• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Mayo 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 40

 

En lo más profundo de mi alma

Sé que soy tu destino

(Mulán)

 

- Laia ¿estás nerviosa?

La pregunta de papá rebotó en mis orejas cómo si estuviera a miles de kilómetros.

Estaba segura que Ronald se mofaría de buena gana, pues él había tenido que regresar a Piamoncura, sin embargo, mis ojos continuaban pegados en el amplio salón de conferencias de la Universidad del Oeste, entidad universitaria que, por lo que me comentó el profesor Mansilla, siempre está al pendiente de nuevos talentos literarios.

Aquello me ponía tensa, aunque también podía ser porque habían muchas personas para el certamen de declamación , más de una vez, mi mirada se había topado con algún chico rubio y de ojos azules, pero no ninguno era Adam.

Ese noche en que operaron a Peter, todos tuvimos el credo en la boca, incluso él, quién no paraba de pasearse por el estrecho saloncito de espera, mientras Carlie y yo nos abrazamos con la idea de hacernos sentir mejor; la madre de Peter, en tanto, de nombre Rebecca, miró por la ventana con expresión triste.

Omar, Tom y Ronald habían ido a donar sangre al tiempo que Paula sólo parecía vivir para estar colgada del brazo de Adam.

- Tengo buenas noticias – dijo de pronto el médico quien salió del pabellón vestido con traje verde y la mascarilla colgando por una de sus orejas mientras que los tres donadores recién habían puesto un pie en la salita  – su amigo salió bien de la operación. Estará en recuperación y ya mañana podrán verlo.

- ¡Bendito sea Dios! – resopló la señora Rebecca llevándose ambas las manos al pecho.

Carlie me miró con alegría infinita y me abrazó con fuerza, mientras Omar abrió lo brazos y nos abarcó a las dos por los hombros; Adam, a su vez, me echó un vistazo fugaz, pero su mirada azul se perdió en medio del cabello caoba de Paula, quién enterró su cabeza en el hueco de su cuello.

- ¿Te quedaste dormida? – resopló de pronto mi hermano contra mi oreja.

- ¡Qué dices, tonto! – proferí mirándolo con rápidez y mala cara.

- Mi papá te está hablando – indicó él estirando el cuello haciendo un gesto hacia el lado, mientras mi padre me miró como una expresión dulce, casi como si fuese una niña pequeña.

- Sé que es una mal momento – papá me miró a los ojos con inquietud – sobre todo porque vas a leer tu declamación, pero necesito hablarte algo – miró para todos lados y luego volvió a verme directamente – en privado.

- Claro – bufé sin entender lo que estaba pasando, y girándome a Tom, él sólo alzó los hombros como si no supiera nada.

Por supuesto, yo no le creía.

Tomándome de los hombros, papá me guió hacia la salida del centro de conferencias cuando, faltando un par de pasos, nos topamos frente a frente con la Sensei.

- Ho... hola – saludó muy trompicada - ¿cómo están?

- Hola Sensei – la saludé pestañeando con asombro. Por lo general, la maestra Natalia no se inmuta por nada, y pregunté con inocencia - ¿vino a verme?

- Por supuesto – indicó ella observándome con ternura – no me lo perdería por nada.

- Gracias – repusé y la abracé.

Puede ser que exagerará con eso del abrazo pero en realidad, en ese instante, necesitaba como nunca gente a mi lado que me quisiera.

O quizás, echaba en faltaba a mamá

- Hija – la mano de papá se posó sobre mi espalda – ven.

Asintiéndo, me alejé un poco y le sonreí a la Sensei.

- Nos vemos dentro – indicó ella tomando una de mis manos esbozando una pequeña sonrisa.

Luego de salir del recinto, papá se metió las manos a los bolsillos y alzó el rostro hacia el cielo. Arqueando una ceja, noté como movía el pie y respiró con fuerza.

- ¿Pasa algo? – quisé saber después de un minuto mirándolo sin entender.

- Bueno – papá dejó escapar aire como si no lo hubiera hecho hace mucho tiempo – tengo algo importante que decirte.

- Dime – señalé achicando un poco los ojos, intentando con ellos poder adivinar lo que podría estarle pasando.

- Estoy saliendo con alguien.

No sé cuantas veces habré pestañado hasta que aquellas palabras cobrarán sentido en mi interior.

- ¿Cómo dices? – inquirí sintiéndome un momento algo débil.

- Laia – sus ojos oscuros sostuvieron los míos con algo parecido al temor – tu madre ha sido lo más importante para mí: creo que no habrá nadie en el mundo a la que quiera más, pero...

- Te sientes solo – lo corté torciendo el labio.

- Tú y tu hermano se irán algún día de mi lado – extendió una mano y sostuvo una mía dejando escapar un profundo suspiro – no quiero parecer egoísta, pero no soy bueno con la soledad – se río un poquito – ella me lastima demasiado.

- Está bien, papá – aprisioné su mano con ambas mías con prontitud – no tienes que decirme nada más: sé que te gusta mi maestra y está bien para mí.

- ¿En serio? – resopló incredúlo.

- Tú eres mi principe – acaricie su barbilla con suavidad – y, a veces, las historias cambian. Lo importante es el amor que seguimos teniendo en nuestro corazón.

Estirando los labios, papá me atrajó hacia él y me abrazó muy fuerte, con esos abrazos que te recomponen, más allá de los huesos, sino hasta las partes sueltas del alma.

Se merecía una oportunidad para seguir cantando canciones de amor

- Te quiero ¿lo sabes, cierto? – susurró contra mi pelo.

- Hasta el infinito – contesté con los ojos anegados en lágrimas.

- Ustedes son fantásticos – indicó él luego de pasarse la mano por la cara; también había dejado escapar un par de lágrimitas y musitó – creo que soy el padre más afortunado de la tierra.

- Lo eres – indique con seguridad – y nosotros también.

Afirmando con la cabeza, volvió a darme un beso en la cabeza.

- Vas a lucirte en esa declamación.

A modo de respuesta, sólo pude respirar hondo.

No estaba tan segura de eso.

Luego de entrar nuevamente al salón de conferencias, papá me deseó buena suerte cuando el maestro me hizo señas de que lo acompañará.

- Aquí está tu declamación – me indicó entregandome una carpeta color turqueza y me llevó por detrás del escenario; en bambalinas se encontraban varios chicos respirando agitados, mirando hacia el techo y moviéndose como si quisieran memorizar algo – yo iré a sentarme al frente y tú esperarás aquí hasta que te llamen.

- De acuerdo.

- ¿Estás bien?

La pregunta del maestro Mansilla me hizo verlo sin entender a lo que se refería: si me preguntaba por mi participación me sentía tranquila, pero si debía responder por la persona que soy, estaba demasiado nerviosa.

- Si – asentí con los ojos adormilados – lo estoy.

- Me preocupas – señaló él con la mirada entrecerrada como si algo no le cuadrará – no me gusta el aspecto que tienes.

- Disculpe mi estado – repuse con la mirada baja en tanto sacudía la cabeza.

- No tienes que disculparte – el maestro sonrió levemente – sólo trata de dar tu mejor esfuerzo.

Afirmando, me di cuenta que no podía dejar de respirar: mis esperanzas estaban puestas en mi capacidad de seguir mi camino: todo lo que amaba estaba esparcido en cada paso que daba, y eso ya no podía cambiarlo.

- Ha sido toda una sorpresa tu escrito, así tienes que tener fe de que todo saldrá bien – el maestro me dirigió una mirada bondadosa – ¡mierda, mierda, mierda!

Alzando una mano, asentí en tanto él palmeó mi hombro y se alejó para ir a su lugar.

- ¿Nerviosa?

Volviéndome presurosa, noté como Omar estaba a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Qué haces aquí? – pregunté mirándolo divertida.

- Vine a decirte que te irá excelente – extendió su sonrisa como el coqueto profesional que es – pero eso tú ya lo sabes – dejó escapar un bufido y, al descuido, señaló– es la primera vez que Adam no está en esta competencia.

- Él no quiso – meneé la cabeza – y yo aproveché la oportunidad.

- Eres una chica encantadora – frunció la nariz como si estuviera a punto de estornudar – y quería que lo supieras.

- Gracias Omar – deje colgar mi cabeza algo cohibida y es que yo sólo podía verlo como un amigo.

- Nos vemos después – y abruptamente se fue.

- Claro – respondí levantando la mano, sintiéndome repentinamente sola.

Oprimiendo mis dedos con fuerza, me dije que todo saldría bien.

Todo saldrá bien

Todo saldrá bien

Luego de que comenzará el certamen, uno a uno, los participantes comenzaron a desaparecer de mi lado.

- Laia Cabral, de la secundaria de Gran Montillo, nos declamará “Amanecer” de su autoría – escuché al hombre delgado y empaquetado que me presentó y es que, en un segundo, creí no estar en mi cuerpo.

Era como si estuviera mirando desde fuera y quisiera huir.

Con lentitud, camine hacia el escenario, intentando no mirar a nadie de frente; en ese instante más que nunca no estaba segura de cómo lucía, como estaba mi cabello ni cómo saldría el sonido de mi voz: sólo era una muchacha que se había vuelto pequeñita y muchos ojos la traspasaban.

De pronto, cuando sentí que no iba a ser capaz de estar ahí, el rostro apacible de Adam apareció en mi campo de visión: estaba sentado al lado de mi padre, mirándome con esos ojos capaces de derretir a cualquiera.

- Amanecer – señalé más animada abriendo la carpeta, pues aunque me la sabía de memoria, no me sentía tan segura y podía equivocarme. Respiré hondo y comencé.

“La luz divagó en lo hondo de la oscuridad con la esperanza de poder extenderse.

Su deseo era que él se rindiera.

Y el de él, engullirla hasta la muerte.

Ella se paseó por su inmensidad, mostrándose fascinada por las formas con la que él se presentaba.

Un ogro

Un cazador

Un poeta

Un extraño

Un músico

Un principe

Figuras que escandilaron el alma de la luz, quién sólo caminó sin reparar en nada ni en nadie.

Era feliz con la sola presencia de ese ser, que la embargaba dentro del espacio de sus brazos y le hablaba con susurros en el oído.

El latido de su corazón era cada vez más perturbador, fuerte y veloz, que la hizo resplandecer ante la infinitud de la nada, descubriendo, de pronto, el rostro de su amado.

Cuando ambas miradas se encontraron, ella supo que no habría nadie más en el mundo que él, en tanto, que este sólo desvió la vista de su contacto.

No podría haber nada más que un encuentro, cada día, donde sólo podían contemplarse pero nunca tocarse.

Su unión destruiría su esencia, dejándolos reducidos a un choque de estrellas donde, después, sólo habría tristeza.

Podemos extender nuestras manos, una sobre la otra – resopló la Luz mostrando una sonrisa bondadosa – sé que no es suficiente, pero aunque sólo sea un instante, me basta con tal de ver el color de tus ojos... aún cuando sólo sea un destello.

Sonriendo, él asintió con suavidad, y cada inicio del día, ambos extienden la palma de sus manos mientras se miran en el profundo azul de sus miradas.

En ese instante, surgió el amanecer, como el suspiro profundo de dos seres que se aman y que sólo pueden verse en un furtivo segundo de su existencia”.

No fui consciente de nada más de que el sonido de unos aplausos y de la seña del hombre empaquetado para que saliera de escena.

Mi corazón palpitaba a mil y es que nunca me había sentido tan inquieta respecto a mi propio trabajo.

La final no tardó en llegar y, mientras me apreté los dedos, pensé que aunque no me fuera bien, esto era sólo el comienzo.

Vendran más oportunidades – me dije con fuerza.

- El tercer lugar lo obtiene el colegio Sacramento – leyó el hombre – Margaret Lyon y su obra “Esperanza”.

Escuché muchos aplausos mientras la chica recibía de un miembro del jurado un diploma y un regalo, en tanto sacaban muchas fotografías.

- El segundo lugar le pertenece a la escuela Nuestra Señora de Lourdes de Montillo. Demosle un aplauso a Jerry Clapson y su declamación “La tormenta”.

Respiré hondo y me repetí nuevamente que nada pasaba si no me iba bien.

- El primer lugar – indicó el hombre con suspenso, acomodándose los anteojos – quiero pedirles un fuerte aplauso a la señora Laia Cabral de la secundaria de Gran Montillo, y su declamación “Amanecer”.

Con paso lento, me acerque a ese hombre sin poder creerlo.

Les había gustado mi obra, pero sobre todo, había notado como mi padre, mi hermano y la maestra me aplaudían de pie.

Extendiendo mi mejor sonrisa, recibí de la presidente del jurado la medalla, la cual la colgó en mi cuello y un pequeño presente; luego de eso, observé de lleno a la audiencia buscando a Adam, pero él ya no estaba.

Una sombra de dolor se deslizó en mi corazón, sin embargo, volví a respirar; había cumplido con mi primer propósito y debía seguir adelante.

Este es el primer paso de muchos otros que debo dar... sin Adam.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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