• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 4

 

Un sueño es un deseo que formula tu corazón

(Bella Durmiente)

 

Después de una semana, Karen y yo nos habíamos vuelto casi amigas. Digo casi, pues siento que ella siempre que habla conmigo me dice cosas “correctas” o lo que ella cree que es lo que espero escuchar. O, por el contrario, usa monosílabos que hacen que quisiera morder a alguien.

Aquella mañana helada de otoño, Tom decidió irse con nosotras, algo que se me hizo altamente sospechoso.

—¿Y tú de qué vas? —pregunté con cuidado, mirándolo de reojo.

La última que se fue conmigo en la escuela, María Pardo, una compañera de su nivel, se las arreglaba, de una u otra manera, para irse con él en las mañanas y, por ello, mi hermanito recurría a mi compañía para evitar a la muchacha.

—¿No será otra María?

Respuesta a ello Tom se limitó a sonreír. Aquello era respuesta de “cierra la boca”.

—Hermano, ella es Karen, nuestra vecina. Vecina, él es mi hermano —repuse con precipitación a ambos con el ánimo de cambiar de tema.

Ellos, en tanto, se saludaron con un apretón, pareciéndome de lo más formal, aunque viniendo de Tom, no era de extrañarse: siempre había sido un perfecto cuadrado.

Poniéndonos en movimiento, mi hermano habló sin parar sobre un proyecto que tenía en mente: junto a unos compañeros de la universidad tenían pensado diseñar una red con una mejor señal de internet a un club de adultos mayores.

—Es toda una proeza instalar red en una casa más antigua que ellos —se rio—, y enseñarles a usarlos es aún más difícil.

—Mi abuela es muy lista —expresó Karen con solemnidad sosteniendo la mirada castaña de mi hermano—. Tiene 75 años y es una campeona para jugar Candy Crush.

—¡Entonces mis abuelitos del club tienen esperanza! —exclamó Tom extendiendo una amplia sonrisa—. Estamos seguros que su vida será más entretenida después de esto.

Estirando apenas los labios, me pareció interesante aquello de mejorar la vida de la gente, sobre todo de las personas mayores quienes se ven inmersos en un mundo cada vez más complejo de lo que ellos conocían de jóvenes.

Al continuar nuestro camino, Karen nos relató sobre una de las actividades que más le gustaba de la escuela: el festival de talentos. Aquel se celebraba en octubre y era un evento en el que participaban muchos chicos buscando una oportunidad de demostrar cuan bueno eran en canto o ejecución de instrumentos, y fue por ello que al escuchar el relato entusiasmado de mi vecina me encontré pensando en que una de mis pelis favoritas donde la prota, una de esas princesas de cuento que vive cantando y creando canciones para todo, es lanzada sin pudor alguno al mundo real buscando a un príncipe con el cual casarse, y se encontró, accidentalmente, con un hombre guapo hasta la médula pero que no es precisamente un príncipe y, lo que es peor, le exige que deje de cantar.

En el mundo real, ninguna persona en su sano juicio se le pasa cantando.

Bueno, yo no cantó, pero me encanta escuchar cantar. Es algo que me agrada profundamente. Quizás ese sería una de las cosas que me enamorarían de alguien de inmediato.

Arqueando una ceja, sonreí para mis adentros: de todos los muchachos que alguna vez me agradaron para novio, ninguno poseía una voz ni siquiera mediamente aceptable para cantar, y para qué decir de los compañeros que tengo en la actualidad.

Se me erizó el vello en pensar en ellos desde esa perspectiva.  Sobre todo, Adam. Desde que estamos de compañeros en ese famoso trabajo ni siquiera nos hemos dirigido la palabra y cuando lo hemos hecho sólo es para señalar que él no se sacará menos de un 10.

-… de otro modo será tu culpa —me indicó con su típico tono de autosuficiente.

—No lo creo —lo increpé con dureza—. Consideró que la culpa sería tuya por ser tan antipático.

Y sin mirarlo realmente, pasé por su lado. Creo que después de eso camine a la oficina de Registro para inscribirme en la clase de Karate, el deporte que practico desde los 8 años, y aunque me padre no le gusta para nada, luego de pensarlo un poco más, considero que era apropiado que me pudiera defender. Con el tiempo vinieron las competencias y se transformó en mi principal fan.

Estábamos por llegar a la puerta principal del colegio, y me precipite en despedirme de Tom. Tenía clase de Literatura y no quería llegar tarde.

La clase del maestro Mansilla era geniales y, aunque el grupo de clase no era lo mejor, me había propuesto que nada me haría abandonar mi secreto empeño de ser escritora.

—Recuerden —indicó el hombre mirando el reloj de pared dándose cuenta que sólo faltaban unos minutos para que terminara la clase—, sólo quedan un par de semanas para la entrega de trabajos sobre los escritores clásicos ingleses. —El profesor reviso su cuaderno y levantó la vista al grupo—. Nadie puede cambiarse de compañero y sólo pueden ser trabajos individuales quienes se inscribieron en ello desde el principio.

Apenas tocó el timbre, me levante de mi puesto sin saber exactamente qué hacer. Adam y yo no habíamos hecho nada del trabajo y, aunque estuve haciendo algunos resúmenes, la verdad es que no me apetecía que él se beneficiara con mi trabajo.

Volviéndome hacia ese pedante, este estaba guardando sus cosas en la mochila cuando me observó con los ojos muy abiertos. Parecía esperar que le hablara así que, de malas, me aproxime a él sin mayores pretensiones.

—¿Será que hoy podemos hacer algo con ese dichoso trabajo? —pregunté una vez que estuve lo suficientemente cerca.

—¿Dónde y cuándo? —inquirió con algo de rudeza cruzándose de brazos.

—Pues…

—¡Apresúrate Adam! —gritó alguien a mis espaldas—. ¡El último que llegue a la cafetería paga!

Este, sin que se le moviera un pelo, sostuvo mi mirada.

—¿Y bien? —insistió él tomando con lentitud sus libros mientras hacía tiempo para que le diera mi respuesta.

—Biblioteca, después de clases —indiqué sin más.

Parpadeando como si no se hubiera esperado esa respuesta, prorrumpió una sonora carcajada y expresó algo así como “está bien” y se encamino a reunirse con su grupo de amigos.

Inhalando con fuerza, conté hasta 10 y dejé escapar el aire. Por ningún motivo un engreído como ese iba a dejar afectar mi día. Menos uno como Adam.

Colocando toda mi atención a las siguientes clases, no me di cuenta cuando ya eran las 2 de la tarde. Con un hambre de lobo, me dirigí a la cafetería; busqué el lugar más apartado y me dispuse a almorzar el sándwich que papá me hizo la noche anterior; tenía tomate, algo de queso y trozos de pollo cocido.

Sacando mis apuntes, repase unas ideas que tenía para ese bendito ensayo, y es que leyendo el libro y visto algunas pelis, lo cierto es que no me agradaban para nada las decisiones de ese Romeo, melancólico y taciturno, y una Julieta, que depositaba toda su fe en su chico.

¿Será posible que el amor nos ciegue de esa manera? ¿acaso ese sentimiento no debería hacernos más libres? Me niego a pensar que mi vida depende de otro, de lo que quiera y desee, dejando fuera mis propios deseos y sueños.

Definitivamente, estaba pensando en ese Romeo y los muchos por qué no estaría en mi lista de príncipes, cuando, como si fuera un huracán, Omar se sentó frente a mí con una bandeja y una gran sonrisa en el rostro.

—Hola —resopló haciendo un amago de sonrisa y engullendo unos tallarines largos de un dos por tres.

—Hola —contesté no muy segura, mirando para todos lados con la intención de indicar que no estaba junto a ese sujeto.

—Te vi hace rato leyendo —indicó los papeles que tenía entre las manos y estirando el cuello, como si quiera verlo, preguntó—. ¿Qué es?

—¿Qué quieres? —bufé metiendo los papeles en la carpeta que traía, clavando mi mirada en él.

—Veo que, por fin, conseguí llamar tu atención —señaló adelantando su cabeza y extendiendo una colosal sonrisa.

—¿Qué, qué? —Fruncí la boca sin saber a qué se refería y repliqué en voz alta—. ¿Necesitas algo? ¿Quieres ayuda?

Muchas cabezas curiosas se volvieron hacia nosotros y, aprecie por el rabillo del ojo, que Adam también nos observó a prudente distancia.

—No, gracias —marcó con incomodidad. Sentándose muy derecho, extendió una mano hacía mí haciendo el signo de la paz—. Sé que no empezamos con el pie derecho. Creo que sería bueno empezar de nuevo ¿no lo crees?

No estaba segura si este chico hablaba en serio o era una de las tantas bromas que había visto hacer en clases, por lo que me replegué hacía atrás y me crucé de brazos.

—Hola. —Se tocó el pecho con solemnidad—. Soy Omar Faures ¿y tú eres…?

—Ya sabes cómo me llamo —resoplé luego de unos segundos.

—Me gusta jugar a la pelota y soy muy buen bailarín —se rió—, he ganado las competencias escolares de baile dos años seguidos.

—Fascinante —susurré arrugando la nariz sin siquiera inmutarme.

—¿Y tú? ¿No me vas a contar nada de tu adorable vida?

Ladeando la cabeza, no estaba segura a donde iba esta conversación. Tenía el presentimiento que algo se traía, no por nada lo había observado durante estas tres semanas de clases: un chico pagado de sí mismo, el más popular de la escuela, rodeado de muchas chicas y de su séquito de amigotes que lo seguían a todas partes.

¿A qué se debe su interés en mí? Más que una insinuación de su parte, su interés no pasaba a ser más que una olita en medio de un mar embravecido en una tarde nublada.

—Estoy retrasada. —Me levanté tomando mi mochila—. Como sabes, hay un trabajo de literatura que no puede hacerse solo.

Y sin más, salí de la cafetería. Por ninguna razón quería analizar ese momento que, desde mi perspectiva, no tenía ninguna lógica.

Absorta en despejar mi mente de cualquier idea idiota, me tropecé en pleno con Peter Mackenzie, mi compañero de clase. Por el impulso, mi bolso se resbaló de mi hombro cayendo sin remedio en el suelo entre medio de sus pies.

—¡Lo siento! —me disculpé afligida. Mi mochila siempre estaba repleta y pesada, por lo que rogaba no haberle quebrado ningún hueso.

—No tienes por qué. —Y con rapidez, se agachó para recoger mi morral, antes que yo lo hiciera, y me la entregó con cuidado—. ¡Por favor! ¡Es mi culpa!

—Estaba distraída —farfullé un poco atontada por el susto—, no te vi. Lo siento.

Peter se rió un poco y, sin motivo, lo imite. Me sentí muy tonta.

—¿Vas a la Biblioteca? —repuso indicando su costado derecho.

—Así es —asentí acomodándome la mochila nuevamente en mi hombro—. Tengo todavía muchas cosas que hacer para el trabajo del profesor Mansilla.

—Si necesitas ayuda, yo puedo…

—¡No falta más! —escuché exclamar a alguien a mi lado con inusitado entusiasmo—. ¡Mackenzie! ¡Amigo mío! ¿Todavía estás detrás de mi compañera de trabajo?

—¿Qué dices, Claverie? —objetó Peter acercándose a Adam sin dejarse intimidad, dejando en evidencia la cabeza de ventaja que le sacaba—. ¡No tengo intensión de ser como tú o tus amigos!

—Por supuesto. —Clavando su mirada clara en el chico se acarició el mentón como si estuviera de acuerdo con él—. Cómo podría pensar que detrás de esa carita de yo no fui hay un tipo traidor y mentiroso. —Y se palmeó el rostro con suavidad—. Por supuesto que la verdad puede ser mucho más difícil de digerir.

—¿Y de qué verdad estaríamos hablando? —demandó el chico con molestia.

—¿Saben algo? —resoplé un tanto incomoda, pues las peleas no son una de mis actividades favoritas y, sin meditarlo mucho, tome la mano de Adam y lo jale hacia el interior de la biblioteca—. ¡Se nos hace tarde! ¡Adiós, Peter!

Sin darle tiempo para decir nada, me llevé a Adam y, sin soltarlo, agradecí en silencio que él se dejará arrastrar por mí.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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