• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 6

 

Una dama no empieza peleas, pero puede terminarlas…

(Los Aristogatos)

 

Una semana.

Apretando los labios con fastidio, mire una y otra vez el calendario de la cocina. No es que estuviera especialmente ansiosa ni mucho menos, pero en todo este tiempo Adam y yo sólo habíamos avanzado un par de páginas para ese dichoso trabajo y eso, desde mi punto de vista, era prácticamente nada.

Le había entregado su carné al día siguiente y, el muy idiota, ni las gracias me dio. En vez de ello, movió apenas las cejas y murmuro algo así que apenas tuviera un tiempo me llamaría.

Dejando escapar un soplido, sólo apreté los dientes y me aguanté de darle un par de empujones por engreído. Sacudiendo la cabeza, sólo atine a pasar por su lado e intentar vivir el día sin tratar de asesinarlo.

Sin querer queriendo mire el reloj. Las manecillas marcaron las 3 de la tarde. A las 4 era el entrenamiento de Karate. Sin mucho preámbulo, tomé mi bolso y salí con rapidez a la escuela. Sentía que tenía tanta energía acumulada que podría matar lo primero que se me cruzara en el camino y, oprimiendo la mano alrededor de la correa de la mochila, mis nudillos se blanquearon.

Toda esta ira era por culpa de Adam.

—Hola.

Como si fuera una aparición, Omar se puso frente a mí justo en el momento en que entraba a la escuela por la puerta lateral. Era el lugar por donde más rápido podía llegar al gimnasio.

—Hola —contesté sin mucho entusiasmo y con la clara intención de pasar por su lado para continuar mi camino.

—¡Laia, quiero hablar contigo! —señaló bloqueando mi paso.

Tragando aire, había considerado esquivarlo, sin embargo, ultimadamente habíamos conversado más seguido, sentándonos juntos a almorzar una que otra vez y permitiendo que alardeara sobre sus hazañas en el futbol. Lo único que me molesta de él es su pose de galán, pero creo que eso es algo que viene en su ADN, pero tenía que admitir que es divertido escucharlo. Tiene ocurrencias para todo y muchas anécdotas que contar.

—Estoy apurada. —Resoplé con toda la diplomacia que podía echar mano—. Si quieres hablamos por whatsapp más tarde.

—No. —Agitó la cabeza como si estuviera cabreado—. Necesito hablarte ahora.

Aquello me tomó por sorpresa y, pestañeando, me cruce de brazos mirándolo sin comprender lo que sucedía.

—Quiero invitarte a salir.

No sé qué cara habré puesto, pero estaba segura que lo mínimo era de sorpresa.

—¿Salir? —pregunté luego de salir del shock inicial y aplaste ambas manos en mi pecho—. ¿Conmigo?

Desde mi punto de vista no era una buena idea. Era cierto que no me caía tan mal como al principio, pero tampoco digamos que bruto que bien me cae. Tiene sus momentos, pero también es muy posible que sea yo la que pone pegas y es que no tengo ninguna intensión de inmiscuirme con nadie de este lugar.

—¿Y por qué no? —repuso él como si aquello fuera algo natural—. Eres una chica agradable y me gustaría llevarte a un concierto espectacular este viernes.

—¿Concierto?

—Son grupos musicales de la zona. —Sonrió con su clásica sonrisa de galán—. Son buenos. Confía en mí. No te vas arrepentir.

—Te creo. —Rascándome un ojo intente pensar en alguna buena excusa y no sentirme mal por eso.

—¡Te pasó a buscar el viernes a las 8! —Y con precipitación, Omar beso mi mejilla y se alejó con velocidad dejándome con la boca abierta.

¿Salir con Omar Faures? ¿cómo ocurrió eso? ¿en qué galaxia estoy?

Palmeando mi frente, estaba segura que había tenido un lapsus de alguna cosa extraña que produce negligencia momentánea y así estuve con la mirada fija en algún punto diminuto de luz cuando un par de dedos chasquearon frente a mi rostro trayéndome de regreso a este mundo.

—¡Aquí tierra! ¡Hey! ¡Despierta!

Parpadeando algo confusa, un par de ojos claros y un mechón de pelo rojo llenaron mi campo de visión.

—¡Carlie! —resoplé retrocediendo con algo de desconfianza y es que esa chica era de temer.

Desde que la conocí ese día del bendito ensayo sólo hemos compartido un par de “mmm” como si fuéramos un par cavernícolas que sólo saben gruñir, aunque, por regla general, sólo nos evitábamos.

—¡Laia! —bufó con tono agrio mientras balanceó su largo cabello y arrugaba la nariz con desprecio.

Por una razón divina que desconozco, por supuesto, ella también asiste al grupo de Karate de la escuela, y nadie, excepto yo, sabe la impresión tan grande que me llevé cuando vi a esa pelirroja muy parada al lado de la maestra Natalia. A su derecha, Peter Mackenzie, de mi clase de Literatura, y la persona a quien menos pensé encontrar: mí nunca bien ponderado compañero de ensayo, Adam Claverie.

—¿Quién se hubiera imaginado que eres un dechado de virtudes?

La voz grave de Adam me hizo volverme hacia él con fastidio. ¿Será posible que esté pagando pecados de mis vidas anteriores? Probablemente debería arrepentirme y hacer actos de contrición antes de que este chico me siga apareciendo hasta en la sopa.

—¿Quién hubiera pensado que tenías algún talento? —repliqué con la vista fija en la maestra que estaba hablando con un pequeño de cinta blanca.

—¡Qué graciosa! —Y chasqueó la lengua—. Sólo para que sepas, soy muy bueno en esto.

—Me alegro. —En realidad no me interesaba y, sin más, salude a Peter, quien me estaba haciendo señas desde el otro lado mientras practicaba con una chica rubia de largas trenzas.

—¿Desde cuándo practicas? —repuso este parándose frente de mí mirándome con esos enormes ojos azules.

—No lo sé. —Moví la cabeza tratando de pensar en algún momento en particular—. Hace tiempo.

—¿Te gusta?

—Me hace bien. —Fruncí la boca pensando en lo mucho que había insistido a papá para que me comprara mi primer karategui—. ¿Y tú? ¿Por qué Karate?

—Mi madre —una sonrisa avergonzada se despuntó en su rostro—, era 2 dam. Era buena y quise probar si esto era lo mío.

—Parece que la prueba fue superada con éxito. —Con un dedo señalé el cinturón café que rodeaba su cintura.

—Todavía no estoy seguro —tocó el borde de su cinto—, cada día es un descubrimiento.

—¡Laia! ¿Qué pasa?

La pregunta de Carlie me devolvió al presente. Por una absurda y loca razón ese recuerdo en particular me absorbió e insiste en poner atención a cada detalle que mi memoria alcanzó a retener.

—No me pasa nada. —No tenía ninguna intención de darle explicaciones y me dispuse a ingresar al gimnasio.

—No te creo. —Agitando su dedo acusatoriamente, se puso por delante y alzo el mentón como si me hubiera pillado en un delito federal—. ¿Qué piensas que estás haciendo?

—Nada que pueda interesarte. —Achiqué los ojos no estando muy segura de lo que lo que estuviera pensando.

—No lo sabemos —con burla remarcó—. ¿Tienes algún problema, niña?

Como si me hubieran golpeado en el estómago, sentí un dolor agudo en el abdomen. Desde siempre me ha molestado cuando alguien se refiere a mí como una niña y es que no hay nada invalidante que cualquiera piense que no soy capaz de hacer algo.

Es como si me escupieran en la cara.

—Sí. —Me acerqué casi a un palmo de su rostro mirándola como si fuera una rata—. Y si quieres podemos arreglarlo aquí mismo.

—Que así sea. —Soplando hacia arriba para echar hacia un lado un mechón rebelde que caía en sus ojos sostuvo mi mirada como si pudiera fulminarme con sus ojos color avellana.

Sin perder tiempo, me dirigí a un vestidor y me puse mi karategui. Con velocidad, estuve en el tatami dispuesta a que esa pelirroja tragara el polvo.

—Esto termina cuando termina. —Carlie entrecerró los ojos adoptando la clásica posición de defensa.

—Por mí, está más que bien —afirmé acomodando mi protector bucal para luego ajustar el cinturón café que portaba.

Sólo me bastó escuchar un fuerte grito para que tuviera claro que la pelea había comenzado. Con prontitud, me protegí la cara y el pecho alternativamente para luego avanzar con algo de fuerza, y con el chillido más agudo que encontró mi abdomen, lancé puños hacia arriba y abajo con la sola idea de darme el punto y acabar con esta pelea de nueva vez.

Apartándome con toda la rapidez de la que era capaz, baje el cuerpo y las manos en posición defensiva, una manera muy útil de resguardar de los ataques de Carlie y resistir hasta encontrar mi oportunidad de punto.

De eso se trataban los combates: encontrar el momento oportuno de hacer un punto.

Fue en un instante en que descendí la cadera y, extendiendo el pie, golpeé la pierna de mi contrincante haciéndola caer a tierra como si fuera un saco de papas, cuando note un grupillo de novatos había tomado palco fuera del tatami hablando con cierta sorna y apostando sobre quien de las dos escupiría el polvo; un poco más alejado pude apreciar a Adam; aquel ladeo la cabeza como si lo que estuviera viendo no le cuadrara.

Regañándome por poner atención a su expresión, bloqueé a Carlie y, apretando ambas manos formé una llave, en tanto ella, todavía en el suelo, me miró con mala cara.

—¿Qué es lo que sucede aquí?

La voz espesa de la maestra Natalia hizo que me pusiera rígida como una estaca y me volviera a ella con los brazos en los costados.

—Sólo estábamos entrenando, maestra —respondió Carlie mientras se levantó del suelo con presteza—. Nada del otro mundo.

—Yo decidiré si no es algo del otro mundo. —Nos miró a ambas como quien no se traga eso colocando ambas manos en sus caderas, se volvió al resto de los estudiantes—. Clase, hoy vamos a ejercitar katas de 3 y 4 kiu, junto con algunas de prácticas de kimute, pero —se dirigió a nosotras—, ustedes van a trabajar en las bolsas y no van a parar hasta que yo lo diga.

Respirando con resignación, asentí con los labios apretados. No era difícil darse cuenta que estábamos pagando castigo. Marchando muy derecha, recogí mi bolso y tomé las guantillas, agarrando el primer saco que encontré desocupado.

—Tuvimos suerte —escuché decir a mi compañera mientras se instalaba en el saco contiguo—. La última vez que encontró un par peleándose las hizo hacer una secuencia de lagartijas y abdominales por tres clases completas.

—¡Carlie! ¡Laia! —exclamó la maestra colocándose frente a nosotras lo que pinchó mi espalda poniéndome recta, los brazos a los lados y la vista en frente—. Tienen que darse cuenta que no es bueno hacer demostraciones de pelea como si esto fuera un cuadrilátero de bravucones. Cuando uno tiene coraje o siente la sangre hirviendo las cosas resultan peor ¡si se hubieran visto! —Sentí como pasó por mi lado y me dedico una mirada de reproche—. ¡Parecían un par de matonas! —subrayó—. ¡Ustedes son deportistas antes que nada y espero respeto a este dojo!

Asintiendo apenas, me di cuenta que, aunque me disgustaban las discusiones no huía de una pelea. Eso era de cobardes.

—De ahora en adelante, no quiero más peleas, ¿entendido?

—Sí, maestra —respondimos al unísono.

—Perfecto. Comiencen con el entrenamiento. No pueden parar en todo lo que dure la clase.

—Si, Sensei —contestamos y cada una comenzó a combatir con ese bulto grueso.

—Disculpa, Laia —escuché decir a Carlie luego de un par de minutos que iniciamos—. No era mi intensión meterte en problemas.

—No hay nada de qué disculparse. —Me pasé la mano por la cara retirando una gota de sudor que amenazaba con caer en mi ojo—. Yo también debía haberte frenado.

—¡Somos unas perfectas busca bullas! —resopló la pelirroja haciendo un ruidito parecido a una carcajada dándole una patada formidable a la bolsa

—¡Tienen toda la razón! —escuché decir a mis espaldas.

Girándome, aprecie como el idiota de Adam estaba a unos pasos de nosotras con una amplia sonrisa como quien se regodea a lo grande.

—¿Qué quieres? —resoplé sin muchas ganas, golpeando con furia viva ese saco.

—Entrenar, nada del otro mundo. —Y sin saber cómo, este estaba a mi lado, casi a un palmo de mi rostro—. Y a que nos pongamos de acuerdo de una buena vez.

—Yo prefiero que nos dividamos el trabajo. —Bufé con esfuerzo alejándome de él para volver a azotar mi saco sin darle importancia—. Creo que sería mejor así.

—No lo creo —y paró el bulto en seco sosteniendo mi mirada—, pero esto lo podemos resolver de otra forma.

—¿Qué quieres decir? —lo increpé molesta. Estaba segura que él ya había escuchado que la maestra no toleraría más peleas.

—No te asustes —tomando una de mis manos enguantadas, la apretó con seguridad—, no se vale pelearse por un trabajo.

—¿Ah, sí? —bufé no muy convencida. En todo este tiempo no lo había visto en esa actitud tan condescendiente.

—Tanto tú como yo queremos una buena calificación ¿cierto? —A riesgo de parecer tonta, asentí con la cabeza y esbozo una sonrisa complacida—. Entonces, nos vemos después de la práctica.

Y con suavidad, soltó mi mano, alejándose con lentitud.

—Estoy impresionada, Laia —resopló Carlie a mi lado acomodando su brazo en mi hombro con la vista fija en ese chico—. Nunca lo había visto de ese modo.

—¿Cuál modo? —pregunté intrigada todavía sin saber por qué Adam estaba actuando de ese modo.

—El de amable.

Sintiendo que me ponía roja como un tomate, moví la cabeza con algo de nervio. Despegándome de la chica, volví a golpear mi saco con la intensión de no pensar en la amabilidad de Adam.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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