• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Junio 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 42

 

El amor es una puerta abierta

(Frozen)

 

Un profundo grito se desgarró de mi garganta mientras me sentaba exaltada.

Todo mi alrededor estaba obscuro por lo que abrí los ojos de un modo gigantesco, en tanto mi respiración parecía estar a mil; estaba segura que era de noche por lo que, tocando lo que encontraba a mi lado, me di cuenta que estaba sobre una amplia cama cuyo edredón tenía un aroma conocido.

Parándome con precaución, percibí que la única luz que había la irradabía una débil lámpara que iluminaba el ventanal de la habitación, la cual tenía sus puertas abiertas de par en par.

Caminando con precaución, noté que en el pequeño balcón estaba mi madre apoyada en el barandal.

- ¿Estás bien, pequeña? – me susurró volviéndome a mí con una gran sonrisa mientras que el viento ondeaba algunas hebras de su cabello color miel.

- Sí – asentí un poco atontada – lo estoy.

Dando algunos torpes pasos a su encuentro, la sensación más maravillosa se apresó en mi pecho y es que no podía creer en lo que estaba viendo, por lo que tuve que pellizcarme fuerte para saber que era verdad.

- No llores – musitó acariciando mi rostro – más bien, deberías estar feliz.

- ¿A sí? – inquirí no muy convencida – mi vida es un desastre y me faltas tú.

- Claro que no – negó con la cabeza – tienes a mucha gente que te quiere – sus ojos castaños se clavaron en los míos mostrando esa expresión cariñosa que me regalaba tanta paz – empezando por tu padre, Tom y continuando con ese chico de ojos azules.

- ¿Adam? – exclamé un tanto aturdida.

- Me cae bien – extendió una gran sonrisa – es un chico encantador – abriendo la mano, abarcó su contacto por sobre mi cara y apoyó su nariz contra la mía – pero tienes que dejar de hacer tantas zancadillas: la vida es demasiado corta para desperdiciarla en los “peros” y demasiado intensa para no vivir aquello que te hace feliz – respiró profundo y agregó – tienes una hermosa historia entre tus manos. No la termines antes de tiempo.

- No lo entiendes, mamá – resoplé con algo desesperación – son demasiadas cosas las que me separán de Adam...

- ¡Tonterias! – me regañó agitando el rostro - ¡no quiero que busques más excusas! – acercó su mirada a mí y me preguntó - ¿quieres o no quieres a ese chico?

- Sí – asentí como si no me quedará de otra y los ojos cuajados de lágrimas.

- Entonces, continúa – apretó mi mano como lo hacía cuando era niña – el amor es una puerta abierta: te llevará a vivir experiencias insospechadas y viajar por tu historia con la fuerza de un timón que navega sobre olas y marejadas, pero con la convicción de que estás haciéndo lo correcto.

- ¿Adam es lo correcto? – estaba segura que mi madre no conocía lo dificil que podía ser él.

- Sé lo difícil que puedes ser tú – se mordió los labios con ternura – no niegues lo que sientes. Sólo vívelo.

- Es fácil decirlo – estime con nervio.

- Sigues siendo la misma cabezota – extendiendo los brazos, ella me acunó en el espacio de su pecho y volví a recordar esas tantas tardes cuando me narraba esos románticos cuentos – yo tampoco quería creer en lo que sentía por tu padre, por eso cada paso que daba para alejarme de él más cerca estaba de su corazón.

- ¿Y? – me anime a preguntar luego de un largo momento de suspenso.

- No puse más barreras – se volvió a mirarme mientras un brillo resplandeció en su mirada – lo amaba y nada podía hacer para ocultarlo.

Torciendo el labio, acomodé mejor mi cabeza en su hombro y así estuvimos mucho rato, hasta que las estrellas se volvieron difusas en el cielo azulado dando paso a la claridad del sol.

- Debo irme – murmuró sobre mi cabello.

- No te vayas – le pedí con la vista perdida en la nada.

- Nunca me he ido – me besó en el costado – estoy aquí contigo... y siempre lo estaré.

De pronto, todo se volvió a nebuloso y no supe más.

- ¿Me escucha? ¿señorita? ¿me escucha?

Como si tuviera un paño blanco y muy delgado sobre el rostro sentí cómo este se descorría dejándome ver a un hombre delgado, de cabello claro y mirada amable, que sostenía una linternita con la que proyectaba directamente a mis ojos mientras aprecie, de reojo, como muchas balizas relampagueaban a nuestro alrededor.  

- ¿Qué sucede? – resoplé intentando incorporarme de donde me encontraba cuando, inmediatamente, una punzada de dolor se me asestó en la parte de atrás de mi cabeza, llevando una de mis manos hacia la nuca - ¿qué pasó?

- Estás en la ambulancia – indicó el tipo pudiendo notar que este llevaba puesto un traje de color azul de enfermero, en el cual se le leía en el bordado de “Michell” – estabas desmayada pero veo que ya despertaste.

- ¿Qué me pasó? – inquirí sentándome pesadamente en la camilla.

- Te golpeaste en la cabeza contra el pavimento luego de que el chico de ahí – indico otra ambulancia frente a nosotros donde estaba Adam: tenía un brazo extendido mientras una chica que parecía ser también una enfermera le vendaba una mano – evitará que te golpearás contra un ciclista.

- ¿Él... – suspiré un tanto atragantada mirándolo con los ojos muy abiertos - está bien?

- Sobrevivirá – el hombre sonrió – creo que tiene una fractura, pero no es nada serio.

- ¿De qué mano? – pregunté temerosa.

- La derecha.

Apretándo los labios, sólo pensé que no se lastimará de gravedad.

- ¡Laia! ¡Laia!

La voz apremiante de Papá hizo que me despabilará totalmente para ver su expresión preocupada; detrás de él, caminaba rauda la maestra Natalia con una expresión angustiada.

- Hija – suspiro él cuando estuvo frente a mí y, tomándome ambas manos, me miró como si pudiera examinarme por dentro - ¿estás bien?

- Si – asentí despacio intentando mostrar una sonrisa.

- ¿Quién te hizo eso? – preguntó la maestra tomándome el hombro con suavidad.

- Una chica que está hablando con la policía – señaló Mitchell y cómo si fuera una reflexión personal, agregó – a veces cometemos muchas estupideces por amor.

- ¿Qué dice? – inquirió Papá arqueando la ceja con sospecha.

- Tranquilo, Carlos – susurró la maestra – lo más importante aquí es Laia.

- Escuche decir que el empujón a su hija fue porque estaba enamorada de uno de sus críos – torciendo el labio, el chico tomó una jeringa pequeña y la golpeó con rápidez en la punta mientras me observaba como si pudiera ponerme en trance en tanto mi papá y la maestra se miraron en silencio – después que te ponga esto, te sentirás mucho mejor.

- ¿Qué es? – quisé saber con la garganta seca.

- Nada que no puedas soportar.

- Ya lo malo pasó – señaló Papá apretándome una mano – estoy aquí contigo y siempre lo estaré.

Nada más escuchar esas palabras, la sensación de que me temblaban los labios hizo que me quedará viendo a mi padre con una emoción tan intensa que sólo deseaba abrazarlo con fuerza.

- Soñé con mamá – murmuré entre dientes intentando controlar mi emoción.

- Catherine estaría muy orgullosa de tí, pequeña – deslizó su dedo por sobre mi nariz con un gesto travieso – cómo yo.

- Eres una buena paciente – indicó el chico luego de botar la jeringa en la bolsa de desperdicios quirúrgicos y se sacó los guantes – estarás muy bien.

- Muchas gracias – resoplé pasándome una mano como un intento de detener unas lágrimas que pugnaban por salir.

- Vamos – Papá espero a que me levantará y caminará un par de pasos – volvamos a casa.

- Papá – señalé mirándolo un tanto aproblemada – necesitó hablar con Adam.

- ¿Crees que es una buena idea? – preguntó extrañado mirando a la maestra cómo si buscará apoyo.

- Nada malo le va a pasar – expresó la Sensi tocando el hombro de papá, a lo que yo afirme con la cabeza y él soltó un profundo suspiro antes de cerrarme un ojo.

- Te espero en el auto.

Humedeciéndome el labio, me volví hacia donde se encontraba la otra ambulancia pudiendo ver que Adam continuaba con el brazo extendido, la cabeza inclinada y una expresión pesarosa en el rostro; a su lado, estaban los chicos de la banda y Omar, quienes se miraban con preocupación.

- ¿Qué crees que haces? – escuché decir a mis espaldas al pasar cerca de una radiopatrulla que estaba estacionada a un costado y paré en seco.

- ¿Porqué no lo dejas en paz?

Me giré lentamente para ver, cara a cara, a Claudette a unos pasos más allá; ella tenía los ojos rojos y el rimel corrido, a su lado, Paula estaba sentada en el berma de la calle con expresión llorosa, afirmando su cabeza con la vista perdida.

- La misma pregunta podría hacerte a tí – resoplé oprimiendo mi mano izquierda sobre mi brazo derecha y, al notar que ella movía la cabeza para enderezarla y verme de frente, dejé escapar aire y señalé haciendo un gesto hacia Paula – preocupate de tu hermana, Claudette. No sacas nada con forzar algo con lo cual, no tan sólo no serás feliz, sino que también haces infelices a otros.

- Adam no será para tí – expresó con firmeza cuando me había vuelto hacia un lado – eso te lo juro.

Con el deseo vivo de responderle, me mordí la lengua; estaba está visto que ella estaba más loca que una cabra y que no entendía de razones.

- Buena suerte entonces – murmuré y me volví para continuar mi camino, respirando profundamente con la intención de no mirar atrás.

Cuando estaba a unos pasos de la otra ambulancia, aprecie las miradas curiosas de los chicos de la banda; detrás de ellos estaba Omar, quién me dirigió una sonrisa amable.

- Está listo – escuché decir a la enfermera mientras afirmaba el vendado en la mano de Adam y le colocaba el cabestrillo sobre el cuello – evite hacer fuerza y mantenganlo en esa posición. De todos modos, le haremos una radiografía para descartar cualquier cosa.

- Gracias – murmuró él mientras apretaba los labios.

- ¿Cómo te sientes? – pregunté apenas la chica se apartó y él se levantaba con algo de esfuerzo.

- He estado peor – resopló mostrando una sonrisa – no te preocupes ¿y tú? ¿cómo te sientes?

- Bien – dejé escapar un suspiro que parecía tener atorado en lo profundo de mi pecho - gracias – estiré los labios nerviosa.y me miré las manos intentando no mostrar lo nerviosa que me sentía – supe que me salvaste.

- Hubiera querido que tu cabeza no tocará el cemento – sonrió con algo de azoro y extendió más su sonrisa viendo hacia el cielo – pero me alegra verte bien.

- Necesito decirte algo – me humedecí los labios no muy segura de lo que iba a decir mientras que Adam me miró con sus enormes ojos azules – no quiero que sigamos así y sé que la culpa es mía...

- No hablemos de culpas – me cortó Adam y, adelantando un paso, con su mano libre, apresó mi brazo con suavidad – quiero que me escuches – sus ojos parecían tilitar – cuando te vi tirada en la calle, mi mundo se vino abajo y sólo pude sentirme yo mismo cuando me di cuenta que estabas respirando y el enfermero me dijo que estabas desmayada – abrió la boca con expresión afligida - ¡me asusté demasiado! Y sé que muchas veces he sido imprudente y no quiero prometerte cosas pero... – suspiro con fuerza y acercó su rostro al mío – yo sólo sé que te quiero y me vuelvo muy idiota cuando pienso que hay alguna posibilidad de que te alejes de mí.

- Lo siento – resoplé con la nariz tapada y fije mi mirada en su brazo vendado – siento que haya tenido que pasar por todo esto.

- No lo sientas – extendió un par de dedos para acariciar mi mejilla helada – haría cualquier cosa por ti, hasta alejarme de ti si con eso eres feliz.

- ¿Crees que alguien puede enamorarse de dos personas?

La pregunta salió de mi boca sin poder evitarlo, y es que había pensado hace un tiempo desde lo de mi papá y la maestra Natalia: lo que sucede cuando nace el amor después del amor, por lo que clavé mis ojos en el azulado iris de Adam, en tanto, él abrió los ojos con extrañeza.

- ¿Cómo es eso? – bufó arrugando la frente.

- Digo – tosí tratando de aclarar mis ideas e intenté de nuevo - ¿crees que es posible que luego de amar a alguien mucho, después, con el tiempo, se pueda volver a amar a otra persona?

- No tengo idea de lo que estás hablando – resopló con lentitud después de una larga pausa pestañeó muchas veces y ladeó la cabeza para señalar con suavidad – todo puede ser posible, aunque de eso no sé mucho: yo sólo me he enamorado una vez.

Aproximándose a mi, apresó mi mentón y lo acarició con firmeza.

- Esa es mi verdad – su voz ronca remarcaba cada frase – sólo te amo a ti, Laia.

Un hondo suspiro se escapo de mi pecho sin que pudiera evitarlo.

- Lo dices para hacerme sentir mejor – trague saliva nerviosa y es que mis sentimientos por Adam eran demasiado intensos y contradictorios; algunas veces quisiera matarlo con mis propias manos y otras besarlo hasta morir – pero, descuida...

Sin dejarme terminar, Adam tiró de mí y me estampo un generoso beso de pleno en los labios; eun beso rudo, que me exigía que me rindiera, y aunque tratará de soltarme, él me mantenía cautiva en la adorable prisión de su abrazo.

- No tengo intenciones de dejarte ir – susurró contra mi oído.

- Y yo de ir a algún lugar – le contesté embelesada.

Extendiendo los labios, Adam volvió a besarme y fue ahí, envuelta en la calidez de mi principe, me propuse abrir la puerta de este amor de par en par.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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