• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 5

 

Si el hablar no has de agradar, te será mejor callar

(Bambi)

 

Sin soltar mi presa, caminé con prisa en dirección al mesón donde se encontraba una señora de pelo cano y unos pequeños lentes acomodados en la punta de su nariz.

—Buenas —saludé con una sonrisa tibia y una mirada de disculpa—. ¿Por casualidad tendrá una enciclopedia de escritores ingleses?

La mujer tomo sus lentes e hizo un gesto de acomodarlos, moviéndolos levemente. Me observó alzando las cejas con una expresión de ave rapaz y, alternativamente, miro a Adam. Su examen debió haber durado un par de segundos, al cabo de los cuales, se introdujo por uno de los pasillos de las estanterías atiborrados de libros, desapareciendo ante mi vista.

—¿Será mucha molestia si pudieras soltar mi mano?

La voz de Adam parecía un suave murmullo que apenas pude escuchar, sin embargo, me volví hacia él sin comprender que hablaba para luego observar mi mano agarrada a la suya; por una fracción de segundo aprecié como mis dedos rodearon el contorno de su mano provocando un escalofrío que me remeció.

—Claro —resoplé soltándolo de inmediato como si su contacto me quemará e, intentando ocultar mi bochorno, giré mi rostro hacia el lado contrario.

Juzgando que me había ruborizado hasta las orejas, me esforcé por mirar hacia la nada. Siempre que me sorprendo o avergüenzo por algo, inmediatamente la sangre se me agolpa en el rostro haciendo resplandecer mis mejillas en un rojo carmesí.

Estaba segura en que me había convertido en una Heidi.

Rezando porque no tener que esperar demasiado, resople con fuerza: debía dejar escapar aire o, por el contrario, me ahogaría en mí misma.

—No te preocupes —escuché decir a Adam y, mirándolo de reojo, noté que coloco sus manos sobre el mesón estirando unos dedos largos y finos, de una uña redondeada y limpia—, este trabajo no demorara nada. Si no alcanzamos a terminarlo pues lo hago yo en casa y ya.

—¿Y qué te hace pensar que te voy a dejar? —repliqué volviéndome hacia él con los ojos encendidos. Para mi estaba claro que él me consideraba una idiota—. ¡Es mi calificación también y no pienso sacarme menos de un 10!

—Para que sepas niña lista soy el mejor en la clase del maestro Mansilla. —Él echó hacia atrás unas cuantas mechas de su cabello claro y, luego, apego su mano en la cabeza con la que aplastó unas hebras para dejar en evidencia el azul de su iris y remarcó con aire fanfarrón—. Nadie me gana en esta materia así que siéntete afortunada. ¡Tienes un 10 garantizado!

—¡Ja! —resoplé con burla y arrugue mi nariz mientras me acercaba a ese torpe un par de centímetros con todo lo amenazante que podía ser—. Mira citadino antipático, yo era la primera en mi clase en mi anterior escuela y, por ningún motivo, alguien como tú va a hacer un trabajo por mi ¿te queda claro o te lo dibujo?

Ladeando la cabeza, Adam abrió la boca como para decir algo y, al momento de hacerlo, acorté amenazadoramente la distancia sosteniendo sus increíbles ojos azules con expresión retadora.

—¿Todavía necesitas este material o vas a estar ocupada en otros asuntos?

La voz profunda de la bibliotecaria resultó ser igual o peor que un resorte, alejándome en el acto de ese engreído, volviéndome hacia ella intentando mostrar mi mejor cara de “estoy bien, gracias”.

—Claro que lo voy a ocupar —señalé con una sonrisa afable.

La mujer dejó el libro sobre el mesón y, al momento en que yo iba a tomarlo, ella dejó caer su mano sobre la tapa del libro como si fuera una roca.

—Su carné, por favor —indicó la mujer con voz seca no mostrando ninguna emoción.

Palmeando mis bolsillos recordé que todavía no me habían entregado todos los documentos en secretaría.

—Sin carné no hay libro. —Y sin más sacó el libro para guardarlo nuevamente en la estantería.

—Señora Corrales —expresó Adam deteniendo la marcha de la veterana y, mirándome por un segundo, extendió un documento sobre el mesón —yo tengo.

—Bien —murmuró la mujer tomando el carné y llevándose el libro bajo el brazo—, enseguida vuelvo.

—¿Cómo se dice? —inquirió ese pedante alzando una ceja mientras se apretaba los labios en un intento de reprimir una carcajada y extendió un dedo sobre su oreja—. No te escucho decirme gracias.

Parpadeando con molestia, me mordí la lengua. Sabía que tenía merecido decirle de lo que se iba a morir, sin embargo, tenía que reconocer que esta vez fue algo amable.

—Gracias —susurré.

—De nada —remarcó extendiendo una sonrisa—. Tengo curiosidad por saber si eres tan buena como dices.

—Tú mismo te darás cuenta. —Moví la cabeza mientras sacaba de mi bolsillo un elástico y me amarré el cabello en una cola de caballo. Era una costumbre muy mía tomarme mi pelo cuando estoy a punto de realizar cualquier actividad literaria. En caso contrario, el cuello se me acalora y me desconcentro con el sonido de una mosca—. Sé lo que te digo que es un 10 la calificación que vamos a obtener.

Por un momento sentí que la mirada de Adam se paseó por mi rostro por lo que, para no ponerme nerviosa, respiré profundamente; no es que él me alterara ni mucho menos, pero considere que podría decir o hacer algo tonto si lo miraba. Aunque me cayera de la patada, no podía obviar que sus ojos eran algo realmente llamativo: un azul casi transparente, que invitaba a contemplarlos sin parpadear.

Luego de un par de minutos, la bibliotecaria se dignó, por fin, a entregarnos el libro. Nos ubicamos en la primera mesa desocupada y nos dispusimos a trabajar.

No nos costó mucho ponernos de acuerdo en el autor: definitivamente tenía que ser Shakespeare, y el trabajo consistía en dar nuestra opinión de, al menos, dos obras, por lo que, leyendo unos cuantos aspectos de su vida, decidimos que primero había que leer “Romeo y Julieta”.

—Supongo que no te leerás el resumen —espeté a Adam en tanto anotaba unos datos de la época en que escribió la obra—. ¿O buscas trabajos ya hechos en internet?

Tenía la impresión de que era alguien que leía, pues su postura y la forma en que tomó la enciclopedia, me indicaron que era amigo de las letras, pero un deseo perverso de pincharlo me exigía no darle tregua.

—¿Dudas que leo? —replicó con molestia y, colocó una mano sobre lo que escribía lo cual me hizo levantar la vista y sostener el azul de sus ojos—. Escúchame bien y sé que tienes un par de formidables orejas. —Se acercó a mí y hablo con un tono bajo y ronco—. Soy más inteligente de lo que crees. Sé leer y lo hago bastante bien. Créeme cuando te digo que muchas matarían por estar en tu lugar.

—¿Ah, sí? —Estaba dispuesta a responder cuando un tenue airecillo se coló en la curva de mi cuello y el borde de mi oído prodigándome de demasiado calor. Pensé que quizás el rostro de Adam estaba demasiado cerca o era yo quien se encontraba muy próxima a ese zoquete, por lo que intente apartarme, pero él estiró más su cuello manteniendo la distancia entre él y yo.

—¿No dices nada? —Con un tono divertido, Adam dejo descansar ambos brazos sobre la mesa—. ¿Será que te impresiona eso de mí?

—¿Debería? —E intentando no alterarme, trague saliva buscando que decir, pero ninguna idea coherente venía a mi mente. Es más, mi cabeza parecía estar de vacaciones, entretenida observando la mirada de ese chico como si no tuviera nada mejor que hacer.

—Digamos que…

—¿Adam? ¿Laia?

Una voz conocida me hizo alzar la vista para apreciar a una Karen muy perpleja.

—¡Vaya! ¡Ya se conocen! —exclamó asombrada.

—¿Se conocen? —inquirimos ambos al unísono abriendo los ojos con incredulidad.

—Él es mi primo —señaló la chica colocando una mano sobre el hombro de Adam.

No estoy segura si cerré la boca de la sorpresa y los miré a ambos como si los acabara de conocer.

—¿Y cómo conoces a Laia? —quiso saber Adam dirigiéndose a su prima.

—Es mi nueva vecina.

—Ya veo. —Y resoplando, se levantó de un salto y tomó su mochila con prisa—. La próxima será cuando tenga que ser.

Sin más, este chico salió de la Biblioteca.

—Así es él. —Karen alzo los hombros como si aquello no fuera la gran cosa—. Nunca está quieto en algún lugar.

No supe que decir. Haciendo el esfuerzo por terminar de anotar algunos datos, esboce algunas ideas para realizar el ensayo mientras maldecía en silencio como ese cabeza de chorlito me dejaba todo ese trabajo.

De pronto, mire mi reloj. Eran las 5 de la tarde y debía volver a casa. Poniéndome en movimiento, me percaté que Karen me estaba esperando en la salida.

—Gracias —indiqué a la bibliotecaria dejando la enciclopedia en el mesón.

—Tome —resopló la mujer entregándome el carné de Adam.

Tomando ese documento con recelo, mi primera intensión fue entregársela a Karen, sin embargo, nada más verlo no pude dejar de esbozar una sonrisa: un Adam peinado hacia atrás y sonriendo como un actor profesional, llamaron poderosamente mi atención.

Aguantando una extraña sensación de bienestar, guarde rápidamente ese pedazo de cartulina en el bolsillo de mi bolso y decidí que apenas lo tuviera en frente tendría una buena excusa para reclamar ese 10 “garantizado” que tanto se había pavoneado.

Encaminándome al encuentro de Karen, sólo pensé en lo agradable que sería si Adam fuera como su fotografía: con una sonrisa permanente pintada en el rostro. 

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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