• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 3

 

…el trabajo es un juego

(Mary Poppins)

 

Habían pasado dos semanas de clases cuando el señor Mansilla comenzó a leer una escena del célebre y bien ponderado libro “Romeo y Julieta”.

Con expresión afectada, el maestro camino por los pasillos recitando algunos de los parlamentos con un tono apasionado y profundo.

—“Pero calla, que la luz se abre paso a través de esa ventana… es el oriente y Julieta es el sol, sal bello sol y mata a la envidiosa luna, que está pálida y fría de dolor por qué tú, su doncella, eres más hermosa que ella… no seas su doncella si es tan envidiosa, su ropa de vestir es de un verde pálido y sólo la llevan los locos”.

Pasándome la mano en el rostro, pensé en como la señora Iturriaga, mi anterior maestra de literatura, le gustaba recitar esos versos mientras yo fantaseaba con los muchos cuentos que tanto adoró mi madre y que varias noches leía cuando no podía dormir.

De pronto, en medio de la elocuente interpretación del profesor, una muchacha de cabello largo rojizo con las puntas teñidas de azul y un aro en la nariz, hizo su aparición de forma abrupta; no recordaba bien su nombre, pero algunas veces cuando yo llegaba al filo de la hora, ella tenía ocupado mi lugar teniendo que sentarme en el frente, cerca de ese tal Omar, quien, aunque era uno de los tipos más atractivos de la clase, me caía como un balde de cemento.

Nada más entró esa chica, todos los del salón pusieron sus ojos sobre ella. Noté como una muchacha, sentaba frente a Omar, murmuró algo a su vecina de enfrente a lo que ambas se rieron en voz baja.

—Señorita Opazo. —El profesor cerró de un golpe el libro y la miró con reprensión—. Llega quince minutos tarde.

—Disculpe —respondió ella, parándose con cara de pocos amigos mientras balanceaba la mochila que lleva entre sus manos y una expresión compungida en el rostro—. ¿Puedo entrar?

—No quiero que se te haga costumbre, Carlie. —El maestro indicó con su mano el primer puesto de una fila—. Pero te sentarás al frente.

—Pero —replicó la chica con los labios apretados para luego mirarme y el puesto que yo ocupaba—, ¿y el mío? ¡Yo me siento junto a la ventana!

—De hoy en adelante ese será el puesto de Laia —sentenció el hombre y remarcó sus palabras mientras señalaba la silla desocupada—, y tu puesto será este.

Emitiendo un bufido, la muchacha hizo un gesto de rendición y se sentó pesadamente en su puesto como si no le quedará otra alternativa, no sin antes dedicarme una mirada de advertencia.

Enarcando una ceja, me lleve una de mis manos al rostro y mire hacia otro lado. Estaba visto que cada vez esto se iba poner peor.

—¿Señorita Cabral?

La voz vibrante del señor Mansilla me hizo brincar de mi banco.

—¿Sí? —respondí un tanto aturdida al tiempo que escuché un deje de risas de parte de algunos muchachos a mi alrededor.

—Pregunte si en tu anterior escuela hablaron de Shakespeare alguna vez.

—Sí —asentí aclarando mi garganta—. Algunas obras: “Sueño de una noche de verano”, “Otelo” y, por supuesto “Romero y Julieta”.

—¡Qué bien! —Sonrió el maestro complacido—. Entonces, no te será problema seguir con los autores ingleses. —Tomó un legajo de hojas de su mesa y se las extendió a la muchacha de pelo teñido, ordenándole—. Entrega esto a tus compañeros.

—¿Y yo, por qué? —inquirió la chica con horror.

—Hazlo —indicó este con una expresión que no admitía réplicas.

Como si estuviera pagando condena por algún delito, la muchacha en cuestión, se levantó de su asiento y, con un amago de sonrisa, paso por su lado entregando esos documentos.

—Apenas reciban su hoja, pónganse a trabajar. —El hombre se volvió al pizarrón—. Estos son los autores que pueden escoger para realizar su trabajo calificado.

—¿Puede ser en pareja? —preguntó Omar.

—Pues —resopló el maestro como si no lo hubiera pensado. Luego, torció el labio y señaló—, no veo ningún inconveniente.

Atenta a anotar los escritores sugeridos, no había sentido que alguien lanzaba pequeños pedazos de goma sobre mi cuaderno. Con molestia, me volví lentamente hacia donde presentí que venía ese proyectil y me encontré con el rostro sonriente de ese Omar agitando su mano y murmurando algo. Desde niña he sido muy mala leyendo los labios, así que sólo fruncí el ceño sin entender lo que me decía hasta y alcé los hombros dándome por vencida.

No tenía ni idea de lo que hablaba.

—¿Qué sucede? —preguntó el profesor en el mismo instante en que ese chico se levantaba de su asiento—. ¿Qué haces, Omar?

—Lo que pasa profesor es que Adam quiere hacer el trabajo con la chica nueva —escuche decir a esa muchacha teñida justo en el instante en que pasó por mi lado.

Con sobresalto, me volví hacia ella en tanto la chica me miró como si me hubiera hecho un gol de media cancha.

—¿A sí? —escuché decir al maestro—. ¡Enhorabuena! ¡Me alegro!

Sin proponérmelo, miré a ese malhumorado. Había cuidado de no dirigirle la palabra y aquello parecía ir funcionando de lo más bien.

Hasta ahora.

Este, en tanto, me sostuvo la mirada con los ojos empequeñecidos. Enarcando una ceja, no pude decir nada para negarlo, pero de ningún modo podía pensar en hacer un trabajo con ese chico.

Aquello amenazaba mi estómago y mi sentido del humor.

—Señor Mansilla —un chico de cabello oscuro y tez pálida que estaba sentado a varios puestos atrás de donde me encontraba, levantó la mano pidiendo la palabra—, estoy seguro que Adam le gustaría más hacer este trabajo con Omar. —Y me dirigió una mirada amable—. En cambio, yo estaría encantado de hacer el trabajo con la compañera nueva.

—¿Así? —Adam se volvió hacia él torciendo el labio con ironía—. ¡Qué amable eres, Mackenzie! Pero no te preocupes por mí ¡perfectamente puedo hacer este trabajo con Laia!

—Caballeros —el maestro los miró con sorpresa para luego verme con diversión—, Laia, ¿con quién te gustaría trabajar?

—¡Nada de eso! —replicó ese Adam con cierta rudeza—. Ella va a hacer este trabajo conmigo ¡ya tendrá otras oportunidades para hacer otro con Mackenzie!

Frunciendo los labios con incomodidad, no sabía que decir por lo que junte las manos sobre la mesa y los apoyé en la frente.

¿Por qué tengo que pasar por esto?

—Entonces —sentenció el maestro—, Laia será con Adam.

Al momento de que el hombre se volviera al pizarrón, una sombra me cubrió de pronto notando a esa chica colorinche apoyada levemente en mi mesa.

—No te acomodes mucho en mi lugar —resopló bajito cuidando de no ser escuchada por nadie más—, planeo recuperarlo muy pronto.

—No tengo ningún interés en quedarme aquí —repuse mirándola de frente intentando no parecer asustada, pero lo cierto es que, si hubiera podido, habría salido corriendo.

Esta era una jaula de locos.

Arrugando su labio con desdén, la chica se apartó de mi haciendo un respingo.

—Pssss —resopló un sonido cerca de mí.

Me quede quieta sin querer mover una pestaña. Estaba segura que otro idiota me diría algo desagradable.

—Pssss —sonó otra vez ese silbido con un deje de insistencia.

Volviéndome levemente noté como Adam me miró, ahora, pestañeando con inocencia.

—¿Qué quieres? —murmuré.

—A ti —expresó este levantando las cejas como si estuviera diciendo algo muy romántico.

—Mira, Adam —resoplé mirando con sigilo hacia donde estaba el señor Mansilla, que en ese momento estaba hablando con un muchacho de la primera fila—, no estoy muy segura de hacer esto contigo.

—¿Hacer qué? —inquirió Adam con horror—. ¡Por Dios, Laia! ¿qué es lo que te imaginas? Por lo demás, no estoy tan emocionado como piensas. —Frunció el ceño haciendo que sus ojos claros se volvieran una débil raya— ¡Sólo es un trabajo! ¡Y espero sacarme un 10 por esto!

—¡Eso espero yo también! —Bufé molesta volviendo mi cabeza hacia un lado intentando no enfadarme con ese lunático.

Una suave carcajada rebotó en mi oreja dándome a entender como él se la estaba pasando genial a mis costillas.

Intentando no darle importancia, me pase el resto de la clase tratando de respirar con calma y mirando las manecillas del reloj, pero hoy me pareció que pasaban con cierta lentitud negándose a hacer su trabajo.

Pero las sorpresas no terminaban ahí: cuando me estaba yendo, me di cuenta que, en la salida, Karen, mi vecina, me estaba esperando.

Nada más pasar por su lado, ella se acopló a mi paso apretando contra sí sus cuadernos.

—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté con amabilidad mirándola de lado. La verdad es que esta niña era de lo más rara, pues de los días que llevaba en clases, era la primera vez que se iba conmigo.

—Bien —me respondió con una tímida sonrisa—. Creo que mejor que otras veces.

Y, por increíble que parezca, Karen hablo conmigo un par de frases más con una expresión animada. 

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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