• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Enero 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 28

 

Cuando alguien te diga: “¡No eres lo que esperaba! Sonríe y dile: No, porque soy más de lo que buscabas.

(Alicia en el país de las Maravillas)

 

- ¡Qué bueno verte otra vez, mi niña!

No se me escapó el tono de ternura en que la señora Clapson, y luego de recibir un abrazo apretado, ella se apresuró a servirnos unas botanas y chocolate caliente. Luego de ello, nos dejó solos.

De pronto, como si tuviera algo en el ojo, noté que Adam parpadeo muchas veces sin decidirse a abrir la boca. Mordiéndome la boca, me cruce de brazos sostuve la taza que me había entregado la señora Clapson y observé la oscuridad del líquido.

- Quiero una explicación – repusé con tono agrio y, girándome despacio, clavé mi mirada en sus ojos claros - ¿cómo diablos se te ocurrió hacerme esto? ¿es qué acaso piensas que soy tu juguete? ¿un premio que obtener?

- Ya te dije que no tengo nada que decir – apretó los labios parándose muy derecho – y si piensas que pidiéndote disculpas puedo hacerte sentir mejor, entonces te ofrezco una disculpa.

- ¡Eres un cretino! – proferí muy molesta, dejando la taza en el fino plato que tenía frente a mí - ¡tú crees que con una disculpa basta!

- ¿Qué es lo que quieres de mí, Laia? – exclamó él abriendo sus ojos y acercándose amenazadoramente a mí - ¡dime! ¿qué quieres?

- ¡Una explicación! – le grité presa de mi rabia acercando mi rostro al de él sin un ápice de miedo – eso es lo que me prometiste. Me lo debes.

- ¿A sí? – aproximándose peligrosamente, su boca estuvo a un par de centímetros de mis labios siseando con voz ronca - ¿lo crees así?

- Si – sentándome derecha con la intención de sentir aire, pues mi cara la sentía acalorada, sentencie – lo creo.

- Obligáme – me pincho volviendo acortar la distancia.

- Eres un idiota – susurré con la mirada nublada por el color azul de su mirada – sólo quieres jugar conmigo.

- ¿Lo crees, en serio? – rozando su nariz en la mía, levantó levemente el rostro para tocarla con sus labios.

- Por su... supues...to – balbucee un tanto nerviosa pues volví a sentir ese suave ramalazo de fuego con el que era capaz de encender un incendio, aunque está vez, lejos de asustarme, deseaba sentir su ardor.

- Si así lo crees, entonces yo soy un diablo – repuso con voz cada vez más grave, sintiendo como sus manos se pasearon por mis brazos, de arriba a abajo con firmeza – o un idiota. Lo que sea que te haga sentir mejor.

- Nada de lo que hagas podrá hacerlo – musité casi con un hilo de voz, y tragando saliva intente mitigar en parte el calor que me estaba invadiendo – lo arruinaste todo, y ahora si quieres te puedes tirar a cualquiera que se te pase por enfrente, como esa tonta de Paula Ferguson o la arribista de Claudette.

- ¿Tirarme? – frunciendo la frente, coloco ambas manos en mi espalda atrayéndome hacia él, por lo que empuñe mis manos para intentar apartarme pero él no me lo permitió, alargando la cara para hablarme al oído – eso suena interesante, aunque tengo una idea mejor sobre quien me gustaría llevarme a la cama.

- ¡Eres un... – chillé dispuesta a dejarlo sordo, pero no pude terminar la frase.

Un par de sólidos labios impidieron que pudiera decir nada.

Como si estuviera presa de un conjuro, sentí sus calientes labios sobre los míos, provocando que me aferrará con fuerza de su cuello, mientras él recorría mi espalda, levantando mi blusa y acariciando cada espacio de piel que se encontraba a su paso.

Mis dedos, en tanto, encontraron la suavidad de su cuello junto con las puntas de una creciente barba, la cual incentivo más la exploración de su cuerpo.

De pronto, Adam se despegó un poco más y me observó con los ojos brillantes de deseo: nunca había visto una mirada más erótica y dulce a la vez.

Sin más, se sacó la polera que llevaba, mostrando ese pecho amplio y bien formado que en más de una vez había observado en los entrenamientos, y estirando los dedos, el desabrocho, uno a uno, los botones de mi blusa, apartándola de mi piel, y dejándola caer al suelo.

- Eres hermosa – susurro con una mezcla de admiración que hizo que volviera mi rostro hacia un lado con algo de azoro, y profirió con rapidez, obligándome a verlo – ¡eres hermosa, lo juro! ¡la única chica que me tiene loco!

- Pero a la única que has lastimado – susurré intentando tragarme este ardor traidor e inhalando aire, tome con rapidez mi blusa y me la puse como fuerza - ¡no puedo perdonarte!

- Ah, ¿entonces, te estás vengando? – replicó con molestia y el rostro desencajado - ¡quieres que me duela todo hasta que reviente!

- No lo creo – sabía a lo que se refería – siempre encontrarás alguien con quien desahogarte.

Pasando por su lado, me dispuse a tomar mi mochila, pero Adam me lo impidió. Tomándome de ambos hombros, me apretó contra la pared y me miró con los ojos grandes

- No hay nadie en esta vida con quien quiera estar – hizo un gesto de dolor – y si quieres saber porque hice lo que hice, pues bien: soy el chico que se comporto como un mal amigo – fruncí la frente sin entender – fui yo quien no respeto a Omar. Fui yo quien debi haberme alejado de ti pues él estaba enamorado de ti desde antes, pero para mí fue imposible.

- ¿Qué estás diciendo? – no tenía idea de lo que me estaba tratando de decir.

- Omar me hablo de tí el mismo día en que te conoció espresando con entusiasmo que le gustabas – se mordió los labios con tristeza – me lo dijo y yo no quise escuchar, y es que no podía; cuando te vi ese día en la admisión, con tu carita y esos enormes ojos castaños, intenté resistirme – trago saliva – en verdad, quise ser un cretino a propósito porque nunca me había sentido así.

- ¿Sentido cómo?

- Así – estiro los labios con algo de azoro – ansioso, deseoso de verte, pero al mismo tiempo, miserable porque estaba siendo un traidor con Omar.

- Pero él nunca me agrado de esa manera – repuse tajante.

- Lo sé, me lo dijiste muchas veces – alzo las cejas con cansancio – y yo vi todas esas veces que le rehuiste, pero que, para él era sólo una treta para mantenerlo interesado en ti, y por eso es que cuando me propuso esa idiotez de la apuesta, me dije que tan sólo era una niñeria y que, por fin, entendería que nada podría pasar entre tú y él.

- Por supuesto que no – extendí mis manos para aprisionar su rostro y fije mi mirada en la claridad de sus pupilas – yo sólo te quiero sólo a ti.

Alargando su cuello, volvió a besarme y para mí era imposible resistirme.

- Te quiero – murmuró sobre mis labios – no sabría que hacer sin ti.

Volviendome apretar contra su pecho, esta vez, no puse resistencia. Ya no quería poner más barreras entre Adam y yo: lo deseaba demasiado, y todo mi cuerpo pedía a gritos dejarse embargar por su calor y la forma de su anatomía.

Despacio, él pasó su mano por sobre mi hombro, pasando por debajo de mi sujetador y presiono mi escapúla, bajando hasta donde se contraba el broche.

- Te quiero, Laia – musitó contra mis dientes – te deseo.

- Yo también – resollé con los ojos nublados y la boca caliente.

Desabrochando el pasador, aflojo la prenda, deslizándose hacia por un costado; Adam besó mi hombro mientras que su mano rodeo mi espalda para que me liberará del corpiño, dejando que la piel de mi pecho tocará la suya en libertad.

Fue la sensación más sublime que había sentido jamás.

De pronto, Adam se apartó un poco para tomarme en brazos mientras yo me cubrí con prontitud con ambos brazos la redondez de mi cuerpo.

- No tengo intenciones de mirar – susurro con voz enronquecida – no, ahora, por lo menos.

Con la vista atenta, observe el perfil de Adam mientras me llevaba a su cuarto, y fue en ese instante en que me dije que podrían pasar años, décadas quizás, pero él, Adam Claverie, sería el chico que más habré querido en mi vida.

El principe con el que había soñado.

Y con el que me haría mujer

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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