• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Junio 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 41

 

Donde hay generosidad hay bondad

Y donde hay bondad hayarás magia

 (Cenicienta)

 

Estaba por concluir el semestre.

Todos estaban apurados por lo de los examenes mientras mis pensamientos se habían vuelto caóticos.

Eso no es novedad para nadie: deseaba mucho entrar a la universidad a estudiar literatura, sin embargo, no podía evitar echar de menos a Adam.

De vez en cuando, lo veía sentado en la gradería del gimnasio en alguno de los descansos de karate cuando iba a ver a Carlie; luego de que Peter saliera del hospital, el alma le había vuelto al cuerpo.

Peter, en tanto, contaba su aventura “extrema” como si hubiera ido de excursión a un lugar exótico, en tanto que Carlie, sólo miraba con adoración.

- ¡Cómo cambian las cosas! – resoplé  al pillarla en su casillero guardando unos libros - ¿cómo está la enfermera más dedicada de toda esta escuela?

- ¡A sí es la vida! – profirió dándome un fuerte abrazo - ¡cuando te enamorás como una idiota cómo yo, te vuelves una esclava!

- ¿Cómo qué esclava? – rezongó Peter metiendose, de improviso, entre nosotras dos y, atrapando a Carlie para darle un beso en los labios sostuvo su mirada con ternura - ¡yo soy tu esclavo! ¡no puedo vivir sin ti!

- ¡No vuelvas a decir eso! – Carlie le golpeó el hombro haciendo un puchero - ¡nunca más!

- ¡Lo qué diga mi novia! – indicó el chico con una sonrisa – por cierto, gracias Laia por lo de la sangre ¡tú y tus amigos me salvaron la vida!

- No tienes nada que agradecer – estire los labios con suavidad.

- Dales las gracias de mi parte – asintió con sentimiento y se volvió a Carlie para rozar con delicadeza el borde de su boca – no podría pedir estar en un lugar mejor.

- Los dejó solos – tosí un tanto sonrojada mientras apretaba mis cuadernos en mi pecho – ¡los veo luego!

- ¡Laia! – gritó Carlie antes que me pusiera en movimiento - ¡nos vemos a la salida! ¿de acuerdo?

Asintiendo, les dedique a ambos una amplia sonrisa y me dirigí a la biblioteca; no tenía clases con la maestra de ciencias, por lo que podía aprovechar el período para llenar mis solicitudes para la admisión de universidad.

Sentándome pesadamente en uno de los cubículos, deje que mi mirada se paseará por las formas; si bien estaba contenta, esa alegría no lograba llegar hasta mis ojos.

- ¿Te molesto?

Volviéndome de pronto, me encontré con la expresión curiosa de Karen a unos pasos de mí.

- Hola – resoplé mirando para todos lados, no muy segura de que estuviera hablando conmigo. Desde hacía un tiempo que me evitaba y eso había coincidido con mi separación de Adam.

- Hola – extendió tímidamente su mano a modo de saludo – vine a hablar contigo, si no te importa.

- Claro – alce la vista un tanto confundida, pues no teníamos más temas en común que el hecho de que estuviera saliendo con Tom.

- Bueno – dejó escapar aire como si no supiera que decir – en realidad, vine a disculparme.

- ¿Tú? – no entendía nada - ¿porqué tendrías que hacerlo?

- Te trate mal esa vez que te vi con tu amigo Ronald – torcí el labio como si ello no fuera importante – y quiero que me perdones.

- No te preocupes – extendí las dos manos en el aire con suavidad - ya pasó.

- Tom me dijo que son amigos – dibujo una pequeña sonrisa – que su amistad era de mucho tiempo. Yo le dije que todos en la escuela pensaban que eran novios y él me dijo – trago saliva – que algunas vez lo fueron, pero eso había sido hacía mucho.

- La verdad es que duramos un par de días – me reí mientras agité la cabeza recordando esa situación - ¡definitivamente no somos compatibles!

- Tom me dijo que estás enamorada de Adam – señaló con ensoñación - ¿es cierto?

- Eso ya no importa, Karen – expresé luego de un breve minuto de estupor. Hablar de él no me es tan cómodo como antes – eso es parte del pasado.

- No lo creo – estiro los labios mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro – Adam...

- Karen – la interrumpí con celeridad. Por ningún motivo quería sentir algún tipo de esperanzas – te agradezco por hablar conmigo pero no quiero escuchar nada de tu primo. Las cosas están como están y, bueno – suspire – hay que seguir adelante – y sentencie – él ya lo hizo con Paula Ferguson.

- De acuerdo – la chica parpadeo un momento y me dedico una ojeda ¿misteriosa? – te dejo – avanzó hasta mí y acarició uno de mis hombros - ¿no hay rencor, cierto?

- No – afirme con beneplácito y resoplé con gracia - ¡yo no por lo menos! – apreté blandamente su brazo – me caes bien, Karen y eso no va a cambiar.

Inesperadamente, ella desplegó sus brazos y me rodeó dándome un fuerte abrazo.

No tenía ni idea de que iba eso, aunque podría ser por Tom, sin embargo, Karen es un ser tan distinto de lo que he conocido que no me extrañaría que fuera por cualquier otra razón.

- Nos vemos luego – indicó luego de un momento y se despidió agitando la mano.

Pasándome una mano por el ojo, me dije que era mejor concentrame en las formas, y así estuve por más de una hora y media; pero, mis pensamientos iban y venían, sin ninguna claridad, no dejándome pensar en nada realmente.

Imágenes de Adam sonriendo... caminatas en el parque... riéndonos sin motivo... compartiendo un helado... tomados de la mano en la escuela... haciendo ese dichoso proyecto de literatura... discutiendo por alguna tontería... acostados, muy juntos, en una noche estrellada...

Mirar embelezada sus enormes ojos azules

Dejando escapar un juramento, me volví hacía muchos lados para asegurarme de que nadie me hubiera escuchado.

- Será mejor que lo haga en casa – regañe por lo bajo mientras tomaba mis cosas para reunirme con Carlie - ¡y más me vale dejar de pensar ridiculeces!

Caminando con prontitud a la salida, Carlie me intercepto justo cuando estaba por salir completamente de la escuela.

- Acompañame – me sonrió Carlie arrastrándome hacia la calle principal de la ciudad – luego, si quieres, puedes matarme, pero estoy segura de que te gustará.

- ¿De qué hablas? – pregunté un tanto aturdida - ¿y Peter?

- Tuvo que ir a ensayar – señaló muerta de la risa.

¡Diablos!

Refunfuñe para mis adentros al darme cuenta que estabamos sentadas en el cine; había creído con inocencia que esa peli era para niños, empero, poco a poco me di cuenta de lo rápido que había acabado los pañuelos desechables que traía, tal y como ese día en que despedimos a Duggy, el perro de Ronald; este fue un funeral en toda regla donde no podíamos hablar: las palabras habían huido de nuestra boca pues habían sido demasiadas travesuras juntos, que no podíamos dejar de balbucear y moquear al mismo tiempo.

Sentí, como aquella vez, los ojos hinchados y las mejillas ardiendo y es que la escena de la peli “Entrenando a tu dragón 2”, donde el padre protege a su hijo del peligro, se repitió a mil en mi cabeza como si fuera un eco gigantesco.

Por un momento, lamente haber acompañado a Carlie, y es que nunca pensé aquello me causaría una impresión tan grande, de esas que te comprimen las costillas y sientes que tienes un hueco en el corazón.

Quizás debí beber menos gaseosas. O pensar menos en Adam.

Su recuerdo es peor que un resfrío; se me mete en los ojos y en la boca, llegando hasta lo más profundo de mis huesos, haciéndome sentir miserable.

Suspirando con fuerza, intenté animarme y acompañé a mi amiga a comer un sándwich y charlar sobre cosas tontas de la escuela y del Karate; ahora que no estaba no estaba enterada de nuchas cosas, como por ejemplo, que la maestra le pidió a ella que fuera su ayudante para entrenar a los pequeños.

- ¡Te felicito! – exclamé con alegría.

- Gracias – afirmó moviendo la cabeza como si hubiera ganado un oscar – me lo merezco.

Luego de compartir un momento más, me despedí con la excusa más idiota: la verdad es que decir que me dolía la cabeza era una mala excusa pero no se me ocurría nada original.

De todas formas, conseguí lo que quería y logré llegar al parque de la independencia: el único espacio de esta ruidosa ciudad en que podía sentirme yo misma y pensar.

Mordiéndose el labio, repasé mentalmente todo lo que me había sucedido desde que llegué a esta ciudad y, pasándome una mano por un ojo, consideré que quizás me vendría bien una temporada en Piamoncura y respirar aire.

Caminando con paso tardo, me dirigí directamente a la banca que estaba al lado del farol, cerca de la laguna, mi lugar favorito, cuando noté que alguien más estaba ahí.

Aunque trate de ver de quien se trataba no pude hacerlo: quien quiera que fuera, traía un polerón rojo y estaba sentado en el respaldo de la banca con el cuerpo hacia adelante como si estuviera haciendo una plegaria mientras que su cabeza colgaba, oculta por ambos brazos.

Me recordó una situación similar, como si fuera un dejavú

Sentí una enorme curiosidad por saber de quien se trataba, pero me detuve; quien quiera que fuera necesitaba su espacio de intimidad por lo que decidí encaminarme hacia la laguna donde pude observar morir los últimos destellos del sol y ver aparecer las muchas estrellas que brillaron en el firmamento.

Espontáneamente, una sonrisa afloró en mi rostro al traer a mi memoria el recuerdo de una atardecer como este, donde me encontré rodeada entre sus brazos y me sentí amada.

Creo que nunca me habría imaginado lo que aquello cambiaría mi vida y cuanto alguien podría importarme tanto, y por varios minutos, o muchos la verdad,  recrimine a mi madre por hacerme creer que podía enamorarme de un príncipe.

Pero no podía ser injusta: la culpa no era de ella. Tampoco mía o de Adam.

Simplemente, el destino no quiso que nosotros tuvieramos una historia más larga y feliz.

- ¿Qué haces aquí?

Como resorte, levante la cabeza encontrándome con la mirada interrogante de Adam.

Me lleve las manos al pecho al darme cuenta que traía el mismo polerón rojo de lapersona que vi sentada en la banca y abrí los ojos, no muy segura si era por temor o porque estaba feliz de verlo: sus ojos azules se veían enormes a la vez que una expresión melancólica.

- ¿No te han enseñado a no... – resoplé tratando de recobrar el aliento -  asustar a la gente?

- ¿Te asusté? – frunció la nariz como si lo creyerá – no me lo puedo creer – movió la cabeza mientras no dejaba de sostener mi mirada y preguntó - ¿podemos hablar un momento?

- ¿Sobre qué? – bufé con la intensión de que no podía quedarme mucho, y es que aunque lo amaba hasta la médula de los huesos, ya todo estaba arruinado por lo que me acomodé la chaqueta y comencé a caminar con paso lento.

- Quise hablar contigo ayer pero no pude – se mordió el labio con fuerza mientras se acoplaba a mi lado y se puso al frente para cortarme el paso – es importante.

- ¿Importante? – repuse como si no entendiera - ¿de qué estás hablando? Ya nos hemos dicho todo.

- No es verdad – indico con voz grave, alzando el cuello intentando verme desde la cabeza que me lleva de ventaja.

- ¿Ah, no? – mi boca se apretó con dureza e hice el intento de empujarlo para que me dejará pasar – tú estás con Paula ¡ubícate!

- Por supuesto que no – con la frente fruncida, apresó mis dos manos mientras pestañaba nerviosa – nunca he estado con ella – y susurró con ese tonito íntimo que hace latir mi corazón – no como contigo.

- ¿Qué dices? – me reí - ¿me vas a decir que los besos y abrazos que se dieron no fueron de verdad? ¿es eso?

- He sido muy egoísta – sus ojos azules tilitaron como si estuvieran empañados de lágrimas -  no pretendo justificarme pero estaba muy confundido – ladee la cabeza para que no viera mi propia culpa – te alejaste de mí y no me diste ninguna explicación. Además – sonrió con suavidad - supe que no tienes nada con Ronald – abrí los ojos con espanto al verme descubierta – Christine me dijo que ambos estan saliendo desde lo del campeonato – él dejó escapar un profundo suspiro – no quiero seguir pensando en cosas que no son y que, definitivamente, hacen daño.

- Adam, yo... – murmuré tratando de hilvanar una idea y ser sincera.

- Adam ¡te estaba buscando por todos lados!

La fuerte voz de Paula hizo que ambos nos volvieramos con violencia hacia un lado, reparando que se encontraba a unos pasos de nosotros junto con Claudette.

No entendía que diablos estaba haciendo ella, pero era suficiente para que las quedará viendo con molestia.

- ¿Qué crees que haces, Adam? – inquirió Claudette mirándonos a ambos con mala cara - ¿no ves que ya pasó tu oportunidad de estar con esa chica?

- No sé si tengo oportunidad – indicó él apretando mi mano con esperanza.

- ¿Entonces? – resopló Paula como si fuera un ruego.

- Tú – Adam soltó mi mano y adelantó un paso hacia la muchacha - deberías buscarte un chico que te ame. Yo – dejó escapar un largo suspiro – no puedo.

- ¡No seas tonto, Adam! – repusó Claudette como si aquello fuera una broma – Paula te ama más que nada – se giró a ella para verla con ternura - ¿no es así?

- Si lo dice la hermana.

La voz tajante de Omar hizo que me sobresaltará; él, en tanto, avanzo hacia nosotros con las manos metidas en los bolsillos de su chaquetón y una mirada indecifrable.

- Adam – él miró a su amigo con amabilidad – no tienes porque seguir escuchando a Claudette – sus ojos castaños se detuvieron en el rostro de Paula, quien parecía estar a punto de llorar – y haces bien en no seguir con alguien a quien no amas. No es justo para ti.

- ¡Claro que me ama! – profirió Paula con las manos empuñadas hacia Adam - ¿no es así?

- Él no te ama – Omar se volvió hacia Claudette sosteniendo su mirada – y no lo hará.

- Puede amarla – la cabeza de ella se ladeó como si quisiera convencerse de ello.

- No puedes forzar a que Adam ame a tu hermana – negó Omar como si sintiese lástima.

Paula es su hermana

Ahora entiendo todo

- ¡Mientes! – profirió Paula con furia y se lanzó hacia Omar empujándolo con fuerza.

- ¡Déjalo! – exclamó Adam tirando uno de sus brazos y separándola de Omar – ¡no tiene caso alargar algo que no tiene sentido! – colocandose frente la miró a los ojos – la culpa es mía y de nadie más.

- ¿Me vas a dejar? – inquirió Paula con alarma - ¿por esa chica pueblerina?

- No le digas así – indicó él con la boca apretada – pero es mejor que sea así, créeme.

- ¿Qué dices? – inquirió Paula y Claudette al unísono con la bilis en la garganta.

- Eso que escucharon – Omar se cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Adam – por eso, me arrepiento de haberlas ayudado en todo esto – el chico frunció la frente – todas las oportunidades que tuvieron para estar cerca de ti fueron porque yo sé los permití – dejó escapar un suspiro – estaba celoso, pero ahora me doy cuenta de que no puedo estarlo – sus ojos castaños se volvieron a mí para verme con una suave sonrisa – ahora lo entiendo.

- ¡Eres un cretino! – Paula se avalanzó sobre Omar golpeandolo con los puños - ¡dijiste que harías lo necesario! ¡me mentiste!.

En ese instante, Cladette se me aproximó con los ojos muy abiertos y un gesto feroz en el rostro.

- La culpa en realidad es tuya – musitó al tiempo que tomaba uno de mis brazos con rudeza - ¡entrometida!

- ¡Déjame! – resoplé zafándome de un tirón - ¡estás loca! ¿qué tengo que ver yo en sus estúpideces?

 - ¡La estúpida eres tú! – rugió volviendo a apresar mi brazo – ¡eres un grano molesto en mi trasero y ya no te soporto un momento más!

Estirando las manos y empujándome con impetú, esa chica desquiciada intentó golpearme, por lo cual retrocedí varios pasos para esquivarla hasta que llegamos al borde de la berma.

- ¡Estás enferma! – exclamé cuando la tomé de la muñeca y se la apreté con fuerza - ¡déjame en paz! ¡nunca te he hecho daño, en cambio, ustedes se han esforzado en hacerme la vida de cuadritos!

- Nunca debiste fijarte en Adam – susurró con desprecio y, con la rapidez de un segundo, se me arrojó con tanta fuerza que caímos ambas en medio de la calle.

- ¡Cuidado!

Fue una fracción de segundo en que escuche un grito desgarrador y luego todo se volvió negro a mi alrededor.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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