• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Enero 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 27

 

No te estoy diciendo que será fácil, te estoy diciendo que valdrá la pena

(Frozen)

 

Estire y recogí los brazos.

Avance y retrocedí con la vista hacia adelante; di uno, dos y hasta tres saltos, mientras el reflejo del espejo del gimnasio me devolvió una excelente sincronía de los tres.

Ninguno podía salirse ni siquiera un dedo fuera del margen. Ningún paso mal dado. De otra forma el Kata Heain Shodan no saldría perfecto.

Después de cinco semanas de entrenamiento, podría decir que no salía ya en un 95% de los movimientos sin errores.

- Excelente – susurro Christine al pasar por mi lado para ir en busca de su toalla – está resultando mejor de lo que esperaba.

- ¿En serio? – inquirí volviéndome hacia ella parándome con los brazos en jarra tratando de relajar mi postura. La chica era bastante crítica por lo que podría sentirme satisfecha con los avances que habíamos logrado.

- Si – empinándose una botella de agua, le dio un par de generosos tragos para luego agregar – estamos casi en un 100.

- Lo haremos – señaló Adam acercándose a la barra adosada frente al espejo y levantó una pierna con ademán confiado para seguir elogando – no te quepa duda que vamos a ganar.

- Lo sé – afirmó la chica como si aquello fuera obvio – pero no hay que confiarnos. Debemos mantener nuestro entrenamiento.

Asintiendo, cada uno volvió a su posición y repetimos la kata unas tres veces más. Luego de ello, arreglamos nuestras cosas para irnos.

- Por cierto, Laia, me alegro que sigas con nosotros – Christine tomó su bolso y lo cruzó sobre el pecho; aproximandose a Adam le dio un beso en ambas mejillas – somos un tremendo equipo – volviéndose a mí, me abrazo y me cerró el ojo – ¡gracias por no abandonarnos!

Sintiendo que me ponía roja, sólo pude asentir mientras Adam fruncía el ceño.

Cuando escuche el golpe seco de la puerta del gimnasio cerrándose, una rara sensación de nerviosismo se caló en mi piel.

Sólo estamos él y yo.

Solos

- ¿Cómo está tu papá?

La pregunta me sorprendió tanto que me volví rapidamente hacia él abriendo los ojos intrigada. Hacia un par de días que no nos dirigíamos la palabras, por lo que considere que nos habíamos vuelto invisibles uno del otro.

- Bien – fruncí la frente tratando de aparentar mi sorpresa y continúe ordenando mis cosas – gracias por preguntar.

- Me alegra – sentí que se aproximó a mí por lo que me puse tensa como un cuerda de guitarra e intente seguir en los mío aunque me sudaran las manos – me cae bien. Es un buen tipo.

- Lo es – afirme – igual que tu padre. Es un hombre amable.

- Es porque le caes bien – afirmo con suavidad – dice que eres una chica listilla y linda.

- Gracias – resoplé sin prestarle mucha atención.

- También me dijo que era un idiota – abriendo los ojos, no entendía a lo que se refería – soy un insoportable y poco amable, como te habrás dado cuenta, y muchas veces no sé como actuar cuando estoy contigo.

Como si tuviera hielo en la espalda, mis ojos chocaron con la mirada azul de Adam sintiendo que me faltaba la respiración.

Esa fue mi perdición

Soy una ridícula, pero no podía negar como la claridad de esos ojos, claros como el amanecer, me hipnotizaban y me convertían en un tonta a su merced.

- ¿Crees que podrías venir conmigo a casa? – inquirió él luego de un momento en que ninguno abría la boca – en plan de amigos.

- ¿Somos amigos? – quise saber aunque no pude ocultar un tono de rudeza.

- Tú lo decides – torciendo el labio, meneo la cabeza con suavidad – podríamos hablar y tendrías la oportunidad de ganar minutos extra para insultarme.

- No tiene caso – bufé con cansancio.

- Si lo tiene – suspiro sin dejar de verme a los ojos – sé que quieres decirme de todo y eso siempre me ha gustado de ti – su labio tembló giramente – sé que no lo has pasado bien por mi culpa – acercándose a mi, extendió una mano para tomar una mía – un chocolate caliente y una conversación sincera.

- ¿A sí? – resoplé con incertidumbre. Su sólo contacto perjudicaba mi buen juicio, revolucionando mis hormonas.

- ¡Por supuesto! – meneo la cabeza como si tuviera un tic en tanto me acarició el borde de mi mano – te lo repito: este es un bonus track para que te desquites y me digas de lo que me puedo morir.

- Está bien – susurré con un hilo de voz – tienes razón. Puede que me merezca que te insulte hasta que no me quede más ira en el higado.

Apartando mi mano de él, eche mis cosas en el bolso, mientras Adam se dejó el karategui puesto y tomó su mochila; cruzándosela, como siempre, me espero en la entrada del gimnasio con una sonrisa en el rostro.

Acomodándome la mochila, trague saliva y es que sentía muchas cosas por él, donde sólo bastaba una chispa para que todo mi alrededor se volviera un descontrolado fuego que no podía reprimir.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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