• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Abril 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 36

 

Las personas siempre hacen cosas alocadas

cuando estan enamoradas.

(Hércules)

 

¡Quién más podía ser que la bruja de la gemela Ferguson!

- Tranquila – señaló Ronald mirándome con los ojos bien abiertos levantando uno de mis brazos para que inspirará aire y luego lo bajaba para que lo expulsará – esto podía pasar – volviéndose hacia donde se encontraba Adam – resopló tratando de no reírse – aunque tengo que decir que el tipo te debe querer demasiado.

Apenas entramos al gimnasio me puse en el rincón más alejado tratando de controlar las ganas asesinas que tenía de ahorcar a esa loca, y es que no había olvidado nada de lo que dijo ese día en el baño.

Adam, en tanto, se sentó en el banquillo junto a Christine, quien mando a la galería a esa gemela, que ahora se había teñido las puntas del cabello de un rosa pálido.

- ¿Porqué lo dices? – inquirí con el estomago apretado y la mirada ansiosa.

- No deja de verte – me indicó con expresión condescendiente – definitivamente, tienes que hablar con él.

- ¡No puedo! – resoplé con fuerza, tomándome la cabeza con ambas manos y yendome hacia adelante sin saber que más hacer.

- ¿Pasa algo?

La voz cautelosa de la sensei hizo que me sentará derecha de una vez y la viera como si estuviera feliz.

- Nada, maestra – indique intentando estirar los labios a modo de sonrisa.

- ¡Qué bien! – pasó su mano por sobre mi hombro con alivio – tu papá casi pensó que te había sucedido algo.

- ¿Mi papá? – proferí no muy segura de haber escuchado bien.

- Si – acercándose a mí, apuntó hacia el marcador que estaba en la parte superior derecha de la galeria – vino especialmente para verte.

- ¡Qué bien! – bufé con un amago de sonrisa.

- Tenía muchas ganas de verte – palmeando mi brazo, indico – diga lo que digan los resultados, estoy muy orgullosa de este equipo.

- Gracias, maestra.

- ¿Porqué no estás con tus compañeros? – quiso saber mirando a Ronald como si quisiera un explicación.

- Voy en un segundo – señalé parándome viéndola con la mirada más calma que pude hacer gala – no se preocupe.

Esbozando una amplia sonrisa, la Sensei asintió y, sin más, retrocedió un paso y se volvió hacia la mesa de jueces.

- Te irá bien – expresó Ronald estirando las manos y apretándome ambos hombros – y recuerda: haz lo correcto y habla con ese chico.

- Está bien, está bien – susurré dándome valor – está bien, está bien...

- Voy donde tu papá – apartándose, me sonrió haciendome un gesto con los puños - ¡ve por esa kata!

Aspirando mucho aire, me dije que si no quería reventar de ira debía ser lo suficientemente sensata como para darme cuenta que yo había llevado esto a este punto.

Caminando con pasos cortos, llegue hasta donde se encontraban mis compañeros.

- ¿Estás lista? – quiso saber Christine haciendome un espacio en el banco para que me sentará.

- Tengo que estarlo – expresé aunque, en el fondo, me estaba refiriendo a otra cosa.

- Lo harás bien – la chica movió al cabeza afirmativamente mientras le daba un manotón a Adam - ¡tú también, me oíste!

Este, sin embargo, ni siquiera se voltió; sus ojos azules parecían estar perdidos en algún lugar infinito de la cancha, en tanto, yo sólo podía escuchar los estruendosos sonidos de mi corazón.

- La maestra me llama – parándose como resorte, Christine caminó hacia la mesa donde la esperaba la Sensei, donde sólo quedamos Adam y yo solos.

- ¿Estás bien?

Mi pregunta sonó muy lejana mientras que yo me sentía tiesa como una estaca; girando mi rostro hacia él, aprecie como me miró como si fuera una extraterrestre.

- Debo parecerte una loca – trague saliva sintiendo la boca seca para luego soltar un poco de aire como si estuviera atorada y sostuve su mirada – no quiero que me odies.

- Es muy tarde para eso – señaló sin mover un músculo – aunque en realidad, ni siquiera siento eso – torció la boca como si estuviera cabreado – creo que tomaste la mejor decisión para ambos: tú y yo sólo podemos ser buenos compañeros – y sentenció con voz sombría – juntos nos hacemos daño.

- No es verdad...

Iba a negar aquello, cuando esa gemela detestable se colgó del cuello de Adam, quedando su cabeza en el hueco de su cuello.

- Te necesito – ronroneó cerca de su oído.

- Yo también – le repondió el muy cretino, apegando su rostro hacia ella, atrapando sus labios.

Creo que en la vida nunca me sentí tan miserable

- Laia... Laia...

Escuche mi nombre pero no sabía de donde exactamente, por lo que estire los labios y con algo de esfuerzo, me volví hacia un lado tratando de mostrar aplomo encontrandome con los ojos verdes y confiados de Omar.

- Vine a desearte suerte – se acunclilló a mi lado y esbozo una breve sonrisa - aunque sé que no la necesitas.

- Te lo agradezco – meneé la cabeza tratando de mostrarme amable.

- ¡Estamos ready! – exclamó Christine plantándose frente a mí con los ojos muy abiertos - ¡somos el tercer grupo así que debemos ponernos en movimiento! – al ver que la gemela continuaba pegada a Adam, está lo miró con la frente fruncida - ¡dile a esa chica pegajosa que te espere en otra parte que ahora estamos ocupados!

- ¡Ay, no seas tan cascarrabias, Christine! – rezongó la chica pestañeando como si fuera la dueña del mundo - ¡sólo quiero desearle suerte a mi novio!

- Yo no estoy hablando a ti – repuso sosteniendo la mirada azulada de Adam – te veo en la banqueta de enfrente.

Acto seguido, hizo un gesto donde su cabello se volvió completamente hacia un lado, y me hizo una seña de que la siguiera.

- Suerte – susurró Omar mientras me levantaba y se apartaba de mí, a lo que yo sólo le sonreí con debilidad.

Avanzando detrás de Christine, me dije que me merecía todo esto que me estaba pasando, y sólo esperaba que todo lo que hice valiera... mucho.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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