• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Febrero 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 29

 

Prefiero morir mañana que vivir cien años sin haberte conocido.

(Pocahontas)

 

- No puedo.

Se escapo de mis labios esa oración casi como si fuera una exhalación, pero eso bastó para que Adam se detuviera.

Con sus enormes ojos azules, me observó desde arriba como si fuera dos luceros, en un instante que me pareció eterno; luego de ello, se levantó de la cama y tiró de la colcha que la cubría; sacándola de cuajo, la extendió sobre mí y se cómodo a mi lado.

- No hay problema – susurro abrazándome por un costado – descansa un poco.

- ¿No estás enojado? – quise saber, pues estaba segura que el chico estaba a mil.

- Nunca podría enojarme contigo – apegó su cabeza al arco de mi cuello – yo siempre seré lo que tú quieras.

Sintiendo que un par de lágrimas escapaban de mi control, deje que estas corrieran mientras ambos nos quedamos en silencio, hasta que el sueño nos venció.

Luego de un tiempo infinito, abrí los ojos para apreciar la oscuridad de la noche hizo posible ver el brillo intenso de las estrellas.

Abrazados, sólo fui consciente de la respiración profunda de Adam contra mi pelo, mientras yo dibujaba pequeños corazones sobre la piel de su mano.

Sin exagerar, me era imposible describir con palabras las múltiples emociones que se arremolinaron dentro de mi corazón y es que ese momento fue especialmente mágico.

Como si fuera una antigua canción, el recuerdo de sus brazos mi alrededor cuando me depositó en la cama mientras besaba mis labios y cada parte de mi rostro; fue en esa fracción de minuto en el que pensé que me moriría de un ataque el corazón, pues eran demasiadas las sensaciones nuevas que, de una vez eran unidas en una sinfonía las cuales contenían la forma del mismo autor.

Adam

Abriendo a medias un ojo, me permití observar el semblante de Adam mientras dormía: el ritmíco movimiento de su pecho, subiendo y bajando, junto con sus largas pestañas las cuales tocaban la suavidad de su piel y bordeaban sus ojos cerrados, prodigándole una delicada expresión de paz.

Aún no podía creer lo que estuvimos a punto de compartir, y aún cuando lo había deseado con el alma, todo había cambiado tan bruscamente que siento estar sumergida en un inmenso entreparéntesis.

Intentando no moverme mucho, me esforce en observar el reloj de la mesa, y con mucha dificultad aprecie que eran las 10 de la noche.

¡Diablos! Mi padre estaría con el Jesús en la boca por lo que, haciendo uso de mi poca voluntad y mi raciocinio, e intente despegar mi cuerpo de Adam; primero, una pierna, luego el brazo, y cuando estaba por despegar la cadera, con fuerza, sentí dos brazos que me apretaron contra el firme cuerpo del chico que estaba a mi lado.

- No quiero que huyas – susurró contra mi oído con voz soñolienta – no te vayas. Me has hecho demasiada falta.

- Tengo que irme – murmuré acariciando cada uno de sus dedos – papá debe estar preocupado, así que antes que llame a la guardia civil, es mejor que me ponga en movimiento.

Alargando una mano, Adam abarco el contorno de mi rostro y, mirándome con esos dulces ojos, depositó en mis labios un beso largo e intenso, de esos que son capaces de hacer olvidar hasta el nombre y sólo concentrarse en la irresistible sensación de ser amada por él; luego de un minuto, rodó sobre mí y, apoyándose con ambas manos, me miró desde arriba con su azulada mirada.

- Esto ha sido lo más maravilloso que me ha pasado – musitó con su nariz apegada a la mía – nunca me había sentido tan pleno como ahora.

- Ni yo – afirmé con emoción esbozando una sonrisa – sólo me ha bastado sentir tu piel.

- Te quiero Laia – declaro con la mirada brillante – no lo dudes.

Asintiéndo, quería creer que era verdad y es que, aún cuando estuvieramos en la misma cama y compartiendo el mismo calor, todavían habían cosas que no estaban resueltas alrededor nuestro, sin embargo, no me arrepentía de estar semi desnuda en sus brazos.

- Tienes que cerrar los ojos – le indique después de un minuto en que sólo parecía observarme con su mirada brillante.

- ¿Por qué? – replicó esté haciendo un gesto de no entender.

- Porque tengo que vestirme – resoplé cun tanto cohibida. En la vida alguien más de mis padres me habían visto desnuda, y eso había sido cuando estaba en el jardín de niños.

- Estamos en penubra – susurró con voz misteriosa – no tengo intensión de fisgonear.

- Pero no me sentiré cómoda – extendiendo mi mano, roce su mejilla y le solicité con suavidad – hazlo por mí.

Dejando escapar un suspiro, Adam asintió con lentitud para luego descender hasta mis labios; el contacto de su boca no ayudaba demasiado en mi resolución de levantarme y es que era demasiado atrayente estar uno junto al otro, y más si me sentía como si estuviera fuera de este mundo.

- Vistete – resopló con la boca apegada a la comisura de mis labios – te prometo que no miraré.

Rodando hacia el otro lado, Adam me dio la espalda y se quedó todo el tiempo que necesitaba para colocarme la ropa.

- Voy a entrar al baño – señalé cerca de la puerta viéndolo con algo de azoro – para que te puedas cambiar.

- Por mi, no hay problema – indicó él volviéndose hacía mí con una gran sonrisa en el rostro – puedes mirar todo lo que quieras.

Sintiendo que me ponía roja de golpe, me metí rauda en el cuarto de baño; colocándome frente al espejo, observe mi rostro y, por varios segundos, me pareció que mi cara ya no era la misma de unas horas atrás, y es que mi alma y mi cuerpo se habían enanchado, llegando, incluso, a tocar el infinito.

- ¿Estás bien? – escuché preguntar desde el otro lado de la puerta.

- Si – me apresuré a responder y, abriendo la llave, me moje el rostro intentando recuperar un poco de juicio.

Luego de un momento de acomodar mi cabello, salí para encontrarme con la expresión curiosa de Adam.

- ¿Todo bien? – inquirió colocando ambas manos en mis mejillas y acercándo su rostro al de él.

- Si – esboce una sincera sonrisa – más que bien.

- Me alegra escucharlo.

Acto seguido, aproximó su nariz y, rozándola con ternura, me volvió a besar; este fue un beso dulce, con delicadeza, casi como si me fuera romper; su aliento parecía acariciar cada espacio de mi rostro mientras que el contacto de sus manos me regalaron tanta seguridad, como si me estuviera protegida de cualquier peligro.

Definitivamente, no puedo estar más enamorada de este chico

Luego de un momento más, bajamos por la escaleras y, cuando estaba por recoger mi mochila, la señora Clapson apareció tras la puerta blanca.

- ¿Tuvieron lindos sueños? – preguntó con simpatía.

- ¿Porqué lo pregunta, señora Clapson? – indico Adam rehuyendo su mirada.

- Llamó el papá de la señorita Laia – indico y, al ver mi expresión preocupada, señaló con rapidez – le dije que ambos estaban practicando para las finales del campeonato, pero que se habían detenido a descansar y comer un momento.

- ¿Estaba molesto? – quise saber, segura que después tendría una discusión de aquellas.

- No me lo pareció – la señora Clapson extendió los labios mostrando una genuina sonrisa – más bien, creo que estaba contento.

Pestañeando algo aturdida, mire al suelo intentando no parecer afectada; sólo papá sabía lo que pasaba en mi corazón y los días dificiles que había pasado sin Adam.

- Tengo algo preparado para ustedes – la buena mujer sacó una bandeja con unos bizcochos y un chocolate caliente, que se notaba de lejos que estaban recien hecho – comerán y luego, Adam te irá dejar como el caballero que es ¿no es verdad?

- Por supuesto que si – estirando sus labios, él tendió una mano hacia mí y apretó blandamente mi brazo mientras me dedicaba una de sus miradas luminosas – yo te protegeré.

Pestañeando muchas veces, sentí que aunque el día de mañana fuera el día más gris del mundo, estaba dispuesto a pagarlo con creces por el sólo hecho de ver esa mirada preciosa en el chico que amaba.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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