• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 7

 

Cuando estoy contigo, no me siento tan solo

(Hércules)

 

Pasándome una toalla por el rostro, me mire en el espejo del baño.

Había golpeado y pateado ese saco hasta quedar exhausta y Carlie quedo convertida, literalmente, en un bulto luego de apalear su bolsa a todo lo que daba.

Limpiando mi nariz, me dije que no me apetecía hablar con Adam. No ahora y, definitivamente, no así. Me veía horrible y olía pésimo, además que no traía ninguno de mis apuntes con que hacer ese bendito trabajo. Amarrando mi cabello en una lastimosa cola de caballo, me lleve las manos al rostro y respire con fuerza. Estaba nerviosa y no sabía por qué.

Sólo era Adam.

Nada del otro mundo.

Acomodando mi Karategui en la mochila, me la colgué en un hombro y salí del vestidor tratando de idear una buena excusa para irme a casa y pasar del trabajo.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó, de pronto, Carlie quien, en ese momento, iba a los camarines. Con cara de exhausta, la mire y ella sonrió resoplando—. ¡Sé bien cómo te sientes!

—Descansa —señalé apretando el tirante del bolso—. Pasado mañana nos espera otro día duro.

—Tú también, mira que tienes un peso pesado esperando. —Y alzó la barbilla hacia el costado señalándome a Adam, quien estaba en medio del gimnasio con los brazos cruzados sobre su rezago en tanto su largo mechón cubría parte de su derecha y mostraba, como pocas veces, una suave sonrisa.

Estaba usando su pantalón de Karategui, una parka verde y una mochila de una sola tira que cruzaba sobre su pecho.

Sintiendo como Carlie palmeaba mi hombro, estire los labios y camine sin prisa. Estaba visto que estaba de buen humor y aquello era raro, pero bien podía ser un buen augurio para que, por fin, saliera humo blanco de ese trabajo.

—¿Estás cansada? —preguntó apenas tuve a unos pasos de él.

—¿Te estas burlando de mí? —inquirí achicando los ojos intentando no dejarme engañar por esa pose amable.

No era algo propio de él.

—Claro que no. —Y se metió las manos en los bolsillos—. Sólo quiero saber si tienes tus neuronas despiertas como para hacer un buen trabajo.

—Jajaja —resoplé sin humor—. Claro que mis neuronas trabajan muy bien, sólo que no pienso beneficiar a otras neuronas.

—¡Estupendo! —Asintió con la cabeza y una sonrisa estirada—. ¡A trabajar se ha dicho!

Haciendo una venia me indico la salida. Adelantando un paso, pasé frente a él meneando la cabeza, y luego de un instante, se acoplo a mi lado.

—¿Habrá algún problema si me acompañas a casa de Karen? —Arquee una ceja sin comprender a lo que Adam alzo los hombros con despreocupación—. Digo, son vecinas y estarías más cerca de tu casa.

—Prefiero trabajar en la mía. Papá no tendrá problema en que ocupemos la cocina y yo tengo mis cosas más a mano.

—¿Estás segura?

—Muy segura.

Afirmando con la cabeza como si no le quedará de otra, el chico estuvo de acuerdo.

—¿De qué lugar eres? —escuché preguntar de pronto mientras cruzábamos la calle.

—De Piamoncura —resoplé mirándolo de lado no pudiendo evitar recordar la cara que él mismo puso cuando el maestro, en clase, me hizo la misma pregunta—, eso ya lo sabes.

—Me refiero a cómo es. —Tosió un poco—. Nunca lo había escuchado nombrar.

—Está cerca del mar. —Sentí un frío repentino y, acomodando las solapas de mi chaqueta para abrigar mi cuello, me crucé de brazos intentando darme calor—. Es pequeño, de unos 2000 habitantes. Nada especial.

—¿Lo extrañas?

—He vivido toda mi vida ahí. —Estire los labios con nostalgia—. Creo que es normal que lo eche en falta.

—Nadie sabe lo que es normal.

—¿Te estás burlando de mí? —inquirí pues sentí que estaba poniendo en duda mi afecto por mi tierra natal.

—¿Por qué piensas que me quiero burlar de ti? —Bufó soltando un soplo que levantó su mechón. Con tono ronco, señaló—: Sólo me estaba preguntando si lo que consideramos normal es una regla general para todos, después de todo ¿qué es normal? —Sus ojos azules resplandecieron con algo de ¿ternura?—. No siempre quiero hacerte enfadar, Laia.

—No siempre —señalé no muy convencida—. Desde que llegué a esta escuela digamos que amable no has sido.

—No soy amable —remarcó tajante—, con nadie. —Levantó los hombros como si aquello fuera obvio—. Nunca lo he sido así que no te lo tomes a lo personal. Además, no quiero caerle bien a los demás. Es una tarea jodida ser agradable cuando no estas con ganas de serlo.

—Tampoco es tan terrible. —Mi madre siempre me repetía lo importante que era ser, por lo menos, cordial—. Ser amable no cuesta nada. A nadie le pasan factura por eso.

—Es cierto —convirtió sus labios en una línea—, para quien le interese. Yo, por ahora, estoy bien así.

—Deberías considerar vivir en una montaña. Ahí sólo convivirías contigo mismo y el silencio —resoplé ladeando mi cabeza poniendo los ojos en blanco. Este cabezota es demasiado obstinado.

—Puede que te haga caso en algún minuto de mi vida —lo escuché refunfuñar—. Por ahora me contentare con seguir siendo quien soy en esta jungla de cemento.

—Por supuesto —bufé mirando los faroles de la calle—, aunque no es cierto que no eres amable con todos.

—¿A qué te refieres? —exclamó intrigado.

—Se te olvida que, aunque seas un ermitaño, tienes amigos —indiqué volviéndome hacía él abriendo los ojos con suspicacia—, como Omar.

Adam bajo la cabeza, la meneo y soltó una breve carcajada.

—Omar y yo hemos sido compañeros desde el jardín de niños. —Sostuvo mi mirada con algo de añoranza—. Siempre hemos estado juntos. No tengo que ser con él distinto de lo que soy y sé muy bien como es él.

—Eso habla bien de ti. —Desde mi punto de vista, ambos eran muy afines.

—Hemos compartido muchas cosas juntos —dejó escapar un suspiro—. Creo que no tengo recuerdos en los que no haya estado mi buen Omar, y aunque somos —subrayó— muy distintos, es una ventaja.

—¿Ah, sí?

—Ninguno de los dos ambiciona algo del otro y eso, señorita Piamoncura, ha permitido que nuestra amistad permanezca. Al mismo tiempo, Omar es divertido, alegre, tiene siempre algo interesante que decir y es alguien con quien, invariablemente, te ríes y no te aburres nunca.

—Depende —repliqué.

—¿No tienes la misma opinión?

—Tú lo conoces, yo sólo la conversación de un par de almuerzos.

—Buen punto. —Se ajustó la correa de su mochila—. Es una buena política no dejarse llevar por las primeras impresiones.

De pronto, sin darme cuenta, estábamos frente a la puerta de mi casa.

—Llegamos. —Saque mis llaves del bolsillo de mi bolso—. Tenemos mucho trabajo que hacer.

—De acuerdo. —Y asintió con una sonrisa en el rostro.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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