• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Febrero 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 30

 

Tú identidad es tu posesión más valiosa ¡protégelá!

(Los Increibles)

 

- ¿Cómo estás, prisionera?

Levantando la cara apenas, sólo esboce una media sonrisa y segui corrigiendo mi trabajo para química, aunque de todas maneras tenía tiempo de sobra para arreglarlo; estaba castigada desde ayer y todavía me faltaba mañana.

Dejando escapar un resoplido, intente concentrarme otra vez en las fórmulas, sin embargo, mi cabeza sólo rebotaban números y letras sin ningún sentido.

- ¿Quieres que hable con papá para que te deje salir, aunque sea para que respieres un poco? – preguntó Tom apretando con suavidad mi brazo.

- No tiene caso – repuse frunciendo la frente y la mirada fija en el cuaderno, donde mis pensamientos sólo estaban pendientes de Adam y de todas esas situaciones telenovelescas que hemos vivido los últimos días.

- Laia – mi hermano estiro los labios intentando darme ánimos – ni siquiera las princesas llegan a sus palacios después de las 12 – dejó escapar una risita – aunque hay que darle mérito extra al principito por aguantar la ira de papá.

- Tienes razón – afirme torciendo el labio, volviéndome a Tom recordando la expresión furiosa de papá – ¡nunca lo había visto así!

- Es que nunca había tenido motivos – Tom se sentó frente a mí y palmeo mi mano – papá puede lidiar con todos los problemas del universo y las galaxias conocidas, puesto que nunca de los nunca has demostrado ser irresponsable, por lo que yo creo que, más bien – empequeñeció los ojos – se asustó.

- Lo siento – dejando escapar un suspiro que parecía tener atorado en el fondo de mi pecho. Nunca pensé que llegar tarde pudiera ocasionar que papá se pusiera así de tenso y de malhumor.

- ¿Interrumpo?

La voz grave de papá hizo ambos nos volviéramos a verlo con rápidez.

- Para nada – señaló Tom mirándolo con curiosidad.

- ¿Estás aburrida? – preguntó papá mirándome con cara de poker.

- No – negue con la cabeza indicando con el mentón el cuaderno que tenía enfrente.

- ¡Oh! Pensé que te interesaría algo que tengo para tí – con aire misterioso sacó el auricular del télefono de la casa que tenía detrás de la espalda.

- ¿A sí? – pestañee como si no entendiera y es que todos mis conocidos se comunicaban conmigo a través de mi móvil, el cual estaba decomisado por papá hasta que terminará de mi castigo.

- Definitivamente – se río como si estuviera haciendo alguna maldad – en la línea, hay un amigo que se muere por hablar contigo.

- ¿Cómo quién? – respondí haciéndome la interesante.

- Si quieres saber – me extendió el teléfono – creo que es bueno que lo averigues.

Frunciéndo la frente sin entender, recibí el auricular y me lo puse al oído sin saber lo que me iba a encontrar.

- ¿Aló?

- ¿Qué tal, desaparecida? – resopló una conocida voz la cual hizo que sonríera con amplitud.

- Aqui, mirando el techo y cumpliendo castigo – bufé con falso hastío al darme cuenta que era mi buen Ronald, mientras Papá y Tom se despidieron como si se estuvieran divirtiendo de lo lindo.

- ¿Castigo? – inquirió él como si aquello fuera algo de lo más extraño - ¿en qué has caído amiga para que ahora tengas hacer mérito?

- En una estúpidez, que cuando te lo cuente no te lo vas a creer.

- ¿No estarás rompiendo demasiados corazones en esa ciudad? – resopló este con tonito de burla.

- No hables estúpideces – repuse intentando no darle más cuerda.

- ¿Sabes qué? Creo que deberías alejarte de esa ciudad y venir a Piamoncura aunque sea sólo por un par de días. El próximo fin de semana será la fiesta en la playa y sería magnífico que vinieras ¡vendrá Kioto sound!

Sin poder contener una carcajada, escuché como mi amigo hablaba de ese grupo de cumbia ranchera como si fuera el mismimo cielo luego, las parrandas épicas que se armaban junto a la fogata, gritando a todo pulmón en la playa de mi pueblo natal.

- ¡Anímate y ven! – me pidió Ronald con ese tonito vedado de súplica y presión - ¡los muchachos y yo te hemos echado de menos una eternidad!

- No lo sé – bufé haciendome la desdeñosa pero que, en el fondo de mi corazón deseaba poder estar con ellos en esa festividad – tendría que preguntarle a papá a ver si accede.

- ¡Yo le hablo por ti! – profirió con seguridad - ¡tú sabes que él me adora y que no pondrá pegas para que vengas!

- Puede ser – solté un soplido de desdicha – aunque todavía me quedan las finales y el campeonato de Karate.

- ¿Cómo vas con eso?

- Bien, casi no tenemos fallos.

- ¡Me parece genial! ¡tú eres muy buena! – hizo un gritito de alegría – Entonces, ¿cuál sería el problema, mi querida Laia? Porque estoy seguro que hay uno.

- Problemas existenciales, tú sabes, de esos donde sólo hay dos personas involucradas.

- ¿A sí? – soltó un suspiro - ¿y cómo está ese noviecito tuyo? Porque ¿siguen juntos, cierto?

- Se podría decir que si – repuse, dándome cuenta que la celeridad de los acontecimientos no nos habían dado paso a aclarar nuestra situación.

- Sería muy idiota de su parte si se le aleja de ti por una estúpidez, después de todo, nuestra historia es más vieja que el mundo y siempre seremos amigos hasta el fin de los tiempos ¿o me equivoco?

- Siempre seremos amigos, Ronald – me reí ante esa alución tan dramática – tú y yo, frente al mundo.

- Bien dicho y ¿cómo es que se llama ese chico tuyo?

- Adam.

- ¿Crees que le gustará acompañarte a este magno evento? Digo, para que no piense que quiero algo más que tu sincera amistad.

- No lo sé – negue con la cabeza a sabiendas que Ronald no podía verme – tendría que preguntarle.

-  La invitación está hecha. Si él no va ¡él se lo pierde! Por estos lados, ni siquieras te acordarás de él ¡ah! – resopló con ganas - se me olvidaba decirte que estoy postulando a la universidad estatal de ciudad Bravo ¡puede que el otro año seamos compañeros nuevamente!

- ¡Majadero! – le grite puesto que era una de las universidades a las que quería postular - ¡eso sería genial!

- Por supuesto – con tono seguro, indico – es un hecho que extrañas a tu compañero, sobre todo porque lo llamas tan seguido y le preguntas cómo está – nos reímos – fuera de broma, sería muy genial volver a estar jumtos. Ya no como antes, pero cerca. Eres mi mejor amiga y me conoces mejor que nadie, como yo a ti.

- Somos un equipo – asentí con nostalgia- y los mejores amigos del universo.

Después de hablar un poco más, nos despedimos con la promesa de vernos para el festival; aquello me hacía ilusión, sobre todo porque en Piamoncura podría recargar baterias y esclarecer mi vida antes de tomar cualquier decisión.

Observando el cuaderno, de pronto, me di cuenta que la ecuación química que estaba intentando resolver pude realizarla sin dificultad; me había entrapado en la forma de entender la reacción química y fue en ese instante, en que me di cuenta que era necesario volver a mis raíces.

Con una gran sonrisa en el rostro, solte el lápiz sobre el cuaderno y me apresure a hablar con papá.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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