostraba.

Tocándome la base de la espalda, moví la cabeza pues sentí los músculos agarrotados. Aquello no debería extrañarme si llevaba sentada en la misma posición por más de hora y media.

—Espero que seas amable con tus comentarios —señalé mientras me paraba a buscar un té de hierbas—. No es culpa de Shakespeare ni mía que no lo seas.

—No ser amable no es sinónimo de hipócrita. —Arrugó la frente y sostuvo mi mirada—. No tienes de que preocuparte. No destrozaré tus comentarios y tú no llorarás ¿de acuerdo?

Un manotón en el brazo fue toda mi respuesta antes de buscar mi tazón de Hello Kitty.

—¿Quieres un té, una leche o algo? —le ofrecí mientras conectaba el hervidor.

—No gracias —respondió con la boca llena y los ojos redondos—. Estoy bien.

Sin poder evitarlo me reí y volví el rostro hacia otro lado. Este chico no estaba enterado que ya no tenía 5 años para mostrarse de ese modo.

—¿Cómo van chicos?  —preguntó de pronto papá entrando a la cocina y sacaba la jarra de aguas frescas del refrigerador.

—Aquí —alce el brazo como si fuera a una contienda—, avanzando y seguro.

—Estupendo. —Se volvió a Adam y le preguntó—. ¿Vives muy lejos, muchacho?

—No señor —contestó el chico apartándose el mechón de su ojo—, pero si se me hace tarde puedo irme a casa de mis tíos que viven aquí al lado.

—¡Qué alivio! —resopló papá—. Ya son más de los 10.

—¡Las 10! —exclamé casi atragantada pensando que todavía tenía que revisar una tarea de Física y un control de Matemáticas que no había terminado.

—No se preocupe, señor Cabral. —Adam torció el labio divirtiéndose de lo lindo, seguro de la cara que puse—. Ya le había avisado a mi papá.

—¿Y tu mamá? —inquirió papá como si nada mientras tomaba un trago de su agua—. ¿No la llamarás?

—Ella no existe —respondió este sin mover una pestaña.

Como si me hubieran arrojado un jarro de agua fría, pestañee muchas veces antes de recobrar el aplomo.

—Lo siento —susurró papá algo avergonzado.

—No se preocupe, señor. —Adam levantó los hombros con suavidad—. No tenía como saberlo.

—De acuerdo. —Con algo de nervio, papá se apresuró a salir de la habitación, añadiendo—. Cualquier cosa me avisan.

Afirmando con la cabeza, aplasté mis labios, uno contra el otro, sin saber qué hacer.

—No tienes que hacer nada, Laia. —La voz de Adam parecía muy suave y segura al mismo tiempo y, al volverme hacia él, sostuve sus enormes ojos con la intensión de hacerlo sentir mejor—. Son cosas que pasan todo el tiempo.

—Lo sé —susurré dejando escapar aire. Avanzando hasta donde se encontraba, me senté en el taburete frente a él—, pero no me puedo acostumbrar. Algunas madres se van, pero otras se tienen que ir porque no tienen opción.

—¿Cómo cuál? —inquirió con sospecha dejando el papel a un lado frunciendo la boca con algo de dureza—. Digo, ¿sabes de alguna razón porqué las madres se deban ir?

—La muerte —desvié la vista y la fijé en algún punto infinito del papel mural color mantequilla de la cocina—, no puedes detenerla. Es lo único seguro pero que, sin embargo, quieres evitar.

—¿Tu mamá? —inquirió él.

—Cáncer —repuse con la mayor tranquilidad que mi voz me permitió y torcí la nariz para impedir que una lágrima traidora rodara por mi mejilla—. Ningún tratamiento la pudo ayudar.

—¿La extrañas?

—Todos los días. —Me pasé una mano por el rostro y miré a Adam de lleno a sus ojos—. Siento que nunca se ha ido del todo. Es como si todavía estuviera a mi lado, hablándome, aconsejándome, animándome cuando quiero abandonar.

—Debió haber sido una mujer fantástica. —Como si hiciera un puchero, añadió—: Eres una chica afortunada.

Sin preverlo, ambos nos quedamos un rato viéndonos en completo silencio, de esos que no se pueden romper porque no hay nada mejor que estar así, en la quietud y el sonido de fondo de esta loca ciudad.

Su mirada estaba cargada de tristeza, de esas que pesan y se arrastran con dificultad, que viven encerradas en el último rincón del corazón y que sólo emergen cuando cae una pequeña luz. Es en momentos así cuando recuerdas la falta tan grande que hace alguien en tu vida.

Lo podía entender perfectamente.

—Creo que debemos dejar el trabajo hasta aquí. —Adam se levantó con lentitud mientras recogía sus cosas y las metía en la mochila—. Es tarde y mañana hay escuela.

—Por supuesto. —Suspiré imitándolo dejando mis carpetas en el mueble al lado de la mesa junto a mi estuche de Winnie Pooh.

—Tenías razón cuando dijiste que eras buena escribiendo. —Me dedicó una mirada de aprobación—. Así que incluiremos lo que escribiste en el informe junto a las notas que hice para la obra de “una noche de Verano”.

—Perfecto —me reí—. Gracias por su cumplido, señor Claverie.

—No tienes que dármelas. —Se acomodó la cinta de la mochila sobre su pecho—. Reconozco que eres talentosa. —Y añadió con humor—: No tanto como yo, pero bien podemos hacer un equipo.

—¡No sabes que ilusión tengo! —resollé haciendo mover mis ojos hacia arriba como si aquello fuera uno de mis anhelados sueños.

—Me lo imagino. —Adam sonrió con ganas lo que me permitió apreciar un hoyuelo en su mejilla. Dando un par de pasos, el chico me miró desde la mitad de la cocina, añadiendo con voz queda—. De seguro te mueres por hacer otro trabajo conmigo.

—Todavía no termino este. —Golpee mi puño izquierdo sobre mi mano derecha un tanto ¿nerviosa? Eso no es posible pues me cae peor que el guiso de riñones que hacía la señora Pérez, mi vecina de mi antigua casa—. Quizás si la calificación es buena pudiera repetir la experiencia.

—Puede que, a lo mejor, te animes a hacer un trabajo con Mackenzie. —Extendió aún más su sonrisa—. ¡Estoy seguro que está ansioso por estar en mi lugar!

—¡No sé a qué te refieres! —Extendí los brazos y le di un par de empujones para sacarlo de la cocina—. ¡Y no quiero saberlo! ¡Peter es sólo un compañero!

—¡Pero si Peter es un chico amable como te gustan a ti! —profirió antes de llegar a la puerta principal de mi casa—. ¡De seguro alguien con quien te gustaría de novio!

—¿Y qué sabes de tú del novio que quiero? —inquirí adelantando mi rostro amenazadoramente hacia él y los ojos encendidos—. ¿Te crees clarividente?

—Podría ser. —Adam se echó hacía atrás y se pasó la lengua por los labios—. Con una chica como tú no es difícil saber lo que desea.

—¿Así? —Me estaba sacando de mis casillas y, acercándome más a él, extendí un dedo acusatoriamente sobre su nariz con molestia—. ¿Acaso crees que soy una chica tonta porqué soy de un pueblo pequeño?

—Por supuesto que no. —Con la mirada enturbiada, rozó la punta de su dedo mi nariz—. Eres la chica más lista que he conocido.

—No te entiendo —susurré un tanto atontada al apreciar sus enormes ojos azules y fue en ese preciso momento en que sentí un par de labios rozar los míos.

Fue un contacto suave, casi inexistente, en que sólo fui consciente de la respiración de Adam.

—Gracias por el emparedado —señaló apartándose con rapidez—. Despídeme de tu papá.

Y sin más, abrió la puerta y se fue.

Cuando sentí el sonido de la puerta cerrándose, apoyé mi cabeza en su madera y apreté la boca. Nunca de los nunca había sentido una sensación tan extraña y, al mismo tiempo, tan desconcertante.

Era muy raro.

—¿Laia? ¿Estás bien?

Volviéndome apresurada, aprecie como mi papá estaba a mi lado tomándome la mano y mirándome con preocupación.

—Sí, papá. —Me pasé la mano libre por el pelo—. No hay problema.

—¿Se fue tu amigo?

—¡No es mi amigo! —indiqué un poco molesta, pero al ver la expresión sorprendida de papá suavice mi voz—. Se fue hace un momento.

—Está bien. —Resopló arqueando una ceja un tanto intrigado y cambiando de tema preguntó—. ¿Quieres una sopa antes de dormir?

—Me caería de maravilla. —Acepté encantada y es que no había algo mejor en el universo que una reparadora sopa de papá. Era algo así como el elixir de la paz, como decía mamá.

Quizás por eso Adam era un idiota consumado: le faltaba una sopa amigable que ablandara su insensible corazón.

—¿Lo quieres con fideos o arroz? —preguntó de pronto papá desde la puerta de la cocina.

—Por mí está bien con cualquiera de las dos.

—De acuerdo pequeña. —Y me envió un sonoro beso con la punta de los dedos y volvió dentro.

Esbozando una suave sonrisa, me dije que a pesar de que mi mamá estuviera perdida en las estrellas tenía un papá dulce que me hacía sentir amada.

Con ese pensamiento, me encamine a la cocina con el corazón más tranquilo.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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